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sábado, 29 de diciembre de 2007

Fin de lo que tu quieras


En este final abrupto la esperanza de que tras el punto y aparte se presente otro personaje que obligue a la historia a dar un giro inesperado me hace levantarme de un salto de al cama.
Da igual mi barba que crece y crece, que más da que ya pueda morderme los pelos del bigote. El dolor de garganta retrocede acorralado por el acoso de las tazas de té caliente y las medicinas, el cielo es uno de esos altos, inalcanzables, tibios y blancuzcos típicos del invierno. En los recodos de los callejones estrechos uno toma conciencia de su esqueleto que se hiela y casi puede oír el chasquido de las rodillas a cada paso.
Pero todo va a terminar, un final extraño que no es más que un tránsito, una especie de peaje en el que nos detenemos, la alfombra de asfalto interminable ante nosotros enmarcada por pinos y con la espina dorsal de adelfas blancas y rosa fucsia, un peaje inevitable en el que relajamos los pies, dejamos el cambio justo resbalar por la campana invertida del puesto de control deleitándonos con el sonido del metal contra el metal que precede al acelerón y primera, la valla que se levanta y nada más superarla, segunda y en seguida tercera y cuarta, lunes, martes, uno, dos, tres de enero y ya ni conservamos la conciencia de habernos detenido.
Da igual este desarraigo provocado por haber conocido sólo edificios de cinco pisos y casitas unifamiliares. No importa nada este deseo de cunetas colmadas de jaramagos y amapolas. Siempre me gustó viajar en verano, en un día nuboso de verano, con el bochorno y el olor a bocata de tortilla invadiendo el coche. Soria y machado, ojalá mi vida fuera algo parecido a estos bosques cerrados, a este silencio, a este aislamiento y esta seguridad que casi se pueden respirar. Se borran las lágrimas de los árboles que se vieron obligados a caminar, a abandonar la tierra que los sustentaba.

Da igual la tristeza que ya se disipa y deja lugar para que la imaginación se dispare en este final que no es más que un descanso para tomar aliento, para buscar deseos debajo de las piedras, para ir de peregrinación a Lisboa o a cualquier otra ciudad que permita encontrar cofres a los pies de las farolas. Da igual el dolor que ya pasó y la sangre que se seca y se vuelve algo parecido a hongos rojos marcianos que invaden los adoquines de la calle donde casi te dejas la piel.
En este final que no es más que una joroba de ballena asomando en la superficie de un mar en calma, todo da igual, sólo toma aire y prepárate para estrenar los ojos nuevos que encontrarás entre el resto de regalos el día de reyes.

Feliz entrada de año a todos.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Rayuela


¡Vamos ahí! ¡No, mierda!

De nuevo la piedra ha ido a parar al quinto pino. Uno acaba hartándose de dar palos de ciego. Harto pero harto, cansado de interpretar mapas misteriosos hasta para ir a por el pan. Uno prefiere quedarse con los virus y con los mocos colgando, descansar de humanidad y de traje de niño grande. Es agotador mantener el llamador en forma de mano que sostiene una bola en vilo, llamar o no llamar. Odio los truenos, o sea que no llamar. Adoro las respuestas, entonces llamar.

Lo intento otra vez, vuelvo a fallar. ¡joder! ¡La madre que parió a la condenada piedra!

Será porque estoy algo débil, porque me escuece la nariz de tanto sonarme, será que me gusta regodearme en la miseria y que deseo con todas mis ganas arrebujarme en el edredón y dormir, dormir profundamente y tener uno de esos sueños lúcidos en los que parece sencillo hacer cualquier cosa que tu voluntad te dicte. Hoy lo necesito más que nunca, no el sueño sino la dosis extra de voluntad.

¡Al carajo! No puedo.

Voluntad para levantarme y ducharme, para ignorar la parte de mi que se cuela por el sumidero, para evadir la tentación de gritar, de llorar. Voluntad para luchar con esta tristeza recurrente, para sonreír cuando alguien me pone cara de extrañeza y me dice “de que cojones estás hablando”. Lo sé, me quejo demasiado, pero es que no soy capaz de acertar, no soy capaz de llegar al cielo.

Ves, esta vez más lejos que ninguna otra, no hay manera.

No es el viento el que me hace fallar, no es el terreno irregular ni el parloteo de mis compañeros de juego, no es nada de eso. Es esta enfermedad, esta afición a revolcarme en el barro de la desesperanza, este zumbido de ordenador y estas letras que van apareciendo y que parecen escritas por otro. Es mañana mudo, mañana sin entender nada de lo que me rodea y deseando regresar a casa para escribir y sentirme seguro. Es que estoy enfermo y ni yo se cuidarme.

Un última vez, ¡hop! ¡coño! Quién me lo iba a decir, en todo el centro.

A la pata coja doy tres saltos, me abro de piernas, un saltito más sobre mi pierna derecha, de nuevo los dos pies en paralelo, las punteras apuntando un poco hacia fuera, me agacho y cojo la piedra, la noto rugosa en mi mano, la aprieto, tomo impulso y salto hacia delante, caigo con los dos pies muy juntos y levanto un poco del polvo del suelo, sólo un poco. Lo he conseguido, he llegado, estoy en el cielo.

Porque algo en mi se niega a vivir estos días como especiales, porque las circunstancias pesan más de lo que parece, porque al fin y al cabo soy más o menos el mismo que quería matar a esa hermosa profesora porque no se molestó siquiera en leer el poema que escribí para ella. Porque sigo sin entender nada a pesar de haber dejado de intentar hacerlo.

Me siento extraño, siempre he sido un extraño, nunca he tenido puntería para jugar a la rayuela como nunca he sabido acertar a quedarme más que un breve espacio de tiempo en este aquí que todos pisan y que a mi me parece aterrador y frío, este estado de las cosas que por mayoría absoluta ha sido declarado como realidad electa y que yo, desde mi mano temblorosa que no es capaz de elevar la voz, veo como una llanura árida.

Extraño jugando a mi edad a juegos de niños, queriendo alcanzar el cielo. Extraño cuando pregunto si alguien quiere jugar conmigo y me responden las espaldas con su mejor sonrisa.

Tiendo la mano con la piedra tibia en ella, con la otra intento elevar la comisura de mis labios para no mostrar tristeza ante el que venga. Nadie quiere jugar con los niños tristes.

Exagero, de sobra lo sé, pero quien es capaz de hacérselo entender a esta hipérbole que tengo por corazón.

Me consuela saber que cada vez que me sueno me alejo un poco de este estado de conciencia alterada en el que lo malo se magnifica y lo bueno directamente no existe.

Ahora una pastillita efervescente y a dormir con la piedra bien apretada en el puño.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Soy leyendo


El último hombre sobre la faz de la tierra se aferraba al cadáver del perro que le había hecho compañía durante los últimos meses. Muerto el perro empezó la rabia, muerta la última esperanza que le mantenía cuerdo, empezó a aceptar la idea de que en el lado de la locura no se estaba del todo mal.
Se levantó y bajó al salón, en una esquina la pala y un viejo saco de arpillera. Enterró su pasado en el primer jardín que encontró al detener el coche, a la vuelta ya no era él y sus ojos veían cosas que jamás habían visto, a la vuelta decidió no cerrar las puertas esa noche.


Hoy he visto una pésima película basada en un libro que me encanta. La película os la podéis ahorrar el libro no deberíais perdéroslo.

Es curioso como los mensajes que extraemos de nuestras lecturas varían según nuestros estados de ánimo y las circunstancias que nos rodean. Parece que alguien ha entrado en casa justo antes de que volviéramos a tomar en las manos el libro que leímos aquella vez y lo hubiera movido con fuerza, agitado como si de una coctelera se tratase, para que las letras se mezclaran y se ordenaran de una manera nueva. Como resultado un nuevo libro que nos cuenta cosas totalmente distintas a las que en su día pudimos leer y sin embargo los personajes son los mismos, las situaciones son las mismas, la historia apenas ha variado.

