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sábado, 29 de diciembre de 2007

Fin de lo que tu quieras


En este final abrupto la esperanza de que tras el punto y aparte se presente otro personaje que obligue a la historia a dar un giro inesperado me hace levantarme de un salto de al cama.
Da igual mi barba que crece y crece, que más da que ya pueda morderme los pelos del bigote. El dolor de garganta retrocede acorralado por el acoso de las tazas de té caliente y las medicinas, el cielo es uno de esos altos, inalcanzables, tibios y blancuzcos típicos del invierno. En los recodos de los callejones estrechos uno toma conciencia de su esqueleto que se hiela y casi puede oír el chasquido de las rodillas a cada paso.
Pero todo va a terminar, un final extraño que no es más que un tránsito, una especie de peaje en el que nos detenemos, la alfombra de asfalto interminable ante nosotros enmarcada por pinos y con la espina dorsal de adelfas blancas y rosa fucsia, un peaje inevitable en el que relajamos los pies, dejamos el cambio justo resbalar por la campana invertida del puesto de control deleitándonos con el sonido del metal contra el metal que precede al acelerón y primera, la valla que se levanta y nada más superarla, segunda y en seguida tercera y cuarta, lunes, martes, uno, dos, tres de enero y ya ni conservamos la conciencia de habernos detenido.
Da igual este desarraigo provocado por haber conocido sólo edificios de cinco pisos y casitas unifamiliares. No importa nada este deseo de cunetas colmadas de jaramagos y amapolas. Siempre me gustó viajar en verano, en un día nuboso de verano, con el bochorno y el olor a bocata de tortilla invadiendo el coche. Soria y machado, ojalá mi vida fuera algo parecido a estos bosques cerrados, a este silencio, a este aislamiento y esta seguridad que casi se pueden respirar. Se borran las lágrimas de los árboles que se vieron obligados a caminar, a abandonar la tierra que los sustentaba.

Da igual la tristeza que ya se disipa y deja lugar para que la imaginación se dispare en este final que no es más que un descanso para tomar aliento, para buscar deseos debajo de las piedras, para ir de peregrinación a Lisboa o a cualquier otra ciudad que permita encontrar cofres a los pies de las farolas. Da igual el dolor que ya pasó y la sangre que se seca y se vuelve algo parecido a hongos rojos marcianos que invaden los adoquines de la calle donde casi te dejas la piel.
En este final que no es más que una joroba de ballena asomando en la superficie de un mar en calma, todo da igual, sólo toma aire y prepárate para estrenar los ojos nuevos que encontrarás entre el resto de regalos el día de reyes.

Feliz entrada de año a todos.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Rayuela


¡Vamos ahí! ¡No, mierda!

De nuevo la piedra ha ido a parar al quinto pino. Uno acaba hartándose de dar palos de ciego. Harto pero harto, cansado de interpretar mapas misteriosos hasta para ir a por el pan. Uno prefiere quedarse con los virus y con los mocos colgando, descansar de humanidad y de traje de niño grande. Es agotador mantener el llamador en forma de mano que sostiene una bola en vilo, llamar o no llamar. Odio los truenos, o sea que no llamar. Adoro las respuestas, entonces llamar.

Lo intento otra vez, vuelvo a fallar. ¡joder! ¡La madre que parió a la condenada piedra!

Será porque estoy algo débil, porque me escuece la nariz de tanto sonarme, será que me gusta regodearme en la miseria y que deseo con todas mis ganas arrebujarme en el edredón y dormir, dormir profundamente y tener uno de esos sueños lúcidos en los que parece sencillo hacer cualquier cosa que tu voluntad te dicte. Hoy lo necesito más que nunca, no el sueño sino la dosis extra de voluntad.

¡Al carajo! No puedo.

