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lunes, 29 de octubre de 2007

Sorpresa



Inútil
como azotar una mirada que cuelga inerte entre los galgos
este principio contenido
apenas un temblor de mañanas sobre tacones de Richter
la uña descubre limaduras despistadas
posos que caen y se desintegran
y las lápidas despellejadas de epitafios
escupen mármol sobre el fuelle del perro indeciso
que no sabe si morir o terminar viviendo
ensimismado en estrechas cerraduras sin pajarita

Ciego
polvo de sangre en la boca desecada
aquel verano recalcitrante
sopor de mosquetero ensartado

Destartalado y lloroso
el hombre se asusta
del basto mundo meciéndose entre sus inesperadas manecillas

jueves, 25 de octubre de 2007

TIPOLOGÍA A LA LIGERA DE SERES HUMANOS

Me suele suceder con casi todas mis lecturas que al volver a ellas, al repasar los pasajes que subrayé en su momento o al descubrir otros nuevos que en un principio pasaron desapercibidos, un chispazo de admiración me asalta. “¿Pero como no pude darme cuenta en su momento de la verdad o de la belleza que se encierra en estas palabras?”, ese suele ser mi pensamiento habitual.

Los que visitáis mi blog de manera habitual podéis ver que ahora estoy inmerso en la lectura de La Insoportable Levedad del Ser. Este es un libro riquísimo que me sirvió de puente para descubrir otros autores de los que Kundera bebe y se alimenta. Pero obviando la globalidad de la obra, pues no quiero discutir sobre sus méritos ni sobre su calidad, me centro en un pasaje en particular que encaja como anillo al dedo en mi manera de ver el mundo.

Veréis, yo suelo andar por la calle en apariencia despistado, mirando a todos lados, absorto en las personas que pasan y en las que están por encima de mi colgadas en los balcones. Fijándome en todo y en nada, haciéndome una composición de lugar, aportando imaginación para darle sentido a toda esa maraña de gentes y de calles, de voces y de ruidos de tubos de escape, a esa mezcla que se presenta ante nuestros ojos y que como es inmediata y próxima tendemos a identificar con la realidad. Para poder dar un paso más, para poder penetrar esa cáscara que se nos presenta a los sentidos necesito controlarla, saber que si estiro los brazos o la palabra para intentar asirla no se me va a escurrir, no me va a esquivar y a hacerme pedorretas, no se va a burlar de mí.

Controlar. ¿Cómo controla el ser humano las cosas? ¿Cómo las objetiva y las hace manejables? La respuesta es clasificándolas, categorizando lo amplio hasta reducirlo al pequeño espacio que en la cabeza ocupan los conceptos. Así podemos entender lo que nos rodea y aunque corremos el peligro de asfixiar lo que comprimimos para que se ajuste a la estructura de nuestra mente, no podemos evitar hacerlo. Nos estallaría la cabeza si tuviéramos que manejar todas y cada una de las variables que nos influyen y que emanan de nosotros mismos.

Por eso si agrupar el mundo en categorías es inevitable y necesario es insano resistirse a ello. Pero algo que si me gusta hacer, algo que considero divertido y que airea los recovecos entre las circunvoluciones de nuestro cerebro, es buscar sistemas de categorías que tengan un punto de originalidad, que nos sean los que utilizamos todo el mundo, opciones que hacen que nuestras capacidades crezcan, que nuestra manera de ver el mundo no sea una y monolítica.

En este punto vuelvo a Kundera y a su realidad liviana. Otro día hablaré, si me apetece, de la tesis principal que se defiende en el libro: ¿Qué pesa más la existencia o la mierda? ¿Qué es mejor lo pesado o lo ligero? Pero hoy simplemente quería presentaros la clasificación que de las personas se hace en las páginas de esta obra. Además estoy juguetón y me voy a posicionar en una de las cuatro categorías e incluso intentaré poner ejemplos de las otras tres.

A grandes rasgos se distinguen cuatro clases de personas:

1. Los que anhelan la mirada de una cantidad ingente de ojos. Los que necesitan un público anónimo. Aquí se encuadrarían la mayoría de artistas. Yo me atrevería a decir que también la mayoría de políticos. Peligros de pertenecer a esta categoría: si se pierde el favor del público se deja de ser persona, cuando esto sucede se busca un auditorio ficticio: una manada de perros, un grupo de muñecas apoyado en el cabecero de la cama. Así el orador destronado habla con peluches y el escritor desahuciado escribe octavillas y las lanza por la ventana para que las lea cualquiera que pase.