Pero hoy la muerte del perro no nos provoca pena y compasión sino que es interpretada como un borrón y cuenta nueva, como la muerte de lo que se interponía entre el hombre y su verdadera vida.

Hoy he visto una película que no pienso volver a ver en el futuro porque no creo que guarde mensajes significativos que puedan servirme. Sí, sale Will Smith haciendo flexiones pero aparte de eso no es más que un refrito de lugares comunes típicos del cine de ciencia ficción. Hoy he cogido el libro en el que se basa esa película y lo he abierto por la escena en la que el perro deja de interponerse entre Neville y su necesidad de descubrir la verdad.

Hoy en vez de llorar he apretado los dientes. En este casi fin de año en el que el cambio es deseable no he llorado sino que he apretado los dientes, es curioso.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Me equivocaba

la boca llena de entradas de musical
los dientes teclado Casio
las manos de prestidigitador
el arrojo del que ha besado un centenar de cobras

y te creí
a pies juntillas te creí
las palabras que saltaban tras la tapia te creí

una vez más tocomocho corazón por pronto
muy pronto
nunca
el tiro de gracia y nadie se ríe excepto ese que fuimos

te creí
más humano
más airado
más ligero que el viento
más veloz que tu pasado

creí
al altar súbanlo al altar
izada tu cara mezclada con otras caras
tu voz de cueva huraña
tajante
y sangro la miel de las avispas desnudas
evidentes

te creí igual a esa imagen reflejada en el fondo de mi confianza
te pensé distinto
es evidente que me equivocaba.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Asimilando el sábado


Ya esta mañana cuando he abierto los ojos sabía que algo se había “escuajeringado” por ahí dentro. Tenía la sensación de que todas las palabras que pronunciara me las tendrían que sacar con calzador, de que alguien habría de venir y picar entre mis labios sellados con uno de esos martillos neumáticos.
Uno se va conociendo y sabe cuando está bien y cuando para que lo manden a freír puñetas. Aun así he intentado ignorar mis pensamientos, espesos como la mezcla que Eva Arguiñano preparaba a base de zanahorias y calabaza. La mezcla era para cocinar un flan con verduras, algo novedoso, sorpresivo. Normalmente me río con ese programa, me gusta ver cocinar a la gente y como se despellejan unos a otros, como interpretan un papel que les queda grande. Normalmente ese programa es el preludio de una mañana de cielo azul desvaído, de una tostada deliciosa en cualquier bar, de carantoñas y de planes de futuro. Porque los sábados son los mejores días para pensar en que será de nosotros el año que viene, en como será nuestra casa y en que nombre le pondremos al perro que tendremos. Pero hoy me he levantado distinto, en otro lugar, en otro día que tenía el aspecto de un sábado, sus olores, su cielo azul celeste emborronado, su sonrisa, sus besos y sus intentos de poner algunos pasos más en el camino. Pero en realidad he abierto los ojos a ese octavo día de la semana que de vez en cuando se cuela entre los demás, ese día que es algo así como un páramo desolado de Soria pura cabeza de Extremadura, donde no hay bares ni tostadas, donde el cielo está contaminado y no deja ver el sol, donde las piedras del camino, que ya apenas se ve, están llenas de aristas preparadas para morderte. Ese día de la semana que a veces se prolonga y se repite como una tortura; te acuestas y al día siguiente más cielo polucionado y más piedras en el camino, días y días que se repiten y tu cada vez más delgado porque no puedes ir al bar a pedir un triste café y una tostada aunque sea de pan duro y aceite de coche usado. Te mueres de hambre y la Arguiñano que sigue con sus dimes y diretes, que saca el flan del horno y lo vierte en una fuente: perfecto, será zorra la tía, con la cara que tiene y lo bien que cocina. Me consuelo pensando que es un truco de cámara, que en realidad es su hermano el que lo ha cocinado y que lo han puesto ahí en el intermedio, me decido a hacerlo yo en casa aprovechando que para el plato que hoy han propuesto tengo todos los ingredientes, sólo me falta el molde.
Así que arriba y que alguien me despegue los labios porque vivo en la ciudad con más bares por habitantes y con menos cerebros por metro cuadrado del universo, con más sábados al año llenos de cielos azules tan claros que dan ganas de coger el rodillo y darles unas manos de azul añil y así arrebatarle al invierno el privilegio de hacer que todo parezca más gris. Así que déjame una bufanda y ayúdame a esquivar estos despertares tan malos, ayúdame a poner en pie mi propio flan, guíame del brazo hasta el cortado y la entera con mantequilla y jamón york, déjame que me de cuenta yo sólo de que ya me ha pasado esto otras veces y que siempre he salido adelante, déjame que hable con ese fantasma que tengo dentro, déjame en mi casa que ahora mismo preparo un flan de zanahorias y calabaza, pero antes vamos al chino que me falta el molde.

El resultado, a la vista está, no es el más deseable, pero esto de la cocina es parecido a las máquinas de marcianos, si te matan echas otra moneda y continuas por donde te hayas quedado. El año que viene peligra la fiesta de los difuntos tipo yanqui y es que voy a necesitar muchas calabazas para que el puto flan salga comestible.

Moraleja: el que se rinda se tendrá que comer mi flan de mocos.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Infancias ficticias del adulto desrealizado I


El Capitán Iglo.

Paseando, paseando, camino de la compra, me miré los pies y tenía puestos esos horribles calcetines de punto con los que mamá solía torturarme, vi unas piernas regordetas asomando de unas perneras que apenas legaban a las rodillas y el peto de pana que era el uniforme para ir a dar de comer a las palomas los domingos en el parque de Maria Luisa.
Papá me echaba arbejones en la cabeza, entre los rizos rubios que entonces tenía y que hoy no son más que un recuerdo que me pone los dientes largos. Los caminos del señor son inescrutables, mira que darme entonces esos tirabuzones y ahora hacerme sufrir el avance de mi frente. Papá me echaba arbejones en la cabeza y me ponía los brazos en cruz con las palmas hacia arriba, en ellas más arbejones, “estate quieto” me decía mientras, cámara en ristre, clavaba la rodilla en el albero y se quedaba esperando. “Pero que hace este hombre”, pensaba yo, “me estoy haciendo pis, esto es un coñazo (o la expresión infantil equivalente a coñazo, aunque yo siempre he sido muy mal hablado y a lo mejor ya entonces poseía esta capacidad ilimitada para el insulto que es uno de mis superpoderes de adulto inmaduro)”. A los pocos minutos sentía un pinchazo en el cuero cabelludo, otro en el brazo derecho, otro en la cabeza, más y más pellizcos en los brazos, ya estaban allí, una horda de palomas que picoteaba con saña la comida esparcida por mis manos y mi cráneo sin reparar en si eran semillas, piojos o carne joven de niño con calcetines de encaje y peto de pana lo que sus picos taladraban. Llegaba un momento en el que no podía resistirlo más y a pesar de esa sabia lección que reza que los niños no lloran yo rompía a llorar, entonces sonaba un clic perfectamente audible, un clic alto y claro, un clic que precedía a la risa estruendosa de mi padre y al “no llores mariquita”. Hoy sigo llorando más que la media, siendo más mariquita que la media y conservo las fotos del niño atacado por las palomas, más parecidas a fotogramas eliminados del montaje de Los Pájaros de Hitchkock que a una estampa de felicidad infantil. Hoy paseando de camino al supermercado he tenido una alucinación y me ha parecido ver esos horribles calcetines de encaje ya amarilleados por los años.
Para que el niño dejara de llorar un barquillo y al coche, a casa a cenar, papá conducía un poco más rápido a la vuelta, adelantando de manera temeraria. Hoy sé que no fue piloto de carreras en su juventud y que no se le podía aplicar lo de él que tuvo retuvo. Hoy sé que lo que sucedía, y a mi también me sucede actualmente, también muchos domingos qué casualidad, es que el alcohol envalentona y que para aguantar a unos niños en el día del señor (hoy también sé que ese día no estaba dedicado al señor del quinto h sino a un tal Dios que vivía en la azotea), para aguantar a unos críos decía, es imprescindible un refresco transparente de olor extraño con un gajo de limón. ¡Cómo corría papá de vuelta a casa!
Al llegar aun esperaba una sorpresa desagradable, el pequeño estómago del pequeño niño con las pequeñas heridas provocadas por los picotazos de las palomas enormes como buitres rugía. Papá salía disparado al baño y el niño se sentaba a la mesa sin quitarse siquiera los zapatos ni el abrigo, “tengo hambre” decía. La mamá-espalda gruñía, “tengo hambre” repetía el niño con un ligero tono de enfado. Entonces, veloz como un rayo mamá-espalda se transformaba en mamá-ironía que se giraba enseñando unos dientes afilados como los de un tiburón y alargando una enorme fuente repleta de palitos de merluza decía: “aquí tienes, come”.
Al niño empezaban a dolerle más los brazos y la nariz le empezaba a moquear, intentaba contener la primera lágrima sin conseguirlo nunca. “¿No tenías tanta hambre, entonces por qué no comes?” Le espetaba mamá ironía con satisfacción.
Así terminaban muchos domingos, el estómago vacío porque era mejor pasar hambre que comer palitos de merluza, domingos de insomnio y de sublimación de la ira que el niño sentía mediante una fantasía recurrente: el Capitán Iglo era estrangulado, troceado y devorado ante su ojos por unas merluzas que no se molestaban ni en rebozarlo.
Pero a pesar de todo al entrar en el supermercado me he dirigido como un autómata hacia los congelados y allí estaba, el viejo del chubasquero amarillo. He cogido un paquete y lo he echado al carro aun sabiendo que no me comeré el contenido jamás. Pero mi cabeza tenía hambre, la memoria demandaba un gesto como ese. Un extraño sentimentalismo el de añorar esos domingos largos y plagados de lágrimas. Manías de este adulto en el que me he convertido.

