jueves 1 de marzo de 2012

Pavo a la Gestalt

Somos cultos o “chanis” según nos convenga. Es lo que nos ha hecho como especie dominar el planeta, que lo mismo podemos decirle al jefe de la tribu contraria, Por favor, sería usted tan amable de deponer sus armas para poder evitar un cruento derramamiento de sangre, que, Cómo no te rindas me follo a tus mujeres y les corto el cuello a tus hijos, mentiendes.

Siempre he sentido predilección por ese lenguaje de la calle con el que de verdad nos entendemos, alejado de sillones académicos y en constante evolución. Me maravillan también los acentos cerrados de algunos pueblos, su economía del lenguaje. Claro que muchas veces no los entiendo y tengo que hacer un apresurado curso de idiomas. Hace poco he conocido a un Utrerano orgulloso (orgulloho, diría él) de cómo se habla en su pueblo. Después de un par de meses ya apenas tengo que preguntarle y puedo entenderlo casi en todo lo que dice. En mi currículum no puedo poner que hablo inglés pero sí utrerano, quién sabe cuando puede surgir una oportunidad laboral que requiera de ese conocimiento.

Me gusta también meter estos supuestos vulgarismos en los relatos que escribo. Vienen muy bien para dotar de un tono jocoso a lo que se cuenta (desde el respeto, quede claro) y para que a muchos les pique la curiosidad y se sientan en cierta manera identificados con lo que se cuenta. Eso de encerrar los diálogos de una historia escrita entre guiones no va conmigo, desnaturaliza las conversaciones en aras de una supuesta claridad para el lector. Qué flojos somos los lectores! Prefiero meter el habla dentro de la narración como si estuviera rellenando un pavo y ya se sabe que para que el resultado sea excelente pavo y relleno han de ser uno a la manera Gestalt, el todo más que la suma de las partes.

Otro ejemplo. En el fondo es lo mismo decir de nuestra vecina del quinto, Por ahí baja Dolores la hirsuta, que, Loli la chubaca está haciendo la bola de indianajons por las escaleras. Porque aunque físicamente se trata de la misma persona, para alguien que no conozca a Mari Loli, que por otra parte hace las mejores albóndigas del mundo, cuando las guisa impregna con el olor toda la escalera y ríete tu de las fragancias ambipur; para alguien que no conozca a esta mujer, decía, que le sea introducida en la mente con una u otra presentación hará que espere encontrar bien a una educada señora muy bien puesta con gafas de carey sobre un rostro digno de un marinero del puerto de Marsella o bien una alocada e hiperactiva mujer que baja a comprar mondarinas con la epilady enganchada en la pantorrilla. Y esatas son mis dos versiones de la vecina del quinto, porque después está el sesgo personal que viste a la hacedora de albóndigas de una u otra forma.

Así es, diciendo lo mismo, refiriéndonos a la misma persona, depende de como se diga estaremos entrando en mundos diferentes. Sé que estoy hablando sobre algo evidente, pero es que a mí me sigue fascinando que sólo eso, sólo decir: “Loli la chubaca está haciendo la bola de indianajons escaleras abajo” ya suponga contar todo un relato, una novela, quizás el próximo premio Planeta.

Imagen sacada del blog pixeltacto.blogspot.com
Podría seguir poniendo ejemplos pero creo que se me ha entendido perfectamente. Tened cuidado con como presentáis a vuestros conocidos. Y como sé que no sois lectores flojos dadme vuestras versiones de Mari Loli.

miércoles 22 de febrero de 2012

Diccionario del diablo (XIX)


CASTIGO, s. Una arma cuya forma de aplicación casi ha olvidado la Justicia.

ERRAR, v. tr. Creer o actuar de manera contraria a mis creencias o actos.

POLÍTICA, s. Lucha de intereses enmascarada como enfrentamiento de principios. Conducción de los asuntos públicos en busca de ventajas personales.

POLICÍA, s. Fuerza armada para la protección y la participación.