2. Los que anhelan la mirada de multitud de ojos pero conocidos, personas cercanas que escruten su vida. Son los que viven por y para los amigos, para reunirlos, para organizar fiestas, para estar acompañados y ser el centro del mundo. Peligros de pertenecer a esta categoría: cuando se cierra la puerta y el sarao termina ellos mismos ponen el interruptor que se ubica detrás de su oreja en posición de off, se desconectan hasta que de nuevo llegan sus conocidos y vuelve a empezar la máscarada.

3. A los que le sobra y le basta con la mirada de la persona amada. Viven por y para su amor que puede ser o no sincero. Toman la decisión de entregarse a una causa, de concentrar energías, de considerar accesorio todo lo que rodea a esas dos mitades platonianas que se han encontrado de nuevo tras años de búsqueda. Peligros de pertenecer a esta categoría: como a las plantas, si se riega mucho ese amor acaba por pudrirse y no hay nada más desagradable, nada que hieda más, que un corazón podrido.

4. Los que necesitan la mirada fija sobre sus espaldas de alguien inexistente o que está lejos. Son aquellos que actúan para contentar a ese otro que les observa, para que se sienta orgulloso de ellos. Suelen ser calificados como soñadores ya que tienden con sus actos a satisfacer los más elevados ideales, tienden a acciones espectaculares, a locuras con encanto. Todo para que el que los observa asienta y sonría contento por el hecho de que le hayan ofrecido en sacrificio un sueño. Peligros de pertenecer a esta categoría: Contraer enfermedades infecciosas por olvidar la vacuna antes de viajar a un país depauperado para combatir el hambre, ser detenido una y otra vez por las fuerzas de orden público por hacer pintadas sin mucho sentido en lugares considerados como de mírame y no me toques, oír la voz del ser que intentan contentar y obedecer a pies juntillas sus órdenes, lo que puede llegar a los más irracionales comportamientos imaginables. Esta tipología suele cursar a menudo con esquizofrenia y otros trastornos psicóticos.

Como veis no he hablado de las ventajas que aporta la pertenencia a una u otra clase. Eso lo sabe cada uno, sabemos como somos y cuales son nuestras virtudes. Solemos en cambio obviar nuestras deficiencias.

Ahora me posiciono, desde mi mentirosidad (que es el escalón siguiente a la subjetividad), en la cuarta categoría, la de los soñadores, la más hermosa a priori pero la más peligrosa. Aun no oigo voces pero muchas veces me descubro asesinando en mi imaginación a mis enemigos con la saña de un gorila enfurecido para satisfacer a Edgar, otras escribiendo hasta las tantas de la madrugada para que ese yo que no existe se apacigüe, casi siempre actúo imaginando qué pensarían los fantasmas de todas las personas importantes que han pisado mi vida.

De las otras tres categorías se me ocurren varios ejemplos de mi entorno pero que os resultaran ajenos a los demás, por eso voy a intenta elegir a alguien que todos conozcamos. En la primera categoría, se podría elegir a cualquier político, pero creo que el más showman de todos es Carod Rovira, ¿qué haría él sin su público?. Para la segunda parece que ni pintada la Preisler, que tiene que ser un poco menos persona desde que le arrebataron el anuncio de los bombones granulados. En la tercera podríamos meter a Belén Esteban, entregada a su amor por el torero chupa-chups. En la cuarta categoría ya me he situado yo.

Ahora probad, probad vosotros a colocar a la gente en su sitio. Usando personajes dignos de mofa puede resultar divertido, haciéndolo con los personajes cercanos, con tus amigos y tus familiares resulta inquietante pero tiene su punto.

Que lo disfruten.

Este habitante de la cuarta categoría se va a soñar.

martes, 23 de octubre de 2007

INSTRUCCIONES-INTENCIONES

Mi existencia se tiende entre dos polos que no son exactamente opuestos. Una línea que transcurre entre dos puntos no del todo bien definidos, una cuerda tensada entre lo que es y lo que podría ser. Subido a ella yo, con mis mallas brillantes, con mi mirada fija en la arena de abajo, imaginando el placer de una caída, de un final, y a cada extremo una voz que me llama.

La voz de un joven alto, apuesto, educado y vestido con traje y corbata desde un lado me incita a que me dirija hacia él. Voz profunda y templada. Ven, tranquilo, con calma, aquí estarás bien, este es tu lugar, aquí olvidarás.

La voz estridente que llega desde abajo y choca con mis rodillas, un enano me llama desde el otro lado, va vestido como yo, y me ofrece un trago de la botella que lleva en al mano. Toma, bebe, despierta, aquí recordarás.

Mi vida entre la necesidad de aceptar la realidad aburrida pero que me cohesiona y las ansias de entregarme a la ficción terapéutica que me arranca la risa pero que no deja nada en su lugar.

Entre el vacío que todo lo llena y la tierra que se bebe ansiosa el diluvio.

