La conciencia.

Nacemos y somos etiquetados. Nos etiquetan nuestros padres y lo hacen los servicios sanitarios públicos. Primer cajón. aun pequeño, en el futuro nos sorprenderemos de todas las cosas que cupieron el él: una infancia, el olor del humo intenso de la fábrica en la esquina de la calle, la guardería dónde todos los niños parecían más seguros e interesantes que uno mismo, los juegos en la calle, las heridas en la rodilla, mariquita que te juntas con niñas, una escuela lejos a la que se llegaba en un autocar repleto de otros niños que, como como tú, tenían cara de no haber despertado aun, los primeros destellos de extrañeza, unas manos pequeñas que repelían otras manos mejor dibujadas, más unidas a la muñeca, al brazo, al hombro, al cuerpo, a la realidad.
Segundo cajón, este revuelto, confuso, emocionante porque uno no sabe que le depara ese caos. El instituto. Ni siquiera te preguntan sólo es un deber más, de nuevo cada mañana vas, esta vez andando, recorriendo la extrañeza y la pereza. Información poco útil, una supuesta forma de vida, una ética, una imagen de lo que te rodea que debes creer y callar. Te siguen erosionando, alguien sigue tomando las decisiones por ti, la alfombra se sigue desenrollando. Ahora toma forma lo que hace unos años sólo era un destello tras algunos poemas luminosos, tras admirar el torso desnudo de tus compañeros en clase de gimnasia, tras el gusto por escapar entre los jardines para capturar las mantis que viven en los rosales. Ahora descubres la literatura y la atesoras para cuando estés solo. Empiezas a sentirte incómodo en todas las sillas en las que te sientas, notas una sospecha difusa sobre el pulso de todo lo que te rodea. ¿Por qué no puedes notar tu sangre corriendo y sí advertir el tosco fluir de los días que se atropellan? Es opresión, es incomodidad, es anhelo de que alguien venga un día y abra la puerta de clase para pronunciar tu nombre, alguien desconocido pero amable, alguien al que llevas esperando desde siempre.
Sigues creciendo, sigues caminando con la sensación a cuesta de los trenes que no se atreven a descarrilar porque llevan muchas vidas dentro que correrían peligro. No eres un tren pero te responsabilizas de las vidas de padres, hermanos, amigos, gentes que de pasada se montan en tu grupa. No quieres hacerles daño, quieres ser uno más. Pero no puedes evitar huir al parque con tus libros, no puedes evitar sentirte distanciado de las vidas ejemplares. Sigues adelante, desgastada ya la capacidad de razonamiento, anulada la visión periférica. Sólo sigues y terminas lo que habías empezado para quedarte con las manos vacías, arena en tus palmas, ceniza, con una forma que recuerda vagamente un rostro familiar. El tercer cajón se ordena y pronto se llena de ropa monótona, de pequeños aparatos para escuchar música, de papeles con tu firma.
Otro cajón más. ¿Quién es ese hombre de chaqueta? ¿Quién es ese hombre que duerme a tu lado? ¿Por qué te cuesta tanto tomar conciencia del suelo que pisas? Es aquí cuando empiezas a escuchar que para ser adulto hay que responsabilizarse de los actos y que la vida no es más que una continua elección. Todos parecen fascinados con la idea de su libertad para optar. Tu callas, temeroso de ser el único que siente que jamás ha tomado una decisión por sí mismo.
Un día, hoy mismo, te paras a pensar en el niño que eras, en como desde siempre te has sentido extraño acatando los consejos y comportándote según unos criterios no escritos que todos parecían acatar.
Un día, hoy, te preguntas qué queda de lo que pudiste llegar a ser, cómo has llegado a ser el que habita bajo esta piel. Nada, no queda nada, jamás pudiste elegir. Muchos te llamaron por tu nombre, tantos que llego un momento en el que ya nada significaba. Muchos caminaron contigo hasta que poco a poco se hizo evidente que no podías seguir su ritmo, incluso encontraste a otros rezagados incapaces de aceptar su tara que volvieron el rostro cuando les imploraste ayuda.

Hoy, de ese niño que nació y fue etiquetado queda poco. Preparo mi renacimiento. Sin padre ni madre, sin reglas implícitas, sin la sensación húmeda de la pared del pozo en mis manos que sustituyen a los ojos porque hace tiempo que quedaron ciegos para la ilusión. Ahora tanteo en la oscuridad. Sólo necesito un nombre, una nueva chispa para incendiar mi conciencia y un poco de valor para asumir que en la ascensión que me espera llegaré dolorido a la luz, con las uñas arrancadas y el cuerpo magullado.
La conciencia nueva y curiosa y cajones vacíos. Eso queda.