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sábado, 24 de noviembre de 2007

Como las culebras



Por fin he podido sentarme en mi sillón más de media hora seguida. He mirando las pilas de libros que tengo pendientes. Los de poesía, como manzanas demasiado ácidas, yacen mordidos y me sacan burlones el marca-páginas para retarme a retomarlos. Un par de novelas, Lisboa y los mundos ficticios de un imitador torpe de Poe. Por fin con ganas de amarrarme a esta silla y dejar que los dedos hagan lo que saben hacer.

He releído el cuaderno que entre todos rellenamos en las últimas vacaciones de las que he regresado algo distinto, como si un parásito se hubiera instalado en mi pecho y me estuviera devorando poco a poco, me estuviera dejando hueco, preparado para recibir el resto de días que me fueron asignados.

Ahora ando con una sonrisa en los labios a pesar de que llevo una semana entera levantándome a las siete de la mañana para no volver a casa hasta las once de la noche. Es curioso como algo que hace apenas un mes me hubiera dado ganas de subir a la azotea y simular un suicidio, pobrecito que se calló mientras recogía la ropa tendida, pobrecito que se le han vuelto a manchar las sábanas que tan blancas le habían quedado. Es curios, decía, como esta agenda tan repleta que me hubiera hecho desesperar, hoy es uno de los mayores alicientes que he sentido en mucho, mucho tiempo. A pesar de que añoro leer, tener una hora para poder degustar los párrafos anárquicos de Antunes o la rotunda sensualidad de Castaño, poder atrincherarme delante del teclado y no dejar de escribir ni un segundo, escribir como si fuera a morir a las diez en punto del día de hoy, juntar versos torpes que parecen no acabar jamás, sentirme estúpido leyendo otros versos de otras manos que también se sienten inútiles, de otras cabezas que también actúan de enemigas de los cuellos que las sustentan y de todo lo que hay más abajo.

Recuerdo ahora como desperdiciaba el tiempo, como me sentía al haber logrado no hacer nada en toda la tarde, como me daba cabezazos contra el miedo a quedar convertido en estatua.

Pero hoy me han crecido unas ganas enormes de mirar atrás, me ha brotado una curiosidad pícara por saber como era, como me comportaba hace unos días. ¿Me habré quedado en el norte? ¿Me habré ahogado en el Tormes? Es que no acabo de reconocerme en este olor a ambientador eléctrico para intentar disimular el tufo de las croquetas requemadas que viene desde la cocina, en esta voz de un tal Ángel Gonzáles que se desperdiga en versos, “prefieres mis ojos solos o con rimel”. No me reconozco en estas ganas de estrenar camisa de manga larga (yo que siempre he renegado de esa prenda), en este hurgar entre todas las fotos de futuros improbables, en esta peste a mañanas grises ardiendo en medio del salón.

Me siento distinto, pero sé que no soy más que el resultado de un parto aplazado. En mi cama yace la muda de piel que se quedó pequeña, en el rostro una expresión atónita, el gato muerde el pecho de mi antiguo envoltorio y yo aun fresco y sin endurecer escribo como si fuera a morir a las diez de esta noche y escucho un llanto de recién nacido.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Salamanca tierra mía de arte y sabiduría...

Me voy, me marcho de esta ciudad, voy a disfrutar de esa sensación tan placentera que se experimenta al divisar el cartel de fin de población. Sevilla tachado con una línea diagonal roja que va de lado a lado del rectángulo que enmarca las letras de esta ciudad que odio, de este pueblo que amo, de este nido de pájaros, pajarracos, canarios y urracas.

Me voy, veo el cartel y acelero, ahí te quedas Sevilla. Al momento siento ganas de llamar a mama, pienso en qué estará haciendo Tomás, pienso en mi gato saltando por las esquinas. En el parque el domingo, en churros con café (adiós divino brebaje) en la calle Feria, pienso en esa duda que sobrevuela el cielo de mi ciudad, esa duda que me excita, me motiva, me aplasta, todo a la vez.

Me voy, mi corazón está acelerado, no sé si llevar o no el diazepan, pienso en el frío, en mi cabeza recién rapada, en los bares llenos de gente que no me conoce, en caras nuevas, allí podré gritar a gusto. Pienso en el desayuno de mañana por la mañana en algún lugar de Cáceres, en el frío que hace en los lavabos de las gasolineras y en que casi mejor me orino encima antes que exponer mi pobrecito pene a ese frío polar.

