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martes, 25 de marzo de 2008

Hoy seré breve

Tengo ganas de escribir, tengo arcadas, movimientos peristálticos y alguna que otra contracción. Toso y salen sólo consonantes, como si de repente me hubiera convertido en Noruego.

Seré breve porque no tengo muchas cosas de las que hablar más allá del hecho de que alguien se preocupa por mis silencios. A mí me preocupa más mi boca cerrada porque a pesar de que así no entran moscas y reflexionando sobre esa única ventaja he llegado a la conclusión de que cuando la tengo abierta tampoco lo hacen.

Así que es peligroso abrir la boca, tenerla cerrada, es peligroso este estado de ánimo, esta necesidad de decir algo y saber que no voy a ser capaz de decir nada.

Porque hoy tengo ganas de empezar a escribir una novela pero a quién le interesaría nada de lo que pueda rondar por esta mente calenturienta. Seguro que si me atreviera el argumento iría sobre un país en el que todo el mundo habla a través del llanto o sobre globos humanizados, esos globos de feria que representan personajes de dibujos animados y que son la herramienta preferida de los padres para deshidratar a los hijos, globos que hablan entre ellos y se asesinan con agujas de hacer punto, joder que alguien me pare. Cualquier cosa menos algo con sentido.

Y a mí que más me da si esto no va a quedar para la posterioridad. Pero al menos coge una bolsa niño, coge una bolsa que ya las palanganas no se llevan pero coge algo y no me pongas el suelo perdido de sesos y letras.

Y lucha contra esa conclusión de que lo mismo da que da lo mimo, porque es muy pero que muy peligrosa.

viernes, 21 de marzo de 2008

Siete días más largos de lo habitual.


Mientras que toda la ciudad parece estar en la calle yo llamo al cerrajero para poner un candado extra a la puerta. Así nadie podrá entrar y me dará más pereza salir. En esta época en la que mirar por la ventana es igual que sentarse frente al televisor a ver un reportaje de Cousteau: el cardumen de arenques se mueve como si fuera un solo cuerpo, millares de individuos formando un todo, nerviosos se agitan, ondulan, cambian de forma sin orden ni concierto. En esta semana santa donde las conversaciones se hacen áridas y los nervios afloran volviendo a la gente explosivos ambulantes. En el fondo los envidio por ser capaces de poner toda su atención y pasión en algo, pero la admiración se me pasa pronto cuando veo la poca utilidad que tiene para ellos y para la ciudad misma esa manera de tomarse una tradición que para mi gusto está claramente desfasada. Ante esta perspectiva sólo me queda enclaustrarme o huir.

Pero mi ciudad es así, provinciana, algo cateta, sabe apreciar lo bello pero no deja que esa belleza evolucione y sobre todo no deja mirar con otros ojos las cosas que suceden en sus calles. El libro ya está escrito, sino te gusta no lo leas. Pero es que es el único libro que hay sobre los anaqueles, el resto es polvo y desierto, olor a húmedo y a ruina.

No puedo hacer gran cosa más que encerrarme en casa, emborracharme más de lo habitual, embotar mis sentidos, recogerme, encerrarme y dejar que los arenques tomen la calle, la recorran veloces buscando quien sabe qué.

Mientras que viva aquí tendré que aguantarme pero no pienso dejar de quejarme, no pienso dejar de decir que es absurdo que una ciudad se paralice por una fiesta que hoy por hoy no tiene mucho sentido, por ninguna fiesta en realidad.

Este texto no es más que mi derecho al pataleo. Aborrezco la Semana Santa.

sábado, 8 de marzo de 2008

Soluciones para la melancolía

AYER


AHORA
Me tomo una Saldeva Forte para lo mío y voy a la cocina a meter el hocico en la olla que bulle. La tapadera toca unas extrañas palmas metálicas cuando siente que me acerco. En un primer momento pienso que aplaude al payaso pero después dejo mi egocentrismo a un lado, dejo de pensar que hasta lo que hacen las ollas se refiere a mua.