martes, 4 de diciembre de 2007

Ofrezco (te)


-Un mundo emplumado, suave, un poco demasiado edulcorado.
-Toda la fuerza del rió que rompe la presa, del agua que ahoga a Superman que llega tarde al rescate porque ni es super ni es man.
-Un rosa, un volcán extinto y otro que aun es capaz de hablar y humear. Un abono viaje para saltar de planeta en planeta, un zorro que oposita a perro pachón, una serpiente asesina que come elefantes, un pelo rubio ensortijado, la risa de un loco francés confundida con el zumbido de las hélices.
-Estas manos de pianista expertas en tocar granadas de mano.
Esta boca de palabras con ortodoncia.
Este cerebro rebozado con arena y perejil.
Este motor que se cansó de repetir cuarto de corazón.
Esta intención de cantante sin canción.
-Una excursión a Gibraltar para dar de comer caviar a los monos y reírnos de ellos.
-Mi silencio, si lo quieres. Mi grito, si lo quieres. Mi sangre en bandeja, una maleta con ropa vieja. Una hoguera, una puerta ignífuga, un calendario indestructible.
-Café, tostada a la italiana, un beso, una erección, una semana de seis sábados y un domingo por si te da por recuperar esos imposibles que hoy ignoras, que te empeñas no ver.
-Una caja vacía en el banco, un folio en blanco, un campo en barbecho, un bulbo de jacinto, la pregunta de un niño, globos pegados al techo, el monje deshabitado, el orden por fin destartalado, en el mismo plato servidos el dicho y el hecho.
-Mis torpes intentos de dinamita mojada, la prosa derrumbada, los cuentos sin moraleja contados a las tantas de la madrugara.
-Escaleras solo de subida, infiernos convertidos en parques temáticos a los que sólo se puede ir de visita, sueños que se inflan y no revientan.
-Una cerveza helada, unos chicharrones. Una invitación para la boda de la Amalia con el dueño del tremendo. La primera piedra de cualquier proyecto que te apetezca emprender. El último aplauso exprimido de unas manos con palma de mandril.
-Mi cuerpo, mi mente, mis palabras.

Si lo quieres, para ti.

Predicando en el desierto

A veces me ocurre que al llegar a casa no encuentro ese olor familiar que me calma y me hace suspirar. Un hedor a azufre ha ocupado su lugar, una peste insoportable que precede al chirrido de la puerta y a la bombilla que no se enciende o que parece alumbrar menos que de costumbre. Resulta que no es azufre sino la arena del gato que empieza a desprender un desagradable olor químico a amoniaco.

En esos días en los que acabo hablando sólo, en los que acabo divagando sobre lo lejos que está el techo, casi tan lejos como el cielo que hoy ni siquiera me he molestado en mirar, casi tan lejos como un mañana que sea diferente a este hoy que se me muere a los pies y que se desploma para abonar el suelo de mi pasillo donde ya empiezan a brotar las hienas burlonas, donde las serpientes dibujan en su huida eses en las dunas de arena helada, eses que no inician ninguna palabra, ningún susurro, que ni siquiera son el preludio de un balsámico silencio.

Me quedo contemplando el desierto de mi pequeño reino construido a impulsos, a golpes irregulares de dudosa inspiración, ese reino capaz de convertirse en la más decrépita de las ruinas en tan sólo unas horas y capaz también de recuperar su esplendor olvidado en el mismo periodo de tiempo. Observo la luz ambarina del farol hurtando protagonismo a la luna, luz enfermiza que se cuela hasta casi el pie del sofá que cruje cuando me dejo caer en él. Así no hay quien saque la ira que lleva dentro, así es imposible que a uno le crezcan los colmillos, imposible que se desarrollen unas garras feroces capaces de hacer jirones este disfraz de hombre gris, de persona que camina como otras personas, que come a sus horas, que no dice ni piensa sandeces, que consume su dosis diaria de consumibles. Con esta luz en imposible cumplir mi sueño licántropo.

Así se escribe esta llegada, este arrastrar las orejas de perro apaleado, estas ansias traicionadas de convertirme en el mas inadaptado de los poetas, de abrazar el cadáver de mis propias metáforas aprendidas en una insigne escuela de imitadores, el más desequilibrado de todos los hombres, el más humano de todos los animales. Este chirrido de bisagras, el olor a la arena de gato, los cacharros acumulados en la pila que se oxidan y apestan a queso, el tendedero podrido desde las raíces da sus últimos calcetines que calentarán mañana estos pies huesudos y monótonos. Llego, abro la puerta, se muere mi traje gris a mis pies, lo mudo por otro que será igual de gris, igual de feo, con los bolsillos, como el que acaba de fallecer, llenos de agujeros, con las polillas agarradas a las solapas alimentándose, ese traje gris que se ira endureciendo mientas duermo y que mañana me oprimirá la garganta y la entrepierna ahogándome esta voz que hace tiempo no dice nada, que hace tiempo que no suena con tanta fuerza como me gustaría.

Abro la puerta y entro en mi casa para encontrarme cara a cara con este final de lunes al que asfixio antes de que abra la boca para decir todo lo que no quiero escuchar por ser de sobra conocido, por ser de sobra evidente, por ser de sobra inservible.

Se acaba el lunes para este hombre cansado de llevar traje y no tener una corbata en la que ahorcarse.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Como las culebras



Por fin he podido sentarme en mi sillón más de media hora seguida. He mirando las pilas de libros que tengo pendientes. Los de poesía, como manzanas demasiado ácidas, yacen mordidos y me sacan burlones el marca-páginas para retarme a retomarlos. Un par de novelas, Lisboa y los mundos ficticios de un imitador torpe de Poe. Por fin con ganas de amarrarme a esta silla y dejar que los dedos hagan lo que saben hacer.