Voluntad para levantarme y ducharme, para ignorar la parte de mi que se cuela por el sumidero, para evadir la tentación de gritar, de llorar. Voluntad para luchar con esta tristeza recurrente, para sonreír cuando alguien me pone cara de extrañeza y me dice “de que cojones estás hablando”. Lo sé, me quejo demasiado, pero es que no soy capaz de acertar, no soy capaz de llegar al cielo.

Ves, esta vez más lejos que ninguna otra, no hay manera.

No es el viento el que me hace fallar, no es el terreno irregular ni el parloteo de mis compañeros de juego, no es nada de eso. Es esta enfermedad, esta afición a revolcarme en el barro de la desesperanza, este zumbido de ordenador y estas letras que van apareciendo y que parecen escritas por otro. Es mañana mudo, mañana sin entender nada de lo que me rodea y deseando regresar a casa para escribir y sentirme seguro. Es que estoy enfermo y ni yo se cuidarme.

Un última vez, ¡hop! ¡coño! Quién me lo iba a decir, en todo el centro.

A la pata coja doy tres saltos, me abro de piernas, un saltito más sobre mi pierna derecha, de nuevo los dos pies en paralelo, las punteras apuntando un poco hacia fuera, me agacho y cojo la piedra, la noto rugosa en mi mano, la aprieto, tomo impulso y salto hacia delante, caigo con los dos pies muy juntos y levanto un poco del polvo del suelo, sólo un poco. Lo he conseguido, he llegado, estoy en el cielo.

Porque algo en mi se niega a vivir estos días como especiales, porque las circunstancias pesan más de lo que parece, porque al fin y al cabo soy más o menos el mismo que quería matar a esa hermosa profesora porque no se molestó siquiera en leer el poema que escribí para ella. Porque sigo sin entender nada a pesar de haber dejado de intentar hacerlo.

Me siento extraño, siempre he sido un extraño, nunca he tenido puntería para jugar a la rayuela como nunca he sabido acertar a quedarme más que un breve espacio de tiempo en este aquí que todos pisan y que a mi me parece aterrador y frío, este estado de las cosas que por mayoría absoluta ha sido declarado como realidad electa y que yo, desde mi mano temblorosa que no es capaz de elevar la voz, veo como una llanura árida.

Extraño jugando a mi edad a juegos de niños, queriendo alcanzar el cielo. Extraño cuando pregunto si alguien quiere jugar conmigo y me responden las espaldas con su mejor sonrisa.

Tiendo la mano con la piedra tibia en ella, con la otra intento elevar la comisura de mis labios para no mostrar tristeza ante el que venga. Nadie quiere jugar con los niños tristes.

Exagero, de sobra lo sé, pero quien es capaz de hacérselo entender a esta hipérbole que tengo por corazón.

Me consuela saber que cada vez que me sueno me alejo un poco de este estado de conciencia alterada en el que lo malo se magnifica y lo bueno directamente no existe.

Ahora una pastillita efervescente y a dormir con la piedra bien apretada en el puño.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Soy leyendo


El último hombre sobre la faz de la tierra se aferraba al cadáver del perro que le había hecho compañía durante los últimos meses. Muerto el perro empezó la rabia, muerta la última esperanza que le mantenía cuerdo, empezó a aceptar la idea de que en el lado de la locura no se estaba del todo mal.
Se levantó y bajó al salón, en una esquina la pala y un viejo saco de arpillera. Enterró su pasado en el primer jardín que encontró al detener el coche, a la vuelta ya no era él y sus ojos veían cosas que jamás habían visto, a la vuelta decidió no cerrar las puertas esa noche.


Hoy he visto una pésima película basada en un libro que me encanta. La película os la podéis ahorrar el libro no deberíais perdéroslo.

Es curioso como los mensajes que extraemos de nuestras lecturas varían según nuestros estados de ánimo y las circunstancias que nos rodean. Parece que alguien ha entrado en casa justo antes de que volviéramos a tomar en las manos el libro que leímos aquella vez y lo hubiera movido con fuerza, agitado como si de una coctelera se tratase, para que las letras se mezclaran y se ordenaran de una manera nueva. Como resultado un nuevo libro que nos cuenta cosas totalmente distintas a las que en su día pudimos leer y sin embargo los personajes son los mismos, las situaciones son las mismas, la historia apenas ha variado.

