Apenas 20 años. El rostro ancho y cuadrado, con vestigios aun del último acné adolescente. Rostro de hombre con una blandura aun perteneciente a la niñez, a salvo de prolongados periodos de mandíbula apretada, de arrugas como migajas de preocupaciones que hubo que afrontar y que hicieron mella. Un cuerpo sólido y rotundo, en plenitud.
Es imposible matar el deseo. Asoma por el cuello deshilachado de su camiseta morada, incitante cebo que muerdo con saña para poder deslizarme hacia su pecho que imagino cuadrado y fibroso, con unos pezones pequeños que parecen no querer molestar a la composición perfecta de forma y volumen animada apenas por una respiración superficial que denota calma. Bajo el pecho un corazón que late perfecto, acompasado y seguro de sí mismo. Casi puedo verlo enjaulado entre las costillas, aislado pero feliz, soñando con la idea de perfección. Un corazón optimista.
¿Era yo así? Es la inconsciencia, la ignorancia del que ha elegido no destapar la caja de los truenos, un factor que influye en la belleza de las personas, potenciándola. Porque él es bello, de ese tipo que provoca erecciones en los dos sexos.
Aparto la vista, dejo de buscar sus ojos. Ya tengo el combustible suficiente para que mi libido pueda recorrer muchos kilómetros. Mi libido que es como un tiburón obcecado por el hambre. La pateo, le clavo los pulgares en los ojos, pero no afloja su cerril mordisco hasta que otra posible presa pasa descuidada lo suficientemente cerca como para poder percibir el olor de su belleza y de la promesa de sexo nuevo. Por estrenar.
Como veis, concedo la virginidad (otros más cínicos dirán que es sólo el beneficio de la duda) a todo el que se sitúa a tiro de mis apetencias.
HIENA, s. Bestia que veneran algunas naciones orientales porque tiene el hábito nocturno de frecuentar depósitos mortuorios. Pero los estudiantes de medicina hacen lo mismo.
Sonreía mientras realizaba sus labores. Era eficiente. Muy pulcro a la hora de dejar intacto el escenario de sus trabajos después de haber terminado. Era frecuente verlo salir de las casas portando al hombro una enorme bolsa de plástico negra que unas veces parecía llena hasta casi rebosar y otras casi vacía. Vivía a las afueras del pueblo, al píe de la carretera descarnada que daba acceso a la calle alta. No tenía vecinos, las casas de alrededor quedaron en estado ruinoso a medida que sus habitantes se fueron desentendiendo de ellas para buscar abrigo en la parte baja dónde el pequeño río en su discurrir casi tapaba los aullidos del viento sobre los collados pelados de más arriba. Allí, junto a la plaza empedrada, estaba el único bar, el despacho de pan y la tienda. Nunca hablaba con los vecinos, sólo sonreía cuando se cruzaba con ellos camino de algún trabajo. Si alguien requería de sus servicios se limitaba a dejar su demanda escrita en un papel y a meterla bajo la puerta de su casa para que él acudiera. Nunca tardaba más de un par de horas. Un día Josefa la del peral, harta de esperarlo y algo extrañada por la tardanza, mandó a su marido para que lo trajera. Cuando Pepe quemarrastrojos llegó el olor podía percibirse desde el principio de la calle alta. Un hedor capaz de quedarse agarrado un siglo a las rocas que en su tiempo embellecieron los dinteles. Una miríada de moscas enloquecidas salía y entraba bajo la puerta, rodearon a Pepe cuando la golpeó con fuerza. Nadie contestó. Al día siguiente el alcalde acompaño a Pepe y a Josefa a la casa del veterinario, forzó la puerta y entraron. Estaba sentado en su sofá, amarillento y rígido, en el regazo, sobre una manta raída, los restos de un lechón y sobre la mesa utensilios de taxidermista. El alcalde, sorprendido al ver una enorme vaca disecada en el fondo del salón dijo:
-Joder, esa es mi Rosalinda. ¡Qué buen animal era! ¡Qué leche daba!
-Y ese es el Rufo –dijo Pepe-, ni una oveja perdí mientras vivía.
-Mira Pepe, ahí está la minina –continuó Josefa-, ¿te acuerdas de la minina?