Pienso en una calle cuesta abajo y yo montado en un carrito de la compra, sin frenos, chocando con los coches aparcados a los lados, la gente sale a los portales de sus casas para ver que es ese escándalo. Así me siento, cuesta abajo, precipitado, corro peligro de muerte, pero sonrío montado en mi carro, al final me espera Salamanca y un amasijo de hierros, una mandíbula desencajada no sé si del golpe o de la risa.

Me voy, disculpen los errores, es la prisa, es que no quería marchar sin despedirme, ante todo la educación, ante todo esta costumbre que me reconforta, esta forma de escribir para mi y para todos. Me voy y no pienso repasar lo que arriba he escrito. Hasta la vuelta.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Distorsiones de la Fe

Hay una canción conocidísima que viene a decir lo que hay que hacer para subir al cielo. Hablo de La Bamba. Según su letra sobra con dos escaleras, una grande y otra chica, para alcanzar ese lugar al que todos queremos llegar; los creyentes para ver a dios (con minúsculas) y los no creyentes para dejar de oír su nombre en todas partes.

Al cielo también se llega por autopista, sino acuérdense de ese ángel venido de la casa de la pradera.

Lo que nadie dice es que no hay carretera de vuelta y aunque se llega por una amplia vía con tropecientos carriles estos son de sentido único, nadie jamás pudo encontrar ni siquiera una mísera carretera comarcal de esas que sisean por las faldas de una montaña para poder escapar, quiero decir regresar, del paraíso.

Lo que nadie dice es que cuando has subido el último peldaño alguien empuja el filo de la escalera que se apoya en el borde de al nube y allí nos quedamos, atrapados en el anuncio de Philadelphia, con una panda de ángeles madrugadores tocapelotas dándonos palmadas en la espalda y ofreciéndonos consuelo mientras contemplamos como nuestra única vía de escape se desploma sobre la tierra que ya no pisaremos.

A tu espalda suena una voz melosa: “aquí vas a estar de maravilla” y a ti se te erizan hasta los pelos de tus antepasados. Y es que aunque los barrotes sean de oro y las camas tengan colchón viscolástico, no dejas de estar en una cárcel.

Del cielo no se puede volver.

Por eso resulta tan aterrador penar en él, por eso he decidido que no iré. En su día hice caso de lo que me decían. En verano, fui a Matalascañas en lugar de alquilar un coche, meter un saco de dormir en el maletero y lanzarme a viajar sin rumbo fijo, amordacé a la Louis que llevo dentro. Anduve con mujeres a las que tenía más ganas de peinar que de penetrar hasta casi los veinticuatro años. Estudié y aun no terminé una carrera cuando yo hubiera querido hacer cualquier otra cosa, siempre sobrevoló por mi cabeza eso de convertirme en bohemio y alimentarme de pastillas de aire. Toda mi vida he sido obediente, pero en esto no pienso ceder.

Aun no sé como voy a evitar mi ascensión. Pronto se podrá subir de muchas otras maneras. La escalera de mano se convertirá en mecánica, habrá ascensores, se podrán tomar globos aerostáticos y zeppelines en los que el viaje se amenizará con una fiesta finísima, se podrá subir por abducción o incluso por wi-fi, yo ya he sentido alguna que otra vez el tirón que da una red inalámbrica a mi pobre alma despistada. Y si logro evadir todas esas vías queda mi querida familia que me subirá, aunque sea a pulso o ayudados por una garrucha. Ellos no permitirán que su niño se quede.

Pero he decidido que no voy y no voy a ceder a ninguna presión, se acabaron las imposiciones. Aunque tenga que enterrarme en al cripta más escondida de las ruinas egipcias atesorando conmigo un alijo de drogas y alcohol para engatusar a toda una clase de primaria y llevármela conmigo, celebrar una orgía con ellos, chuparles la sangre con una pajita y después hacerme un collar con sus ojos. Aunque tenga que seguir un curso del CCC sobre “¿Cómo convertirse en el anticristo sin necesidad de cuernos, piel rojiza y rabo puntiagudo?”, aunque tenga que empujar a las viejas cuando pasen coches, aunque tenga que dejar de reciclar.