Pero hoy la muerte del perro no nos provoca pena y compasión sino que es interpretada como un borrón y cuenta nueva, como la muerte de lo que se interponía entre el hombre y su verdadera vida.

Hoy he visto una película que no pienso volver a ver en el futuro porque no creo que guarde mensajes significativos que puedan servirme. Sí, sale Will Smith haciendo flexiones pero aparte de eso no es más que un refrito de lugares comunes típicos del cine de ciencia ficción. Hoy he cogido el libro en el que se basa esa película y lo he abierto por la escena en la que el perro deja de interponerse entre Neville y su necesidad de descubrir la verdad.

Hoy en vez de llorar he apretado los dientes. En este casi fin de año en el que el cambio es deseable no he llorado sino que he apretado los dientes, es curioso.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Me equivocaba

la boca llena de entradas de musical
los dientes teclado Casio
las manos de prestidigitador
el arrojo del que ha besado un centenar de cobras

y te creí
a pies juntillas te creí
las palabras que saltaban tras la tapia te creí

una vez más tocomocho corazón por pronto
muy pronto
nunca
el tiro de gracia y nadie se ríe excepto ese que fuimos

te creí
más humano
más airado
más ligero que el viento
más veloz que tu pasado

creí
al altar súbanlo al altar
izada tu cara mezclada con otras caras
tu voz de cueva huraña
tajante
y sangro la miel de las avispas desnudas
evidentes

te creí igual a esa imagen reflejada en el fondo de mi confianza
te pensé distinto
es evidente que me equivocaba.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Asimilando el sábado


Ya esta mañana cuando he abierto los ojos sabía que algo se había “escuajeringado” por ahí dentro. Tenía la sensación de que todas las palabras que pronunciara me las tendrían que sacar con calzador, de que alguien habría de venir y picar entre mis labios sellados con uno de esos martillos neumáticos.
Uno se va conociendo y sabe cuando está bien y cuando para que lo manden a freír puñetas. Aun así he intentado ignorar mis pensamientos, espesos como la mezcla que Eva Arguiñano preparaba a base de zanahorias y calabaza. La mezcla era para cocinar un flan con verduras, algo novedoso, sorpresivo. Normalmente me río con ese programa, me gusta ver cocinar a la gente y como se despellejan unos a otros, como interpretan un papel que les queda grande. Normalmente ese programa es el preludio de una mañana de cielo azul desvaído, de una tostada deliciosa en cualquier bar, de carantoñas y de planes de futuro. Porque los sábados son los mejores días para pensar en que será de nosotros el año que viene, en como será nuestra casa y en que nombre le pondremos al perro que tendremos. Pero hoy me he levantado distinto, en otro lugar, en otro día que tenía el aspecto de un sábado, sus olores, su cielo azul celeste emborronado, su sonrisa, sus besos y sus intentos de poner algunos pasos más en el camino. Pero en realidad he abierto los ojos a ese octavo día de la semana que de vez en cuando se cuela entre los demás, ese día que es algo así como un páramo desolado de Soria pura cabeza de Extremadura, donde no hay bares ni tostadas, donde el cielo está contaminado y no deja ver el sol, donde las piedras del camino, que ya apenas se ve, están llenas de aristas preparadas para morderte. Ese día de la semana que a veces se prolonga y se repite como una tortura; te acuestas y al día siguiente más cielo polucionado y más piedras en el camino, días y días que se repiten y tu cada vez más delgado porque no puedes ir al bar a pedir un triste café y una tostada aunque sea de pan duro y aceite de coche usado. Te mueres de hambre y la Arguiñano que sigue con sus dimes y diretes, que saca el flan del horno y lo vierte en una fuente: perfecto, será zorra la tía, con la cara que tiene y lo bien que cocina. Me consuelo pensando que es un truco de cámara, que en realidad es su hermano el que lo ha cocinado y que lo han puesto ahí en el intermedio, me decido a hacerlo yo en casa aprovechando que para el plato que hoy han propuesto tengo todos los ingredientes, sólo me falta el molde.
Así que arriba y que alguien me despegue los labios porque vivo en la ciudad con más bares por habitantes y con menos cerebros por metro cuadrado del universo, con más sábados al año llenos de cielos azules tan claros que dan ganas de coger el rodillo y darles unas manos de azul añil y así arrebatarle al invierno el privilegio de hacer que todo parezca más gris. Así que déjame una bufanda y ayúdame a esquivar estos despertares tan malos, ayúdame a poner en pie mi propio flan, guíame del brazo hasta el cortado y la entera con mantequilla y jamón york, déjame que me de cuenta yo sólo de que ya me ha pasado esto otras veces y que siempre he salido adelante, déjame que hable con ese fantasma que tengo dentro, déjame en mi casa que ahora mismo preparo un flan de zanahorias y calabaza, pero antes vamos al chino que me falta el molde.