Hubo un tiempo en el que a los profesionales que cometían errores se les castigaba, amonestaba, sancionaba, expedientaba. Si se volvían a equivocar dependían de aspectos tan peregrinos como las relaciones personales que tuvieran con sus superiores para conservar sus puestos. Si se seguían equivocando perdían su condición de profesionales hasta que encontraban otro lugar donde resarcirse y volver a empezar.

Iba implícito en la condición de profesional no cometer el mismo fallo ante situaciones similares y ser capaz de aprender de los errores.

En determinado momento de la historia esta premisa se distorsionó. Empezaron a abundar los profesionales que perdían sus puestos sin cometer errores, por razones aun más peregrinas que las relaciones que mantenían con sus superiores, de hecho en la mayor parte de los casos esos superiores ni siquiera mantenían relación alguna con sus subordinados. Ahí el hombre pasó de estar compuesto de carne y huesos a tener la piel de metal, de nacer a ser montado a base engranajes estandarizados, a comportarse como un autómata con escasa capacidad volitiva. Sucedió también que había otros profesionales que gustaban de equivocarse, que ni siquiera intentaban ocultar sus yerros y deslices, que hablaban altivos a los demás profesionales dejando bien claro que sólo ellos podían aspirar al eterno perdón que ellos mismos se otorgaban.

Esos dos mundos se fueron separando. La sociedad se escindió en dos, los erradores profesionales, casta dominante, y las personas, que no tuvieron más remedio que enfrentarse porque sus afanes y deseos se asentaban en un mismo suelo. Al principio parecía que los primeros no tendrían ningún problema para exterminar a sus enemigos, pero algo pasó, las personas dejaron de regir sus acciones por normas que no habían sido creadas por ellos. Los erradores insistieron en comportarse como si aun existiera alguien a quién enfrentar, necesitaban un enemigo y se volvieron unos contra otros. Algunos, pocos, desertaron. Los demás se fueron matando entre ellos, tardaron mucho tiempo en fagocitarse.

Ya sin guerra las personas obligaron al mundo a seguir girando.

miércoles 8 de febrero de 2012

La curva errática del entusiasmo.


Ensayo no científico

Leía en un relato de ciencia ficción (Griego de Leigh Kennedy), en boca de una inventada profesora de universidad estadounidense, argumentos para explicar la falta de entusiasmo de sus alumnos. Cito: “...tengo la sensación de que no parecen tener mucho empuje. Yo estaba tan llena de fuego antes de graduarme. Ellos ni siquiera parecen curiosos. No tienen ideales, ni héroes, ni grandes aspiraciones, excepto hacer dinero..., o pasárselo bien”.

Me retrotraigo a mi época universitaria y me pregunto, tenía curiosidad de rabo de lagartija, tenía entusiasmo por descubrir todo lo que tenía que saber sobre mi supuesta vocación, entusiasmo real por algo, ya ni siquiera por los contenidos de mis estudios, por cualquier cosa, en la franja que va de los dieciocho a los veinticinco (por poner un espacio temporal amplio en el que poder detectar esa chispa que supuestamente está asociada a la edad de la inconsciencia).

La respuesta es clara, un no rotundo. La siguiente pregunta -esto no es un ensayo científico, recuerden- sería, cuántos de mis coetáneos poseían ese entusiasmo. Lo pienso y repienso, excluyo el fútbol del análisis como posible causa de apasionamiento útil, y a pocos puedo atribuir esa actitud enérgica al afrontar cualquier acción o proyecto que se identifica con el apasionamiento juvenil.

Todos teníamos inquietudes, habilidades especiales, algunos eran excelentes músicos que componían sus propias canciones, otros se sumergían durante horas en las tripas de los ordenadores, casi todos eramos fanáticos de los viernes, de los cubatas y del sexo (su práctica ya es otro tema). Pero ninguno hemos acabado por sacar todo el partido posible a nuestros superpoderes, unos más y otros menos, hemos acabado por ser ciudadanos modelo. Supongo que esto no deja de ser algo común, es difícil juzgar hasta que punto uno ha desarrollado sus inquietudes teniendo en cuenta que todo se mide con el rasero del éxito. Quizás bastaría con decir que ninguno ha sacado sus inquietudes del entorno más familiar.