No consigo hacer hablar a las balanzas y acabo siempre subiendo una empinada cuesta arriba.

Me acerco y me alejo, amarrado a mi mástil, entre los colmillos, me dejo engatusar por el coro de sirenas.

Tengo intención de mostraros mis equilibrios sobre esta cuerda.

Tomen asiento.

viernes, 19 de octubre de 2007

Cosas imperceptibles que sucedieron hoy viernes

Una certeza me asaltó esta tarde cuando llegué a tu casa. En realidad, ahora que lo pienso, todo comenzó con tu llamada y tu oferta de menú repetido. Me hizo gracia que preguntaras si no me importaba comer pasta otra vez, siempre tan atento. Después de esa llamada supe que no iba a ser una tarde más. Supe, después de colgar, que debía acelerar la marcha. Me calcé las botas de cuatro leguas y llegué a tu portal en apenas dos zancadas.

Hundí el dedo en el botón del portero automático, con fuerza, con ansias. Subí los escalones de dos en dos y me planté frente a tu puerta que ya estaba entornada invitándome a pasar. Me demoré unos segundos en el descansillo, observé el macetero destartalado de la vecina de enfrente y agudicé el oído para ver ti te podía pillar in fraganti atendiendo a uno de esos programas de cotilleo y gastarte así la manida broma de llamarte marujona, ese chanza privada que es ya un saludo.

Una vez dentro de tu casa, tu espalda a rayas horizontales en dos tonos de azul, el grifo que suena, el volumen de la televisión muy bajo, mi cansancio que se va deshaciendo poco a poco, mis preocupaciones que se escurren por las perneras del pantalón y caen al suelo, huyen de mi, raudas se esconden tras el aparador para que no las pise. Mis cucarachas que se retiran hasta que llegue la noche del domingo y me duerma, entonces esperarán atentas en el cabecero de la cama a que un ronquido me abra la boca zambullirse vía oral en mi cerebro preparado de nuevo para atender a la montaña de los hechos accesorios que sucederán entre el lunes y el viernes.

Tallarines con champiñones. Añado dos tipos de queso. Añado pimienta que, a pesar de tu advertencia, se vuela con el aire del ventilador de techo. Caen las palabras, los movimientos se lentifican, puede que alguna vez hayas estado tan cerca de mí como en este momento, pero yo no me había percatado. Se que me miras sorber un tallarín que cuelga de mis labios parecido al cordón de tus bambas, incluso puedo sentir tu sonrisa. Has debido tocar la tecla que activa mis sentidos adormilados.

No me ha pasado nada especial, me dices. Pienso en mis obsesiones de cabecera, mis historias descabezadas que invento para no aburrirme en la oficina y que sólo yo entiendo, mi preocupación por las distancias entre lo que era y en lo que me estoy convirtiendo, la cara de estatua que se me está poniendo, la ilusión de que alguna de mis letras toque la tecla adecuada y rebote más de tres veces sobre la superficie del lago antes de hundirse, la lista interminable de cosas que nunca haré, el papel en blanco que no es más que el telón de mi miedo. Recapitulo y decido que no es un buen momento para divagar. No quiero aburrirte, así que te respondo que yo tampoco he hecho nada especial y en seguida me pongo a pensar en tus obsesiones de cabecera, en si inventas historias cuando te aburres o haces sudokus, en si te preocupan las distancias a recorrer o si guardas recuerdos de las que ya has recorrido, en que ves cuando te asomas al abismo del espejo con el marco rescatado de la carcoma, en que tres deseos le pedirías al genio o a la quiniela (que viene a ser el último recurso de los Aladinos del siglo veintiuno), en tus largas listas que no he visto aun, en dónde esconderás el polvo si en tu casa no hay alfombra.

Platos vacíos, descorazono la manzana mientras te acomodas en tu hueco de mi hombro. Parece que empezamos a ser más que dos que comen y toman cerveza juntos. A pesar de todas las implicaciones que esa reflexión acarrea sonrío, ya no soy capaz de preocuparme, desde el sillón no se escuchan las cucarachas bailando claque debajo del aparador. Desde aquí sólo puedo oír tu respiración, tu estómago que trabaja y de fondo un ritmo que me tranquiliza. Doy el último bocado a la manzana, paso un brazo por encima de tu hombro y me acomodo, cierro los ojos y pienso en zorros que en realidad quieren ser perros pastores.

jueves, 11 de octubre de 2007

Lo Críptico.

Últimamente parece que en estos mundos Blogueros se ha puesto de actualidad hablar sobre la escritura críptica. No me refiero a que El Volcán llame a Madonna para pedirle consejo en su iniciación a la cábala ni a que Luigi intente descifrar posibles mensajes satánicos ocultos en los discos de Dalida. Aunque si os soy sincero no me cuesta nada imaginármelos a los dos en esas tareas.