El resultado, a la vista está, no es el más deseable, pero esto de la cocina es parecido a las máquinas de marcianos, si te matan echas otra moneda y continuas por donde te hayas quedado. El año que viene peligra la fiesta de los difuntos tipo yanqui y es que voy a necesitar muchas calabazas para que el puto flan salga comestible.

Moraleja: el que se rinda se tendrá que comer mi flan de mocos.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Infancias ficticias del adulto desrealizado I


El Capitán Iglo.

Paseando, paseando, camino de la compra, me miré los pies y tenía puestos esos horribles calcetines de punto con los que mamá solía torturarme, vi unas piernas regordetas asomando de unas perneras que apenas legaban a las rodillas y el peto de pana que era el uniforme para ir a dar de comer a las palomas los domingos en el parque de Maria Luisa.
Papá me echaba arbejones en la cabeza, entre los rizos rubios que entonces tenía y que hoy no son más que un recuerdo que me pone los dientes largos. Los caminos del señor son inescrutables, mira que darme entonces esos tirabuzones y ahora hacerme sufrir el avance de mi frente. Papá me echaba arbejones en la cabeza y me ponía los brazos en cruz con las palmas hacia arriba, en ellas más arbejones, “estate quieto” me decía mientras, cámara en ristre, clavaba la rodilla en el albero y se quedaba esperando. “Pero que hace este hombre”, pensaba yo, “me estoy haciendo pis, esto es un coñazo (o la expresión infantil equivalente a coñazo, aunque yo siempre he sido muy mal hablado y a lo mejor ya entonces poseía esta capacidad ilimitada para el insulto que es uno de mis superpoderes de adulto inmaduro)”. A los pocos minutos sentía un pinchazo en el cuero cabelludo, otro en el brazo derecho, otro en la cabeza, más y más pellizcos en los brazos, ya estaban allí, una horda de palomas que picoteaba con saña la comida esparcida por mis manos y mi cráneo sin reparar en si eran semillas, piojos o carne joven de niño con calcetines de encaje y peto de pana lo que sus picos taladraban. Llegaba un momento en el que no podía resistirlo más y a pesar de esa sabia lección que reza que los niños no lloran yo rompía a llorar, entonces sonaba un clic perfectamente audible, un clic alto y claro, un clic que precedía a la risa estruendosa de mi padre y al “no llores mariquita”. Hoy sigo llorando más que la media, siendo más mariquita que la media y conservo las fotos del niño atacado por las palomas, más parecidas a fotogramas eliminados del montaje de Los Pájaros de Hitchkock que a una estampa de felicidad infantil. Hoy paseando de camino al supermercado he tenido una alucinación y me ha parecido ver esos horribles calcetines de encaje ya amarilleados por los años.
Para que el niño dejara de llorar un barquillo y al coche, a casa a cenar, papá conducía un poco más rápido a la vuelta, adelantando de manera temeraria. Hoy sé que no fue piloto de carreras en su juventud y que no se le podía aplicar lo de él que tuvo retuvo. Hoy sé que lo que sucedía, y a mi también me sucede actualmente, también muchos domingos qué casualidad, es que el alcohol envalentona y que para aguantar a unos niños en el día del señor (hoy también sé que ese día no estaba dedicado al señor del quinto h sino a un tal Dios que vivía en la azotea), para aguantar a unos críos decía, es imprescindible un refresco transparente de olor extraño con un gajo de limón. ¡Cómo corría papá de vuelta a casa!