Para entender este fenómeno, dos ideas sobre las que apoyarme. Una, que el entusiasmo sea imposible, bien por las circunstancias, bien por la madurez personal en la franja de edad señalada. Esto señalaría como una falacia cultural esa creencia de que los jóvenes son más apasionados. Yo mismo recuerdo más treintañeros de verdad motivados por algo que jovencitos en la supuesta flor de la vida. Dos, esta quizás sea la idea más creíble, que haya un sesgo en mi forma de mirar o enfocar el asunto. Quizás ya no recuerde bien como era a los veintipocos y que todas estas suposiciones que barajo no sean más que un mecanismo para sentirme bien con mi edad.

Si hubiera algo de verdad en la primera idea, deberíamos profundizar un poco más y pasar a indagar sobre a quién conviene esa falacia. Pero al releer lo que he escrito me he visto inmerso en un proceso de desapasionamiento y me he sentido arropado y confortable bajo la segunda explicación mucho más amable y somnífera.

Quizás convenga para que seamos dóciles esa idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Creer que la energía pertenece a la juventud, sólo hace que se anticipe la sensación de desengaño ante la vida, que empecemos a bajar la cuesta antes de tiempo.

Por si acaso me construyo un mantra que os dejo: ahora escribes mejor, entiendes mejor lo que lees, follas mejor (o al menos follas), aguantas más bebiendo. Eres más de lo que eras.

jueves 2 de febrero de 2012

Diccionario del diablo (VIII)

PÚLPITO, s. Caja elevada en la que se introduce el predicador por miedo a que, si no lo hace, la congregación no perciba su superioridad sobre ella.

Nació corto de estatura. Pasó la adolescencia y se quedó en ciento cincuenta centímetros escasos. Hasta que no se fue a la capital para trabajar, como sus hermanos, en la fábrica de repuestos no comenzó a molestarle esta condición. Entre los demás obreros pasó a ser un condicionante, retaco le llamaban. Una banqueta para que alcanzara bien los mandos de la fresadora apoyada sobre un banco de trabajo demasiado alto para él. Cuidado no te caigas retaco.

Sus hermanos tampoco eran muy altos, pero su apariencia no levantaba las burlas que quedaban reservadas para él. Quién fijaba los cánones de normalidad respecto a la altura apropiada y aceptable en un varón humano?

Añoraba su infancia, el cielo, los olores, la luz incansable del pueblo bajo la que todo brillaba; los perros sarnosos caminaban con pose de concurso canino, los locos aparecían investidos de un halo de bondad y de una gracia que todos toleraban, las madres y abuelas obesas se deslizaban con suavidad y sin esfuerzo por las calles, sin sudores ni respiraciones ahogadas, como si se desplazaran sobre raíles, locomotoras bruñidas, recién pintadas y acicaladas. Una luz que hacía a todos mirar sin reparar en los defectos, como si no mereciera la pena detenerse en ellos, como si no existieran. Pero a su padre no le hacían falta más manos para sacar provecho a los cuatro terruños que su familia tenía esparcidos a orillas del río que siempre bajaba casi seco, pero que la luz especial del pueblo hacía que todos lo vieran con buenos ojos, caudaloso incluso. Era su río, sus guijarros gris ceniza, sus juncos y sus culebras. No te necesito a ti tampoco Pequeño, así que deberás ir con tus hermanos y nos mandas algo de dinero todos los meses. Él solo se bastaba, dos manos eran suficientes para trajinar con los pimientos y tomates, Deberás buscarte tus propios callos Pequeño, y su hermano mayor ya había dejado claro que cuando muriera el padre sería él el que se ocuparía de las tierras, Porque me estoy quedando pálido todo el día debajo de los fluorescentes de la nave y para eso soy el mayor. Tenía todo el derecho. El había sido el último en llegar, el séptimo, apenas un trozo de carne residual, el último coletazo de una genética exhausta. La fabrica para toda la vida, el apartamento compartido y la luz un día sí dos no en la ciudad, el pueblo sólo en verano.

