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miércoles, 30 de enero de 2008

La verdad está ahí fuera


Porque a veces las cosas que encontramos tiradas en la calle acaban siendo importantes en el devenir del día, del mes, del año, del resto de nuestra vida. Para el que como yo tiene la costumbre de rondar por las calles con los ojos bien abiertos van dedicadas estas letras.
Podría usar mi curiosidad innata con otro propósito, podría picarme el gusanillo de probar a practicar nuevos deportes, esos que están de moda, esos que se consideran socialmente atractivos, léase paddle, sky surf, skate, tunning. Podría haberme entrado la fiebre por el conocimiento inútil y haber llenado mi cabeza de datos para ser un culto campeón regional de trivial pursuit. Podría haberme interesado por las reuniones sociales como medio para aumentar mi estatus y de paso mi prestigio.
Podría hacer tantas cosas con este tiempo que se me ha entregado, tantas cosas útiles, pero mire usted por donde yo prefiero perderlo en vagabundear con la mirada atenta a lo que pueda encontrar, parpadeando con rapidez y sólo porque es imprescindible hacerlo, ansioso por aprehender hasta el más mínimo detalle de los lugares a los que voy llegando, mirando con ilusión el final de la calle porque me conduce a otra elección: derecha o izquierda, entro a esa iglesia o rebusco en esos contenedores.
La gente suele mirarme extrañada. Me gusta esa extrañeza, me gusta que me consideren un poco raro, así no me molestan, así a lo mejor se les enciende una lucecita y, una vez desembarazados de su prejuicio, les da por pensar en qué estaré haciendo ahí agachado junto al macetero que decora y limita al mismo tiempo la terraza del bar en el que toman una caña. A lo mejor les pica un poco la curiosidad también a ellos y se ponen a jugar al squash, a aprender sánscrito o a urdir ingeniosos planes para ser invitados a la puesta de largo de Piluca.
He obtenido tantas recompensas y estímulos en mis expediciones que se me hace imposible enumerarlas, pero no puedo resistirme a ofreceros una pequeñas muestra de los tesoros que pude encontrar. Esta misma tarde, sin ni siquiera tener que salir a pasear, mientras soplaba el té de mi taza asomado al balcón, he podido ver en los contenedores una máquina de escribir eléctrica, intacta, llamándome. Ahora está en mi salón haciendo las veces de porta fotos y macetero. En la calle he encontrado desde la ocasión ideal para convertirnos en indígenas asilvestrados aquella vez que encontramos una pizza a medio comer en el capó de un todoterreno, hasta fotografías de desconocidos que no sonríen, cartas de amor rotas en pedazos, peticiones de segundas y terceras oportunidades, estatuas de yeso que desengañados estudiantes de bellas artes desechaban sin contemplaciones. He encontrado varias monedas de un euro, siempre de una en una, billetes de cinto, diez y veinte, nunca de cincuenta, que acababan siendo desayuno, desayuno con zumo y visita a la tienda de los chinos, desayuno y libro. He encontrado gente llorando, manos tendidas, manos muy negras y temblorosas, rostros que se ocultaban tras gafas de sol, niños perdidos, padres desorientados, madres buscando, hombres feos con sonrisa hermosa, dientes perfectos en caras cerúleas He encontrado sol cuando lo he necesitado, ruido de obras y tubos de escape para acallar mis quejas y mi llanto, manos para asirme y para acariciarme, sorpresas en cajas envueltas con hermoso papel de regalo y también sorpresas desnudas que llegaban sin avisar.
He salido muchas veces a la calle sólo para recuperar la noción de mi mismo, para notar que con el movimiento de mi cuerpo se movían también mis ideas y mis ganas de seguir adelante, he salido muchas veces sin desear nada y siempre he vuelto con algo brillante encerrado en mi puño, con picor en la punta de la lengua, con insectos zumbando en el oído; siempre con algo de poesía.

jueves, 24 de enero de 2008

Un pequeño logro


Desesperada cuenta

tengo cuatro minutos
para desenredar tu pelo
en un resumen de casquería anatómica
un juego
desconstruido
esparcido
amontonado
la manos limpias de cráteres
la boca cerrada
las pirámides sin la sabiduría de las momias

apenas cuatro minutos
para contonearme y caer mito
para limar las espinas de mis tobillos
acotar el contorno de mis ansias
y morir sin epitafio ni estertores

cuatro minutos
para desnudarme de la tragedia obesa
cuatro minutos
que saciarán este hambre encorvada


Aquí tenéis, mi primer poema publicado. En su momento me sentí emocionado, eufórico, ilusionado. Hoy con los pies más en el suelo lo que tengo es algo de esperanza y una capacidad de ser feliz pasada por el sacapuntas. Quería compartir esto con los que suelen leerme por aquí.
Ahora suelo pensar, cuando los quehaceres cotidianos me dejan un segundo para respirar, que a lo mejor soy capaz de sacar algo de partido a esa imaginación que según muchos es portentosa y según yo mismo es una tortura. A lo mejor es posible.