Al llegar aun esperaba una sorpresa desagradable, el pequeño estómago del pequeño niño con las pequeñas heridas provocadas por los picotazos de las palomas enormes como buitres rugía. Papá salía disparado al baño y el niño se sentaba a la mesa sin quitarse siquiera los zapatos ni el abrigo, “tengo hambre” decía. La mamá-espalda gruñía, “tengo hambre” repetía el niño con un ligero tono de enfado. Entonces, veloz como un rayo mamá-espalda se transformaba en mamá-ironía que se giraba enseñando unos dientes afilados como los de un tiburón y alargando una enorme fuente repleta de palitos de merluza decía: “aquí tienes, come”.
Al niño empezaban a dolerle más los brazos y la nariz le empezaba a moquear, intentaba contener la primera lágrima sin conseguirlo nunca. “¿No tenías tanta hambre, entonces por qué no comes?” Le espetaba mamá ironía con satisfacción.
Así terminaban muchos domingos, el estómago vacío porque era mejor pasar hambre que comer palitos de merluza, domingos de insomnio y de sublimación de la ira que el niño sentía mediante una fantasía recurrente: el Capitán Iglo era estrangulado, troceado y devorado ante su ojos por unas merluzas que no se molestaban ni en rebozarlo.
Pero a pesar de todo al entrar en el supermercado me he dirigido como un autómata hacia los congelados y allí estaba, el viejo del chubasquero amarillo. He cogido un paquete y lo he echado al carro aun sabiendo que no me comeré el contenido jamás. Pero mi cabeza tenía hambre, la memoria demandaba un gesto como ese. Un extraño sentimentalismo el de añorar esos domingos largos y plagados de lágrimas. Manías de este adulto en el que me he convertido.

martes, 4 de diciembre de 2007

Ofrezco (te)


-Un mundo emplumado, suave, un poco demasiado edulcorado.
-Toda la fuerza del rió que rompe la presa, del agua que ahoga a Superman que llega tarde al rescate porque ni es super ni es man.
-Un rosa, un volcán extinto y otro que aun es capaz de hablar y humear. Un abono viaje para saltar de planeta en planeta, un zorro que oposita a perro pachón, una serpiente asesina que come elefantes, un pelo rubio ensortijado, la risa de un loco francés confundida con el zumbido de las hélices.
-Estas manos de pianista expertas en tocar granadas de mano.
Esta boca de palabras con ortodoncia.
Este cerebro rebozado con arena y perejil.
Este motor que se cansó de repetir cuarto de corazón.
Esta intención de cantante sin canción.
-Una excursión a Gibraltar para dar de comer caviar a los monos y reírnos de ellos.
-Mi silencio, si lo quieres. Mi grito, si lo quieres. Mi sangre en bandeja, una maleta con ropa vieja. Una hoguera, una puerta ignífuga, un calendario indestructible.
-Café, tostada a la italiana, un beso, una erección, una semana de seis sábados y un domingo por si te da por recuperar esos imposibles que hoy ignoras, que te empeñas no ver.
-Una caja vacía en el banco, un folio en blanco, un campo en barbecho, un bulbo de jacinto, la pregunta de un niño, globos pegados al techo, el monje deshabitado, el orden por fin destartalado, en el mismo plato servidos el dicho y el hecho.
-Mis torpes intentos de dinamita mojada, la prosa derrumbada, los cuentos sin moraleja contados a las tantas de la madrugara.
-Escaleras solo de subida, infiernos convertidos en parques temáticos a los que sólo se puede ir de visita, sueños que se inflan y no revientan.
-Una cerveza helada, unos chicharrones. Una invitación para la boda de la Amalia con el dueño del tremendo. La primera piedra de cualquier proyecto que te apetezca emprender. El último aplauso exprimido de unas manos con palma de mandril.
-Mi cuerpo, mi mente, mis palabras.

