miércoles 10 de junio de 2009

¿Qué queda de nosotros?

La conciencia.

Nacemos y somos etiquetados. Nos etiquetan nuestros padres y lo hacen los servicios sanitarios públicos. Primer cajón. aun pequeño, en el futuro nos sorprenderemos de todas las cosas que cupieron el él: una infancia, el olor del humo intenso de la fábrica en la esquina de la calle, la guardería dónde todos los niños parecían más seguros e interesantes que uno mismo, los juegos en la calle, las heridas en la rodilla, mariquita que te juntas con niñas, una escuela lejos a la que se llegaba en un autocar repleto de otros niños que, como como tú, tenían cara de no haber despertado aun, los primeros destellos de extrañeza, unas manos pequeñas que repelían otras manos mejor dibujadas, más unidas a la muñeca, al brazo, al hombro, al cuerpo, a la realidad.

Segundo cajón, este revuelto, confuso, emocionante porque uno no sabe que le depara ese caos. El instituto. Ni siquiera te preguntan sólo es un deber más, de nuevo cada mañana vas, esta vez andando, recorriendo la extrañeza y la pereza. Información poco útil, una supuesta forma de vida, una ética, una imagen de lo que te rodea que debes creer y callar. Te siguen erosionando, alguien sigue tomando las decisiones por ti, la alfombra se sigue desenrollando. Ahora toma forma lo que hace unos años sólo era un destello tras algunos poemas luminosos, tras admirar el torso desnudo de tus compañeros en clase de gimnasia, tras el gusto por escapar entre los jardines para capturar las mantis que viven en los rosales. Ahora descubres la literatura y la atesoras para cuando estés solo. Empiezas a sentirte incómodo en todas las sillas en las que te sientas, notas una sospecha difusa sobre el pulso de todo lo que te rodea. ¿Por qué no puedes notar tu sangre corriendo y sí advertir el tosco fluir de los días que se atropellan? Es opresión, es incomodidad, es anhelo de que alguien venga un día y abra la puerta de clase para pronunciar tu nombre, alguien desconocido pero amable, alguien al que llevas esperando desde siempre.

Sigues creciendo, sigues caminando con la sensación a cuesta de los trenes que no se atreven a descarrilar porque llevan muchas vidas dentro que correrían peligro. No eres un tren pero te responsabilizas de las vidas de padres, hermanos, amigos, gentes que de pasada se montan en tu grupa. No quieres hacerles daño, quieres ser uno más. Pero no puedes evitar huir al parque con tus libros, no puedes evitar sentirte distanciado de las vidas ejemplares. Sigues adelante, desgastada ya la capacidad de razonamiento, anulada la visión periférica. Sólo sigues y terminas lo que habías empezado para quedarte con las manos vacías, arena en tus palmas, ceniza, con una forma que recuerda vagamente un rostro familiar. El tercer cajón se ordena y pronto se llena de ropa monótona, de pequeños aparatos para escuchar música, de papeles con tu firma.

Otro cajón más. ¿Quién es ese hombre de chaqueta? ¿Quién es ese hombre que duerme a tu lado? ¿Por qué te cuesta tanto tomar conciencia del suelo que pisas? Es aquí cuando empiezas a escuchar que para ser adulto hay que responsabilizarse de los actos y que la vida no es más que una continua elección. Todos parecen fascinados con la idea de su libertad para optar. Tu callas, temeroso de ser el único que siente que jamás ha tomado una decisión por sí mismo.

Un día, hoy mismo, te paras a pensar en el niño que eras, en como desde siempre te has sentido extraño acatando los consejos y comportándote según unos criterios no escritos que todos parecían acatar.

Un día, hoy, te preguntas qué queda de lo que pudiste llegar a ser, cómo has llegado a ser el que habita bajo esta piel. Nada, no queda nada, jamás pudiste elegir. Muchos te llamaron por tu nombre, tantos que llego un momento en el que ya nada significaba. Muchos caminaron contigo hasta que poco a poco se hizo evidente que no podías seguir su ritmo, incluso encontraste a otros rezagados incapaces de aceptar su tara que volvieron el rostro cuando les imploraste ayuda.