He releído el cuaderno que entre todos rellenamos en las últimas vacaciones de las que he regresado algo distinto, como si un parásito se hubiera instalado en mi pecho y me estuviera devorando poco a poco, me estuviera dejando hueco, preparado para recibir el resto de días que me fueron asignados.

Ahora ando con una sonrisa en los labios a pesar de que llevo una semana entera levantándome a las siete de la mañana para no volver a casa hasta las once de la noche. Es curioso como algo que hace apenas un mes me hubiera dado ganas de subir a la azotea y simular un suicidio, pobrecito que se calló mientras recogía la ropa tendida, pobrecito que se le han vuelto a manchar las sábanas que tan blancas le habían quedado. Es curios, decía, como esta agenda tan repleta que me hubiera hecho desesperar, hoy es uno de los mayores alicientes que he sentido en mucho, mucho tiempo. A pesar de que añoro leer, tener una hora para poder degustar los párrafos anárquicos de Antunes o la rotunda sensualidad de Castaño, poder atrincherarme delante del teclado y no dejar de escribir ni un segundo, escribir como si fuera a morir a las diez en punto del día de hoy, juntar versos torpes que parecen no acabar jamás, sentirme estúpido leyendo otros versos de otras manos que también se sienten inútiles, de otras cabezas que también actúan de enemigas de los cuellos que las sustentan y de todo lo que hay más abajo.

Recuerdo ahora como desperdiciaba el tiempo, como me sentía al haber logrado no hacer nada en toda la tarde, como me daba cabezazos contra el miedo a quedar convertido en estatua.

Pero hoy me han crecido unas ganas enormes de mirar atrás, me ha brotado una curiosidad pícara por saber como era, como me comportaba hace unos días. ¿Me habré quedado en el norte? ¿Me habré ahogado en el Tormes? Es que no acabo de reconocerme en este olor a ambientador eléctrico para intentar disimular el tufo de las croquetas requemadas que viene desde la cocina, en esta voz de un tal Ángel Gonzáles que se desperdiga en versos, “prefieres mis ojos solos o con rimel”. No me reconozco en estas ganas de estrenar camisa de manga larga (yo que siempre he renegado de esa prenda), en este hurgar entre todas las fotos de futuros improbables, en esta peste a mañanas grises ardiendo en medio del salón.

Me siento distinto, pero sé que no soy más que el resultado de un parto aplazado. En mi cama yace la muda de piel que se quedó pequeña, en el rostro una expresión atónita, el gato muerde el pecho de mi antiguo envoltorio y yo aun fresco y sin endurecer escribo como si fuera a morir a las diez de esta noche y escucho un llanto de recién nacido.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Salamanca tierra mía de arte y sabiduría...

Me voy, me marcho de esta ciudad, voy a disfrutar de esa sensación tan placentera que se experimenta al divisar el cartel de fin de población. Sevilla tachado con una línea diagonal roja que va de lado a lado del rectángulo que enmarca las letras de esta ciudad que odio, de este pueblo que amo, de este nido de pájaros, pajarracos, canarios y urracas.

Me voy, veo el cartel y acelero, ahí te quedas Sevilla. Al momento siento ganas de llamar a mama, pienso en qué estará haciendo Tomás, pienso en mi gato saltando por las esquinas. En el parque el domingo, en churros con café (adiós divino brebaje) en la calle Feria, pienso en esa duda que sobrevuela el cielo de mi ciudad, esa duda que me excita, me motiva, me aplasta, todo a la vez.

Me voy, mi corazón está acelerado, no sé si llevar o no el diazepan, pienso en el frío, en mi cabeza recién rapada, en los bares llenos de gente que no me conoce, en caras nuevas, allí podré gritar a gusto. Pienso en el desayuno de mañana por la mañana en algún lugar de Cáceres, en el frío que hace en los lavabos de las gasolineras y en que casi mejor me orino encima antes que exponer mi pobrecito pene a ese frío polar.

Pienso en una calle cuesta abajo y yo montado en un carrito de la compra, sin frenos, chocando con los coches aparcados a los lados, la gente sale a los portales de sus casas para ver que es ese escándalo. Así me siento, cuesta abajo, precipitado, corro peligro de muerte, pero sonrío montado en mi carro, al final me espera Salamanca y un amasijo de hierros, una mandíbula desencajada no sé si del golpe o de la risa.

Me voy, disculpen los errores, es la prisa, es que no quería marchar sin despedirme, ante todo la educación, ante todo esta costumbre que me reconforta, esta forma de escribir para mi y para todos. Me voy y no pienso repasar lo que arriba he escrito. Hasta la vuelta.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Distorsiones de la Fe

Hay una canción conocidísima que viene a decir lo que hay que hacer para subir al cielo. Hablo de La Bamba. Según su letra sobra con dos escaleras, una grande y otra chica, para alcanzar ese lugar al que todos queremos llegar; los creyentes para ver a dios (con minúsculas) y los no creyentes para dejar de oír su nombre en todas partes.

Al cielo también se llega por autopista, sino acuérdense de ese ángel venido de la casa de la pradera.

Lo que nadie dice es que no hay carretera de vuelta y aunque se llega por una amplia vía con tropecientos carriles estos son de sentido único, nadie jamás pudo encontrar ni siquiera una mísera carretera comarcal de esas que sisean por las faldas de una montaña para poder escapar, quiero decir regresar, del paraíso.

Lo que nadie dice es que cuando has subido el último peldaño alguien empuja el filo de la escalera que se apoya en el borde de al nube y allí nos quedamos, atrapados en el anuncio de Philadelphia, con una panda de ángeles madrugadores tocapelotas dándonos palmadas en la espalda y ofreciéndonos consuelo mientras contemplamos como nuestra única vía de escape se desploma sobre la tierra que ya no pisaremos.

A tu espalda suena una voz melosa: “aquí vas a estar de maravilla” y a ti se te erizan hasta los pelos de tus antepasados. Y es que aunque los barrotes sean de oro y las camas tengan colchón viscolástico, no dejas de estar en una cárcel.

Del cielo no se puede volver.

Por eso resulta tan aterrador penar en él, por eso he decidido que no iré. En su día hice caso de lo que me decían. En verano, fui a Matalascañas en lugar de alquilar un coche, meter un saco de dormir en el maletero y lanzarme a viajar sin rumbo fijo, amordacé a la Louis que llevo dentro. Anduve con mujeres a las que tenía más ganas de peinar que de penetrar hasta casi los veinticuatro años. Estudié y aun no terminé una carrera cuando yo hubiera querido hacer cualquier otra cosa, siempre sobrevoló por mi cabeza eso de convertirme en bohemio y alimentarme de pastillas de aire. Toda mi vida he sido obediente, pero en esto no pienso ceder.

Aun no sé como voy a evitar mi ascensión. Pronto se podrá subir de muchas otras maneras. La escalera de mano se convertirá en mecánica, habrá ascensores, se podrán tomar globos aerostáticos y zeppelines en los que el viaje se amenizará con una fiesta finísima, se podrá subir por abducción o incluso por wi-fi, yo ya he sentido alguna que otra vez el tirón que da una red inalámbrica a mi pobre alma despistada. Y si logro evadir todas esas vías queda mi querida familia que me subirá, aunque sea a pulso o ayudados por una garrucha. Ellos no permitirán que su niño se quede.

Pero he decidido que no voy y no voy a ceder a ninguna presión, se acabaron las imposiciones. Aunque tenga que enterrarme en al cripta más escondida de las ruinas egipcias atesorando conmigo un alijo de drogas y alcohol para engatusar a toda una clase de primaria y llevármela conmigo, celebrar una orgía con ellos, chuparles la sangre con una pajita y después hacerme un collar con sus ojos. Aunque tenga que seguir un curso del CCC sobre “¿Cómo convertirse en el anticristo sin necesidad de cuernos, piel rojiza y rabo puntiagudo?”, aunque tenga que empujar a las viejas cuando pasen coches, aunque tenga que dejar de reciclar.