Subido en su taburete se abstraía del zumbido industrial que a pesar de los tapones de seguridad invadía sus oídos y fantaseaba con los domingos de su niñez. Se vestía rápido para ir a misa, salía a la calle corriendo y con lamparones de agua de colonia vertida con prisa en la camisa buena, cuando llegaba a la iglesia las manchas habían desaparecido, se detenía un segundo frente a la puerta, remetía su camisa dentro del pantalón, apoyaba alternativamente los pies en las jambas y con el dedo pulgar sacaba brillo a las punteras de los zapatos. Llegaba  antes que nadie, sólo el padre Nicomedes en la sacristía preparándose. Era un hombre amable el padre Nicomedes porque le dejaba subirse al púlpito con la única condición de que bajara en el momento en que la primera beata asomara el pico por el portón, Deberías hacerte cura, Pequeño, por dos razones, porque pasas más tiempo que nadie, más que yo casi, en la iglesia y porque ahorrarías mucho en vestuario, con lo que sobre de cogerte el dobladillo de la sotana puedes hacerte otra.

martes 24 de enero de 2012

Despedida para un gato negro

Cierra la puerta que se escapa el gato, decía mamá cuando salía, después de una comida copiosa, a fumar un cigarro. Yo nunca cerraba, dejaba una rendija abierta para que se colara. Se trataba de una especie de ritual familiar. El gato entraba y se iba directamente a la cocina, se subía en la mesa y nos observaba mientras limpiábamos. Mamá le insultaba, Puñetero gato, míralo que pancho. Y yo hacía paradas para rascarle la tripa mientras barría o limpiaba la vitrocerámica. Cuando ya sólo faltaba fregar el suelo, me preparaba un café y cogía a Sem de forma que se montara en mi antebrazo a horcajadas, el se dejaba hacer. Acercaba mi mejilla a la suya y nos acariciábamos.

Ayer una fatídica llamada. Niño, han atropellado al gato. En el momento de recibirla estaba atareado y cuando colgué me afané en lo que estaba haciendo para no tener que pensar. Cuando me quedé sin actividad que realizar me puse triste. Es sólo un gato me repetía, pero la tristeza iba en aumento. Pasaban las horas y ese No lo volveré a ver más lo inundó todo y por un mecanismo que no entiendo rompió los diques de la cordura. Se desbordaron todos esos pensamientos negativos que me cuesta mantener a raya y lo opacaron todo. Sufrí una depresión de ciclo corto, estuve hundido durante una tarde.

Esta mañana todo está mejor. Parece que Sem va a ser un buen recuerdo y que ya no me siento el ser más vulnerable del mundo.

Ahora las ovejas negras vuelven a estar en el redil, recogidas, concentradas y apretadas. Fuera de la vista. El pensamiento vuelve a tener dos filos, el que corta, el peligroso, el que está preparado para matar y el de untar, extender o acariciar. No me he parado mucho a analizar el estado de ánimo de ayer, mientras estaba inmerso en él sabía que iba a ser pasajero, pero la intensidad con la que me acometió llegó a asustarme.

Me he ahorrado verlo con las tripas fuera. Mi padre lo encontró y lo enterró rápido para poder pasar a otra cosa. Sem fue un regalo de un novio y me lo quedé tras el divorcio, su otro padre renunció al régimen de visitas y yo lo crié. Vivió conmigo en los años de mi primera independencia, cuando saltaba de trabajo en trabajo y casi todo el dinero que ganaba lo destinaba a pagar el alquiler de un piso en el centro de la ciudad, un piso oscuro y bastante lúgubre en el que el gato y yo pasamos algo así como tres años de una agradable soledad. Después perdí un trabajo relativamente bueno y decidí dejar de dar tumbos, volví a casa de mis padres y el gato se vino conmigo. Allí fue feliz, entraba y salía a su antojo, pasaba todo el tiempo que quería en la calle, se peleaba con otros gatos y empezó a engordar y convertirse en un animal muy hermoso. Pero esta vida independiente, este paraíso para gatos, también ha hecho que muera joven. Mis padres viven en las afueras, en una calle no muy concurrida, pero por la que pasan automóviles con cierta frecuencia. Uno de ellos ha sido el que se lo ha llevado por delante. En el fondo sabía que Sem no iba a vivir mucho. Había tenido frecuentes peleas con otros gatos vecinos, problemas de salud varios, pero cada vez que iba a casa de mis padres, cuando volví a vivir independiente el niño felino se quedó con los abuelos, lo veía tan bien criado y tan feliz, transmitía calma y seguridad en sí mismo. Ha muerto con cinco años, siendo los dos últimos para él, creo, un paraíso gatuno. Con eso me quedaré.