Hoy, de ese niño que nació y fue etiquetado queda poco. Preparo mi renacimiento. Sin padre ni madre, sin reglas implícitas, sin la sensación húmeda de la pared del pozo en mis manos que sustituyen a los ojos porque hace tiempo que quedaron ciegos para la ilusión. Ahora tanteo en la oscuridad. Sólo necesito un nombre, una nueva chispa para incendiar mi conciencia y un poco de valor para asumir que en la ascensión que me espera llegaré dolorido a la luz, con las uñas arrancadas y el cuerpo magullado.

La conciencia nueva y curiosa y cajones vacíos. Eso queda.


lunes 1 de junio de 2009

Bloqueo

Está el bloqueo del escritor, algo negativo y temido por los que se dedican profesionalmente a escribir. Por otro lado tenemos el bloqueo que en el deporte del baloncesto no es más que una técnica para permitir atacar con mayor solvencia, una forma de dar ventaja a un compañero para que encuentre más facilidad a la hora de encestar.
Ni yo mismo sé muy bien a donde quiero ir a parar con esta reflexión. Como casi siempre sólo puedo confiar en lo que he aprendido, en la interpretación y encuadre ajustados de mis sentimientos, en el poso de optimismo que me queda después de apurar el café.
Quería escribir, notar que no se ha estropeado el Jukebox de mi cerebro y que no ha entrado en un bucle aburrido de temas y opiniones. Necesitaba volver a sentir el teclado, acompasar las ideas con las teclas.
Hace un par de meses hable con "El Amante del Volcán" sobre los bloqueos, sobre los vacíos y sobre la necesidad de recargar las pilas para poder funcionar de nuevo. Hoy me aplico el consejo que a él le di: leo más de lo que suelo, afilo un poco la curiosidad y permanezco atento a lo general más que centrarme en lo que ya conozco para perfeccionarlo.
Mi experiencia me dice que es transitorio, pasará. Mientras tanto pienso en esa historia de la mujer que dio a luz a su hijo en pleno atasco de tráfico y en los naranjos que hay frente a mi puerta, en como pueden sentirse ahora que llega el verano y saben que no van a poder beber durante mucho tiempo.


viernes 15 de mayo de 2009

Ci-Fi

Hacía tanto que no leía novelas de ciencia ficción que ya había olvidado el regusto que dejan. Esa sensación de que la imaginación es todopoderosa, de que por mucho que soples la vela esta se va a encender una y otra vez hasta que te atrevas a extender la mano y dejar que se te chamusque la carne.

Al volver la última página del libro recién concluido de nuevo sentií ese optimismo que relaciono con mis inicios de lector, ese despertar de la conciencia y esa fuerza que te inunda y te hace ver con claridad que nada de lo que existe permanecerá intacto para siempre.

Durante unos días no he podido salir de mi casa sin sonreír, sin pensar en regresar o en encontrar un lugar apartado para poder abrir el libro y continuar imaginando.

¿Como extrapolar lo que siento al leer este tipo de historias a mis actos cotidianos? Va pasando el tiempo y los efectos van desapareciendo. Guardo las sensaciones experimentadas en una de mis circunvoluciones, ya las usaré.

La belleza de Crónicas Marcianas, la angustia de Fahrenheit 451, la melancolía del Vino del estío, la resignación de Soy Leyenda, la rocambolesca mente política de Los Desposeidos, tantos y tantos libros que había apartado un poco de mi experiencia inmediata porque en los últimos años he tenido necesidades más introspectivas.

Ahora veo que hay que ser más ambicioso, no olvidar ninguna de las posibles vías de la creación literaria.

Será la primavera que me ha hecho crecer buganvillas en el pecho y ha hecho germinar las semillas que asoman entre las suturas de los huesos de mi cráneo. Y no duele nada. Hace cosquillas.

jueves 7 de mayo de 2009

Hoy Gloria

Hoy he dormido mal. La mitad de la noche a tu lado. Esa mitad profunda y plácida hasta que el calor me ha desvelado y he comprobado que me faltaba el aire. La otra mitad solo en el sofá, mirando la luz amarilla que entraba desde la calle transformarse en trinos de gorrión, en día.

Hoy he dormido poco y me he levantado cansado. El día se presentaba difícil mientras untaba el pan en el resto de aceite del plato. Pero ha bastado pisar la calle para descubrir que estaba equivocado.