Para terminar también os quería decir que he abierto otro blog en el que iré colgando cosas más relacionadas con la creación literaria. Si os apetece pasad, me importa vuestra opinión que en ese nuevo lugar me gustaría que fuera muy, muy crítica (sin hacerme llorar eso sí). El sitio en cuestión es Acercamientos, podéis verlo en lo alto de mi columna de enlaces con otros blogs (¿Qué tal os he vendido la burra?).

lunes, 21 de enero de 2008

De vuelta


Ayer aun podía sentir el cosquilleo en la planta de mis pies provocado por la sangre que había recuperado la memoria de lugares que hace tiempo no visitaba. Ayer mientras sacaba la ropa sucia acercaba el rostro al hombro e inspiraba buscando con ansia los restos de olor a pino y arena, los restos del cloro de la piscina, los restos de labios y de palabras. Pude olerlo todo y volví a evocar el camino desde la casa a Barbate, la luz del mar reflejando con furia un sol escapado de la pasada primavera, el suspiro que me tragué provocado por una ola que apenas me roza los tobillos, helada, juguetona, retadora. Ayer mientras plantaba la chumbera que traje conmigo con la esperanza de que no se sienta extraña en este balcón tan distinto a su muro grafiteado, a su borde de la carretera que se desploma en el acantilado que contiene al mar, ayer pensaba en mi suerte, en el futuro y en que nada importa mientras pueda regresar a lugares como en el que he estado este fin de semana. ¡Qué más da la incertidumbre! ¡Que más da la frustración! ¡Que más da la ira incontrolada y la amnesia del hombre que se cree algo más que un hombre! Todo da igual mientras pueda volver, mientras pueda estar allí y notar que mis manos se mueven porque yo quiero que lo hagan, oler los dedos después de preparar un guiso y notar que las yemas están impregnadas de la fragancia áspera de la pimienta, chuparlas y descubrir que aun saben a chocos y patatas. Que más da esa parte de nuestras vidas compuesta de obligación y dinero si puedo coger el coche y sentarme en el faro a esperar a que el sol se desplome en el mar mientras busco pájaros que se ocultan entre las rocas de abajo para pasar la noche.

He abierto puertas que estaban cerradas desde hace mucho tiempo, puertas que ni siquiera veía al pasar frente a ellas cada día. Es la primera vez en mucho tiempo que no me invade una sensación de pesimismo cuando vuelvo de pasar unos días en cualquier sitio que no sea mi ciudad. Esta vez no he sentido esa opresión en el pecho, ese ahogo, no me he derrumbado nada más dejar caer la bolsa de viaje en el zaguán. Esta vez he pensado que siempre puedo volver a los Caños o a cualquier otro sitio, quizás sea porque ya no necesito huir ni engañarme para seguir adelante, quizás haya dado esos primeros pasos dentro del camino. Resulta emocionante pensar que a lo mejor ya no ando perdido.

Todas estas divagaciones sin solución, estas ilusiones sin un referente nítido, estas manos que teclean palabras que aparecen como por arte de magia, que no se quejan, que no sabía que sería capaz de esbozar. Nuevas palabras para desempolvar sensaciones olvidadas.

Hoy es el lunes después del griterío en el mercado, después del regreso entre molinos de viento, subiendo y bajando por lomas tan verdes que hacían difícil creer que estábamos tan al sur. Porque desde las ruinas romanas de Bolonia hasta el apartamento no paramos ni un momento de hablar, de planificar un futuro de arcilla. Yo te acariciaba el muslo mientras tu soltabas la mano de la palanca de cambios y tomabas la mía, me mirabas y sonreías. Los molinos proyectaban su sombra en las faldas de las lomas, de repente una cabina enorme de camión sin trailer que nos adelanta a toda pastilla y los dos insultamos al conductor al mismo tiempo. Seguimos subiendo, seguimos devorando pinares, me sigues contando todo lo que has vivido por esos lugares. Decido que me voy a llevar de vuelta un recuerdo tangible, algo que me guste, algo característico de aquí.
Detienes el coche unos metros antes de los apartamentos, ya es de noche, la carretera nos espera pero aun tengo tiempo para arrancar un trozo de chumbera que se resiste y me muerde un dedo en un último intento de permanecer donde siempre ha estado.

