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miércoles, 31 de diciembre de 2008

Tarde del 31

PRIMER INTENTO.

Tengo las manos entumecidas después de fregar los platos con agua fría. Son apenas dos y una fuente que no tiene mucha grasa, mejor no gasto agua caliente. La consecuencia es que bien podría agarrarme a la barandilla del balcón y lanzarme en picado para cazar el peluquín de alguno de los viejos que pasa apresurado bajo mi casa para no mojarse ahora que han empezado a caer las primeras gotas de lo que dicen va a ser todo un temporal de fin de año.

Las manos torpes que apenas pueden enlazar tres pulsaciones sin error, así voy a tardar una eternidad en poder escribir algo. Mejor me espero.





SEGUNDO INTENTO.

Un café, es lo que necesitaba, un café bien caliente para templarme. Ahora diluvia fuera. No tengo la sensación de que esta noche vaya a pasar nada especial, siempre me ha costado bastante trabajo contagiarme del entusiasmo reinante en cualquier fecha señalada. Digamos que mi ánimo no gusta de seguir directrices, de hecho la mayoría de fiestas oficiales del calendario se toma la libertad de remar contracorriente. Así hoy estoy de un humor melancólico y algo huraño.

Sin saber por qué he puesto música clásica, no suelo escuchar ese tipo de música. Puede ser una señal que me indique que ya estoy listo para afrontar el cambio que hace tiempo llevo presintiendo o simplemente un impulso lógico nacido del hartazgo que produce la repetición de la música que suelo oír. En cualquier caso tengo ganas de novedades, mi curiosidad se ha despertado y me da lo mismo cuantos gatos tengan que morir.
Más signos de inquietud intelectual: hace una semana compré un poemario de Luis García Montero, hoy le he dado un buen mordisco, me gusta descubrir a ciegas nuevas voces, me parece la forma adecuada de hacerlo. Antes solía informarme antes de la vida y milagros de los autores que leía, hoy prefiero no hacerlo y si lo hago es a posteriori de la lectura de sus obras. Me está gustando, tiene una extraña forma de condensar las ideas, posee una habilidad para dosificar la belleza que nos entrega en cada verso, es contenido, parece observador y pausado:

“(…) Entrábamos por fin para mezclarnos
como cada mañana de la vida
con el paso cansado, los azulejos fríos
de un mundo hecho en latín
y números romanos.

Ahora sé
que en aquella ciudad deshabitada
la gente andaba triste,
con una soledad definitiva
llena de abrigos lagos y paraguas.”


Se acabó el café, se acabó el calor en el estómago, la música sube de volumen, mi mente se evade de este espacio en el que habita, se desplaza hacia las historias que ha absorbido a lo largo de estos años en los libros. Está en la Polonia ocupada por los Nazis buscando a un operario perdido de los tendidos eléctricos que se cree oculto en un sanatorio mental enclavado en mitad de un frío bosque de coníferas. Está en el mundo deshumanizado de Montang observando como esconde algunos libros en su casa, mira con desconfianza hacia la puerta del baño en el que está encerrado por si su mujer entra, cosa improbable pues está siempre pegada al televisor, hablando con él. Montang que se convertirá en un libro humano. Está en Lisboa en camisa corta de algodón tomando una tortilla a las finas hierbas y hablando con la fotografía sobre una cómoda de una mujer muerta. Mi mente que a veces encuentra este mundo tan insoportable que no puede dejar de hacer esas escapadas.

Hasta hoy siempre ha vuelto, no obstante, sé positivamente que uno de sus sueños es no encontrar un día el camino de regreso. Yo intento convencerla de que este mundo tiene muchas posibilidades, que basta con hacer algunos cambios para convertirlo en un lugar interesante para vivir. Ella siempre me responde con una de sus evasiones.

A veces pienso que paso demasiado tiempo fantaseando, que debería bajar a la tierra y vivir. Pero pronto se me pasa porque sé que mi manera de habitar este pedazo de realidad que se me ha entregado es exactamente esta que he descrito: soñar, querer cambiar lo que me rodea para hacerlo soportable, desdeñar las ideas preconcebidas, entristecerme cuando veo lo difícil que resulta, esta y ninguna otra. Así me gusta hacer las cosas.

Me disperso, siento que me disuelvo, lo dejo unos minutos y lo vuelvo a intentar.

TERCER INTENTO.

El teléfono ha vibrado ya unas cuantas veces, mamá quiere que vaya a casa para ayudarla a preparar tapas, alguien llama para ver si me animo esta noche a salir después de comernos las uvas para tomar una copa, alguien que quiere felicitarme el año. Ignoro las llamadas, luego las devolveré, ahora no tengo capacidad para decir nada.

Prendo otra varilla de incienso. Disfruto con la sucesión de olores precedidos por el chasquido de la cerilla al encenderse, después de él un naranja incandescente en la punta de la vara, un soplido y el negro olor del fósforo al apagarse, un breve intervalo y la punta del humo de incienso comienza a ascender, con ella el olor que pronto llenará todo el salón.

Ya todo comienza a oscurecerse. Otra vez vibra el móvil, creo que debería empezar a contestar a las llamadas. Pero no puedo hablar. Me voy a la ducha, necesito estar limpio, sacudirme esta tarde que ya se acaba, quitarme esta apatía de encima.

CUARTO INTENTO.

Cambio de música, pongo bandas sonoras, así juego a reconocer la película. La primera es obvia, suena Yann Tiersen y la manida Amelie. A pesar de todo sonrío porque hay cosas que recuerdo de esa película y que he incorporado a mi imaginario personal.

Ya estoy duchado, ya estoy vestido, ya estoy preparado para pasar una noche vieja más. Este año probaré a desear con ganas, a tragarme el anillo de oro del interior de la copa, a comer las uvas sin pelar, incluso me he puesto ropa interior roja.

Supongo que antes de irme pondré en youtube la canción de mecano, no sé por que no me canso de ella. Cuando suenan sus primeros acordes veo a mis primas peinándose en la habitación de matrimonio de casa de mi abuela, yo soy muy pequeño y estoy tirado en la cama entre los abrigos que ha ido dejando allí toda la familia, en el salón se escuchan las primeras discusiones sobre política que en esos días de infancia me sonaban a chino y no entendía. Yo asistía fascinado al ritual de belleza de mis primas a las que compararía en un futuro con las brujas de Eastwick: M una rubia delgada, la más guapa de las tres y de la que alguna vez creí estar enamorado, S la mujer de la eterna sonrisa y T pequeña y apocada, frágil y misteriosa. Mis primas, como sirenas embutidas en esos trajes de lentejuelas que tanto les gustaban, se pintarrajean la cara mientras hablan sobre chicos y no me prestan atención, yo respiro tranquilo y observo, me río cuando ellas se ríen, aguzo el oído porque intuyo que allí se están desvelando secretos que en el futuro me vendrán bien. Alguien grita desde fuera y ellas se ponen sus batas rosas para no mancharse en al cena, se recogen el pelo usando el lápiz de ojos para sujetarlo y se vuelven hacia la puerta a la vez. Es hora de comenzar a cenar. Cuando entramos en el salón mamá ya me ha pelado una gamba, miro lo que hay en la mesa, este año la novedad es una especie de rollo de bizcocho que huele a roquefort. Abuela golpea la silla junto a ella, “ponte aquí mi niño que te voy a contar la historia de cuando a tu padre se lo comieron las hormigas”.

Pongo la canción, Anita Torroja me viene con el mismo cuento de todos los años y entre gritos y pitos me hecho un poco de perfume y añado estas últimas palabras al texto con la duda de si al final he contado algo o si ha sido una perdida de tiempo.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Calcetines II

Resulta que sólo era cuestión de paciencia, de que el azar aflojara en su pertinente mal humor y me permitiera recoger una colada con muchos calcetines de colores. Al hacerlo he sentido como si estuviera recogiendo una cosecha inmejorable, como cuando Abuela venía sonriendo con el capacho lleno de pimientos rojos inmensos.


Cuestión de seguir andando por el camino que creía desaparecido. Resulta que estaba avanzando justo sobre su espina dorsal, sin desviarme un solo grado, que lo que yo creía una confusión de malas hierbas que me había hecho perder el rumbo no era más que el verdor que atravesaba el desierto, y ahora estoy a las puertas de una ciudad de altas murallas doradas como en esas historias oníricas de Dunsany.

El azar, al que suelo tachar de tirano e intransigente, ha resultado ser un niño hambriento que se rige exclusivamente por sus apetencias. El problema viene cuando tu estás justo entre el objeto de las mismas y el ello desatado, entonces a la suerte se le vidria la mirada y tu sabes que vas a ser atropellado, te atas al mástil de la rutina y te preparas para tragar una tras otras las olas saladas que van a venir.

Así que ahora, pasados unos días sin escribir, sin leer, sin abonar esta cabeza llena de sueños lastrados por las dudas, ahora, precisamente ahora subo a recoger la colada y me encuentro con que la mayoría de los calcetines son de colores.

Las esperas suelen merecer la pena, la paciencia suele dar buenos frutos, como los pimientos de Abuela.

viernes, 5 de diciembre de 2008

A wolf at the door

Como te despistes un solo segundo, sólo un instante, te habrá mordido. Porque sabes de sobra que es sigiloso y astuto, porque es imposible oírlo si no quiere ser oído. A eso tenemos que sumar que tus orejas han quedado como mero atrezzo, tu iniciativa como un cactus podrido, tu instinto atrofiado como las ganas de volar de los pingüinos.
Te habrá mordido, y ya sabes la leyenda del hombre atacado por el lobo. Ya sabes que la luna llena no es más que una excusa y que naciste con la dentellada en los genes.



Aunque el hombre se vista de seda, lobo se queda.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Calcetines

Hoy lo he tenido claro. La revelación ha llegado mientras doblaba la ropa interior. De repente he tomado conciencia de que son demasiados los calcetines que poseo de color azul marino. Calcetines que uso a diario para ir a trabajar, que impiden que mis pies pisen la tierra, que representan el primer gesto de ocultación de una realidad que ya se desborda como la espuma del cazo de leche que olvidé al fuego.



Los he contado, diecisiete pares de anodinos calcetines. Apenas dos pares de colores. Una proporción que asusta.

A mi manera rebuscada, sigo acumulando motivos para mandarlo todo a la mierda y retirarme del juego. Hoy han sido las verdades que se ocultan entre mi ropa íntima, mañana encontraré a mi particular diablo en cualquier gesto u objeto en apariencia insignificante.

No pienso abandonar esta búsqueda que debí dejar concluida hace ya unos años.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Buenas noches

Volver corriendo a casa porque tiene una perentoria necesidad de sentarse frente al teclado a escribir sobre las impresiones que se le han quedado adheridas esta noche. Ver como los dedos no le obedecen del todo, como los ojos le escuecen, como la boca se abre en un bostezo de garaje sin automóvil.

Regresar ilusionado sin reparar más que de forma fugaz en todo lo que acontece en su camino a casa. Apenas el fugaz amarillo fluorescente de la altanera patrulla de policías que empuja a la gente al interior de los bares, lo que creíste un suspiro profundo y que no era más que un par de chicos esnifando una raya al resguardo de un portal, los andares titubeantes de la chica obesa que no controla los tacones en el pavimento de cantos rodados de la plaza con la iglesia iluminada al fondo, la caída libre del pordiosero que tras su último trago se deja morir por esta noche en su frío banco abrazado a su perro de pelo hirsuto.