Se encargó al nuevo veterinario que disecara a su predecesor. Se le dejó tal y como fue encontrado, la sonrisa ya para siempre en su rostro. Convirtieron su casa en un museo que no dejó de crecer, se restauraron las casas decrépitas para albergar las nuevas piezas. El pueblo poco a poco fue quedándose sin habitantes y cuando fue embalsamado último el veterinario de entonces se mudó a otro pueblo, a una casa aislada del resto de vecinos.
Mientras que la mayoría de la gente la ha utilizado para dormir yo la he utilizado para soñar.
Esta mañana cuando bajé al sótano para echar un vistazo a los correos y leer un poco en los blogs que más me gustan, me encontré con un mensaje que preguntaba por mi paradero. Me di de bruces con el evidente abandono de este rincón. Me puse a pensar en por qué me turbaba tanto el hecho de que alguien reclamara mi presencia. Pensaba que al fin y al cabo nadie me obligaba a escribir aquí, que lo hacía porque quería. Unas horas más tarde, con una buena comida en el estómago, unos cuantos cigarrillos y un café muy cargado sobrante del desayuno, pienso de otra manera, pienso que no he escrito porque me he forzado a mi mismo a centrarme en los aspectos mundanos de la existencia. Demasiados meses ya centrado en actividades productivas que me mantienen con los pies pegados al suelo.
Podría haber utilizado esa hora que nos regalan para estudiar, pero la he utilizado para escribir.
No es que estas actividades productivas de las que hablo sean una tortura ni un incordio. De hecho me ha costado no poca angustia tomar las decisiones que me han encaminado hacia la persistencia en la que hoy me hallo inmerso. Me satisface elegir una opción de futuro y acumular día tras día fuerza para poder dar los pasos que me lleven a la culminación de la meta. Qué sería de nosotros, hombres en la caja de salida del canódromo, jadeando ansiosos por la inminente apertura de las puertas, si no saliera disparado el trapo rojo que esperamos para poder perseguirlo.
Podría haber utilizado esta hora para acumular medallas al mérito del hombre ordenado. Pero he preferido recordar otras vías para alcanzar la calma y la satisfacción.
Pero hoy, unas pocas letras interrogándome han sido suficientes para despertar un poco de la obsesión del galgo que persigue el paño, que enloquece de gusto con el sonido del mecanismo metálico de raíles que lo hace correr sólo un poco más de lo que el es capaz, lo justo para mantener su interés en la persecución. Y he despertado para pulsar teclas, para releer textos que aguardan pacientes a ser retomados, para desempolvar ideas, para venir aquí a hablaros de equilibrio. Porque al fin y al cabo todo lo que escribo no es más que una forma de equilibrio, la larga vara del funambulista que lo mantiene, a pesar de los traspiés, sobre el alambre.
Podría haber resumido la constitución española, haberme perdido en un mar de cuatro opciones:
a) ahogarme en un vaso de agua. b) nadar a contracorriente. c) beber hasta que la sal curtiera mis tripas. d) todas (a su manera) son correctas.
Pero he preferido parar unos minutos para tomar aliento. Redescubrir que no hace falta apoyar la cabeza en la almohada para inventar mundos, asombrarme una vez más con la sensación de que la opresión en mis sienes va menguando hasta que de repente noto un soplo dentro de la cabeza: alguien ha abierto para ventilar.
Ahora sólo me queda leer en voz alta lo que acabo de escribir, tomar notas de todo lo que se me ha venido a la mente mientras lo hacía y dejarlo reposar entre esos textos que esperan, respirar hondo, salir un momento a la puerta de la calle y volver a la caja de salida para la siguiente carrera.
Pastor que pintas con amor rebaños de cabras dislocadas que nadie compra, que nadie quiere. Ni el gitano para su espectáculo de órgano Casio y escalerilla de mano ni la vieja para fabricar quesos fuertes que agrian el paladar y el carácter ni las laderas de roca viva ansiosas de las castañuelas montesas que las alegraban.