Mañana analizaré todo lo que se me pasó por la cabeza cuando la tristeza que desencadenó su muerte me obligó a airear todas las habitaciones de la azotea. Ese ha sido su regalo de despedida, limpieza general.

Adiós bicho, te echaré de menos!

miércoles 18 de enero de 2012

Eligiendo que ruido ponerme

Perdón de antemano porque os voy a utilizar para una de mis habituales terapias espejo. Ustedes leen y yo saco conclusiones mientras escribo. Está claro que ya me he recuperado. A pesar de que los coches siguen atronando en la avenida techada de plátanos, que la vecina de arriba sigue jugando a las canicas a las tantas de la madrugada. Estaré bien, porque el radiador sigue sonando como un retortijón de hambre y a mí me da igual. Recuperado ahora que veo las bocas de la gente abrirse para gritar pero no escucho el improperio, la queja o el chirrido de la agonía que se supone debe salir de ellas. Me doy al alta a mí mismo, ya me puedo ir a casa.

Mucho ruido desde que dejé de escribir. Ruido de árbol zen en medio de un bosque con un solo excursionista para poder percibirlo. Mira que hay sitios para pasear, pues yo siempre elijo el puto bosque con el puto árbol zen que en su desplome suena como una risotada sostenida.

Unas navidades repetidas, patrón de fiestas de fin de año con cobertura doble de cinismo que ha acabado por endurecerse en la nevera hasta ser una piedra muy útil para sujetar las puertas y así dejar que el aire frío siga entrando a sus anchas en casa.

Mucho ruido y yo sordo a todo lo que no me recordara a ese niño con miedo a las aglomeraciones en el centro cuando iba con papá a comprar el socorrido lote de cosméticos para mamá en los grandes almacenes que tenían las puertas como las de una atracción de feria: un chorro de aire caliente que le derretía y el humo de los puestos de castañas dando a la visita un ambiente fog londinense que en esos momentos era simplemente tufo a quemado. Hasta que no leí algo sobre Jack el Destripador todo el humo y la neblina matutina que se levantaba desde el río, era eso, simple humo y simple niebla. La nariz picando, la mano de papá sudada, la bufanda bien calada tapando la boca para que no coja frío el niño o para que no pueda decir nada, quién sabe.

Me he obligado a callar, a dejar que el cuerpo se desboque, siga una alocada agenda repleta de citas triviales que no me había consultado. El cerebro en la mesilla de noche. Amigos en casa, eso no está mal; el corazón y las buenas intenciones puestas en un trabajo que cada día es más un refugio y menos un trabajo. Me he olvidado de hablar por mi boca, por mis manos, por mi polla, por mis ansias. Pero dónde tienes la cabeza niño, habíamos quedado para comprar el regalo de la mamá esta tarde, Joder niña, perdona pero es que esta tarde he estado ocupado siendo yo. Una isla en medio de una maratón corrida a ritmo de cien metros lisos.

Mucho ruido que podría haber solucionado con unos buenos tapones. Con apartar la vista hacia otro lado. Con tachar todas las citas que no convenían de la agenda. Digamos que me he dejado ir y ahora estoy a punto de volver a alcanzarme.

No sé que me ha pasado. Siento extrañeza de volver a sentirme debajo de mi pellejo. Todos los lugares en los que he estado aparecen emborronados en una especie de historia que no me apetece hilar para convertirla en real. Debe quedar así, permanecer dentro del cajón de los errores.