Sobre la acera me aguardaba la alergia y un insidioso dolor de cabeza; los mismos pasos de cada mañana dirigiéndome por distintas calles hacía la obligación que me impuse y que ya empiezo a apreciar como oportuna e ilusionante.

Un par de horas batiéndome con el sistema de adopciones andaluz, con montañas de pañuelos de papel. Asistiendo también al combate entre la queja por este cuerpo para el desguace y las ganas de salir a caminar ayudado por estos pies sabios, que conocen mis emociones mejor que mi cerebro blindado de esquemas y normas que alguien, seguro que con buena intención, me regaló. Menudo regalito.

Al final, después de tres horas, ya no he podido resistir. Había triunfado el optimismo y tenía la necesidad de celebrar esa inesperada victoria. Salí a sentarme en un banco, garabateé en mi libreta palabras sueltas que fueron ganando consistencia, que se buscaban y se abrazaban. De repente encontré ante mi unos pocos versos. El día se había dado la vuelta.

¡Yo alegre, vaya novedad!¡Esto se merece un brindis!”

VIRGEN DE PLÁSTICO

Con su manto de nylon

y la corona eléctrica,

con pilas en el pecho

y una sonrisa triste

se la ve en las vitrinas de todos los comercios

y en los sucios hogares de los pobres católicos.

En Nueva York los negros

tiene su virgen blanca

presidiendo el lavabo

junto a la cabecera...

Es un cruce de Virgen entre Fátima y Lourdes,

un leve vaciado con troquel «made in USA»,

tiene melena larga y las manos abiertas

es lavable y si se cae no se descascarilla.

Las hay de tres colores,

blancas, azules, rosas

las hay de tres tamaños

aun la grande es pequeña―.

Así, sin angelitos,

me diste tanta pena,

Virgen pura de plástico,

se me quitó la gana

de pedirte un milagro.

Suelo celebrar las alegrías con un libro. Hoy compré uno de Gloria Fuertes, me apetecía sonreír y sentirme niño.

viernes 1 de mayo de 2009

Invocaciones de un miope sin sus gafas


¿Qué hacer cuando ya no se puede aguantar más el sospechosamente definido dibujo de lo que tenemos frente a nosotros? ¿Cómo evitar la sensación de que si alargamos el brazo y tocamos la fachada del edificio que tenemos delante este se desplomará como un decorado de cartón piedra?

La solución está en el pitido del despertador a las siete y media de la mañana. Nada tiene que ver el sobresalto producido por la repentina vuelta a la conciencia cuando despertamos, el latir de los hombros cargados después de haber dormido en tensión o la boca pastosa de cadáveres que no dichos el día anterior. La cura para todas mis sospechas sobre la realidad salida un molde que jamás se va a romper no es otra que la visión borrosa que me provoca la miopía.

Quién me iba a decir que con los años acabaría agradeciendo a la naturaleza esta tara que hoy me aporta casi siempre la primera sonrisa del día. Hoy se puede corregir este defecto con cirugía sencilla, no es necesario estar limitado por una visión defectuosa. Muchos me preguntan cuándo me voy a operar los ojos. Suelo callar unos instantes ante el interrogante que me suena a imposición, que no sale de sus bocas sino de ese manual del buen ciudadano que todos vamos interiorizando con el tiempo. Cuando me decido a hablar siempre es para mentir un poco, solo un poco. Suelo comentar que no me opero porque las dioptrías no están estabilizadas y es una tontería hacer nada para a los pocos meses volver otra vez al punto inicial. Callo lo que de verdad pienso. Para que carajo voy a operarme, opérate tu si tanto interés tienes —¿Existen las operaciones para devolver la miopía?—. Y es que este defecto de visión que para la dictadura estética de hoy en día es un vestigio del pasado se ha convertido en una de mis más preciadas posesiones.