Victorioso tras una noche de caza. Ha sido como un safari fotográfico, como un atracón de cena de navidad. Trae la cabeza llena de imágenes breves que conforman su resumen del rato que he pasado en la calle. Conversaciones dispersas, sonrisas escandalosas, la sensación de que todos empiezan a ser más jóvenes que él, el pintor cordobés que ha quedado con un jovencito para tener un rocambolesco romance en casa de su amiga la lingüista que me dice que no se puede decir son la una, que se dice es la una.

El observador que no es capaz de hilar fino, que puede conectar las diferentes historias que se han ido sucediendo a su alrededor y que ha percibido, al menos de manera parcial, desde la primera a la última. Como la de ese tuno apartado de los demás que cantaban a un grupo de americanas en tirantas a pesar del frío, ese que hablaba por el móvil y al que se le mudaba la expresión pasando de la sorna alcohólica a la más angustiosa de las desesperaciones. ¿Qué le habrán dicho? No deja de preguntarse mientras se dirigen al turco a comer algo. Falafel para ella, kebab de pollo y nada para el que ya he cenado en casa.

El observador que recuerda el calor del brasero de cisco en su pantorrilla derecha mientras que prolongaba una pelea estúpida con alguien que había venido a verle. El tacto de la lana gruesa y blanca, la distancia insalvable y su figura alejándose callejón arriba. El sueño de la chica de las gafas que quiere irse a casa se le pasa cuando la policía le reprende por beber zumo de piña en la vía urbana, hasta donde vamos a llegar, que no me pueda beber un puto zumo en la puta calle. Joder, que ciudad, que sitio más extraño para vivir, para ocultarse. Y sin embargo la gente parece feliz alrededor del observador, como si no tuvieran preocupaciones o al menos las tuvieran dominadas. El siempre anda buscando el remedio para la glotonería de su mente empeñada en llenarse de ideas inútiles, en apoyar a la imaginación en su empeño de permanecer activa a todas horas.

Una noche, caben muchas palabras en una sola noche, muchos silencios que son obviados, otros que no podemos evitar. Deseos y miradas, gente nueva y los ya conocidos. Todo se almacena en la memoria y hace que me duela la cabeza, como si estuviera ya llena y no cupiera nada más. Pero lo que provoca el dolor es la anarquía de lo que hay almacenado, el poco orden, el caos incontrolable de esta cabeza aturdida por la cerveza y la insobornable costumbre de soñar justo antes de irse a dormir.

Volver, corriendo, para no quedar satisfecho con lo que se ha escrito. Abrir la puerta de la calle que rezonga bajo la luz ambarina del farol esquinero que da a la calle adoquinada aspecto de callejón de puerto lúgubre. Subir de forma apresurada y sin prestar atención a los espasmos de la vejiga ni a la pastosa lengua dirigirse directamente al ordenador para encenderlo. Desvestirse rápido y sentarse desnudo frente al teclado y dejar unas palabras que sirvan de guía para lo que tiene que venir antes de ir ponerse el pijama. Volver, empezar un par de párrafos que no se sabe muy bien de que hablan, vencer la sensación conocida de que no va a ningún lado, de que es mejor que deje de escribir en este mismo momento y para siempre, pero persevera, siempre lo hace. Puede que lo que haya salido no sea excesivamente bueno, pero ha cumplido su misión. Lo ha hecho, ha resumido la noche en cuatro impulsos, en cuatro frases que no dicen nada, con un estilo algo confuso, que deja demasiado trabajo al lector, pero lo ha conseguido.

Volver, para respirar hondo, para irse a dormir, para masturbarse quizás si no cae rendido. Justo antes de cerrar los párpados le invade la morbosa idea de que es lo que sucedería si mañana no se despertara.

miércoles, 22 de octubre de 2008

La niña y la cueva.

— ¡No entres, no entres ahí!

Pero la niña ni siquiera miró atrás. Quizás influenciada por las historias que le contaba su padre sobre las personas cobardes que no llegan a ningún sitio. Su padre que siempre había confundido valor con temeridad, sensatez con cobardía. Entró en la cueva con esos pasos suyos que más parecían el repicar de las primeras gotas de agua de una tormenta que las pisadas de una niña pequeña. Entró sin dudarlo. La negrura se la tragó enseguida, la absorbió. Su padre ni siquiera se acercó para evitar que se aventurara en esa cueva maldita. No se atrevió, el padre que inculcaba valentía a su hija, no pudo impedirle entrar, no quiso evitar su desaparición.


Vinieron los servicios de emergencia. No encontraron nada. Todos se sorprendieron por la actitud pasiva del padre, parecía que no le afectaba nada de lo que acababa de ocurrir.

Pasaron los días estipulados según el procedimiento y como seguía sin haber rastro de ella la dieron por desaparecida, la imaginaron con la cabeza abierta en cualquier recoveco de la roca. Todos se extrañaron de no encontrarla pues a pesar de la fama de esa cueva de la que las viejas decían que estaba maldita había sido explorada sistemáticamente e incluso existían planos detallados de sus pasadizos y simas.

Dejaron de buscarla. Todos la olvidaron. Su padre se convirtió en un ser huraño. Todos lo consideraron normal, la actitud lógica en un padre que había perdido a su única hija. Nadie supo que se volvió una persona arisca al descubrir que era un cobarde, al ponerse en evidencia a si mismo dejando que la niña se introdujera en la cueva sin que el hubiera movido un dedo por impedírselo atenazado por un miedo surgido de las historias de las viejas. Olvidó a la niña pero no consiguió olvidar su cobardía.

Pasaron muchos, muchos años, la ciudad cambió, se transformó en otra ciudad totalmente nueva, nacieron muchos niños, murieron muchos viejos, la gente siguió llorando y riendo, siguió hiriéndose el cuerpo y el espíritu, siguió, todo siguió. Todo cambió menos el odio que sentía el hombre que perdió a su hija. Un odio que lo fue erosionando hasta convertirlo en un recuerdo de si mismo envuelto en piel ajada y ropas sudadas, en una casa avejentada de muebles destartalados, en una ciudad que no le prestaba atención. Todos lo olvidaron, en su caso ni siquiera lo buscaron.

Y pasaron los días, pasaron los años, pasaron las gentes y cuando ya nadie llamaba a la puerta de su casa ruinosa, cuando ya no quedaba nadie que recordara su nombre, el hombre se encontró con su hija en el olvido. Ella había crecido mucho, se había convertido en una mujer hermosa. El no se atrevió a abrazarla, había pasado demasiado tiempo y no podía amarla de nuevo. Ella se decidió a hablar:

— Papá, quiero contarte el secreto de la cueva, quiero que sepas por qué no me encontraron.

— No quiero oírlo, te fuiste, me desobedeciste.

— No papá, fui valiente, como tu me decías. Tu no, tu no viniste conmigo. Después ellos se empeñaron en buscarme alumbrando la cueva, la inundaron de luz.

— Pues claro niña para ver hace falta luz —dijo airado el padre.

— No papá, no allí, no en la cueva. Tu optaste por esa luz que todos utilizan, incendiaste su interior y ella se mostró desnuda y estéril. Pero yo opté por la oscuridad, por caminar a tientas, por esperar a que mis ojos se acostumbraran a la penumbra. Así lo hicieron, papá, se acostumbraron y entonces pude ver cosas que nadie ha visto, pude tocarlas, probarlas, olerlas, clavármelas en la carne, hacerlas mías.

— ¡Cállate niña, sin luz no se puede ver, eso lo sabe todo el mundo! ¡Sin luz no se puede caminar, ni saber por donde pisamos, por mucho que digas que se te acostumbraron los ojos!

— Pobre papá. ¿De qué te ha servido la luz? A los dos nos olvidaron hace ya mucho tiempo y míranos ahora. Yo soy joven y aun recuerdo lo que es la risa. Y tu, me alegro de que no puedas verte papá, es mejor así —Se quedó callada unos instantes mirando la figura del hombre agazapado frente a ella—. Y tu papá, ¿qué recuerdas de cuando aun eras hombre?

Para L. y sus agujas vía SMS.

jueves, 9 de octubre de 2008

Cuando faltan las palabras.

(…) En glosa feliz, que es vuelta
o retornelo, los ojos
volverán a ver…

Suelo acudir a Larrea que está acostumbrado a enredarlas, entrelazarlas, convertirlas en finos hilos sin araña aparente.

Hechos a acechos de sombra,
volverán a ver la vida,
volverá a ver…

Suelo acabar subido en el grito de Huidobro, renegando de su concepción optimista del hombre, aprendiendo a ser el hombre que pregona.

De nuevo sobre la cumbre,
volverán a ver…

Suelo comparar a Campos, Haroldo, con un cubo de Rubbic, con una pared de jeroglíficos derramados, con una luz tan fuerte que es capaz de quemar todas las visiones.

Con su golpe de antaño,
correrán a ver…

Suelo salir a la calle disfrazado con otro cuerpo, cuerpo de lobo con las costillas marcadas y el hocico babeante. Cuerpo de hambre, preparado para el hambre, hablando el lenguaje del hambre.

Anulando las distancias,
volverán a ver.

Conocedores profundos,
volverán a ver.

Suelo imaginarme a Domenchina riéndose de mis preguntas al viejo librero sobre el secreto de su paradero. No sirvo para investigador privado igual que no sirvo para muchas otras cosas. No sé ser como otros hombres cuando me doy cuenta de que hay un hilo que cuelga de mi humanidad. No valgo para gritar muy fuerte, ni para permanecer más de unas horas en el mismo lugar. No valgo para muchas cosas. Sin embargo soy perseverante y recuerdo un sabor cuando lo he probado, sobre todo los más amargos, por eso hoy copio de un libro recién editado las palabras que creía jamás podría leer.

Con el acto diferido
—fallido— de la indolencia,
pasará la noche.

Como el desgano y la lenta
remisión, como la acidia,
pasará la noche.

Suelo despertar al día como si fuera un parto, manchado de una duda vidriada que me impide abrir los ojos al caminar coreografiado del resto.

Con el estupor perplejo
y el pesar ensimismado,
pasará la noche.

¡Qué alacremente las ágiles
alas tenderán el vuelo!...

Volverán a ver los ojos.
(pasará la noche).

Suelo imaginar que aun no he aprendido a hablar y que todo lo que diga a partir de ahora será trascendente.

Volverán a ver la vida.
Volverán a ver. (…)

Los versos de este post están copiados de “Tres elegías jubilares” de Juan José Domenchina, además contiene recomendaciones de un poeta que se dice músico y que me enseño a querer mis palabras, que me abrió las ventanas a otras maneras de contar.

sábado, 20 de septiembre de 2008

De izquierda a derecha

Sábado veinte de Septiembre. El verano se demora. Vuelvo de la calle de tomar mi desayuno habitual, comprar el periódico y husmear un poco en un par de librerías de las que me he traído un ejemplar de Eluard.