Haré lo que sea necesario para que no me concedan el pasaporte y pueda quedarme aquí un poco más, sintiendo y padeciendo. Nada de nimbos ni omnipresencia, prefiero la caspa y el llegar tarde. Nada de sonrisa beatífica prefiero el aliento después de un sábado por la noche. Nada de milagros, prefiero las pequeñas sorpresas. Nada de sitios de los que no se puede volver, porque para subir al cielo es requisito indispensable estar muerto pero no ser enterrado. Muchos de los que conozco ya están en el cielo, se les ve felices pero yo atisbo algo extraño en la expresión de su cara, algo que me hace sospechar de su felicidad.

¡Qué no voy!

jueves, 1 de noviembre de 2007

Perfecta tela que araña.

Los libros de terror ambientados en la época victoriana. Como si me hubiera perdido en los faldones de un de esas asustadizas señoronas. El corazón delator con su bombear de fondo, su latido de la lechera al que ya nadie atiende, vía libre para que los asesinos puedan campar a sus anchas por esta pradera tan verde y llena de candidatos a ser homicidiados. La espada de Aragorn, los ojos azules de los elfos, la sabiduría de Gandalf que sabe como salvar todo un mundo pero que no sabe hacer los huevos fritos tan buenos como los que hago yo. ¿Cuál es la verdadera magia? Y los personajes que siguen construyendo muros inútiles, comiendo en restaurantes chinos atisbados desde la ventana de un apartamento en la gran manzana, vagando y vagabundeando por la ciudad, muriendo y siendo resucitados por sus hijos, atentando con bombas caseras. Lisboa que sigue languideciendo, se caen los azulejos de los edificios avejentados y los costa marfileños se siguen vistiendo de fiesta para ir a bailar, la luz me revienta las retinas cuando desemboco en la plaza del comercio, Adriana sigue tan loca como las canciones que suda y aun sin leer a Saramago. Pero en Portugal también hay adelfas y las avenidas tienen grietas tan grandes como las de aquí. Mientras en todas las ciudades del mundo mi enviado especial es decapitado, en las vegas, en un casino de mala muerte, Julio y Ray juegan a las cartas, el viejo y el muerto, el genio y el poeta, se juegan su mejor párrafo, los conejos esponjosos muerden los tobillos de Ray y una pila de libros arde a los pies de Julio. Y sólo yo me acuerdo de Cobain y de sus cuatro acordes, creo que se suicidó algo más rápido de lo que estoy haciendo yo, cómo pude admirar a alguien que gritaba así, pero era eso o nada, luego vinieron las ensaladas de voces, de canciones sin dueño y mi oído tetrapléjico, un poco de Hitler en mi corazón, un poco de salsa de esquimal con trastorno bipolar, un poco de ruido de fondo.

Y mis letras que no dejan de repetir una súplica desesperada, una extrañeza como la que se experimenta al pasar una y otra vez frente al mismo arbusto en el bosque cuando te has perdido. ¡Coño, ahí está la solución, te has perdido! Víctor te has perdido, que putada porque siempre te dio reparo preguntar, siempre preferiste vagar y vagar hasta encontrar tu mismo el camino o bien caer exhausto en la cuneta. Tampoco importa mucho esa timidez tuya porque no hay nadie a quien puedas preguntar. Al menos yo no veo a nadie en este día tan claro, tan bueno para caminar, para dormir al borde del camino, entre los jaramagos y los esqueletos blanqueados al sol de los que en su día se rindieron a la evidencia que hoy has descubierto.

En la maleta un mohoso cadáver, los ojos vidriosos de vidente frustrado, las plantas de los pies en carne viva de tanto caminar por caminos adoquinados con pirañas. La espalda aun pegajosa por haber dormido demasiados años en camas de algodón de azúcar.

Y Machado machaca la evidencia…

“…Dice la monotonía
del agua clara al caer,
un día es como otro día;
hoy es lo mismo que ayer…”

Sé que no soy el mismo que ayer ni el mismo que la semana pasada o que mes pasado, que el año pasado, sé que voy cambiando, incluso mi madre me dice que estoy más guapo a pesar de mi eterna cara de cansancio, pero a veces me cuesta creer en ese cambio y es que hace tiempo que se congeló el río Guadalquivir.

Me aburro de recomponer jarrones que se me cayeron de las manos.

lunes, 29 de octubre de 2007

Sorpresa



Inútil
como azotar una mirada que cuelga inerte entre los galgos
este principio contenido
apenas un temblor de mañanas sobre tacones de Richter
la uña descubre limaduras despistadas
posos que caen y se desintegran
y las lápidas despellejadas de epitafios
escupen mármol sobre el fuelle del perro indeciso
que no sabe si morir o terminar viviendo
ensimismado en estrechas cerraduras sin pajarita

Ciego
polvo de sangre en la boca desecada
aquel verano recalcitrante
sopor de mosquetero ensartado

Destartalado y lloroso
el hombre se asusta
del basto mundo meciéndose entre sus inesperadas manecillas

jueves, 25 de octubre de 2007

TIPOLOGÍA A LA LIGERA DE SERES HUMANOS

Me suele suceder con casi todas mis lecturas que al volver a ellas, al repasar los pasajes que subrayé en su momento o al descubrir otros nuevos que en un principio pasaron desapercibidos, un chispazo de admiración me asalta. “¿Pero como no pude darme cuenta en su momento de la verdad o de la belleza que se encierra en estas palabras?”, ese suele ser mi pensamiento habitual.

Los que visitáis mi blog de manera habitual podéis ver que ahora estoy inmerso en la lectura de La Insoportable Levedad del Ser. Este es un libro riquísimo que me sirvió de puente para descubrir otros autores de los que Kundera bebe y se alimenta. Pero obviando la globalidad de la obra, pues no quiero discutir sobre sus méritos ni sobre su calidad, me centro en un pasaje en particular que encaja como anillo al dedo en mi manera de ver el mundo.

Veréis, yo suelo andar por la calle en apariencia despistado, mirando a todos lados, absorto en las personas que pasan y en las que están por encima de mi colgadas en los balcones. Fijándome en todo y en nada, haciéndome una composición de lugar, aportando imaginación para darle sentido a toda esa maraña de gentes y de calles, de voces y de ruidos de tubos de escape, a esa mezcla que se presenta ante nuestros ojos y que como es inmediata y próxima tendemos a identificar con la realidad. Para poder dar un paso más, para poder penetrar esa cáscara que se nos presenta a los sentidos necesito controlarla, saber que si estiro los brazos o la palabra para intentar asirla no se me va a escurrir, no me va a esquivar y a hacerme pedorretas, no se va a burlar de mí.

Controlar. ¿Cómo controla el ser humano las cosas? ¿Cómo las objetiva y las hace manejables? La respuesta es clasificándolas, categorizando lo amplio hasta reducirlo al pequeño espacio que en la cabeza ocupan los conceptos. Así podemos entender lo que nos rodea y aunque corremos el peligro de asfixiar lo que comprimimos para que se ajuste a la estructura de nuestra mente, no podemos evitar hacerlo. Nos estallaría la cabeza si tuviéramos que manejar todas y cada una de las variables que nos influyen y que emanan de nosotros mismos.

Por eso si agrupar el mundo en categorías es inevitable y necesario es insano resistirse a ello. Pero algo que si me gusta hacer, algo que considero divertido y que airea los recovecos entre las circunvoluciones de nuestro cerebro, es buscar sistemas de categorías que tengan un punto de originalidad, que nos sean los que utilizamos todo el mundo, opciones que hacen que nuestras capacidades crezcan, que nuestra manera de ver el mundo no sea una y monolítica.

En este punto vuelvo a Kundera y a su realidad liviana. Otro día hablaré, si me apetece, de la tesis principal que se defiende en el libro: ¿Qué pesa más la existencia o la mierda? ¿Qué es mejor lo pesado o lo ligero? Pero hoy simplemente quería presentaros la clasificación que de las personas se hace en las páginas de esta obra. Además estoy juguetón y me voy a posicionar en una de las cuatro categorías e incluso intentaré poner ejemplos de las otras tres.