Pastor que pintas con amor chivos de dos cabezas, deja hacer a la naturaleza su trabajo. Ten una muerte grandilocuente por indigestión de correosa carne de cabrito, deja tus cuernos a los coleccionistas de trofeos. Sólo muere, desaparece, vete que nadie preguntará por ti en el valle. Yo cuidaré de los engendros que te sobrevivan y cuando mi tarea haya terminado me reuniré contigo en ese olvido que es como un lecho de cálida paja recubierto de pieles aun palpitantes. Para qué continuar criando bestias desencajadas de esta forma común de habitar la tierra en la que nunca estuvimos cómodos. Mejor es morir, ahora que aun está permitida, de inanición que acabar soldados a la obligación de pasar hambre.
Para el interesado en ver la versión en verso de esta pastoral pinche aquí.
Aun ando con el cepo para osos apretando con su mordisco recalcitrante mi pierna. Encantado, eso sí, de haber caído en la trampa de Quentin. No me preocupa si me quedará marca en la pantorrilla cuando cicatrice la herida. De hecho estoy tentado a mantenerla siempre abierta y fresca y que sirva de recordatorio de estas extrañas y didácticas reflexiones provocadas por la película del señor Tarantino. Me ha gustado tanto Malditos Bastardos que incluso he llegado a plantearme si no estaré enamorado de la sombra pública de su director. Tras muchas dudas sobre si mandarle rosas con un beso de carmín en una tarjeta perfumada o bombones con una víbora cabreada dentro de la caja (bombones al estilo Kill Bill que se llaman), he llegado a la conclusión de que no es verdadero amor lo que siento por él, experimento más bien un estado de fascinación exacerbada. Todos sabemos lo que se parece un deslumbramiento causado por las habilidades y el prestigio que atribuimos a alguien y el amor.
Una vez resuelta la duda sobre mis sentimientos os contaré como acabé con la zarpa dentro del cepo. Todo empezó la tarde del Miércoles, como casi siempre, fruto de una de mis simas emocionales. Sentí un brusco tirón en el cuello mientras estudiaba en casa e intentaba bloquear las preocupaciones más inmediatas que me llevaban atormentando desde el fin de semana. Le siguió la habitual sensación de que mi cabeza quedaba atrás mientras mis vísceras descontroladas se lanzaban vía abajo hacia el lodo de la autocompasión. Por esta vez supe reaccionar. Salté del vagón en marcha y de forma sorprendentemente suave aterricé en la ducha. Me di un remojón rápido, me peiné las ideas, arrojé las reflexiones muertas al retrete y me puse en marcha. Al cine. Una vez allí, como ya sabéis, decidí ver la de Tarantino; pues bien, no pude haber elegido mejor. Lo que encontré en las casi tres horas de película es un pasito adelante de este director. Una obra sobria para lo que es este hombre y el tema que trata, un inicio brillante ,con una de sus famosas conversaciones, en el que, como en las buenas novelas, ya está contenida toda la historia posterior. Cuando acabó la primera secuencia respiré hondo, me retrepé en el asiento, me quité los zapatos estirando los dedos hasta escuchar el pequeño crujido de huesos de ambos dedos gordos que no es más de la señal que tiene mi cuerpo para indicar la total predisposición a la comodidad y a la actitud más propicia para disfrutar de lo que se despliega ante mis sentidos.
Después me fui dejando llevar por lo que iba aconteciendo. Lo que más me gustó fue el personal tratamiento de la violencia con unos recursos sencillos, tanto que puede decirse que incluso pecan de predecibles, pero que aparecen como universalmente inteligibles y muy efectivos: el primero consiste en que se nos permite identificarnos con el ejecutor y con su causa, que se percibe como moralmente justa y necesaria (es esta última condición, la que le aporta más fuerza). El segundo no es más que la ridiculización de los contrarios, de los malos. Otros puntos fuertes de la película son que da poder a la persona (vemos durante el metraje, que lo que no se pudo lograr con una operación militar planeada y sofisticada, lo consigue una joven con sus propios medios que en un principio parecen escasos. No me gusta tanto sin embargo el papel central de la venganza en las películas de este director. Quizás porque en mi fuero interno la reconozco como algo natural e incluso pertinente en depende de que casos. El guión cerrado hasta sus últimos detalles. A mi me parece muy cuidado. La ridiculización, que no solo abarca a los malos poderosos sino también a los buenos que ostentan ese mismo poder. Esto contribuye a reforzar la idea arriba comentada de que la verdadera fuerza para cambiar las cosas (en este caso la historia de la humanidad) está en las personas anónimas, son sus razones más auténticas y válidas que cualquier interés político o económico (La intrahistoria de Unamuno).