…El río que tengo bajo la lengua
El agua que no se imagina, mi barquito,
Y, las cortinas bajadas, hablamos…


Saco todos mis libros de poesía del anaquel en el que suelen estar. Me quedo embobado frente a la balda vacía, arriba ciencia ficción mezclada con algunos inclasificables. Abajo libros de bolsillo, casi todo Cortázar. Clavado, sentado en el reposabrazos del sillón rojo donde el gato se afila las uñas. Me agacho a recoger un trozo de goma espuma que está a mis pies, lo aprieto entre el índice y el pulgar, lo giro. Estornudo y es como si volviera a la vida, me levanto lento y me dirijo arrastrando los pies al escritorio en el que he puesto todos libros desalojados. Nada más sentarme desaparezco. De golpe no soy más que un hombre que lee. Voy abriendo uno a uno los libros, leyendo notas al margen y dedicatorias, leyendo versos sueltos. En mi cabeza aparece nítida la imagen de una batidora. Voy arrancando páginas con parsimonia, unas cuantas de cada volumen. Las introduzco en el recipiente y pulso el botón que pone en marcha las cuchillas. Un ruido atronador lo invade todo.

Cernuda, Auster, Lope, Quevedo, Rodríguez, Colinas, Whitman, Machado, Jiménez, Gelman, Cunqueiro, Panero, Pizarnik, Rimbaud, García Lorca, Castaño, Shakespeare, Bécquer, Baudelaire, Hernandez, Benedetti, Neruda, Gallego, Cendrars, Salinas, Gonzalez, Altolaguirre, Gil de Biedma, Larrea, Huidobro, Aleixandre…y todos los huecos por ocupar que ya están reservados. Nichos para los alegres muertos que vienen a abonar este rosal tímido que ha enraizado en mi pecho.

Desaparezco. La tarde densa como la cola que de pequeño usaba en el colegio para mis manualidades. Para el estruendo y suena un pitido breve de horno que ha terminado su trabajo. Mis dedos se acercan al resultado como una camada de perros sedientos, se lo beben. Zumo de sabor amargo que baja afilado por el esófago y que al caer al estómago como una explosión me hace doblarme de dolor, que gran dolor, tan necesario, tan difícil, tan extraño. El rosal de mi pecho sonríe, se afila las espinas e imagina las más bella de todas las rosas, una rosa que nacerá gracias a ese dolor que abona mis zancadas de siete lenguas.

Eluard me dice:

…En todas las camas en las que se duerme
El cielo dormita bajo todos los cuerpos…

Y yo pienso en como me sentía cuando pescaba patitos de goma con una caña en la feria y les miraba la tripa para ver que número ocultaban y como ese número me llevaba a un regalo. Entonces era demasiado adulto y quería el premio. Hoy soy demasiado niño y quiero el cielo o al menos la posibilidad de ilusionarme buscándolo debajo de la alfombra de tu cuerpo, del olor que dejas cuando te vas, de las palabras que olvidaste en los lóbulos de mis orejas y que ahora ascienden para dormir resguardadas en mis oídos.

Me conformo con sentir la yaga abierta palpitando y mis dedos clavados en ella. Con recordar que las puertas no son más que bocas que bostezan una promesa.

De repente caigo en la cuenta de que son mis manos las que escriben. Despierto. Tengo tres películas que acabo de alquilar. Veré la más irrelevante y me concentraré en el agradecimiento de mi cuerpo cansado cuando me tumbe en el sofá a esperar que me alcance el sueño.

Cuando abra los ojos y la película ya haya terminado devolveré los libros a su estantería porque ya habrán cumplido su misión, me lavaré la cara y miraré en el espejo como las gotas de agua van dibujando mi nuevo rostro. Apareceré de repente para seguir viviendo, para alcanzar el domingo 21, pronóstico nublado con lluvias más que probables.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Gin Tonic

No es necesario un conjuro arcano, ni una oxidada llave para hacer que cambie el mundo o para abrir el herrumbroso cofre en el que guardamos nuestros recuerdos de la infancia.

Basta con un gin tonic preparado después de sudar la gota gorda en la cocina para improvisar un cous cous con todas las verduras que ya empezaban a estropearse. Beefeater, que viene a ser el punto intermedio entre Bombay Shapphire y Larios, con moderación que no quiero taladrarme el maltrecho estómago, tónica de marca la paloma como signo de que yo también he caído en el juego del miedo provocado por esta película de suspense que se ha dado en llamar crisis, dos rodajas de limón ligeramente exprimidas, mucho hielo y al escritorio a escuchar el tintineo que provocan al alzar el vaso para llevármelo a los labios. El primer trago cae a plomo, golpea con violencia como si estuviera hueco y me hubiera tragado un ladrillo que choca directamente con lo que viene a ser la parte interna de mi entrepierna. Pero los placeres siempre se hacen esperar, así que consulto el correo electrónico, mientras que deshecho la idea de mi oquedad y reúno valor para un segundo trago.


No es necesario un conjuro, es suficiente con perseverar en el gin tonic preparado para hacer más evidente la soledad de esta tarde bochornosa de fin de verano en la que las cuatro gotas que han caído afean tanto la ciudad que no merece la pena asomarse al balcón para ver semejante insulto. No quiero llaves para abrir puertas que hace tiempo debí haber tapiado. Yo creía que eso de tomar una copa al llegar a casa después del trabajo era un recurso literario, que no surtía efecto alguno ni tenía utilidad aparente. Pero de repente hoy, quijotescamente intoxicado, he sustituido los caballeros andantes por los trabajadores estresados que salen en las novelas que leo y en una dislocación de la realidad he decidido imitarlos y beber a solas en casa después del trabajo.

Sorpresa de las sorpresas. Tengo sonrisa de tonto, estoy tranquilo y con ganas de escribir, no me parece que mis dudas y problemas sean de especial relevancia, me sonrío cuando pienso que ayer a estas horas tenía unas ganas locas de llorar.

¡Ah, si todo se pudiera explicar por la aparición en escena de un simple gin tonic!

martes, 16 de septiembre de 2008

Realismo Sucio

Estaba frente al ordenador, recopilando muchos de los textos que he escrito desde principios de año a esta parte en un intento que creo que no va a ser muy productivo de dar coherencia a mis vivencias a través de su reflejo en lo que voy escribiendo.

De repente me han entrado unas ganas incontenibles de actualizar el blog. Como cuando estás en un paraje solitario en el que sabes que hay eco y no puedes contener el grito ni la sonrisa provocada por la más que esperada respuesta de tu voz rebotando en la inmensidad del paisaje. He sentido como si hubiera permanecido demasiado tiempo callado sin escuchar el eco, demasiado tiempo sin verbalizar todo lo que pasa por dentro de esta mente, que cada día me intriga un poco más a medida que voy venciendo la angustia que provoca la falta de entendimiento respecto a sus directrices a la hora de manejar las ideas.

Tengo que escribir algo, algo que no sea demasiado personal para resultar críptico e ininteligible pero que a la vez tenga el suficiente grado de profundidad como para no resultar una aportación estúpida. Pero qué, sobre qué puedo escribir. Últimamente mis reflexiones han sido tan auto referenciales que ahora me cuesta romper el círculo vicioso y hacer que la bulímica pescadilla deje de devorar su cola para después vomitarla en forma de extraño mensaje cifrado. Necesito claridad, necesito conectar con la gente que me lee, necesito saber (confirmar más bien) que tengo los mismos mecanismos que producen los mismos resultados y que uso los mismos materiales que el resto de los mortales. La simple duda ofende en este caso, cómo me puedo creer tan especial como para ser el único ser sobre la tierra que siente lo que siente.

Vueltas y más vueltas. Ningún tema en el horizonte sobre el que poder escribir. El reloj que marca la hora en la que un disparo a bocajarro de somnolencia suele invadirme. Hoy no, me resisto, hoy no voy a ir a la nevera a coger cualquier pieza de fruta y a tumbarme en el sofá a comérmela mientras paso por enésima vez algún pasaje de película significativa para mi imaginario personal. Hoy tengo que escribir. Pero sobre qué. Me siento la persona más gris y estúpida del planeta. Un hombre insulso y desdibujado que hace esfuerzos infructuosos por crear algo, lo que sea.

Joder, no puedo romper esta dinámica de silencio. No puedo hacer que las palabras contenidas en mi mente suenen distintas a un mensaje transmitido en código Morse o se refieran más que a mundos aun por crear, a cosmogonías aun por inventar.

De repente, ¡coño! Contención. Las palabras contenidas. Las palabras atrapadas. Las palabras que por si mismas encierran toda la potencialidad de expresión posible. Una asociación empieza a nacer, una que permitirá dar un giro positivo al pesimismo que hasta ahora me hacía mirar este periodo introspectivo que atravieso como tiempo árido e improductivo. Pero resulta que lo que me pasa es que estoy contenido, atemperado, lacónico. Ahora sólo tengo que aprender a usar esa contención, a dejar que el verdadero significado emocional de lo que escribo se deslice subrepticiamente entre frases aparentemente neutras. Aprender a escribir como lo hacían esos autores Norteamericanos que se encuadraron dentro del “Realismo Sucio”. No es que ahora vaya a dejar todos los finales abiertos como lo hacía Carver, o vaya a hablar exclusivamente de sexo, borracheras y apuestas en las carreras de caballos como Bukowski. No es que vaya a copiarlos sino que voy a sacar algo que me sea útil de su manera de escribir. La contención, tan típica por otra parte de la literatura Estadounidense en general, en estos y otros autores afines se convierte en marca de la casa, en piedra angular de su estilo. Yo voy a hacer lo mismo. Voy a hacer que de una conversación trivial sobre temas en apariencia sin importancia se oculte la verdad más ominosa y trascendental para el hombre, a conseguir que en la descripción de cómo una joven ama de casa riega las plantas de su vecina ausente se pueda entrever toda la gama de los deseos universales del hombre.
El que haya leído con frecuencia a autores estadounidenses posteriores a la Generación Perdida sabrá de que hablo. Los ejemplos son muy abundantes. Sin embargo esa contención no casa muy bien con la cultura en la que hemos nacido y en la que nos desarrollamos. Pero para mi es todo un arte, una habilidad que convierte al que sabe dominarla en un verdadero genio, una forma de doble escritura en la que el significado trasciende con mucho un significante en apariencia insulso.

Pienso escribir mi Bullet Park a la española. Pero también pienso aplicar el estilo del Realismo Sucio a mi vida diaria, así acumularé menos frustración al no poder expresarme ya que, de tapadillo, estaré diciendo siempre más de lo que quiero decir.

domingo, 31 de agosto de 2008

El optimista.