A grandes rasgos se distinguen cuatro clases de personas:

1. Los que anhelan la mirada de una cantidad ingente de ojos. Los que necesitan un público anónimo. Aquí se encuadrarían la mayoría de artistas. Yo me atrevería a decir que también la mayoría de políticos. Peligros de pertenecer a esta categoría: si se pierde el favor del público se deja de ser persona, cuando esto sucede se busca un auditorio ficticio: una manada de perros, un grupo de muñecas apoyado en el cabecero de la cama. Así el orador destronado habla con peluches y el escritor desahuciado escribe octavillas y las lanza por la ventana para que las lea cualquiera que pase.

2. Los que anhelan la mirada de multitud de ojos pero conocidos, personas cercanas que escruten su vida. Son los que viven por y para los amigos, para reunirlos, para organizar fiestas, para estar acompañados y ser el centro del mundo. Peligros de pertenecer a esta categoría: cuando se cierra la puerta y el sarao termina ellos mismos ponen el interruptor que se ubica detrás de su oreja en posición de off, se desconectan hasta que de nuevo llegan sus conocidos y vuelve a empezar la máscarada.

3. A los que le sobra y le basta con la mirada de la persona amada. Viven por y para su amor que puede ser o no sincero. Toman la decisión de entregarse a una causa, de concentrar energías, de considerar accesorio todo lo que rodea a esas dos mitades platonianas que se han encontrado de nuevo tras años de búsqueda. Peligros de pertenecer a esta categoría: como a las plantas, si se riega mucho ese amor acaba por pudrirse y no hay nada más desagradable, nada que hieda más, que un corazón podrido.

4. Los que necesitan la mirada fija sobre sus espaldas de alguien inexistente o que está lejos. Son aquellos que actúan para contentar a ese otro que les observa, para que se sienta orgulloso de ellos. Suelen ser calificados como soñadores ya que tienden con sus actos a satisfacer los más elevados ideales, tienden a acciones espectaculares, a locuras con encanto. Todo para que el que los observa asienta y sonría contento por el hecho de que le hayan ofrecido en sacrificio un sueño. Peligros de pertenecer a esta categoría: Contraer enfermedades infecciosas por olvidar la vacuna antes de viajar a un país depauperado para combatir el hambre, ser detenido una y otra vez por las fuerzas de orden público por hacer pintadas sin mucho sentido en lugares considerados como de mírame y no me toques, oír la voz del ser que intentan contentar y obedecer a pies juntillas sus órdenes, lo que puede llegar a los más irracionales comportamientos imaginables. Esta tipología suele cursar a menudo con esquizofrenia y otros trastornos psicóticos.

Como veis no he hablado de las ventajas que aporta la pertenencia a una u otra clase. Eso lo sabe cada uno, sabemos como somos y cuales son nuestras virtudes. Solemos en cambio obviar nuestras deficiencias.

Ahora me posiciono, desde mi mentirosidad (que es el escalón siguiente a la subjetividad), en la cuarta categoría, la de los soñadores, la más hermosa a priori pero la más peligrosa. Aun no oigo voces pero muchas veces me descubro asesinando en mi imaginación a mis enemigos con la saña de un gorila enfurecido para satisfacer a Edgar, otras escribiendo hasta las tantas de la madrugada para que ese yo que no existe se apacigüe, casi siempre actúo imaginando qué pensarían los fantasmas de todas las personas importantes que han pisado mi vida.

De las otras tres categorías se me ocurren varios ejemplos de mi entorno pero que os resultaran ajenos a los demás, por eso voy a intenta elegir a alguien que todos conozcamos. En la primera categoría, se podría elegir a cualquier político, pero creo que el más showman de todos es Carod Rovira, ¿qué haría él sin su público?. Para la segunda parece que ni pintada la Preisler, que tiene que ser un poco menos persona desde que le arrebataron el anuncio de los bombones granulados. En la tercera podríamos meter a Belén Esteban, entregada a su amor por el torero chupa-chups. En la cuarta categoría ya me he situado yo.

Ahora probad, probad vosotros a colocar a la gente en su sitio. Usando personajes dignos de mofa puede resultar divertido, haciéndolo con los personajes cercanos, con tus amigos y tus familiares resulta inquietante pero tiene su punto.

Que lo disfruten.

Este habitante de la cuarta categoría se va a soñar.

martes, 23 de octubre de 2007

INSTRUCCIONES-INTENCIONES

Mi existencia se tiende entre dos polos que no son exactamente opuestos. Una línea que transcurre entre dos puntos no del todo bien definidos, una cuerda tensada entre lo que es y lo que podría ser. Subido a ella yo, con mis mallas brillantes, con mi mirada fija en la arena de abajo, imaginando el placer de una caída, de un final, y a cada extremo una voz que me llama.

La voz de un joven alto, apuesto, educado y vestido con traje y corbata desde un lado me incita a que me dirija hacia él. Voz profunda y templada. Ven, tranquilo, con calma, aquí estarás bien, este es tu lugar, aquí olvidarás.

La voz estridente que llega desde abajo y choca con mis rodillas, un enano me llama desde el otro lado, va vestido como yo, y me ofrece un trago de la botella que lleva en al mano. Toma, bebe, despierta, aquí recordarás.

Mi vida entre la necesidad de aceptar la realidad aburrida pero que me cohesiona y las ansias de entregarme a la ficción terapéutica que me arranca la risa pero que no deja nada en su lugar.

Entre el vacío que todo lo llena y la tierra que se bebe ansiosa el diluvio.

No consigo hacer hablar a las balanzas y acabo siempre subiendo una empinada cuesta arriba.

Me acerco y me alejo, amarrado a mi mástil, entre los colmillos, me dejo engatusar por el coro de sirenas.

Tengo intención de mostraros mis equilibrios sobre esta cuerda.

Tomen asiento.

viernes, 19 de octubre de 2007

Cosas imperceptibles que sucedieron hoy viernes

Una certeza me asaltó esta tarde cuando llegué a tu casa. En realidad, ahora que lo pienso, todo comenzó con tu llamada y tu oferta de menú repetido. Me hizo gracia que preguntaras si no me importaba comer pasta otra vez, siempre tan atento. Después de esa llamada supe que no iba a ser una tarde más. Supe, después de colgar, que debía acelerar la marcha. Me calcé las botas de cuatro leguas y llegué a tu portal en apenas dos zancadas.

Hundí el dedo en el botón del portero automático, con fuerza, con ansias. Subí los escalones de dos en dos y me planté frente a tu puerta que ya estaba entornada invitándome a pasar. Me demoré unos segundos en el descansillo, observé el macetero destartalado de la vecina de enfrente y agudicé el oído para ver ti te podía pillar in fraganti atendiendo a uno de esos programas de cotilleo y gastarte así la manida broma de llamarte marujona, ese chanza privada que es ya un saludo.

Una vez dentro de tu casa, tu espalda a rayas horizontales en dos tonos de azul, el grifo que suena, el volumen de la televisión muy bajo, mi cansancio que se va deshaciendo poco a poco, mis preocupaciones que se escurren por las perneras del pantalón y caen al suelo, huyen de mi, raudas se esconden tras el aparador para que no las pise. Mis cucarachas que se retiran hasta que llegue la noche del domingo y me duerma, entonces esperarán atentas en el cabecero de la cama a que un ronquido me abra la boca zambullirse vía oral en mi cerebro preparado de nuevo para atender a la montaña de los hechos accesorios que sucederán entre el lunes y el viernes.

Tallarines con champiñones. Añado dos tipos de queso. Añado pimienta que, a pesar de tu advertencia, se vuela con el aire del ventilador de techo. Caen las palabras, los movimientos se lentifican, puede que alguna vez hayas estado tan cerca de mí como en este momento, pero yo no me había percatado. Se que me miras sorber un tallarín que cuelga de mis labios parecido al cordón de tus bambas, incluso puedo sentir tu sonrisa. Has debido tocar la tecla que activa mis sentidos adormilados.