Soy un ser neurótico, nervioso, inseguro, hipersensible, introvertido y desconfiado (también tengo virtudes, lo juro, no es el pesimismo un defecto que pueda añadirse a la lista de arriba). Sospecho con frecuencia de las cosas que suceden a mi alrededor, no confío en lo obvio, en las palabras que se vacían de contenido para acabar escuálidas y desangeladas. Vamos, que no suele gustarme lo que veo a mi alrededor y es jodido estar luchando con la condición rocosa de la realidad. Las cosas son como son y no podemos hacer nada por cambiarlas, mensaje llegado a mi presente directamente de mi infancia. Sigue la corriente y no intentes sacar los pies del plato, mensaje de madre que nunca sabe muy bien como querer y aconsejar a sus hijos. Para que te vas a molestar en cambiar nada si al final vas a criar malvas como todo el mundo, amistades que tampoco es que aporten muchas soluciones ya que suelen estar demasiado enfrascadas en sus propias neurosis, nerviosismos, inseguridades, susceptibilidades, cerrazones y desconfianzas.

Para frenar mi neuroticismo y ese dibujo rígido del mundo sólo tengo mi imposibilidad fisiológica de verlo tal y como es. Mis ojos hacen lo que yo no soy capaz de hacer, pasan un paño húmedo a lo que tengo delante y lo emborronan, lo distorsionan, convierten lo que me rodea en un lienzo en el que se ha intentado pintar pero que ha provocado la frustración del artista porque lo que estaba creando nada tenía que ver con la verdad, con la belleza o con lo humano.

Así que cuando me siento incapaz de asumir lo que veo me quito las gafas y las pongo sobre la mesa. Al instante todo se difumina y se vuelve algodonoso. Ahora puedo volver a pintar. Nada de líneas rectas que delimitan a la perfección el contorno de los objetos, nada de colores nítidos, nada de consistencia de granito. Ahora manda el sueño, la imaginación, la posibilidad. Sólo tengo que añadir un poco de fe para creer que cuando vuelva a ponerme las gafas, algo de lo que he inventado estará aun ahí. Necesito creer que los mañanas mejores, los futuros lejanos, las conversaciones pendientes, los esfuerzos aplazados se van a impregnar de lo que he pintado, llamado para que me ayude a cambiar el mundo. Esa es mi ingenua ambición.

Si veis a alguien sonreír por la calle con las gafas en la mano ya sabéis que está reinventando esa verdad de la buena, alegraos por él.

martes 21 de abril de 2009

Literal

                                                      “En el mundo enfermo de hoy día, todo es literal”.

D. F. Wallace.

Y uno se aburre. Se cansa de que nada pueda durar más que el remanente sutil que deja en la memoria inmediata. Nada tiene más de una lectura posible, la lectura de lo utilitario, de la pieza que encaja a la perfección, si no sirve para nada no nos interesa, vuelva usted cuando tenga algo que ofrecer.

Literal el te quiero que dices cada día, casi como un tratamiento medicamentoso para tu soledad. ¿Qué culpa tengo yo de tu soledad? ¿Y de tus deseos tan poco originales? Ni siquiera tengo claros los mecanismos que me hacen a mi sentirme aislado en este mundo de superficie pulida, preparada en exclusiva para lo inmediato. Ni siquiera se qué sentir la mayoría del tiempo y mucho menos qué desear, a qué aspirar porque no creo que los deseos importantes sean tangibles como son los tuyos, deseos de granito y tierra, de metal pulido y aséptico. Literales los besos y los abrazos, las reacciones ante una obra de arte. Literales las miradas que en el mundo que yo conocí ocultaban anhelos, pero que ahora actúan de telón para los sueños de dinero, posición y estatus. Quiero ser un hombre adinerado, que dirija a otros hombres y que puede ascender sobre sus espaldas, escalar por sus espinas dorsales con las botas bien caladas para poder pisar con fuerza.

Y uno se desespera cuando para un momento a sacarse las chinas de los zapatos gastados y se da cuenta de que en su peregrinar hace varias vidas que no se cruza con un alma. Empieza a temer y a pensar en la posibilidad de haberse equivocado. Al fin y al cabo, según nos enseñaron en la infancia, los hombres están hechos para vivir juntos, cohesionados, como un organismo social, al estilo de las abejas. Es posible que esta certeza haya ido modificándose con el tiempo, que no fuera eso lo que aprendí exactamene, pero lo sabido puede ser borrado por la evidencia de lo que el presente te exige tomar como verdad incontrovertible. Los hombres son como abejas, zumban señalando a otros hombres donde está el corazón de la flor, pero sólo la primera, la que lo descubrió es capaz de oler y saborear la verdadera esencia de lo novedoso. Los demás, zánganos, vamos, literales y felices, a libar del corazón profanado.