Una mañana se levantó de la cama y bostezó a dúo con el gato, los jueces se rindieron a sus pies, “jamás se vio tal compenetración a la hora de afrontar un nuevo día entre dos especies distintas” declaró el juez indio sentado sobre su colchón de clavos .
Misteriosamente el café ya humeaba en la cocina e incluso podía olerse la mantequilla derretida sobre el pan que en voz baja discutía consigo misma para ver que quería ponerse esa mañana. “mermelada, jamón, jamón york, mermelada, jamón, jamón york, mermelada jamón, jamón york”. Iba a ser un día sencillo a pesar de las nubes que cubrían el cielo y cerraban por el único sitio posible la salida de ese mundo compuesto por una calle estrecha del centro que desembocaba en otra algo menos estrecha. Hoy no parecía opresivo el horizonte de balcones y ventanas que permanecían cerradas por ser domingo.
Devoró su tostada de dos mordiscos y con el café se asomó al balcón, era el primer día fresco en meses, se acercaba el otoño, se lo decían sus plantas que como cada vez que se asomaba aprovechaban para presentarle, con esa sutileza educada que solo las plantas poseen, sus exigencias para el resto de la semana. Hoy estaban felices, suspiraban aliviadas y preguntaban por como habían pasado el verano las del balcón de al lado. “bien, lo han pasado bien, han sobrevivido que ya es bastante”.
Le gustaba cuando el día le despertaba siendo él, cuando no se quedaba en la cama, entre las sábanas mientras veía a su cuerpo alejarse y desaparecer bajo el dintel del dormitorio. Prefería la conjunción de cuerpo y mente, sentir que sus piernas le respondían, que daba una orden, “al servicio, please, ladies” y que ellas, livianas y predispuestas le respondían con alegría y le llevaban al aseo para que pudiera darse una ducha con agua tibia mientras en la radio con forma de bote de champú anticaspa una islandesa bajita, tan bajita que seguramente hubiera cabido en la radio y en el bote que esta imitaba (de hecho es probable que estuviera dentro y que lo que no cupiera fuera su voz, una voz potente y extraña, parecida a un grito), cantaba en ingles y hablaba de corazones rotos cuyo pasado ni el mejor de los arqueólogos, uno de esos que ya de pequeños demostraban su talento arreglando con pegamento de contacto los jarrones que previamente habían destrozado, podría reconstruir. El agua se llevaba la suciedad y los recuerdos del sábado, todo lo accesorio, todo lo que no había sido digerido. Por el desagüe desaparecieron trozos añejos de ansiedad, páginas garabateadas con versos estúpidos, dientes desgastados de tanto rechinar. Permanecieron, las historias fértiles como úteros abonados para que dos personajes aun sin nombre se agarraran y comenzaran a crecer y a recubrirse de ficción, el saborcillo de la misión cumplida, de que tecleando frente a esta pantalla se está muy bien, un regusto también de buen cine, cine negro y cine romántico, cine de hombres encapuchados y de actrices eternamente jóvenes vagando y corriendo alocadas por la campiña francesa rumbo al mediterráneo.
Limpio, con el estómago lleno, con la cabeza ya urdiendo planes para esta tarde, con las ansias de encontrar el más optimista de los pasajes dentro de los poemas de Huidobro, con ganas de comer pescado al horno preparado por mamá, de saber que soy capaz de ser feliz, de intentar ser feliz más tiempo seguido. Esta tarde, de nuevo llena de obligaciones, pero hoy me importa poco, porque resulta que ayer disfruté con ellas. Ahora lo sé, es cuestión de que cada acción que emprendemos tome su lugar, adquiera su significado y sea realizada en el tiempo que le corresponde.
Esta tarde escuchando en mi cabeza canciones que versan sobre esperanza, canciones para enseñar la sonrisa.

lunes, 25 de agosto de 2008

Polillas y bombillas recalentadas

Esta no es más que otra de esas entradas de blog fruto del síndrome postvacacional. Pero me gustaría que el mensaje aquí contenido sonara un poco distinto, por eso, tras darle casi una vuelta al tema, sólo una, ya que no tengo más tiempo que el imprescindible para sentarme y contener mis ganas de darme un atracón de panecillos untados con paté de jamón; por eso he decidido mirar desde otro punto de vista este regreso.
Un punto de vista distinto porque no me siento deprimido (no más de lo normal), ni airado, ni cansado, no tengo dolores de cabeza ni apatía. Las vacaciones no han sido excepcionales sin embargo de ellas ha vuelto otra persona distinta de la que se fue. Puede que sea un encabalgamiento inesperado en mis ciclos de manía-depresión, puede que sea un cambio profundo de mi manera de ver el mundo, puede que sea un cambio brusco de temperatura al abandonar el coche refrigerado a 22º durante 900 kilómetros y 9 horas con 4 paradas, 2 para orinar, 1 para tomar café y 1 para comer.
Ahora veo las cosas con un enfoque apresurado, una energía sin causa aparente, unas ganas inusitadas por buscar belleza y estímulos en cualquier rincón. Me siento como si observara en el zoo a los perrillos de la pradera después de que su cuidador los hubiera intoxicado con cafe. Puro nervio, puras ansias, la calma como un objetivo que la ironía convierte en inalcanzable. Pienso aprovechar este estado.

Pero se me presenta un inconveniente y es que no tengo tiempo y esta vez no es una excusa. He dejado, como buen ser humano las cosas para el último momento, y ahora tengo que terminar en una semana lo que debería haber espaciado en un mes. Pero eso no me va a impedir escribir, no me va a impedir sacar de la olla que ya pita y expulsa vapor las ideas aun crudas pero ya comestibles.
Escribir porque tengo algo que comunicar, escribir como el que se purga con sanguijuelas de la sangre corrompida, como el que vomita después de un exceso de realidad. Porque no pienso dejar que esta criatura se me muera entre las manos. Ahora la veo temblar y le hablo, le hablo para arroparla y para detener su cuerpo que se sacude y tiembla, tiene frío, pobre criatura. No más muertes, no más entierros prematuros en cajas de zapatos, no más cordones umbilicales que no me unen a nada.
Por eso contesto las llamadas de Goya, del Lobo Estepario y de Lobo Antunes, los sones de Lorca al piano en una reunión en la que Cernuda se aparta hasta casi desaparecer en las sombras. Al Lobo primero le doy las gracias por la polvera que me regaló, esa de espejo límpido y sincero que me habla y me dice que no tenga miedo a los páramos congelados. Al segundo le advierto sobre que ahora soy más fuerte y ya no podrá aplastarme con su rotunda habilidad para crear, con la tristeza de la Lisboa más triste, con la palpable ficción de sus personajes creados para sufrir. A Goya le comento en tono jovial, para no agravar sus penas, que sí, que es su lado alucinado el que más me gusta, que de nada me sirven sus cartones para los tapices del palacio real, aunque ya en ellos se intuía la tormenta que se iba a desatar. Que lo que yo quiero son Caprichos, Disparates y Horrores de las Guerras, que el hecho de que El Perro no acabe de hundirse en esa mancha ocre no hace más que corroborar que se puede permanecer toda una vida angustiado (pero a flote).
Contesto a Machado (Antonio) que me dice que tiene los pies congelados de andar por las pedregosas tierras de Soria, le recomiendo la crema que yo uso para los pasos cansados y le pido consejo. Como siempre se hace el remolón, me da la espalda y desaparece en el bosque (otro lobo y ya van tres).
Por eso no dejo de pensar en lo bien que me quedaría ese collar de ansiolíticos que vi en el escaparate de la farmacia. Me conformaría a pesar de que no parecían vender los pendientes a juego. No dejo de obsesionarme, ahora que vengo del campo, con la fertilidad, con la manera en que los brotes atrevidos apuñalan la tierra desde abajo reclamando el aire que es suyo, y yo en medio del barbecho que se acaba tapándome los oídos para no quedarme sordo con el aluvión de vida que rompe la barrera del sonido, yo en medio del campo en el que Abuela me llevaba a recoger pimientos, subido a la mula espantando con la mano las moscas que ella acababa de espantar con el rabo, pescando con los pantalones remangados en un río sin apenas caudal que me recuerda a los cuatro mechones que a Abuelo le quedaban en la cabeza justo antes de morir. Obsesionado con la fertilidad, con los orígenes, con la vida que se explica a si misma. Partiendo de ese principio redescubierto, afronto con fuerzas renovadas la crisis del ladrillo de humo, de los edificios sustentados sobre terreno inestable, casas en las que jamás vivirá nadie, casas a las que se va de visita para cenar solo en una mesa enorme vestida con vajilla de plata con una fuente tapada en el medio que jamás nos atrevemos a descubrir. La crisis de saberse múltiple y cambiante, de saberse hombre con límites pero con una necesidad ineludible de horizonte.


Por eso temo que se me gaste la batería ahora que sé que ninguno de los orificios de mi cuerpo sirve para conectar el cargador. Gracias a la película Matrix y a algunos acontecimientos más mundanos he descubierto que soy material de usar y tirar, que el tiempo, corra en la dirección que corra, se nos gasta y que hay que esforzarse por llenarlo de acontecimientos que tengan sentido y que nos aporten satisfacción.

sábado, 9 de agosto de 2008

El cuento de la buena pipa

Solemos, al menos yo suelo, y me consuela pensar que a todos los que me rodean les sucede lo mismo, soy un poco mezquino, que le vamos a hacer, solemos, decía, quedarnos tras el parapeto de nuestro miedo a ser, a regirnos por nuestras propias reglas. Eso nos lleva a encerrarnos en nuestras fortalezas, nos impide mostrar todo lo que sabemos hacer, todo lo que somos, esa esencia que todos guardamos y que nos hace únicos. Escondemos ese olor, sabor, fulgor, capaz de convertirnos en seres singulares, en los brillantes protagonistas de una historia que se va escribiendo a medida que avanzamos calle abajo hacia el bar para tomarnos una copa y hablar con nuestros conocidos, colgados como arañas, de esos hilos sutiles que nos conectan.

Preferimos plegarnos a las exigencias de la vida en sociedad. Así vamos construyendo, desde bien pequeños, un personaje. Lo vamos haciendo observando las referencias que la cultura en la que nacemos y de la que comemos y respiramos nos aporta; lo hacemos imitando modelos, copiando gestos y expresiones, posturas y actitudes, de las personas que nos rodean, esas que previamente pasaron por el mismo proceso y que ya tienen bien construido su personaje, bien pulido, tamizado, bien ajustado a lo que se exige.
No me voy a poner a defender una revolución imposible, un mundo en el que todos hagan lo que les de la real gana sin pensar en la gente que les rodea. Entiendo que para vivir junto a otras personas es necesario volverse liso, llano, accesible. Entiendo que es necesario ese personaje. Lo que no entiendo es que la construcción del mismo se lleve hasta el extremo de olvidar las particularidades que cada uno guardamos dentro. No entiendo ese mecanismo por el que el personaje devora al actor. Cuando ese proceso se produce muere la originalidad, la inteligencia, la belleza que puede llegar a albergar toda persona.

Es probable que exagere, eso me lo tenéis que decir los que leáis esta breve reflexión, pero yo observo que ese mecanismo necesario para vivir todos juntos sin sacarnos los ojos, esa igualación entre los hombres que nos hace la sociedad más sencilla, más inteligible, más soportable, a veces juega en nuestra contra pues acabamos olvidándonos de lo que nos hace únicos, de las cualidades que nos separan, nos individualizan y nos hacen especiales.
Algunos las han desterrado de su mente y no son más que odres de vino vacíos, exprimidos; otros viven en perpetua lucha entre lo correcto y lo deseado, ellos son calificados de neuróticos; algunos son todo individualidad, los locos; y también hay unos pocos que saben guardar un perfecto equilibrio entre lo que son y lo que se les exige ser.

Yo soy tengo el carné del club de los neuróticos y disfruto mucho acechando a mis congéneres en la calle para sorprenderlos cuando se olvidan del personaje y dejan salir al actor.

Termino aquí esta historia reflexiva que versa sobre capas, sobre hombres capaces de percibir una cuarta dimensión, sobre la insatisfacción como paisaje habitual, sobre la búsqueda de la perdiz sin perros para olfatearla.

