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martes, 3 de julio de 2007

NAda, canción de cuna para el que escapa.

Na (da) na (da)

Duérmete niño que el día mustio y silencioso solo sabe chirriar tu nombre

Duérmete niño que se rindieron las velas

Duérmete con este olor a trueno despiadado

Duérmete con la promesa del río atada a los tobillos

Duérmete con el pecho de latón resonando

Duérmete ahora hasta que la noche te roce por fin sin farolas ni luna


Siempre estamos tentados a rendirnos, a abandonarnos. Alguna (muchas) vez (veces) nos hemos dejado llevar por esa languidez, por una canción que no entendemos y que nos seduce. De repente, la oscuridad es tan densa que nos ahoga, se nos mete por los ojos y por la garganta, nos impide respirar y pensar, nos atenaza. Solemos despertar agitados y con la boca amarga.
Vienen entonces los reproches y los nudillos despellejados de dar golpes en la pared, el mareo de asistir al tiempo moribundo a tus pies, la necesidad de correr, de pasar de largo por todos los lugares recorridos, por todas las voces escuchadas. Un ansia inaplazable de que todo desaparezca para abrir los ojos y descubrirnos como el eje central de un nuevo mundo que sólo a nosotros nos pertenece.
Dicen que huir es de cobardes, habría mucho que discutir, empezando por el hecho de que no siempre el animal que nos persigue es capaz de causarnos un pavor tan intenso que justifique nuestra huida. Antes de lanzarse a correr hay que sopesar bien a la bestia que bufa a nuestra espalda.

El niño huye del anciano, el perro con costillas de jaula oxidada de la voz del dios que lo alimenta, las manos del fuego que las silenciaría para siempre.

Los demás huyen de las fotografías, de lo que imaginan que ha quedado atrapado en ellas. Huyen de todo atisbo de humanidad, de cualquier arañazo en la piel de la burbuja que les obligue a tener que mirar más allá.

Yo huyo de los diagramas de causa efecto, de un plato de sesos siempre preparado con la misma receta desde hace años, de las estatuas, los cuadros y todo lo que permanece inmóvil. Huyo de la posibilidad de acabar olvidando todos los nombres que para mí solía inventar y terminar por responder sólo ante mi nombre de pila.