No me ha pasado nada especial, me dices. Pienso en mis obsesiones de cabecera, mis historias descabezadas que invento para no aburrirme en la oficina y que sólo yo entiendo, mi preocupación por las distancias entre lo que era y en lo que me estoy convirtiendo, la cara de estatua que se me está poniendo, la ilusión de que alguna de mis letras toque la tecla adecuada y rebote más de tres veces sobre la superficie del lago antes de hundirse, la lista interminable de cosas que nunca haré, el papel en blanco que no es más que el telón de mi miedo. Recapitulo y decido que no es un buen momento para divagar. No quiero aburrirte, así que te respondo que yo tampoco he hecho nada especial y en seguida me pongo a pensar en tus obsesiones de cabecera, en si inventas historias cuando te aburres o haces sudokus, en si te preocupan las distancias a recorrer o si guardas recuerdos de las que ya has recorrido, en que ves cuando te asomas al abismo del espejo con el marco rescatado de la carcoma, en que tres deseos le pedirías al genio o a la quiniela (que viene a ser el último recurso de los Aladinos del siglo veintiuno), en tus largas listas que no he visto aun, en dónde esconderás el polvo si en tu casa no hay alfombra.

Platos vacíos, descorazono la manzana mientras te acomodas en tu hueco de mi hombro. Parece que empezamos a ser más que dos que comen y toman cerveza juntos. A pesar de todas las implicaciones que esa reflexión acarrea sonrío, ya no soy capaz de preocuparme, desde el sillón no se escuchan las cucarachas bailando claque debajo del aparador. Desde aquí sólo puedo oír tu respiración, tu estómago que trabaja y de fondo un ritmo que me tranquiliza. Doy el último bocado a la manzana, paso un brazo por encima de tu hombro y me acomodo, cierro los ojos y pienso en zorros que en realidad quieren ser perros pastores.

jueves, 11 de octubre de 2007

Lo Críptico.

Últimamente parece que en estos mundos Blogueros se ha puesto de actualidad hablar sobre la escritura críptica. No me refiero a que El Volcán llame a Madonna para pedirle consejo en su iniciación a la cábala ni a que Luigi intente descifrar posibles mensajes satánicos ocultos en los discos de Dalida. Aunque si os soy sincero no me cuesta nada imaginármelos a los dos en esas tareas.

Me refiero a que se ha planteado una dicotomía entre la escritura clara y concisa y los textos enrevesados que algunos de los miembros de esta comunidad han ido colgando en los últimos días. Bien es cierto que en ningún momento se ha planteado la necesidad de posicionarse a favor de uno de los tipos de escritura y en contra del otro. Menos mal. Ese crea, escribe, divaga y deja vivir me hace creer que este sitio ficticio al que he ido a parar es agradable y a medida que vaya poniéndome cómodo y haciéndome con mi espacio me voy a quedar a vivir un tiempo.

En fin a lo que iba. La intención de este texto no es otra que romper esa armonía, esa entente que parece ideal entre los partidarios de la claridad y los de las sombras. Por supuesto como persona morbosa, como neurótico que envidia la esquizofrenia ajena por no tener valor suficiente para evadirse del mundo y crear una psicosis propia, como el niño tonto de la clase de los empollones que parecen entenderlo todo, como oveja descarriada de todos los caminos que han intentado hacerme seguir y también de los que elegí hollar yo mismo, como persona que siente y escribe y quizás, sobre todo, por mis últimas lecturas, mi voto va para lo alambicado, para la metáfora disfrazada de símil con rotunda voz de hipérbole; me alisto en el bando de los que no parecen decir nada, de los que recalientan cabezas ajenas a costa del estallido de la suya propia.

Que le voy a hacer si me fascina lo complicado. Como muestra un botón:

EN ALGUNA PARTE

Qué hembra más triste la luz en este desierto
de tejados vidriosos de arenas ahítas de tiempos canos
El vacío prende en sus cuernos un gran número
de corazones diminutos
Primavera Primavera

Aquel que juguetea con los siete puñales del arco iris
se condena a sí mismo
y sus tobillos presos entre las cuatro sílabas
tiemblan como gotas de exilio


Juan Larrea. Versión Celeste.

Con aportaciones como esta te das cuenta de la fuerza que puede tener la palabra y del valor intrínseco de esa herramienta que tenemos los hombres. Desde mi palacio del oscurantismo prometo leerlo todo.

Saludos.

jueves, 4 de octubre de 2007

Kinder

Quién me iba a decir que cuando creciera iba a conservar la sensación que me provocaba abrir el pequeños huevo de plástico amarillo que se escondía en el estómago de mi dulce favorito.
Hoy experimento algo parecido al enfrentarme a la necesidad de entablar nuevas relaciones, cuando tengo que estrechar lazos con gente nueva en el trabajo, con los nuevos amigos de mis amigos, con las nuevas novias y los hijos de las nuevas novias, con la troupe (que me recuerda a un animado circo ambulante) de los amigos de mi novio.

Noto primero una ilusión que se va descontrolando hasta que se hace demasiado grande y se convierte en algo inquietante. Esa inquietud poco a poco va derivando en incertidumbre por lo que podrá ser y, cuando el edificio está casi terminado y has juntado todas las piezas para formar la figura que querías, viene la sorpresa. Y esta no siempre es agradable. En ocasiones al abrir el puño he encontrado escorpiones, otras caramelos sin pisotear y, lo que es peor, casi siempre acabo hallando escorpiones de caramelo.

Nos hacemos complicados con los años. Dejamos de pensar en nuestros actos como si fueran nuestros, tendemos a disculpar nuestros defectos pero ensalzamos los de los demás. Nos convertimos en amantes de la picota, disfrutamos en la plaza del pueblo con las ejecuciones públicas. Nos despiezamos, disgregamos, olvidamos lo que queríamos ser e ignoramos lo que somos.

Suelo afrontar con actitud golosa esas primeras palabras que una nueva boca me dirige. Tiendo a entregar mi confianza con facilidad, a pensar eso de que todos somos capaces de hacer algo único, a creer en la cantinela de “pepito es un diamante en bruto”. Pero son pocas las veces en las que, una vez pasado algo de tiempo, cuando ya he podido ensamblar algunas piezas, mi boca no se retuerce en una mueca de asco como si hubiera saboreado algo que promete continuar aportando su regusto amargo durante mucho, mucho tiempo.

A pesar de los pesares, de los años, de esta supuesta seriedad de hombre adulto, sigo comiendo huevos de chocolate.

Epilogo breve a esta brevería:

Pido perdón a los lectores por forzar la reflexión utilizando ese socorrido huevo Kinder. Sé que ya está algo manido, derretido el chocolate, rancio. Pero no he podido resistirme a darle otra vueta de tuerca al tema. Dicho lo dicho, disfruten.

domingo, 12 de agosto de 2007

Entre la espada y la pared

Aunque debería leer a Kafka prefiero a Hrabal. Siempre me han resultado atractivas las minorías. Se que el primero vivió atormentado pero me resulta imposible apiadarme de un personaje que se ha convertido en icono, en herramienta, en decorado. Prefiero a los olvidados que quizás hablen de lo mismo o que incluso tengan razonamientos menos provechosos y originales. Los prefiero porque las alimañas aun no han abierto su pecho para expoliarlo, porque casualmente se caen regando las flores y mueren destripados en medio de la calle o duermen abrazados a una maraña de gatos que apestan a humedad. Los prefiero porque nadie se ha adueñado de su palabra ni de su persona para convertirlos en personajes.

En que lugar me encuentro si mis preferencias las siento como formas de llevar la contraria a la marea. No estoy para nada seguro de que la elección por reacción a lo establecido sea la mejor manera de pulir mis gustos y mi criterio.