Termino esta historia repetida hasta la saciedad, este cuento de la buena pipa.

sábado, 2 de agosto de 2008

El Baron Ashler o la eterna historia de Jekyll puteando a Hyde


Deja de dar la espalda a lo evidente. Conviertes los gritos y la sangre en vagos indicios, pistas que son más fáciles de ignorar para ese Sherlock cobarde al que escuchas demasiado. Tapas con tus explicaciones lo que no necesita ser explicado. Lo tienes ahí delante, palpitando, latiendo, aullando, reventando de rabia.

Deja de actuar como un enterrador incompetente que no diferencia vivos y muertos. Deja de arrojar paletadas de palabras desgastadas que ya nada significan sobre los brotes incipientes de futuro que luchan por salir adelante desde tus manos, desde tus libros y tus papeles revueltos en ese escritorio que te empeñas en ignorar cuando regresas a casa cada día después de trabajar.

Ahora escúchame a mí. Soy tu verdadera voz. No veas en este tono dictatorial un afán por conquistarte o someterte. No es eso lo que me mueve. Estas débil, lo noto en tu forma de arrastrar los pies cuando te levantas por la mañana, muy débil. Vengo a despertarte, a deshacer esta mentira, a atarte las manos a la espalda para que veas como se amplían las grietas de tu realidad sin que puedas taparlas con tópicos sacados de tu despensa de miedo fermentado.

Cuando dejes de removerte, cuando te calmes, cuando abras los ojos, verás que detrás de ese muro que se derrumba no hay más que futuro y luz. Espacio por llenar. Vengo pues para curarte, con un método un poco drástico, este horror vacui que se ha instalado en tu razonamiento después de deslizarte demasiados años calendario abajo hacia las fauces del conformismo.

Escúchame. Abre los ojos. Soy tu aunque te empeñes en ignorarme.

martes, 22 de julio de 2008

Motivos de suicidio y esperanza (1).

1.TODOS LOS BLOGS QUE VISITO ME PARECEN MÁS INTERESANTES QUE EL MIO.

Este título es la muestra más evidente de que a pesar de lo que dicen los que me rodean no tengo un pelo de extraterrestre. No soy más que un humano envidioso y ambicioso. Alguien que lee y quiere automáticamente dominar todo lo que lee, alguien que escucha y quiere entender todo lo que llega a sus oídos. Que desprecia en secreto los conocimientos ajenos y olvida los propios. Uno de esos que no mira por donde pisa y no se da cuanta de dónde está hasta que tropieza y da con sus huesos en el suelo, entonces un crujido, un dolor y una sensación húmeda en la palma de las manos lo despierta. Una supuesta realidad que se quiebra. Una punzada de intenso malestar que escala por la columna vertebral hasta el cerebro que, cerril, se niega a dejarla entrar, su pase de puerta por favor. Una huella roja contra el muro que usa para levantarse.
Sorprende descubrir la propia humanidad cuando desaparece la necesidad de compararse con otros. Pero para eso hay que caer muchas veces, para eso hay que perder el miedo a las palabras ajenas que salen de bocas ajenas, para eso hay que ser pequeño, diminuto, inexistente, hurgarte el ombligo hasta descubrir los restos del cordón umbilical. El secreto es volver a la encrucijada y tomar ese camino del que en su día sospechaste.

He aquí la oportunidad más suculenta que se me ha presentado desde hace tiempo. Ahora que recorro los caminos de espaldas o boca abajo, precisamente ahora que voy a pescar y me hace más ilusión que pique una bota vieja que una hermosa dorada. Hoy, ahora, aparece la imagen del Atomium, brillante e imponente. Esferas interconectadas. Porque si obviamos la megalomanía, nefasta herencia de Saint-Exupéry y su principito que saltaba de planeta en planeta sin quedarse en ninguno, sin entender ninguno; si pasamos por alto esos delirios del hombre que ya no soy, del hombre ciudadano modelo y productivo, ambicioso, consumidor de si mismo, ese hombre grande, tan grande e inflado que casi pueden oírse los quejidos de los hilos que mantienen unidas las costuras de su cuerpo. Si bajamos la vista y nos hacemos, como decía antes, insignificantes, entonces podremos ver las hebras que nos conectan a los demás. Como si un ejército de arañas se hubiera dedicado a tender recuerdos de sus viajes entre tu cabeza y la mía, la tuya y la del otro, la del otro y la del de más allá. Kilómetros y kilómetros de hilos que sin darnos cuenta nos unen. Porque, qué más da saber que yo me llamo Víctor y tu te llamas como te llames si no conozco el camino para tocar lo que se esconde detrás de tu nombre.

Ahora me voy a diseñar una camiseta de I (corazón) Arañas. Tengo que abrir los balcones ahora que el calor y el silencio han abandonado las calles. Tengo que poner en práctica toda la teoría que guardo en botes en la despensa de la cocina.
Porque el arroz está más rico siendo paella que siendo simple arroz hervido.

Hasta una próxima entrega.

lunes, 21 de julio de 2008

Más que un regalo

Hace unos días alguien me entregó un espejo y me dijo que lo leyera. Me dijo que encontraría entre sus páginas inquietantes razones para sentirme desnudo, apasionantes descubrimientos sobre la cercanía entre las yemas de mis dedos y la verdadera piel de las cosas.

Hace unos días alguien me llamó Harry y me entraron unas ansias enormes de empezar a pulir ese espejo que con timidez me dieron diciendo: “toma, espero que te guste, que te diga algo”. Las ansias crecieron cuando al tomar el espejo para destriparlo se precipitó una nota de entre sus páginas. Una nota dulce y llena de cabos tendidos para el abordaje, una nota empática y sincera, unas palabras que mutaban un simple regalo en el más valioso de los presentes..

Porque es muy agradable que los que te rodean te hablen sin palabras sobre el verdadero color de tus pasos, sobre como puede verse tu voz y que tacto tiene, sobre como, una vez desprovisto de cáscara, te conviertes en un ser transparente, evidente; un ser que existe sólo visto por unos ojos que le llaman a gritos por un apellido que no es el suyo: Haller

Hoy me miro en este espejo como Narciso se miraba en la superficie del agua. La diferencia entre él y yo es que yo ya estaba ahogado cuando me asomé al precipicio.

Gracias a quien las merece.

domingo, 13 de julio de 2008

Descubriendo a Kusturica



Prométeme que irás a la ciudad, venderás la vaca y con el dinero que saques comprarás un icono para la iglesia que estoy restaurando, te comprarás un recuerdo y comprarás una novia, bueno, intenta no comprarla porque si lo haces no ira bien la cosa.

Prométeme que ya no volverás a dudar que cualquier noche pueda convertirse en una sorpresa. Cualquiera, a pesar de que no te apetezca salir, a pesar de que no cojas el teléfono porque intuyes ya las palabras que te aguardan al otro lado. Siempre hay cosas que hacer, no lo olvides.

Prométeme que vas a estar atento a mensajes como los que se ocultan tras la última película de Kusturica, que vas a ser más inquieto porque no puede ser que un director que hace cosas como esta haya hasta hoy pasado inadvertido para ti.

Prométeme que desde hoy queda borrada la idea de que la poesía está sólo en los libros.

miércoles, 9 de julio de 2008

Todo is posible

Porque si deseas mucho una cosa, cuando menos te lo esperes te encontrarás dando los pasos oportunos para poder obtenerla.

Me he encontrado esto y quería compartirlo.

martes, 8 de julio de 2008

Neuróticas confesiones de un depresivo no diagnosticado.

Al grito de sálvese quien pueda los restos de mi conciencia se ponen a cubierto. Suena como cada mañana la primera luz que precede al móvil usado como despertador. Una hora, aun falta una hora para tener que levantarme y yo me muero de frío. Es verano, como puede hacer tanto frío.
Un robot que moja magdalenas en el café, el mismo video con las mismas noticias que se repiten día tras día. Una broma, seguro que es una broma. Tiene que serlo.
Línea 32. Ordenador, cortesía y cuenta atrás. Necesitamos subir el margen bruto, la verdad es que no sé a cuanto asciende el coste de ese despido, hola, tenéis mala cara hoy, qué tal habéis dormido, bien, muy bien repiten todas a coro mientras bostezan. Quién sale a desayunar, canta el grillo, cuenta atrás, cuánto ha costado el envío de hoy, es necesario reducir el gasto de papelería, firme aquí por favor, enseguida se lo confirmo por mail, las siete y el asiento que no me suelta. Me gustaría trabajar en una fábrica con un estruendoso silbato que señale el fin de la jornada. Línea 32.
De regreso a casa siempre pienso en que nada más abrir la puerta me voy a convertir en Kafka y voy a crear mi leyenda a golpe de inspiración. Pero resulta que me reciben las pelusas que corren impulsadas por un viento de procedencia desconocida y yo pienso en John Wayne batiéndose en duelo mientras las matas resecas golpean sus tobillos justo antes de desenfundar, cargarse a su enésimo rival y acudir con parsimonia al salón donde el tabernero apunta en una pizarra un palito más y le pone un güisqui en vaso diminuto. Siempre pienso cosas así de extrañas cuando mi mente está agotada. Aunque en este caso la asociación entre la pelusa y el matojo reseco es evidente y tan directa que casi ofende a mi alma de surrealista convencido.
Y cuando me doy cuenta y me dispongo a sentarme delante del cuaderno resulta que ya apenas veo porque tengo la cebolla del sofrito de los espaguetis y los vapores de la lejía metidos en los ojos además de la anticipación de lo que va a suceder mañana tirando de los párpados desde detrás de esos ojos llorosos.
Al final me voy a la cama sin haber escrito ni una línea, ¿quién cojones me mandaría a mi ser tan práctico? Es entonces cuando empiezo a escuchar las voces.
Porque para ser feliz, dice la abuela Teresa, necesitas un futuro y el futuro pasa por un empleo que te rinda beneficios. Escucha a tu abuela que se deslomó trabajando para sacar adelante a sus hijos a costa de su propia dicha.
Porque para ser feliz hay que escuchar al corazón. Bueno, a mi no me sirvió de mucho y aunque los inicios fueron prometedores, enseguida tuve que volver al redil. Dice mi tío el legionario mientras yo miro por encima del hombro la foto en la que toma en brazos a un chimpancé vestido de flamenca.
Para ser feliz has de estudiar y obedecernos me dice el monstruo bicéfalo llamado Progenitor mientras la cabeza femenina muerde el cuello de la masculina que es la que habla.
Para ser feliz has de dormir, dormir, llorar, llorar, enfadarte con el mundo, mirar impávido como un maniquí por la ventana. La voz se calla en cuanto le enseño una caja por abrir de antidepresivos.
Para ser feliz sólo debes tomar ejemplo de nosotros que nos apilamos en tu memoria. Tómanos y bébenos. Cualquiera de nosotros vale. Pupila, magnolio, cuchilla, una silla que ladra, un cadáver que se pudre, ese chico que desapareció en África, Soria en invierno. Somos tu propio olimpo, tu espejo, tu claro ejemplo a seguir.

Al grito de sálvese quien pueda me planto dos tapones en los oídos y me dedico a intentar arrancar este coche calado al borde de una carretera secundaria. Está claro que nadie va a parar a socorrerme.