Literales las palabras que dejan de tener esa cualidad mágica, esa virtud de transformar la realidad que las tiraniza y las obliga a decir sólo lo imprescindible. Las exigencias de esta nueva realidad son, como las de la madrastra de cenicienta, una herramienta de control más que un billete para viajar sin destino. Literales los gestos contenidos, como si no fuera admisible utilizar todo el potencial de expresión que poseemos y debiéramos quedarnos en la apariencia, como cuando en las películas un villano se queda muy quieto entre un grupo de maniquíes y espera a que pase su víctima delante para aprovechar su mimetismo y atraparla. Eso me sucede cuando os veo, no sé quién es el maniquí y quién el hombre.

En el mundo en el que vivo las verdades están en los zoológicos, vigorosas y mudables como lo fueron siempre, pero con el pelaje mustio y los colmillos amputados. Los niños literales les lanzan sus bocadillos que, literalmente, sólo llevan lo imprescindible para seguir provocando hambre. En el mundo en el que vivo sólo es posible ser uno más.


Y ahora la disculpa, la justificación y un video para que no se muera la esperanza. Sí, soy de natural pesimista, pero también soy entusiasta. Creo que es posible volver a apoderarnos de nuestras vidas, darles el rumbo que queramos. Lo creo con firmeza. Pero hasta el más entusiasta de los pesimista tiene un día de ira, un día en el que lo negativo pesa demasiado en la balanza.

lunes 13 de abril de 2009

Para leer

Algunos dirán que el mejor sitio para leer es la cama, otros defenderán que nada como un buen sillón orejero con una luz unos centímetros por encima de la coronilla a modo de sol sustituto. Por mi parte siempre he preferido los parques y otros lugares públicos para entregarme a la que seguramente será la actividad que me proporciona mayor placer.
Porque la lectura no es sólo pararse en cualquier sitio y abrir el libro. Para mí, que tiendo a ritualizarlo todo, leer es elegir el mejor lugar, asentar bien las posaderas, a poder ser en un lugar firme y no del todo cómodo, que la temperatura sea la adecuada, que no haya mucho ruido y que si lo hay sea agradable o al menos sugerente. Me gusta leer cerca de carreteras o calles en las que hay tránsito de automóviles porque asocio el rasgar de las ruedas en el asfalto con la libertad, con el allí y no con el aquí, con un lugar mejor y por descubrir; me gusta leer en la playa porque la luz reflejada en la arena hace que las páginas parezcan más blancas. También cerca de una fuente porque me agrada pensar que tengo en mis cromosomas algún gen del llorón Boabdil.

Es cierto que una vez que te metes en la historia poco importa el sitio en el que estés. Pero se suele decir que los inicios siempre son difíciles por eso busco lugares propicios para esos comienzos, aunque hace mucho tiempo que para mi no resulta complicado ponerme a leer.
Me gusta levantar la mirada, salirme un momento de la historia, sentir como ésta aun se agarra a mi garganta, como se escurre de mi cerebro para caer viscosa entre las páginas pacientes que esperan mi regreso; levantar la vista e imaginarme dentro del destartalado coche que acaba de pasar, que esos pies descalzos sobre el salpicadero del asiento del copiloto pertenecen a mi amante y que decidimos inmersos en una conversación apasionada si girar a la derecha o a la izquierda, como si de esa decisión dependiera nuestro futuro, todo lo que podemos llegar a ser. Ver el mar, ese charco inmenso y retador, esa frontera definitiva, e imaginar que me llama, que me reclama. Si pongo un poco de mi parte incluso oigo a las sirenas y casi nunca me ato al palo mayor para evitar la tentación oculta en sus cantos, casi siempre acabo ahogado en su promesa, de nuevo allí más que aquí. Meter las manos en el agua, refrescarme el cogote con el agua parlanchina que ha estado hablándome todo el tiempo, arrullándome, acariciándome. Supongo que cuando salgo de mi lectura no me agrada hacerlo de forma brusca. La realidad está siempre ahí y no hay por qué tener prisa por volver a ella, me mareo cuando tengo que regresar precipitadamente.