“Sabes —te digo mientras cogemos velocidad en la incorporación a la autovía— , me he pinchado al arrancar el trozo de chumbera y tengo el dedo dormido —lo que no te digo es que con gusto volvería a pinchármelo una y otra vez, una y otra vez. Tu te limitas a sonreír y a llamarme bruto”.

Aun estamos en la provincia de Cádiz cuando empezamos a hacer planes para mañana. Es entonces cuando se acaba el viaje y entramos con calma en lo que solía ser nuestra vida que había quedado aparcada durante estos días.

viernes, 18 de enero de 2008

Viernes a mitad de enero

Porque la vida está compuesta de momentos y este es mejor que la mayoría. Acabo de leer el blog del Chico de la Chaqueta Azul y por eso Bunbury apuesta por el Rock and Roll y casi parece un cantante normal y corriente, un artista que se debe a su música y no a sus neurosis de actor frustrado. Cuando el camaleón se disfraza de lo que siempre ha sido vuelve a parecer un simpático reptil. El café en la taza vieja, ya con marcas de muchos líquidos contenidos, con anillos en el interior que como los árboles parecen marcar su edad. La taza heredada de mi más sonado divorcio, como el gato, como la manta, como esas cosas que se caen de los armarios y te recuerdan que si pones de tu parte siempre estarás mejor mañana que hoy. Huele a café, sigue sonando la canción, frente a mí unas letras garabateadas en uno de mis cuadernos hablan sobre la monotonía:

“cuando la inercia es la norma
se cierran los oídos
se abren las bocas
se llenan de toldos las miradas
y acabo anegado por ruido de palabras transparentes…”


No sé como continuar, vuelvo a poner la canción, vuelvo a desear viajar al sur, a cualquier paraíso que se me ocurra. Necesito más paciencia y más calma. ¡Qué coño! Necesito que sean las dos de la tarde y oír el zip de la cremallera al cerrarse, sentir el peso de una maleta que contiene más letras que ropa, montarme en el coche y besarlo a él, mirarlo y sonreír, ver como una raya roja tacha el nombre de la ciudad, imaginar el olor de la sal y la arena helada, necesito amnesia, silencio, ya que parece demasiado pedir algo de comprensión.

Pero aun quedan unas horas por delante y el café ya no humea. Delante de mis apuntes tema cuatro la mente neuromorfa: arquitectura y computación básica, parece mentira que esté deseando hincarle el diente a algo encabezado con tan rimbombante título. Así que espero a que acabe la canción, supongo que la colgaré para completar este escrito, supongo que la escucharé una tercera vez porque el refranero es sabio y no hay dos sin tres, supongo que sigo siendo razonablemente feliz y que este momento es mejor que la mayoría que quedaron atrás.

Buen fin de semana a todos.

martes, 15 de enero de 2008

Hoy


Esto debía de haber sido colgado justo el día de año nuevo, pero resultó que perdió sentido, resultó que ya no estaba con esa verborrea, con esos nervios chasqueando, con esta boca grande de gato de Chesire. Cuando fui a poner un texto resulta que el entusiasmo se había marchado y había dejado una actitud ambivalente ante los días por venir.
La ambivalencia siempre es mejor que las ganas de quedarse en la cama, mejor que las enfermedades ficticias o los brotes repentinos de fobia social. Siempre es mejor que tener ganas de que acabe el día y de que el despertador se quede sin pilas y no suene la mañana siguiente. Pero a pesar de ser mejor no es lo que yo deseaba.
Pero ahora, quince días después, una vez oreadas las habitaciones, resulta que hay gente nueva en mi vida, gente que aporta experiencias e historias peculiares, historias que para mi son como alimentos desconocidos de llamativos sabores, con ellas combato la desnutrición del hombre moderno (que no soy) y lleno el vacío que va dejando mi actitud descuidada. Ahora que ha pasado apenas la mitad del primer mes del año resulta que ya he conseguido olvidar ese llanto desconsolado, esa confesión a la espada que escuchaba paciente mientras el sudor de mi espalda hacía que me fuera deslizando pared abajo.
Medio mes y ya estamos de estreno, nuevas actividades, nuevos ánimos, unos potentes ojos que todo lo ven que encontré entre el papel de regalo arrugado el día de Reyes; una manera de querer que desconocía, que evoluciona día a día, maleable y firme, segura de si misma.
Ahora, quien me lo iba a decir, estoy calmado y ya no miro el suelo cuando camino por la calle. Soy capaz de sonreír sin razón aparente y capaz de viajar al futuro sin que me tiemblen las rodillas.
Todo con un poquito de objetividad, un poquito de esfuerzo y esa pizca de suerte que es como la guinda roja del pastel.