No vean resentimiento en mis palabras, el mundo ya era negro y amenazador antes de que yo posara mis vista sobre él.

jueves, 19 de junio de 2008

Más rápido que el ojo

“¿Dónde, dónde estaban los perros del verano que habían saltado como los delfines en las mareas del trigo, que el viento trenzaba y destrenzaba”

Esto es sólo un pequeño ejemplo tomado al azar entre las muchas, infinitas citas que tengo subrayadas en los libros de Ray Bradbury. Esta pertenece al que quizás más me guste, a la obra que mejor refleja la melancolía de una época: la infancia. Ninguna novela que haya leído con posterioridad ha conseguido reflejar también ese paraíso perdido que es nuestra niñez. Se titula El Vino del Estío.

Una cita aislada y sin apenas significado por si misma pero que para mi encierra mucho de lo que es este autor. Mucho de su entusiasmo por escribir, de su prosa siempre rozando la poesía a pesar de ser uno de los más reputados escritores de literatura fantástica, mucho de la luminosidad que tienen sus libros en los que alumbra con suavidad cualquier tema que toca, convirtiéndolo casi siempre en algo digno de ser no solo leído, sino degustado, como el vino del título que acabo de mencionar. Chasqueo la lengua contra el paladar y continúo.


Hoy que he terminado de leer una de sus últimas obras me apetecía colgar algo en referencia a este hombre que ha significado tanto para mí. Y es que sus textos han sido cruciales para que yo desarrolle este amor por la literatura, esta adicción que no siempre me aporta satisfacción pero sin la que no podría vivir. Aun recuerdo la sensación que me dejó la lectura de Fahrenheit 451, ese desasosiego que perduró durante meses al tener que enfrentarme a la idea de que nuestras vidas no nos pertenecen, de que la dinámica de la existencia es justo al contrario de cómo nos la enseñan: no se trata de conservar algo que nos fue entregado al nacer sino de recuperar lo que nunca fue nuestro, de desarrollar el coraje para escuchar la voz interior que te dice bien a las claras que algo no funciona a tu alrededor, que las pirañas no están en el Amazonas sino que zumban a tu alrededor constantemente a pesar de que no puedas verlas, te acosan y te muerden, te arrancan pedazos de lo que eres. Lo sabes, puedes escuchar sus dentelladas y sentir el dolor agudo en tu costado del pedazo que te han arrebatado. Aun recuerdo como me identifiqué hasta casi fundirme con él con el protagonista de la novela, con Guy Montang, como sufría al descubrirlo huyendo de noche, perseguido por las luces de la autoridad represiva, escondiéndose de portal en portal en la ciudad desierta dónde todos mueren por la noche, encontrando en el arroyo de las afueras a otros como él, encontrando su lugar en el mundo. Se me ponen los pelos como escarpias al recordarlo. Al final de la novela (el de la película que hizo Truffaut también es muy bueno), se queda a vivir entre los que son como él, se aparta voluntariamente del mundo y acepta el peligro de ser diferente, valora la posesión de una herramienta que puede resultar peligrosa para el estatus quo del que ha huido y se dispone a cuidar de ese que es su tesoro.
Imaginad por un momento lo que significó para un jovencito de unos veinte años que apenas había vivido, que no se conocía ni se aceptaba, que no había salido de su barrio, que ya empezaba a ver el potencial que tenían los libros para poder evadirse y para poder salir del mundo acotado en el que vivía, el descubrimiento del mensaje oculto en esas páginas: la diferencia es tu mayor fuerza —esa fue la conclusión que saqué entonces—, hay gente que como tú también huye, también busca un sitio mejor. Hoy sé que aunque ese mensaje es del todo cierto está matizado y no es válido un posicionamiento maniqueo en un lado de la realidad, con los años descubrí que ésta es polifacética y comprobé que no servía el discurso de o estás conmigo o estás contra mi que extraje de ese libro. Pero eso fue pasados unos cuantos de años, en su momento las letras de Bradbury me abrieron la mente y sentaron las bases para algo que es fundamental si no se quiere languidecer poco a poco hasta quedarse hueco, me impulsaron a ser un hombre activo, un hombre que busca.

¿Os parece poco?, pues esto es sólo una parte de lo que experimenté con uno de sus libros, en mi biblioteca tengo veinticinco obras suyas que releo constantemente. Es uno de mis imprescindibles. A él acudo cuando quiero sentirme niño otra vez, cuando quiero dejar que la imaginación se desboque, suelo leerlo en Halloween, ahora que esa fiesta nos ha invadido, ya que uno de sus temas persistentes es el influjo de octubre y el verdadero significado de ese día, lo hago para reconciliarme con la sensación de que nos han impuesto esa festividad por razones comerciales, así que cuando veo a la gente disfrazada de brujas por la calle yo cojo uno de sus libros que hablan sobre ese tema, El Árbol de las Brujas, por ejemplo, y me voy al cementerio de mi ciudad para aunar la tradición de aquí con la esencia de la de allí. Acabo perdido en sus letras cuando necesito alimentarme de imágenes bellas, cuando mis metáforas empiezan a flaquear, cuando necesito recuperar el entusiasmo por esto de escribir.

Creo que ha quedado claro que para mi es imprescindible y espero que el tono entusiasta, que casi ha convertido este texto en una arenga, no os haga retroceder ante la literatura de este hombre. Espero haber despertado un poco vuestra curiosidad si es que no sois ya conocedores y admiradores de Bradbury.

Pronto, muy pronto releeré sus Crónicas Marcianas, siempre acabo haciéndolo cuando termino uno de sus libros ya que, en mi humilde opinión, es de las obras más bellas que se ha escrito.

Os dejo con algo del epílogo de la recopilación de relatos que acabo de terminar: Más Rápido que el Ojo (Quicker Than the Eye) Estas cosas las dice un señor que en el año de publicación de este libro tenía setenta y seis años:

“¿Mi último consejo a mí mismo, el niño envejecido, y a ti?

Cuando tu teatro del alba resuene tratando de destaparte la nariz, no pierdas tiempo. Salta. Esas voces pueden desaparecer antes de que te despabiles en la ducha.
La velocidad lo es todo. La carrera a ciento cincuenta kilómetros por hora hasta la máquina de escribir es un remedio seguro para la vida desenfrenada y para la muerte muy real.
Apresúrate a vivir.
Sí, por Dios.
Vive. Y escribe. Con gran prisa”.

Imaginación desbocada

viernes, 6 de junio de 2008

Lo leve, si bueno...

Hasta los temas más trascendentales pasan hoy sin pena ni gloria por esta mente derretida. Inservible.

No quiero zambullirme de cabeza en el agua, no quiero que el cuchillo pele la manzana, no quiero que la expedición que el gobierno de Perú va a organizar para estudiar a ese grupo de indígenas hasta hoy desconocido llegue a buen puerto.
No es que le desee el mal a nadie pero ojalá que se desorienten en la selva y no encuentren lo que van buscando, ojalá tengan que volver a casa con el rabo entre las piernas (¿no hay ninguna película gay que se titule así? Me extraña, es tan evidente).

Hasta el drama más profundo pasa desapercibido para mí. También las alegrías. Es como si tuviera los sentidos funcionando a medio gas. Como si los ojos tuvieran suficiente con mantenerse abiertos y las manos no quisieran más que yacer, colgar de las muñecas como lechugas mustias, como si los oídos se hubieran rendido y ya sólo captaran chirridos y pitidos en lugar de palabras.

Me niego a tratar temas como el saldo de la cuenta bancaria, la maquiavélica fórmula que adoptará el gobierno para repartirnos en la nómina cuatrocientos cochinos euros. ¿Un lunes, que cojones es eso? Mañana pienso ponerme pantalones cortos y salir a que el sol me achicharre. Nada de qué será de mí dentro de unos años, nada de estrategias para la felicidad, nada de desviar la atención hacia las vidas y los problemas de los demás para evitar tener que enfrentarme con la incompetencia que demuestro al encarar los propios.
Sólo existe el más cruel y desnudo presente. Me quedo embobado mirando el pez de colores que hay en el alfeizar de la ventana de mi bar favorito, me quedo ensimismado acariciando las hojas flexibles del ficus de mi salón. Le pregunto al gato si el sitio que hay junto a él frente al tambor de la lavadora está libre. No me dice nada y yo lo interpreto como una invitación a sentarme a ver el espectáculo.

Me niego ha hacer nada que no me asemeje con una planta. Si me muevo será porque alguien me ha dejado en un carrito de supermercado en lo más alto de una calle empinada. Que bien se duerme en los carros de la compra, que bien se duerme de pie en la postura del flamenco, que bien se duerme después de haber vaciado al cabeza de serrín. Así que mi plan para los próximos dos días consiste en convertirme en el primer ser humano que hace la fotosíntesis, me regaré bien esta noche con caldos de la tierra para tener aun menos ganas de moverme mañana.

Hasta la más mínima alusión al hecho de moverse será considerada herejía. Cualquiera que ose interrumpir mi paz recibirá mi más furibunda mirada. No pienso mover un dedo que la venganza implica mucha actividad, con una mirada bastará.

Aspiro a quedarme aquí, instalado en este especie de olvido, en esta amnesia de lo que hice, en esta apatía por lo que haré. Casi puedo sentir el tacto áspero de la roca del muelle en mi trasero, el sol calentándome, las páginas del libro reflejando la luz de verano que ya está aquí, deslumbrándome. Algunos versos despreocupados, la mirada horizontal del que descansa en el sofá, algo de sexo viscoso, uno de esos polvos lentos, acometidos con desdén, como si pensaras oye qué hacemos, pues vamos a follar ¿no?
Me siento incapaz de pronunciar más de una docena de palabras en todo el fin de semana, incapaz de borrar esta sonrisa estúpida de mi cara, de dejar de escribir a mano con ese pilot de punta fina que se desliza tan bien por el grueso papel de la libreta.

Hasta la más mínima referencia a lo grave, lo pesado, lo trascendente, podría acabar conmigo ahora. Palabras como Nietzsche, toxoplamosis, Punset, teoría, paradigma o método, pueden provocarme un shock anafiláctico y dejarme postrado en la cama para siempre.

Soy el primer hombre que respira dióxido de carbono y exhala oxigeno, podéis verme con la boca muy abierta detrás de los coches parados en los semáforos, alimentándome. Soy un ser incapaz de recordar las calles por las que ha pasado para llegar a este recoveco del calendario.

Se me ha roto la curiosidad, se ha hecho añicos al estrellarse con mi cansancio, con mi enfado vital. Ahora jugueteo con los trozos esparcidos por el suelo, con el índice los remuevo y pienso en lo extraño que resulta jugar con algo que se supone era de vital importancia en mi existencia.

En este cuento el gato mató a la curiosidad, se atusó los bigotes, se lamió las patas, bostezó y se echó a dormir una larga siesta.

sábado, 31 de mayo de 2008

Mi idea del infierno.