Os dejo una fotografía de uno de los lugares que más me gustan en mi ciudad para pasar el tiempo leyendo. Es la glorieta de los Hermanos Álvarez Quintero, en el Parque de María Luisa. Os cuento además la historia personal que hay detrás de mi preferencia por ese rincón. Cuando era niño, tendría cuatro o cinco años, y mi padre me llevaba a dar de comer a las palomas siempre acabábamos allí tomando un helado, descansando, él de mí y yo del miedo que me producían las palomas y sus garras en apariencia inofensivas pero afiladas, miedo que me callaba (que sabios son los niños) porque sabía que a mi padre le satisfacía verme haciendo lo que todos los chiquillos de Sevilla hacen con sus familias. Recuerdo perfectamente el día en el que pregunté “papá, que son esos agujeros en los ladrillos”, a papá se le dibujó una sonrisa en los labios, los humedeció con una pasada de la lengua, tragó saliva y me contó este cuento:

EL CUENTO PARA LAS SEÑORITAS DE BIEN.

—Mira hijo, esas hornacinas en el ladrillo son estanterías para libros. Aquí antes había muchos libros. Estaba El Quijote, La Celestina y muchos de Quevedo, que era un guarro; de Gracilaso, de Espronceda, de Lope de Vega y Góngora. Muchos libros. Venían las señoritas de bien a leer o eso es lo que ellas decían porque en realidad venían a esperar a los novios que disimuladamente cogían un libro y se ponían a su lado para poder estar cerca y poder oler el perfume nuevo que se habían comprado. Y hacían manitas, hablaban en voz baja sobre la fecha de su boda y criticaban a sus familias por no dejarlos verse más que haciendo el paripé de ir a leer al parque.

—¿Entonces no les gustaba leer papá? ¿Para qué venían entonces papá?

—Niño, pues para pelar la pava, ¿no te lo estoy diciendo?

—¿Qué es pelar la pava papá? ¿Qué es Góngora?

—Pelar la pava es cogerle la mano a tu novia mientras piensas en cogerle otra cosa. Y Góngora era uno que escribía en el Siglo de Oro poemas muy difíciles que no entendía ni él.

—¡Ah! ¿Y no se llevaban los libros para venderlos en la Alameda* los domingos?

—No niño, no se los llevaban porque había un guarda que vigilaba para que no robaran los libros. Aunque en realidad estaba allí para controlar que los novios no se dieran besos.

—¿Y si eran novios por qué no se podían dar besos? porque era pecado, ¿verdad?

—Pecado mortal.

—Yo quiero ser guardián de libros papá.

—Anda termínate el helado y vamos a darle de comer a los patos.


Esa es la historia. Es obvio que la he retocado un poco, pero juro que esa conversación se produjo y que en mi memoria ha quedado grabada a fuego. Nunca he querido comprobar su autenticidad, está mejor así, anclada en la mente del niño que fui.

Hoy no dista mucho mi realidad de ese deseo que formulé aquel día en el que dimos de comer a todos los bichos vivientes del parque. A mi manera soy guardián de libros y me entristezco cuando voy a leer a esa glorieta y encuentro las hornacinas vacías. Ya no hay parejas de novios timoratos haciendo manitas, de hecho es un lugar bastante solitario y decadente, uno de esos sitios que parecen pedir limosna y te hablan de otros tiempos, aun no muy lejanos, que fueron mejores para ellos. Hoy, mientras hago una foto a dos turistas que me preguntan en inglés “Who are hermanos Avares Cuintero?”, me imagino a ese guarda de pié viendo las ceremonias de cortejo de los señoritos, ese hombre serio, ya entrado en años, que está deseando que las parejas se marchen para poder acercarse a los libros y sentarse a leer esos versos de Góngora tan difíciles para papá, igual que yo estoy deseando terminar mi torpe explicación de quiénes fueron los Quintero para quedarme sólo con una novela de Lobo Antunes que he dejado momentáneamente apoyada en las desoladas estanterías de ladrillo.

* Para el que no sea de Sevilla o el que no lo sepa la Alameda es una plaza céntrica en la que hace unos años se ponía un mercadillo.