Por mencionar algo que no me gustó tanto y que ni siquiera es achacable a los méritos de la película, diré que durante la proyección me sorprendieron las risas nerviosas de la gente. Risas enlatadas que se emiten no se sabe muy bien por qué. Es como si algunos espectadores pensaran que debían reírse porque ya se sabe que Quentin Tarantino es un tío super ácido y mordaz, y claro como yo quiero ser una persona inteligente pues lo lógico es que me ría con sus chistes y gracietas; total, para que pararse a analizar lo que nos presenta si podemos quedarnos con la idolatría, que en nada nos compromete, y salir de la sala con el “osea, me encanta Tarantino” como única conclusión expresable en los corrillos aliviatensiones que tras la proyección se forman a la entrada del cine y en los que lo importante es decidir a donde ir a cenar y no tanto hablar de lo que se ha visto o experimentado. Analizando un poco ese pensamiento huraño, he llegado a concluir que como suelo ir solo al cine quizás no me quede más remedio que convertirme en un analista sagaz para tener algo que hacer mientras regreso a casa. Lo que me ocurrió con esos espectadores no es más que envidia racionalizada, pura mala baba porque yo no cené una tapita en un bar cool como los que ellos frecuentan.
¡Qué mala es la envidia social y qué buena es Malditos Bastardos!
"Obsesiónate con hombres y si es algún actor desconocido mejor que mejor". Eso es lo que suele decirme el Víctor en miniatura que se sienta en mi hombro izquierdo vestido con un frac rojo mientras fuma un cigarrillo y me va quemando, entre calada y calada, la mejilla.
Aviso a navegantes, esta entrada va a convertirse en una especie de crónica de revista adolescente, mi versión marica de la super pop, voy a conseguir resistirme a poner uno de esos videomontajes horribles que circulan por youtube a base de fotos que van pasando mientras una música digna de Fama, no la fama de Leroy sino la de la Paula Vázquez, nos martillea los tímpanos. También, al concebir esta entrada, estuve cavilando acerca de ofrecer un poster del gachó que la protagoniza a todo el que tuviera el valor de leerla entera. Idea que deseché porque he decidido quedarme con todo el merchandising para mi onanístico consumo personal. Una vez hecha la advertencia y aun considerando el peligro que corre vuestra visión sobre mi madurez afectiva, os pediría que os quedarais hasta el final. Algo sacaréis.
"Obsesiónate con tíos, me dice el diablo de mi hombro". Miro a mi derecha y encuentro un cartel de cerrado por defunción. “Ese ya se cansó de ti, tienes la mente demasiado sucia, desde el cielo te han dado la espalda, en tu expediente hay matasellado un alma perdida que lo deja bien a las claras. Tu escúchame y sobre todo sigue mis consejos, te irá mejor”.
Y eso hice.
Un día, ya lejano en el tiempo, allende los albores de mi homosexualidad, buscando me hallaba por páginas especializadas de cine tipo: bueno, aunque te falta un agujero yo te quiero tal y como eres, cuando en mi deambular en busca de documentos frescos para ponerme al día sobre actitudes, gestos y habilidades para ser un buen acólito, topé, entre los muchos documentos fílmicos sobre el tema que descargué en mi ordenador (aun no me atrevía con la pornografía y buscaba suaves historias de amor dramático con las que pudiera identificarme), me topé, decía, con una película que no parecía gran cosa: Beautiful Thing. Por no llamarme en un principio mucho la atención quedó al final de mi lista de visionado. Así que transcurrió bastante tiempo hasta que me decidí a verla.
Por fin un buen día la vi. Y al día siguiente. Y al otro. Y al otro. Esperé una semana y volví a verla un par de veces en días consecutivos. ¡La hostia en verso! Qué había en esa historia que me hacía volver a ella una y otra vez, que aun hoy es capaz de sacarme una sonrisa y ponerme de buen humor. Investigando y leyendo sobre la película, hace un rato, he encontrado una frase que se aproxima bastante a lo que me hace sentir la historia que se cuenta. Algo así como que Beautiful Thing te demuestra que el mundo es una mierda pero la vida es cojonuda (poética, bella y emocionante).