Así es imposible encontrarse, impensable siquiera comenzar la búsqueda.

Hasta que un día no puedes abrir la puerta, no puedes hablar ni mirar, hasta respirar se hace complicado. Hasta que un día te percatas de que las burbujas de aire se han acabado y tienes que empezar a respirar el mismo oxigeno enrarecido que el resto. Entonces, una vez más, te toca elegir. Puedes simplemente dejar de respirar, dejarte morir justo debajo del poste que marca los dos caminos de la encrucijada o puedes empezar a crear tu propio sustento o arrancarle los pulmones al primero que pase a tu lado y educarlos de forma estricta para que se conviertan en expertos gourmets.
No tiene por que haber ningún problema si no se te sube a la cabeza, si sigues siendo capaz de distinguir el aire de calidad del infecto que oculta invasiones disimuladas.

Cuestión de agazaparse y saber cuando dar a luz burbujas que nadie parece dispuesto a aprovechar.

martes, 3 de julio de 2007

NAda, canción de cuna para el que escapa.

Na (da) na (da)

Duérmete niño que el día mustio y silencioso solo sabe chirriar tu nombre

Duérmete niño que se rindieron las velas

Duérmete con este olor a trueno despiadado

Duérmete con la promesa del río atada a los tobillos

Duérmete con el pecho de latón resonando

Duérmete ahora hasta que la noche te roce por fin sin farolas ni luna


Siempre estamos tentados a rendirnos, a abandonarnos. Alguna (muchas) vez (veces) nos hemos dejado llevar por esa languidez, por una canción que no entendemos y que nos seduce. De repente, la oscuridad es tan densa que nos ahoga, se nos mete por los ojos y por la garganta, nos impide respirar y pensar, nos atenaza. Solemos despertar agitados y con la boca amarga.
Vienen entonces los reproches y los nudillos despellejados de dar golpes en la pared, el mareo de asistir al tiempo moribundo a tus pies, la necesidad de correr, de pasar de largo por todos los lugares recorridos, por todas las voces escuchadas. Un ansia inaplazable de que todo desaparezca para abrir los ojos y descubrirnos como el eje central de un nuevo mundo que sólo a nosotros nos pertenece.
Dicen que huir es de cobardes, habría mucho que discutir, empezando por el hecho de que no siempre el animal que nos persigue es capaz de causarnos un pavor tan intenso que justifique nuestra huida. Antes de lanzarse a correr hay que sopesar bien a la bestia que bufa a nuestra espalda.

El niño huye del anciano, el perro con costillas de jaula oxidada de la voz del dios que lo alimenta, las manos del fuego que las silenciaría para siempre.

Los demás huyen de las fotografías, de lo que imaginan que ha quedado atrapado en ellas. Huyen de todo atisbo de humanidad, de cualquier arañazo en la piel de la burbuja que les obligue a tener que mirar más allá.

Yo huyo de los diagramas de causa efecto, de un plato de sesos siempre preparado con la misma receta desde hace años, de las estatuas, los cuadros y todo lo que permanece inmóvil. Huyo de la posibilidad de acabar olvidando todos los nombres que para mí solía inventar y terminar por responder sólo ante mi nombre de pila.

viernes, 22 de junio de 2007

SZERELEM-AMOR.

Amor en húngaro.

Es una palabra hermosa pero también peligrosa. Todos pensamos en el amor idealizado, el amor sin baches ni altibajos, nos gusta engañarnos, quedarnos sólo con la parte agradable. Es comprensible, no nos meteríamos en los berenjenales que nos metemos si tuviéramos la otra cara de la moneda presente.

Pero resulta que el lado oscuro (abstenerse de hacer chistes relacionados con la guerra de las galaxias) está presente. Pienso en el amor emparentado con sogas gruesas y ásperas, el amor desconfiado del feo por la guapa y de la fea por el guapo, el amor como una obra de ingeniería que destroza paisajes salvajes llenos de belleza, el amor lapa, callado y plano para toda la vida. Pienso en todas las maneras enfermizas de amar y me digo a mi mismo que jamás caeré en ellas. Veis, ya estoy ocultando de nuevo el lado oscuro.

Aunque es cierto que mueve el mundo, también lo es que a veces lo zarandea con furia. ¡Ay del que no esté aferrado a algo en esos momentos de furia!

El amor que aflora por todos lados, el amor utilizado como placebo que todo lo cura, cuarto y mitad de amor, marchando querida. Se nos llena la boca de amor. Es una palabra grande y maltratada, una de esas palabras que trascienden el lenguaje y son más que conjunto de letras con significado. Hoy en día se utiliza demasiado a la ligera el AMOR y sus derivados. Pero… ¿A quién no le gusta que le digan “te quiero”?

Para Marta.

domingo, 17 de junio de 2007

Cadencia

Arropado en un calendario mustio veía pasar mujeres arregladas con mal gusto, con arrugas desarrugadas y acidez en los labios tensos. Veía hombres grapados a los brazos y al sexo decrépito de aquellas, siameses por costumbre.
Asfaltado de sábanas de latón contemplaba el chirrido del cuerpo que no acababa de materializarse del todo. Dormía con fantasmas, despertaba con hombres derrumbados y soñaba con la posibilidad de no tener que depender del capricho de sus párpados.
Atrapado en la procesión de los números sanguinarios.

AUSTER

Todos, como terapia necesaria, como acto de autoconocimiento deberíamos construir un muro como el que aparece en “La música del azar”. Por esa novela llegué a los territorios de este autor que ahora está tan en la cresta de la ola, que ahora se ha convertido en un reconocidísimo artista, en un imprescindible de las letras contemporáneas.
Hoy muchos lo conocen y alaban su prosa. A mi que suele darme cierta grima el arte cuando se convierte en algo mayoritario, en este caso, debido a que estoy tan enganchado al autor, no he experimentado esa sensación de aversión que suele sobrevenirme cuando un escritor que me parece interesante comienza a salir en telediarios y es tomado por los medios de comunicación como un icono, como una guinda del pastel, como un niño bonito de las letras.
Auster me hizo rendirme desde el principio a sus novelas, una rendición sin condiciones, de las que te dejan desnudo y ardiendo de envidia por no tener la capacidad de expresar con esa claridad y sencillez las ideas que pululan por tu mente.
Y es que el mundo de este autor es claro, definido. Hace que su obsesión por lo casual, por como somos zarandeados por eso que llaman suerte, resulte obvia, cercana e indiscutible. Hace creíble sus universos que son como columnas salomónicas, enrevesados pero muy bellos.
Desde que abrí Leviatán, la primera obra suya que llegó a mis manos, quedó claro que iba a ser una relación duradera, le entregué ese beneficio de la duda que tan caro me resulta airear, venció mis barreras de crítico ignorante y me hizo disfrutar. Supongo que ahora comenzará su cuesta abajo, ahora que tiene tantas bocas ávidas que alimentar, tantas expectativas que cumplir, pero, usando el socorrido refrán, a mi me da igual lo que esté por venir, a mi que me quiten lo “bailao”.

El protagonista de La Música del azar se ve obligado a construir un muro para saldar una deuda. La metáfora se me quedó tan clavada en el subconsciente que desde entonces no dejo de buscar un terreno adecuado para empezar a construir mi propia pared, para empezar a saldar mi deuda.

Hoy apenas me quedan cinco páginas para terminar el último de sus libros que me queda por leer y no dejo de lamentar que lo haya adelantado, no dejo de reprocharle que no sea capaz de escribir al mismo ritmo que yo leo.

jueves, 14 de junio de 2007

Informe

Porque empezar es siempre lo más difícil y esto podría convertirse en cualquier cosa. Aterrorizado por la posibilidad de tener que enfrentarme a un Golem despiadado me deslizo, poco a poco, entre mis tópicos privados y voy alzando la voz hasta ese umbral a partir del que parece empezar a querer decir algo.
Decir, escribir, explorar...

Arcilla informe y unas manos que tiemblan.