Haré lo que sea necesario para que no me concedan el pasaporte y pueda quedarme aquí un poco más, sintiendo y padeciendo. Nada de nimbos ni omnipresencia, prefiero la caspa y el llegar tarde. Nada de sonrisa beatífica prefiero el aliento después de un sábado por la noche. Nada de milagros, prefiero las pequeñas sorpresas. Nada de sitios de los que no se puede volver, porque para subir al cielo es requisito indispensable estar muerto pero no ser enterrado. Muchos de los que conozco ya están en el cielo, se les ve felices pero yo atisbo algo extraño en la expresión de su cara, algo que me hace sospechar de su felicidad.

¡Qué no voy!

jueves, 1 de noviembre de 2007

Perfecta tela que araña.

Los libros de terror ambientados en la época victoriana. Como si me hubiera perdido en los faldones de un de esas asustadizas señoronas. El corazón delator con su bombear de fondo, su latido de la lechera al que ya nadie atiende, vía libre para que los asesinos puedan campar a sus anchas por esta pradera tan verde y llena de candidatos a ser homicidiados. La espada de Aragorn, los ojos azules de los elfos, la sabiduría de Gandalf que sabe como salvar todo un mundo pero que no sabe hacer los huevos fritos tan buenos como los que hago yo. ¿Cuál es la verdadera magia? Y los personajes que siguen construyendo muros inútiles, comiendo en restaurantes chinos atisbados desde la ventana de un apartamento en la gran manzana, vagando y vagabundeando por la ciudad, muriendo y siendo resucitados por sus hijos, atentando con bombas caseras. Lisboa que sigue languideciendo, se caen los azulejos de los edificios avejentados y los costa marfileños se siguen vistiendo de fiesta para ir a bailar, la luz me revienta las retinas cuando desemboco en la plaza del comercio, Adriana sigue tan loca como las canciones que suda y aun sin leer a Saramago. Pero en Portugal también hay adelfas y las avenidas tienen grietas tan grandes como las de aquí. Mientras en todas las ciudades del mundo mi enviado especial es decapitado, en las vegas, en un casino de mala muerte, Julio y Ray juegan a las cartas, el viejo y el muerto, el genio y el poeta, se juegan su mejor párrafo, los conejos esponjosos muerden los tobillos de Ray y una pila de libros arde a los pies de Julio. Y sólo yo me acuerdo de Cobain y de sus cuatro acordes, creo que se suicidó algo más rápido de lo que estoy haciendo yo, cómo pude admirar a alguien que gritaba así, pero era eso o nada, luego vinieron las ensaladas de voces, de canciones sin dueño y mi oído tetrapléjico, un poco de Hitler en mi corazón, un poco de salsa de esquimal con trastorno bipolar, un poco de ruido de fondo.

Y mis letras que no dejan de repetir una súplica desesperada, una extrañeza como la que se experimenta al pasar una y otra vez frente al mismo arbusto en el bosque cuando te has perdido. ¡Coño, ahí está la solución, te has perdido! Víctor te has perdido, que putada porque siempre te dio reparo preguntar, siempre preferiste vagar y vagar hasta encontrar tu mismo el camino o bien caer exhausto en la cuneta. Tampoco importa mucho esa timidez tuya porque no hay nadie a quien puedas preguntar. Al menos yo no veo a nadie en este día tan claro, tan bueno para caminar, para dormir al borde del camino, entre los jaramagos y los esqueletos blanqueados al sol de los que en su día se rindieron a la evidencia que hoy has descubierto.

En la maleta un mohoso cadáver, los ojos vidriosos de vidente frustrado, las plantas de los pies en carne viva de tanto caminar por caminos adoquinados con pirañas. La espalda aun pegajosa por haber dormido demasiados años en camas de algodón de azúcar.

Y Machado machaca la evidencia…

“…Dice la monotonía
del agua clara al caer,
un día es como otro día;
hoy es lo mismo que ayer…”

Sé que no soy el mismo que ayer ni el mismo que la semana pasada o que mes pasado, que el año pasado, sé que voy cambiando, incluso mi madre me dice que estoy más guapo a pesar de mi eterna cara de cansancio, pero a veces me cuesta creer en ese cambio y es que hace tiempo que se congeló el río Guadalquivir.

Me aburro de recomponer jarrones que se me cayeron de las manos.