Por el mismo precio, con las mismas piezas, con cara de niño y extrañas aspiraciones, con las mismas palabras sonando distintas aquí tienen al hombre renovado.

viernes, 11 de enero de 2008

Siete Diferencias


En esta izquierda hay relojes que discurren lentos, que no escupen las horas a la cara, relojes tímidos que se esconden detrás de los muros de piedra vestidos con traje blanco de liquen, con húmedo cabello verde de musgo; que se esconden debajo de las hojas que hablan el mismo idioma de pies arrastrados de las viejas que saludan por la mañana cuando vamos a comprar pan. En esta izquierda hay extraños puntos blancos y brillantes en un cielo negro y liso. La luna que parece dibujada con una plantilla en ese fondo de boca de lobo, una luna perfecta. En esta izquierda la boca se vuelve perezosa, los labios se cuartean pero no se lamentan, como si los rezongos y los gemidos se hubieran secado con el transcurrir de los días. La boca que traiciona sus costumbres y sonríe con una facilidad desconocida, las comisuras de los labios siempre apuntando a ese cielo de brea ensartado con destellos. En esta izquierda donde emborracharse es una manera de jugar y no una solución infalible para matar la seriedad acumulada durante cinco días necrosados. En esta izquierda en la que clavo los ojos con fijación animal, ojos que se resisten a enfocar a esa derecha borrosa, ojos con memoria de monumentos, ojos que se desangran en otro idioma distinto al del río que transcurre bajo el puente de piedra, distinto al sencillo repicar de la campana en manos de la moza que llama a los muertos para dejarlos más muertos. Ojos con memoria de cadena de montaje, de despertador con soniquete fascista de oruga que repta hacia la oreja dispuesta a darse un atracón de sesos. Ojos saturados que reniegan de ese otro lado tan áspero. Extremos de una luna perfecta de la que cuelga una amenaza de final, un recuerdo de esos otros ojos llorosos que mastican el humo de lo que dejamos atrás.

En esta izquierda tan repleta de novedades es impensable jugar a las diferencias. Si la miras fijamente la regadera con la margarita asomando se queda grabada en la mente y en vez de margarita la luna se ríe, los ojos silban haciéndose los despistados, los relojes que enmudecen y el tiempo que no pasa.

En esta izquierda flores, en la otra derecha nada.

martes, 8 de enero de 2008

Yo escribo, tu escribes, el escribe... I

La actitud del escritor kamikaze

Cada vez que paseo entre los estantes repletos de mi librería favorita me asalta la misma obsesión. Pienso que todos esos autores tienen gente que compra sus libros, de esos compradores, algunos incluso los leen. Entonces mi Ego aletargado empuja hasta alcanzar la superficie de mi conciencia y reclama su porción del pastel, su teta rebosante de leche. Pide estar en esas estanterías, sentirse leído. Pobre Ego que tiene que alimentarse con diarios que se acumulan año tras año y con cuadernos reaprovechados que lleno de torpes versos.

Escribir se hace inevitable, se convierte en necesidad vital. Pero resulta que hacerlo para uno mismo, la escritura ermitaña, es un acto sumamente peligroso. Y es que cuando la teta está reseca como un odre vacío, cuando cantan los grillos para que el silencio sea algo menos evidente, cuando uno es un joven de casi treinta tacos que no sabe como alzar la voz para que alguien le escuche, resulta inevitable pensar en lo inútil de ese acto que por otra parte ejerce una tiranía absoluta sobre la voluntad propia. Cuando escribir es algo así como comer sin que nada de lo que se engulle quede en el organismo, todo desperdicio, todo mierda, resulta imposible no pensar en la rendición sin concesiones y en ponerse a ver cualquier Talk Show en la televisión a la espera de que sobrevenga la amnesia total y dejemos de lado la personalidad que hasta ese día nos pertenecía.