Es una película sencilla, sin pretensiones, que de verdad se preocupa de contar una historia y lo hace tan bien que te olvidas por completo que es una obra de ficción, te identificas tanto con los personajes que te entran ganas de mudarte al apartamento de al lado. Como digo las actuaciones son tan creíbles que es imposible no conmoverse con ellos. Pobres, como sufren en ese barrio difícil, rodeados de miseria y problemas, aspirando a salir de allí, a irse lejos, muy lejos. Acaso no hemos sentido eso todos alguna vez cuando nos vienen mal dadas, pues ellos lo sienten durante toda la película y te lo ponen delante de las narices para decirte, mira, estos son problemas de verdad, así que no te quejes más de la cuenta pequeño. Y la música, ¡ay la música! Para el final de la entrada os dejo un corte de la película, la escena final, para que veáis lo que es bueno.
"Obsesionate con hombres". Me recuerda mi doble en miniatura agarrándome del lóbulo de la oreja y metiendo la cabeza en mi oído. Y yo me obsesioné, desarrollé una fijación por uno de los personajes de la película, el joven Steven, que acabo de vender a precio de oro. Interpretado por el actor Scott Neal, conocido en su casa a la hora de ir a comprar el pan para el desayuno. ¿Quién es ese chico feote, con carita redonda y mentón demasiado prominente? Me preguntaba yo. Vaya si se le ve el culete blanco, buen culete blanco. Pero que simpaticón es, míralo que desgarbado, que mono, que potencial por desarrollar por dios.
Todos sabemos que una buena obsesión tiene que ir aderezada con su correspondiente compulsión. Yo elegí ver una y otra vez esta escena: Hasta que me dolieron los ojos. Pero como uno no está del todo tarumba, pues poco a poco mi fijación por este chico fue cediendo. Aparecieron otros, ninguno con el devastador efecto que tuvo Neal en mis, por esa época, revolucionadas hormonas y me fui olvidando de él.
Pero mira tu por dónde que ayer, rebuscando entre las películas que tengo puestas en tarrina aparte para revisarlas, me topé de nuevo con Scott, lo saludé y le sonreí. Hice un repaso de mis escenas favoritas y mientras lo hacía sentí que la obsesión renacía, había vuelto. Sentí un picor en la mejilla y un olor a chamusquina. Mi diablillo particular se reía en mi hombro de nuevo. “muy bien campeón, así me gusta, que no te olvides de lo que te enseño, verás que bien os lo vais a pasar esta noche Steven y tu arropaditos los dos en la cama".
Así que hoy, al levantarme he querido saber que ha sido de Scott Neal y me he puesto a investigar. Lo primero que veo es que el adolescente que era se ha desarrollado bien para convertirse en algo tal que así:
Una vez satisfecha mi morbosa y física curiosidad inicial, me interesé por su vida profesional, que uno es un hombre educado que siempre quiere saber que es de la vida de sus objetos sexuales predilectos. Poco he podido encontrar, ha seguido trabajando en su país, es británico, sobre todo en una serie de polis en la que hace un papel de atormentado gay reprimido que el día de su boda se acuesta con su sargento (creí entender, aunque con mi nivel de inglés a lo mejor era el celador y yo tan pancho contando aquí paparruchas, pero vamos para ser el celador, tenía toda la cara de sargento). La serie se llama “The Bill” y me gustaría tanto poder verla, pero creo que para encontrarla al menos subtitulada voy a sudar tinta. Paciencia y clases de inglés son las dos únicas soluciones posibles. Nada más he encontrado sobre otras cosas que haya hecho este chico, una pena, porque así tendría combustible para mi lado más groupie.
“Así me gusta chaval. Más pensar en lo mundano y menos darle al coco. ¿te lo pasaste bien o no anoche en la camita con tu obsesión?”. Veo como mi consejero se sacude la ceniza de las solapas del frac, se acerca y me da unas palmadas en la cara. “Adiós, sabes que no tardaré en volver”.
Por hoy también me voy. Os dejo con el final prometido. No perdáis puntada de Sandra, la mujerona rubia copa en mano, que es la madre del chico rubio. La mirada desafiante que lanza no ya a los vecinos, sino al barrio entero, como diciendo aquí estoy yo y puedo con todo lo que me echen, a mi me pone los pelos de punta.
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