No es normal que las huellas tapen el camino cubriéndolo de dudas, de idas y venidas, de un caos dañino.
Nublada de pisadas la senda lo condujo hacia una muerte espantosa. Se perdió en el bosque diseñado por los hombres. Desorientado entre troncos equidistantes, copas fotocopiadas, sumergido en una simetría abrumadora. El mundo había cambiado.
Intentó seguir, lo intentó con todas sus fuerzas. Escapar. Pero hubo un momento en el que ya no pudo más, le abandonaron las fuerzas y la esperanza. Se dejó caer al suelo. Murió. Hoy su esqueleto descansa entre muchos otros idénticos. Similares en blancura y vacuidad. Hileras de ellos, rectas como vías de tren.
Pero conserva aun una peculiaridad que lo distingue de los demás: un guiñapo sucio, algo que parece un trapo raído colgando entre las costillas. Se agita con un movimiento casi imperceptible que bien podría ser atribuido a alguna corriente de aire. Una crisálida color vino tinto que parece extenuada, que se apaga poco a poco, que no será capaz de renacer. Se secará, trayendo consigo una segunda muerte más agónica, más afilada, sin retorno posible. Caerá al suelo. Entonces habrá desaparecido el último vestigio de humanidad. Caerá y ya todos los esqueletos, todos los árboles, todas las madres preñadas, todos los hijos nacidos de ellas, guardarán unos con otros una distancia constante. Nada escapará a la capacidad de control del hombre nuevo. Se eliminarán de la ecuación el libre albedrío, la voluntad y el azar. La vida será un inmenso edificio gris. Vivir será ir descendiendo plantas para descubrir la ausencia de salidas, la ausencia incluso del instinto de escapar. Olvidaremos las puertas, los horizontes entre el cielo y el mar. Desaparecerá la incertidumbre pero también el futuro.
Sólo podremos seguir descendiendo y enfrentar la imagen de la muerte. Un desolador aparcamiento sin coches, con un esqueleto blanqueándose en cada plaza. Descender incontables niveles para encontrar huesos cada vez más viejos y consumidos. Descender y hallar montoncillos de polvo que recuerdan por su disposición lo que fueron cabeza, brazos y piernas. Descender hasta que las plazas aparecieran sin inquilino. Bajar, bajar, bajar.

miércoles, 28 de mayo de 2008

El incesto de Gretel

Fui al antiguo descampado ahora lleno de los desperdicios arrojados por los vecinos. Tropecé varias veces sin llegar a caer, tal era la profusión de escombros y basura. Una de ellas tuve que apoyarme con la mano en un montículo de ladrillos rotos clavándome uno en la palma. Continué andando hasta el centro mismo del vertedero con la boca abierta de la herida en la mano dejando caer migas de sangre detrás de mí. Una vez allí tomé aire, varias bocanadas, tomé conciencia de la sangre golpeando en mis sienes y abrí mucho la boca. Pero no fui capaz de gritar como era mi intención. Me dejé caer al suelo y allí quedé. Hansel no vino a buscarme.

jueves, 15 de mayo de 2008

La fábrica de villanos

Lo que había empezado como un sueño había ido apagándose por la fuerza de las circunstancias. Lejos quedaban ya las aspiraciones de crear dictadores y tiranos que esclavizaran civilizaciones jóvenes e inexpertas, en su momento ese tipo de sátrapa estaba muy bien pagado, todo beneficios, pero en seguida importaron el secreto y los dictadores se fabricaban en el propio país de origen, producto nacional, así los ciudadanos se dejaban oprimir con alegría porque el que los sometía era uno de ellos. Lejos en el tiempo las épocas en la que los pedidos sobrepasaban la capacidad de producción, lejos los planes de ampliación y modernización, el proyecto de ofrecer un servicio de refresco para que el dictador adquirido siguiera siempre joven cambiándolo cada cinco años.
Hoy la fabrica languidecía. Sólo había que mirar las instalaciones anticuadas, los teléfonos de rueda, la máquinas de escribir que apenas se usaban, las secretarias con moños canosos y los comerciales de aspecto cansado que fumaban habanos y veían como sus barrigas, signo ayer de abundancia y seguridad, hoy iban perdiendo volumen, como si se estuvieran deshinchando.
Ya sólo recibían algún que otro pedido de particulares. Algún vecino ofendido que quería venganza, alguna mujer cornuda que quería que fuera el marido el que diera por terminada la relación, alguna rencilla por unas tierras de labranza.
El dueño permanecía todo el día encerrado en su despacho, tras cristales polvorientos, pensando siempre en el pasado. La maquinaria oxidada, emitía chirridos insoportables y los operarios apenas prestaban atención a sus labores. La fábrica estaba muriendo.
Las jaulas donde se guardaban los bebés, la materia prima, llenas de agujeros, bostezaban vacías. Hileras e hileras de ellas subiendo por la ladera del monte detrás de las instalaciones. Casi todas sin uso, ya no estaba bien visto eso de adueñarse de los niños sin padre para convertirlos en productos de consumo.
Todo estaba perdido. El dueño sopesaba en sus manos un candado enorme mientras escuchaba la reclamación que con la voz engolada le escupía una mujer toda nervios y arrugas. “Usted me garantizó que con este marido de la serie estrictos educadores mi hijo abandonaría por fin la casa hastiado de la insistencia y rectitud de su producto, pero es que me lo vendió defectuoso y ahora se dedica a irse con Juanito al bar y vuelven a las tantas a casa. Quiero que me reembolsen mi dinero”.
El candado tenía un tacto áspero y pesaba mucho. En cuanto esa mujer insoportable terminara su perorata la despediría firmándole un cheque sin fondos, se dirigiría a la puerta principal y reuniría a los empleados para explicarles que todo se había acabado, dando así cerrojazo a toda una existencia dedicada a la fábrica.
Era mejor así, mejor olvidar, ya no era igual que cuando empezó, en esa época estaba permitida la maldad injustificada y la gente caminaba siempre a la defensiva por la calle. Entonces era fácil vender discordia. Hoy la gente no necesitaba la ira y el enfrentamiento para sentirse vivo. Su tiempo había acabado.
Firmó el cheque y se lo extendió a la señora. Se pellizcó la punta del bigote apretándola y girándola para que no se le deshiciera, dibujó en su rostro los restos de lo que fue una sonrisa de hiena y señaló la puerta con un gesto amable mientras decía: “no se moleste, no hace falta que nos devuelva el producto, puede hacer con él lo que quiera”.

Aun hoy pueden verse por la calle los excedentes de producción de esa fábrica. Nos los topamos en las colas de los supermercados, en nuestros idílicos paseos de domingo, en el bar mientras cenamos una tapa de carne con tomate. Cuando topo con uno de ellos inténto no prestarles mucha antención, no tienen la culpa, fueron construidos para eso. Al fin y al cabo son productos defectuosos.

viernes, 9 de mayo de 2008

Aprender a ver excepciones que no confirman ninguna regla

La mayoría de los días me encuentro destripado en la cama a las doce y pocos minutos de la noche. No logro sobrevivirme.

A veces, algunos días, por la mañana, recién levantado, aun con las legañas agarradas a los lacrimales, con las ojeras sin desmaquillar, con los viscosos hilos de sueño aun tensos y tirando de mi hacia el colchón, sólo a veces, en realidad más de lo que mi pesimismo crónico me permite reconocer, siento que el día me dará exactamente las veinticuatro horas prometidas, que no terminará tras el portazo y el maullido de despedida del gato.

A veces, algunos días, me acuerdo de coger las gafas de submarinismo y el tubo para respirar. Con ellos salgo a la calle y puedo ver claras las caras de los ahogados, los soplidos de rutina chocando contra los cristales. Esos días puedo respirar porque el tubo rompe la superficie de lo evidente.

A veces, algunos días, al meter la mano en el bolso para sacar el dinero y pagar el café cortado con leche fría y un sobre vertido a medias que tomo al ritmo que marcan las conversaciones que a mi alrededor se desdibujan, encuentro un libro. Lo toco para asegurarme del milagro, como la abuela de Pedro tocaba la cara de Heidi, con avidez, me como la pasta con los dedos. Salivo pensando en los veinte minutos de lectura en el autobús camino de casa. Lo que no ha conseguido la tostada lo consigue la anticipación de un poema gastado de tanto mordisco de párpado.

Supongo que no es más que una cuestión de perseverancia o quizás de concentración. A lo mejor influye la actitud y seguro que la motivación tiene algo que ver. Sea como sea, hoy es muy posible que cuando me vaya a dormir me encuentre en la cama vivito y coleando.

Dedicado a los que buscan en el presente.

sábado, 3 de mayo de 2008

El tiempo de los caracoles.