Esta escritura ermitaña, como la he denominado antes, me produce una sensación parecida a la que se experimenta cuando nos arrancamos las postillas. Uno hurga y hurga, se rasca con saña, se regodea en el alivio del picor provocado por la piel estirada y reseca de los bordes de la herida. Todo es placer y ojos de perrillo satisfecho hasta que de repente atisbamos sangre en la punta de nuestros dedos: se ha abierto la herida. Entonces no tenemos más remedio que dejar de rascar, suspiramos fastidiados y vamos al baño a por las tiritas.

Eso es escribir exclusivamente para uno mismo: un engaño, un mal menor, un cuerpo de yonqui desnutrido y lleno de llagas.

Sin embargo hay esperanza y es que, desde que cuelgo mis textos aquí, mis mataduras sanan sin problemas dejando unas atractivas cicatrices a modo de recordatorio.

domingo, 6 de enero de 2008

Tres conclusiones antes de despertar

Por el futuro lucho. Para llenar el hueco que deja todo lo que olvido. Para encontrar sustitutos a todas las personas que se colaron por el sumidero, a los días llenos de espuma grasienta que desaparecieron, al aceite requemado de las conversaciones que nunca debí tener pero tuve. Sustitutos para todas esas cosas que se recuerdan con un mohín de asco en el rostro. Quiero dejar que los chinos pequeños y afilados que entraron en mi zapato queden en nada, en heridas como sonrisas de dolor disuelto.

Por el futuro avanzo, hasta las rodillas empapado, andando con dificultad en este pantano desconocido que brilla con furia y me ciega. El torso inclinado hacia delante para poder hacer más esfuerzo, sin percatarme del olor que desprende mi voz cuando habla del cielo de otros lugares aun por descubrir.

Adelante mientras en el ordenador suena un dueto de Brian May con Pavarotti, cantan una de mis canciones favoritas y yo rebusco en Youtube la original, esa que me puso los pelos como escarpias la primera vez que la escuché. De sobra sé que el amor puede matar, demasiado amor puede matar, pero en el momento en que escuché esa canción era aun muy joven para creer ese mensaje, era un anciano prematuro, un estúpido aventajado, hoy es algo asumido y sabido, algo que forma parte del escenario en el que resuenan mis pisadas.

Paso a paso la amnesia devora lo prescindible y me hace quedarme con las nuevas voces, con las nuevas formas de apilar los tacos de madera multicolor del juego de construcción. Así, lo que yo concebí como un fuerte para protegerme de los indios otro lo ha convertido en un puerto abarrotado de posibilidades imposibles de hundir. La amnesia me hace quedarme con los besos que me dieron y con esta agradable sensación que recorre mi espina dorsal, este escalofrío desde al nuca a la planta de los pies, esta voluntad que huele a limpio y a luz,. Voluntad recién estrenada, novedad a pesar de tener el rostro surcado de arrugas y ríos.

Paso a paso voy mudando todos esos días en los que anduve rebuscando entre ladrillos con una paciencia de perezoso en fin de semana, poco a poco, casi sin prestar atención, hasta que me percaté que la sangre reseca era mi sangre, que ese amasijo de papeles amarillentos guardaba la historia de lo que he sido. Esos días que parecen perdidos e inútiles, pero que hoy han acabado siendo picor en las manos y los pies, líneas trazadas en el mapa de la ciudad con fluorescente azul, ansias por prolongar el respingo que me ha sacado de la catatonia de sofá y del conformismo de mañana será otro día.

Frente a mi un paquete de folios por abrir y los primeros acordes de mi rabia por fin sin bridas, de mi afán por abrirme el pecho para que todos puedan mirar. Al hacerlo, unos se asustarán, otros llorarán, algunos, los menos, se quedarán pensativos. Escasos serán los que, como yo, rompan a reír y consideren que ha merecido la pena pagar entrada a pesar de lo desorbitado del precio.

Conclusiones obvias a todo lo dicho:

Primera: El que algo quiere algo le cuesta.
Segunda: Mañana no será otro día, será mi día.
Tercera y última: El espectáculo debe continuar.