Me refiero a que se ha planteado una dicotomía entre la escritura clara y concisa y los textos enrevesados que algunos de los miembros de esta comunidad han ido colgando en los últimos días. Bien es cierto que en ningún momento se ha planteado la necesidad de posicionarse a favor de uno de los tipos de escritura y en contra del otro. Menos mal. Ese crea, escribe, divaga y deja vivir me hace creer que este sitio ficticio al que he ido a parar es agradable y a medida que vaya poniéndome cómodo y haciéndome con mi espacio me voy a quedar a vivir un tiempo.

En fin a lo que iba. La intención de este texto no es otra que romper esa armonía, esa entente que parece ideal entre los partidarios de la claridad y los de las sombras. Por supuesto como persona morbosa, como neurótico que envidia la esquizofrenia ajena por no tener valor suficiente para evadirse del mundo y crear una psicosis propia, como el niño tonto de la clase de los empollones que parecen entenderlo todo, como oveja descarriada de todos los caminos que han intentado hacerme seguir y también de los que elegí hollar yo mismo, como persona que siente y escribe y quizás, sobre todo, por mis últimas lecturas, mi voto va para lo alambicado, para la metáfora disfrazada de símil con rotunda voz de hipérbole; me alisto en el bando de los que no parecen decir nada, de los que recalientan cabezas ajenas a costa del estallido de la suya propia.

Que le voy a hacer si me fascina lo complicado. Como muestra un botón:

EN ALGUNA PARTE

Qué hembra más triste la luz en este desierto
de tejados vidriosos de arenas ahítas de tiempos canos
El vacío prende en sus cuernos un gran número
de corazones diminutos
Primavera Primavera

Aquel que juguetea con los siete puñales del arco iris
se condena a sí mismo
y sus tobillos presos entre las cuatro sílabas
tiemblan como gotas de exilio


Juan Larrea. Versión Celeste.

Con aportaciones como esta te das cuenta de la fuerza que puede tener la palabra y del valor intrínseco de esa herramienta que tenemos los hombres. Desde mi palacio del oscurantismo prometo leerlo todo.

Saludos.

jueves, 4 de octubre de 2007

Kinder

Quién me iba a decir que cuando creciera iba a conservar la sensación que me provocaba abrir el pequeños huevo de plástico amarillo que se escondía en el estómago de mi dulce favorito.
Hoy experimento algo parecido al enfrentarme a la necesidad de entablar nuevas relaciones, cuando tengo que estrechar lazos con gente nueva en el trabajo, con los nuevos amigos de mis amigos, con las nuevas novias y los hijos de las nuevas novias, con la troupe (que me recuerda a un animado circo ambulante) de los amigos de mi novio.

Noto primero una ilusión que se va descontrolando hasta que se hace demasiado grande y se convierte en algo inquietante. Esa inquietud poco a poco va derivando en incertidumbre por lo que podrá ser y, cuando el edificio está casi terminado y has juntado todas las piezas para formar la figura que querías, viene la sorpresa. Y esta no siempre es agradable. En ocasiones al abrir el puño he encontrado escorpiones, otras caramelos sin pisotear y, lo que es peor, casi siempre acabo hallando escorpiones de caramelo.

Nos hacemos complicados con los años. Dejamos de pensar en nuestros actos como si fueran nuestros, tendemos a disculpar nuestros defectos pero ensalzamos los de los demás. Nos convertimos en amantes de la picota, disfrutamos en la plaza del pueblo con las ejecuciones públicas. Nos despiezamos, disgregamos, olvidamos lo que queríamos ser e ignoramos lo que somos.

Suelo afrontar con actitud golosa esas primeras palabras que una nueva boca me dirige. Tiendo a entregar mi confianza con facilidad, a pensar eso de que todos somos capaces de hacer algo único, a creer en la cantinela de “pepito es un diamante en bruto”. Pero son pocas las veces en las que, una vez pasado algo de tiempo, cuando ya he podido ensamblar algunas piezas, mi boca no se retuerce en una mueca de asco como si hubiera saboreado algo que promete continuar aportando su regusto amargo durante mucho, mucho tiempo.

A pesar de los pesares, de los años, de esta supuesta seriedad de hombre adulto, sigo comiendo huevos de chocolate.

Epilogo breve a esta brevería:

Pido perdón a los lectores por forzar la reflexión utilizando ese socorrido huevo Kinder. Sé que ya está algo manido, derretido el chocolate, rancio. Pero no he podido resistirme a darle otra vueta de tuerca al tema. Dicho lo dicho, disfruten.