Ahora
que estoy comenzando a escribir aquí después de no sé cuanto
tiempo no dejo de pensar que con demasiada frecuencia este espacio ha
acogido justificaciones por las tendencias guadianescas del autor.
Pero siempre acabo volviendo, son muchos los amigos y momentos buenos
que se asocian a este naranja chillón.
Puede
haber muchas excusas, muchas razones para una ausencia.
Los
aldeanos se ausentaron, pasaron tres kilos según declaró ella,
cuando la lechera fue atacada por su lobo. Ella se lo buscó, dijo el
portavoz tras el entierro. El hartazgo.
El
dinosaurio de Monterroso no va a estar ahí para siempre. Dormir
mucho impide prestar atención a la vida. Así que cualquier día
puedes encontrarte sólo cuando abras los ojos y, créeme, la
ausencia de un saurio se nota enseguida. Cansancio.
El
nogal era tan grande, tan viejo; tenía la copa tan extensa que
cuando en una punta daba frutos en la contraria aun eran tiernos los
brotes. La ardilla jamás pudo encontrar un sólo fruto, alguna vez
estuvo a punto, pero siempre llegaba cuando las nueces ya habían
caído. Desorientación.
Se
olvidó de lo esencial. El cocinero que preparó el banquete más
monstruoso de la historia murió, famélico, cuando el último
invitado apuró el último postre. Inconsciencia.
A
veces una persona, sin darse mucha cuenta, hace que toda su energía
se encauce hacia actividades a las que le da muy poca importancia
porque si se las tomara demasiado en serio no las afrontaría. Pero
poco a poco dedica más tiempo y más atención a esas tareas, poco a
poco el trabajo se va revistiendo de ilusión y satisfacción. A
veces una persona es capaz de decidir según sus propias preferencias
y no según las obligaciones o las opiniones ajenas. Prioridad.
Pero
no podría dejar este espacio, no ahora, no de momento. Todo tiene un
final o se enfrenta a un cambio para ser otra cosa. De momento he
vuelto con este texto improvisado. Volver siempre es agradable.
Mañana ya veremos.