Dónde habré estado todo este tiempo y por qué me duelen los oídos?

miércoles 14 de diciembre de 2011

Jodidos pero contentos.

Cómo están los tiempos! El mundo está irreconocible, pero si ya no nos alegramos por encontrar trabajo sino porque nos convocan a una entrevista. Y allá que vamos, contentos, sintiéndonos afortunados porque el dedo de la fortuna nos ha permitido competir con una piara innumerable de otros en la misma situación que nosotros.

Un mundo en el que la deriva es clara: sólo somos personas tras las cuatro paredes que habitamos, el que las tenga claro. En los demás lugares podemos ser números, mercancía, usuarios e incluso ciudadanos. Este último, hasta hace poco, me parecía un término hermoso, pero en la situación actual, que ejerce de piedra afiladora para mis suspicacias, esta ciudadanía se me asemeja cada vez más a un corsé apretado; estampado, para disimular, con alegres dibujos que ocultan una moralina dudosa y esclavizante. A saber, no se puede ser simple y llanamente ciudadano, hay que esforzarse por ser Buen Ciudadano. Si seguimos con el símil de corte y confección, esto significa vestir atuendo normalizado para todos, que nos asimile, te quepa o no, combine o no con el color de tu mirada. Uniformarnos al fin y al cabo dejándonos elegir el color de nuestras cadenas. Igualdad mal entendida. Reducción a términos mínimos manejables más bien.

Todo está cambiando. Es el miedo. Lo dicen sesudos autores que con mayor o menor acierto aprovechan la coyuntura para dar luz a ideas que hasta ahora no habían sido consideradas porque no atraían a nadie y, en consecuencia, no daban dinero a los de siempre. Por ejemplo, son varios los conocidos que me han dicho últimamente, Lee a Chomsky, tienes que leer a Noam Chomsky, Chomsky, Chomsky, Chomsky. Qué sí, no te apures, lo haré! Cómo si no pudiera sacar ejemplos cada día, en el mismo rellano de la escalera sin ir más lejos, de los efectos de la inoculación del miedo. Porque lo hemos probado de todos los colores y sabores, en todas las presentaciones posibles, de marca y genérico. Comido como aperitivo, para acompañar la cerveza como si fuera un plato de altramuces. Las madres lo extienden en el bocata que los niños se llevan a la escuela y condimentan con él el cocido para toda la familia: cubitos de caldo para realzar el "pavor" de los alimentos. Tanto lo hemos tomado que nuestro cuerpo ha desarrollado una peligrosa tolerancia al miedo y necesitamos dosis cada vez más elevadas para poder estar tranquilos y alcanzar nuestra apática actitud conformista de siempre. Pero eso da igual, el miedo es fácil de producir y distribuir, tendremos siempre la cantidad apropiada, por inconmensurable que sea. Y si a alguien le revientan las entrañas por sobredosis siempre se podrá decir que ha muerto de otra cosa, da igual de qué, de almorranas por ejemplo. Porque el miedo sólo es asesino teatral en las novelas victorianas, en ellas deja el rictus congelado de la víctima, los ojos espantados y vidriosos, los pelos de punta y la piel lívida; como los de cualquier persona que uno pueda encontrarse por la calle dando un paseo vamos.

El mundo está cambiando. A las personas se les exige que lo hagan en el mismo sentido. Y vamos nostros y lo hacemos, es más cómodo así. Preferimos olvidar que algún lumbreras ha invertido la ley de causa y efecto. Las personas dicen, hacen, planifican, sueñan, exigen, proponen, disponen... y después la realidad cambia, no debe ser al revés. Pero claro, si sólo somos personas tras nuestras cuatro paredes (argumentos aparte que desmientan esta libertad doméstica, que los hay en abundancia), tendremos que conformarnos con refundar allí nuestro reíno. Eso si no llegan los suecos a ofrecernos uno prefabricado. Os suena el latiguillo publicitario, "bienvenido a la república independiente de tu casa". Perverso no?