Hoy, desayunando con T. he experimentado sentimientos que creía perdidos. Porque como persona tiendo a olvidar y a centrarme demasiado en el momento actual. Una virtud, podrán decir algunos, pero para mi es más un peligro constante que he de sortear. Porque, ¿qué tiene de bueno olvidar las satisfacciones que un día me hicieron feliz? También olvidas los malos momentos, argumentarán algunos, pero es que esos son como las malas hierbas que cuando las arrancas y te das la vuelta ya han crecido otras nuevas. Así que entre bocado y bocado de mi mollete con mantequilla y jamón york se me han echado encima un montón de recuerdos. Ha bastado con traer unas palabras a la memoria: “es tiempo de caracoles”. Palabras que ya no sé si pronunció la gitana que monta un puesto en la esquina del mercado mientras movía los montones de caracoles en el cajón de plásticos. Los removía y los hacía sonar como las olas cuando golpean en la arena de una playa de guijarros. Como si la gitana fuera a sacar un habano en cualquier momento y ponerse a tocar las maracas, como los dados en el interior del puño cerrado agitando la suerte. Ese sonido ha sido el detonante de todo.
Siempre que topo con mis recuerdos no puedo más que retrotraerme a una época feliz de mi vida, esa infancia perdida y que añoraré siempre. Cuando era niño le preguntaba a mi padre mientras sorbía los marrones cuerpos gelatinosos si la salsa tan especiada no le picaba en los ojos a los caracolitos. Mi padre me miraba extrañado y con cara circunspecta, quizás ya intuía —temía— cómo le iba a salir el niño: rarito, contestón, soñador, algo autista según después corroboraron sus hermanas en una cena de navidad creyendo que yo no las escuchaba porque estaba con las primas en el cuarto ayudándolas a vestirse para irse a esos cotillones que a mi me parecían el colmo de la adultez y la sofisticación. Pero yo estaba en tirado en el suelo, tumbado en el pasillo, asomando apenas los ojillos por el quicio de la puerta, escuchando lo que los mayores decían, sus conversaciones sobre dinero, observando sus malas caras, deleitándome con el humo que flotaba por el salón, oliendo un aroma dulzón que hoy sé pertenecía a las copas de ron. En fin, recuerdos que uno cree sepultados en lo más perdido del cerebro y que resulta que hoy, cuando peor me funciona la cabeza por estar exhausto y resacoso después de una noche jugando a ver quién bebe más cerveza, ese peligroso juego en el que siempre acabas perdiendo y con ganas de salirte del cuerpo que tu mismo te has encargado de convertir en un vertedero, precisamente hoy que creía tener los sesos licuados acuden a mi y me dejan algo extrañado, inerme, con la boca abierta y la expresión de un catatónico porque no sé como comportarme ni como asumir el hecho de que, sea por lo que sea, en la época a la que pertenecen las imágenes que me asaltan yo era más feliz. Recuerdos relacionados con los caracoles y la gitana que los agita en el cajón de plástico, haciéndolos sonar como si fueran bolas de la lotería de navidad. “que cuernos tengo oiga” y yo la miraba y no le veía astas por ningún lado, y es que me cuesta salir de las regresiones que el alcohol acumulado me provoca, me cuesta volver a la fase de las operaciones abstractas piagetianas. Vamos, que ahora mismo me escondes una pelotita debajo de un trapo y me preguntas donde está y seguro que no soy capaz de responder. Magia, seguro que es magia, sería mi mejor opción.
Porque regresión es un término que si lo piensas bien y lo pelas, sí le quitas esa fea cáscara de desprecio y estigmatización que hemos decidido ponerle en uno de esos extraños giros de lenguaje que visten de cualquier forma una palabra antes de dejarla desnuda, porque el lenguaje es tradicional y no está a favor del nudismo semántico y toda palabra a de tener su significado para que nadie tenga que tomarse el trabajo de asignárselo. A lo que iba, sí obviamos la connotación negativa de la palabra regresión nos encontramos con que supone sólo un término para denominar un regreso. Regresar a dónde, porque no todos las vueltas fueron agradables, mira como venían arruinados de cuba los hermanos de mi abuela Teresa. Regresar a un lugar cálido, a un sitio donde sufrir significa no querer comer puré de verduras, donde los días son largos y las bombillas sustituyen a la perfección al sol si afuera llueve. Regresar a cuando era niño y mis primas se peinaban y se vestían igual que en las fiestas que daban en el trasatlántico de vacaciones en el mar y yo leía libros de detectives de Barco de Vapor y la resaca era algo que mamá reprochaba a papá mientras este sorbía la sopa el domingo en la mesa y yo subía el volumen de la televisión para no oírlos. Regresar a los pantalones de chándal apretados en los muslos de mis compañeros con esos paquetes incipientes, a las cochinillas en los huecos de los ladrillos del gimnasio, a los veranos entre pinos y culebras poniendo garrafas al sol para poder darte una ducha caliente antes de irte dormir siempre más tarde que los mayores.
En fin que cuando bebo me hago pequeño, me ovillo en el sofá y me dejo llevar por la melancolía. Cuando se me pasa y mi cuerpo recupera el equilibrio interno me levanto con una sonrisa amplia y todo por una frase que pronunció una gitana mientras movía los caracoles en un cajón de plástico y los hacía sonar como cuando tiramos a la basura las cáscaras de los pistachos que nos comimos viendo la película. “mire que cuernos señora”, y voy entendiendo a que se refiere, voy entrando en mi cuerpo de nuevo, me hago adulto, me levanto y me crujen las rodillas, suspiro resignado y me dirijo a la cocina rascándome las paletillas con las dos manos cruzadas enfrente del pecho para llegar a las dos a la vez, abro el frigorífico y me agacho, me quedo así unos segundos refrescándome, después cojo la verdura y las fresas, el cuchillo marca el pistoletazo de salida, ya estoy de nuevo aquí y ahora, ya soy ese hombre analítico que necesita estructurar sus horas, enciendo el fogón más grande y pongo agua a calentar, un pellizco de sal, corto en dos mitades la cebolla, me estiro, y comienzo a picarla todo lo fina que puedo.
Cuando me siente en el sofá a comer ya no quedará apenas nada de mi viaje al pasado, en la esquina del mercado un par de caracoles habrán logrado escapar y yo seré el mismo hombre preocupado y soñador de siempre, al menos hasta que vuelva a excederme con las cervezas.

jueves, 24 de abril de 2008

Entre calcetines por doblar y una cerveza más que posible

Improviso unas palabras, las recojo de un libro de poesía que es casi como mi biblia. Si algún día lo leéis quizás os aclare por que me gusta tanto dar giros y giros a las palabras, por qué tengo la lengua salomónica y por qué doy muchos rodeos para llegar a la plaza central del pueblo. Es Versión Celeste. Ya he puesto algún poema en el blog.

En fin quería tender un hilo entre este pobrecito yo y los que me leen. Porque en momentos en los que no estoy del todo bien de ánimos me gusta pensar en todas las personas que hay a mi alrededor. Porque os necesito aunque sea en mi imaginación os dejo unos versos:

LENTITUD DE MI LOCURA

Un pie de sombra resignado a emitir flores
más pesado que un diccionario abierto por la palabra tortuga
la noche
el espesor de un sentimiento que empieza a ser compartido
los hilos de la conversación de los que cuelgan mis manos
la lluvia
mi cabeza destilando largos búhos
todo está tejido
ah! Y las espigas de ciertos reflejos


Juan Larrea

Para todo el que habitualmente me lee y para el que nunca lo hace. Estoy triste. A menudo pienso, de forma estúpida, lo sé, que nací para permanecer en este melancólico estado de ánimo. El puño cerrado soporta mi cabeza de pensamientos evaporados pero mira por donde, que casualidad, ahora, mientras pienso en que ya es suficiente, en que no merece la pena seguir escribiendo sobre penas que no son más que bocetos informes, justo ahora se me escapa una sonrisa cuando pienso en el diablillo subido a mi hombro bebiendo margaritas que no había pedido y queriéndome hacer ver que soy muy perra, en el brazo del alien que me contaba sus amores y desamores con un desgraciado de La Rinconada, en el recordman en quedarse dormido de pie (lo entiendo, estar toda la noche pendiente de lo que pasaba es agotador, me encantó su forma de observar como sucede todo, su silencio y su cara de niño bueno al dormir), en ti que te olvidaste de mi nombre pero me lo pediste en seguida para guardártelo en el bolsillo de esos pantalones de pinzas que forman parte del disfraz. A todos, a Cristina que vino luego a contarnos historias del sur de Italia que tengo frescas en la mente. Y también a los de aquí, a los que no vinieron pero que siempre están conmigo.
Hoy me siento cerca de todos y quería decíroslo.

domingo, 13 de abril de 2008

Me hizo la boca un fraile.



Ahora que comienza la tarde y mi corazón ha vomitado todo el alquitrán que dejó el sueño inquieto me gustaría pedir deseos. Porque los deseos son como la materialización en la tierra de los sueños imposibles, como hitos en el camino que nos permiten seguir adelante, como señales en el momento justo que nos hacen bajar del taburete y elegir otro tipo de corbata más acorde con nuestro estado de ánimo que va mutando y convirtiéndose en barbecho para las sonrisas.

Ahora que comienza la tarde y la perspectiva de doblar calcetines y fregar la escalera no me atemoriza ni me causa hastío, es el momento perfecto para arrancarme los dientes y pedir al ratoncito que traiga algo distinto a la habitual moneda de quinientas pesetas. Y escribiré hoy, en esta primavera incipiente aun, a los reyes magos que vendrán montados en camellos con aire refrigerado, que vendrán vestidos con camisas hawaianas a desgana porque alguien se ha atrevido a molestarles en sus largas, largas vacaciones. También estoy dispuesto a vestirme de marinerito, a embutirme en ese traje ya apolillado, a enseñar las pantorrillas y marcar paquete mientras que la costura del trasero se rasga irremisiblemente. Vestirme de primera comunión y presentarme en casa de mis padres con las manos por delante en forma de cuenco, dispuestas a recibir todo lo que el cerebro imagina y necesita.

Estoy dispuesto a lo que sea para formular mis deseos. Mis necesidades como por ejemplo que en vez de un coche quiero una máquina de demolición de esas con una bola enorme oscilante, así podría dedicarme derribar los muros ruinosos que se empeñan en salirme al paso. Deseo un remedio infalible contra el estreñimiento, porque a lo mejor esta infelicidad es porque no voy con regularidad al retrete, o porque cuando voy sólo consigo deshacerme de residuos orgánicos, no sale nada más a pesar de que noto opresión entre el pecho y la garganta y no son gases que ya lo he consultado. Deseo unos clavos para atravesar mis manos y crucificarme a la posibilidad de permanecer un par de horas concentrado para poder devorar apuntes, vomitar prosa o intentar poesía. Deseo, deseo, deseo, lo que más deseo es sentir el movimiento, plantarme en un descapotable rosa y lanzarme a la carretera, ir a cualquier lugar, da igual el sitio, con tal de sentir esa maravillosa sensación que es notar como avanzas.

¿Y vosotros, que pediríais?

lunes, 7 de abril de 2008

Se intuye



La tormenta. La gente parece no darle mucha importancia pero yo estoy atemorizado. Las nubes cada vez están más grises, los hombres del tiempo se desgañitan en las televisiones anunciando el temporal, el aire sopla con fuerza y desnuda de jacarandas los árboles tiñendo el suelo de violeta y marrón. La gente camina sobre las flores caídas, las pisotea, ignora de dónde vienen, ignoran que ayer lucían espléndidas sobre sus cabezas mientras ellos, con otra expresión menos arisca, disfrutaban de la terapéutica amnesia que proporciona un domingo lleno de familia, fútbol y conversaciones triviales.

Pero hoy la tormenta los sorprenderá en plena calle, con sus rostros afeados semejantes a los de los bueyes, caras uncidas y derrotadas. Hoy es otro día, ya no hay ni pan ni circo, sobre sus cabezas sólo quedan las ramas como dedos de esqueleto, bajo sus pies el mismo camino arduo que tan bien conocen.

Puedo sentir dentro de mi lo que se avecina. Los perros también lo sienten y caminan con el rabo entre las piernas, la cabeza gacha y gimiendo bajito para que sólo ellos puedan escucharse. Se preparan para lo inevitable, sólo los hombres parecen ignorar las evidencias y continúan campando con aparente tranquilidad por las calles. Continúan resoplando y quejándose, dejando pasar las horas hasta que llegue el momento de ir a casa a dejarse morir en el sofá junto a un extraño que es lo mismo que ir al campo a sentarse debajo de un galgo que cuelga de un nervudo brazo de olivo. Ir al campo a escuchar las moscas que anuncian la perdición, el viento que hace gemir la soga, la soga que hace brotar las lágrimas.

Sólo alguna vieja que está más en el otro mundo que en este puede oler en el aire lo insondable, lo inefable, el horror que se avecina. También los niños lo notan, pero ellos tienen suficiente con agarrarse con fuerza a las manos de sus padres, con ese simple gesto se calman y olvidan, ignoran el peligro que acecha. Aprenden a ser hombres, aprenden la sordera y la prepotencia, se conforman con saber que sólo los peces pueden bucear debajo de la superficie de forma permanente.

Los miro a todos. A los perros, a las viejas, a los niños, a los padres, a los hombres que tiran de sus pesadas cargas. Los miro y quiero avisarlos pero ya estoy harto de quedar como un loco, ya estoy harto de acabar con mis huesos atados a una cama de hospital, ya no quiero preocuparme más por esa gente que va desapareciendo, que se va haciendo transparente. Por esas voces que se vuelven cada vez más agudas, por esos pitidos estridentes incapaces ya de comunicar nada. Ya me da igual que los ojos acaben blancuzcos e inexpresivos, que las manos callosas ya no puedan notar la textura de la piel y lleven al cerebro el mensaje de que todo lo que tocan, todo lo que en el mundo puede ser rozado y acariciado, tiene la misma textura de piedra rugosa y fría.

Ya me da igual, me conformo con ponerme a cubierto, con estos cuatro cartones que se empaparán pronto. Prefiero permanecer escondido mientras el cielo descarga su ira y destripa las jacarandas para mezclarlas con los pasos perdidos de los hombres. Algún día tiene que parar de llover.