Si lo quieres, para ti.

Predicando en el desierto

A veces me ocurre que al llegar a casa no encuentro ese olor familiar que me calma y me hace suspirar. Un hedor a azufre ha ocupado su lugar, una peste insoportable que precede al chirrido de la puerta y a la bombilla que no se enciende o que parece alumbrar menos que de costumbre. Resulta que no es azufre sino la arena del gato que empieza a desprender un desagradable olor químico a amoniaco.

En esos días en los que acabo hablando sólo, en los que acabo divagando sobre lo lejos que está el techo, casi tan lejos como el cielo que hoy ni siquiera me he molestado en mirar, casi tan lejos como un mañana que sea diferente a este hoy que se me muere a los pies y que se desploma para abonar el suelo de mi pasillo donde ya empiezan a brotar las hienas burlonas, donde las serpientes dibujan en su huida eses en las dunas de arena helada, eses que no inician ninguna palabra, ningún susurro, que ni siquiera son el preludio de un balsámico silencio.

Me quedo contemplando el desierto de mi pequeño reino construido a impulsos, a golpes irregulares de dudosa inspiración, ese reino capaz de convertirse en la más decrépita de las ruinas en tan sólo unas horas y capaz también de recuperar su esplendor olvidado en el mismo periodo de tiempo. Observo la luz ambarina del farol hurtando protagonismo a la luna, luz enfermiza que se cuela hasta casi el pie del sofá que cruje cuando me dejo caer en él. Así no hay quien saque la ira que lleva dentro, así es imposible que a uno le crezcan los colmillos, imposible que se desarrollen unas garras feroces capaces de hacer jirones este disfraz de hombre gris, de persona que camina como otras personas, que come a sus horas, que no dice ni piensa sandeces, que consume su dosis diaria de consumibles. Con esta luz en imposible cumplir mi sueño licántropo.

Así se escribe esta llegada, este arrastrar las orejas de perro apaleado, estas ansias traicionadas de convertirme en el mas inadaptado de los poetas, de abrazar el cadáver de mis propias metáforas aprendidas en una insigne escuela de imitadores, el más desequilibrado de todos los hombres, el más humano de todos los animales. Este chirrido de bisagras, el olor a la arena de gato, los cacharros acumulados en la pila que se oxidan y apestan a queso, el tendedero podrido desde las raíces da sus últimos calcetines que calentarán mañana estos pies huesudos y monótonos. Llego, abro la puerta, se muere mi traje gris a mis pies, lo mudo por otro que será igual de gris, igual de feo, con los bolsillos, como el que acaba de fallecer, llenos de agujeros, con las polillas agarradas a las solapas alimentándose, ese traje gris que se ira endureciendo mientas duermo y que mañana me oprimirá la garganta y la entrepierna ahogándome esta voz que hace tiempo no dice nada, que hace tiempo que no suena con tanta fuerza como me gustaría.

Abro la puerta y entro en mi casa para encontrarme cara a cara con este final de lunes al que asfixio antes de que abra la boca para decir todo lo que no quiero escuchar por ser de sobra conocido, por ser de sobra evidente, por ser de sobra inservible.

Se acaba el lunes para este hombre cansado de llevar traje y no tener una corbata en la que ahorcarse.