Pienso en lo ricas que me van a quedar las "papa aliñá", pienso en como el sol se agarra a mi balcón, me invento lo que las confusas voces de anoche estaban diciendo así expulso el dolor de mi cabeza.

Pienso en M. que llega de Madrid en el autobús de las doce y sin ni siquiera pasar por su casa va al bar para ver a J. que se despide de sus amigos porque se va a Manchester unos meses. Eso es amor.

Siempre está el cine. Es importante elegir bien la película porque sino tienes la sensación de haber perdido el tiempo y es que no suelo salirme de las películas no sé si porque soy muy bueno y me gusta esperar a ver si al final mejoran o porque soy muy rata y no me gusta desperdiciar mis cinco euros, “ya que lo he pagado me quedo”, pienso. Bueno una vez me salí de una de Linch agobiado y con ganas de suicidarme pero eso supongo que no extrañará a nadie. El cine con su previo de parejas hablando y yo solipera en la sala inventando, otra vez inventando, que es lo que han hecho justo antes de venir, porque ahora a mi derecha ella está tan contenta y le dice algo al oído a él, porque a mi izquierda hay dos hombre iguales, rapados los dos, estirados los dos, cogidos de la mano, como si el decorador del Corte Inglés hubiera pasado por allí y hubiera dejado dos maniquíes.

O me puedo dedicar a hablar con las plantas, con el gato, con mis manos enfundadas en dos calcetines sucios. Ha hablar con cualquier cosa que no sea humana. También puedo subir a tender y pensar que entre dos camisas va representarse una función, a mirar desde la azotea las coronillas de la gente e intentar pescar las ideas que se les escapan hacia el cielo y de las que ni siquiera son conscientes. ¿Por qué si los niños lloran cuando se les escapa un simple globo hacia el cielo, algo tan insignificante en apariencia, los adultos nos quedamos impasibles cuando notamos que algo se nos ha escapado, que algo nos falta dentro de la cabeza, que algo se ha ido, algo importante?
Pero los adultos no lloran, solo parpadean un poco más fuerte y siguen adelante y yo en la azotea me quedo con sus globos.

Las opciones son muchas, mi única obligación de hoy es cortar la cebolleta y el perejil bien fino, dejar enfriar y servir con una cerveza.

LUEGO

jueves, 6 de marzo de 2008

Echo de menos...

El miedo que de niño tenía a las cosas insignificantes. Con gusto lo cambiaría por este abismo que se abre ante mí. A los seis años me preocupaba por el agujero en la entrepierna en el viejo chándal azul marino. Hoy los agujeros son otros y no dejan de crecer, de llenarse de muertos, de carreteras que terminan de repente, de vistas gordas, de omisiones de socorro.

La pornografía emocional del hombre calcetín. El hombre enrevesado. El hombre con las tripas por fuera y el corazón en la boca, las palabras que laten y los silencios en los que puede escucharse el cuchillo del viento exponiendo los más helados argumentos. Incontestables.

La sorpresa que viene de repente, sin buscarla, sin este sentirme cachalote con corcho en el espiráculo. Cachalote decepcionado que ha viajado en vano a las profundidades del océano y regresa muerto de hambre, compuesto y sin calamar gigante que llevarse a la boca.

La capacidad de que me crezca el rabo de lagartija cuando me lo cortan. Los camaleones cayendo de los pinos en una extraña lluvia de vitalidad. Los eslizones escurriéndose entre los lirios de mar, las salamanquesas pegadas a los búnkeres ejemplificando con su existencia que con un poquito de intención uno puede agarrarse a sus sueños.

Mi reflejo en el espejo.



El pasado. La habitación atestada de trastos, la cama revuelta, gente gritando, vasos derramados, olor a sudor y calor, el suelo pegajoso, risotadas, besos de borracho, una voz, unos ojos verdes.

Para un amigo que ni siquiera lo leerá.