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jueves, 24 de abril de 2008

Entre calcetines por doblar y una cerveza más que posible

Improviso unas palabras, las recojo de un libro de poesía que es casi como mi biblia. Si algún día lo leéis quizás os aclare por que me gusta tanto dar giros y giros a las palabras, por qué tengo la lengua salomónica y por qué doy muchos rodeos para llegar a la plaza central del pueblo. Es Versión Celeste. Ya he puesto algún poema en el blog.

En fin quería tender un hilo entre este pobrecito yo y los que me leen. Porque en momentos en los que no estoy del todo bien de ánimos me gusta pensar en todas las personas que hay a mi alrededor. Porque os necesito aunque sea en mi imaginación os dejo unos versos:

LENTITUD DE MI LOCURA

Un pie de sombra resignado a emitir flores
más pesado que un diccionario abierto por la palabra tortuga
la noche
el espesor de un sentimiento que empieza a ser compartido
los hilos de la conversación de los que cuelgan mis manos
la lluvia
mi cabeza destilando largos búhos
todo está tejido
ah! Y las espigas de ciertos reflejos


Juan Larrea

Para todo el que habitualmente me lee y para el que nunca lo hace. Estoy triste. A menudo pienso, de forma estúpida, lo sé, que nací para permanecer en este melancólico estado de ánimo. El puño cerrado soporta mi cabeza de pensamientos evaporados pero mira por donde, que casualidad, ahora, mientras pienso en que ya es suficiente, en que no merece la pena seguir escribiendo sobre penas que no son más que bocetos informes, justo ahora se me escapa una sonrisa cuando pienso en el diablillo subido a mi hombro bebiendo margaritas que no había pedido y queriéndome hacer ver que soy muy perra, en el brazo del alien que me contaba sus amores y desamores con un desgraciado de La Rinconada, en el recordman en quedarse dormido de pie (lo entiendo, estar toda la noche pendiente de lo que pasaba es agotador, me encantó su forma de observar como sucede todo, su silencio y su cara de niño bueno al dormir), en ti que te olvidaste de mi nombre pero me lo pediste en seguida para guardártelo en el bolsillo de esos pantalones de pinzas que forman parte del disfraz. A todos, a Cristina que vino luego a contarnos historias del sur de Italia que tengo frescas en la mente. Y también a los de aquí, a los que no vinieron pero que siempre están conmigo.
Hoy me siento cerca de todos y quería decíroslo.

domingo, 13 de abril de 2008

Me hizo la boca un fraile.



Ahora que comienza la tarde y mi corazón ha vomitado todo el alquitrán que dejó el sueño inquieto me gustaría pedir deseos. Porque los deseos son como la materialización en la tierra de los sueños imposibles, como hitos en el camino que nos permiten seguir adelante, como señales en el momento justo que nos hacen bajar del taburete y elegir otro tipo de corbata más acorde con nuestro estado de ánimo que va mutando y convirtiéndose en barbecho para las sonrisas.

Ahora que comienza la tarde y la perspectiva de doblar calcetines y fregar la escalera no me atemoriza ni me causa hastío, es el momento perfecto para arrancarme los dientes y pedir al ratoncito que traiga algo distinto a la habitual moneda de quinientas pesetas. Y escribiré hoy, en esta primavera incipiente aun, a los reyes magos que vendrán montados en camellos con aire refrigerado, que vendrán vestidos con camisas hawaianas a desgana porque alguien se ha atrevido a molestarles en sus largas, largas vacaciones. También estoy dispuesto a vestirme de marinerito, a embutirme en ese traje ya apolillado, a enseñar las pantorrillas y marcar paquete mientras que la costura del trasero se rasga irremisiblemente. Vestirme de primera comunión y presentarme en casa de mis padres con las manos por delante en forma de cuenco, dispuestas a recibir todo lo que el cerebro imagina y necesita.

Estoy dispuesto a lo que sea para formular mis deseos. Mis necesidades como por ejemplo que en vez de un coche quiero una máquina de demolición de esas con una bola enorme oscilante, así podría dedicarme derribar los muros ruinosos que se empeñan en salirme al paso. Deseo un remedio infalible contra el estreñimiento, porque a lo mejor esta infelicidad es porque no voy con regularidad al retrete, o porque cuando voy sólo consigo deshacerme de residuos orgánicos, no sale nada más a pesar de que noto opresión entre el pecho y la garganta y no son gases que ya lo he consultado. Deseo unos clavos para atravesar mis manos y crucificarme a la posibilidad de permanecer un par de horas concentrado para poder devorar apuntes, vomitar prosa o intentar poesía. Deseo, deseo, deseo, lo que más deseo es sentir el movimiento, plantarme en un descapotable rosa y lanzarme a la carretera, ir a cualquier lugar, da igual el sitio, con tal de sentir esa maravillosa sensación que es notar como avanzas.

¿Y vosotros, que pediríais?

lunes, 7 de abril de 2008

Se intuye



La tormenta. La gente parece no darle mucha importancia pero yo estoy atemorizado. Las nubes cada vez están más grises, los hombres del tiempo se desgañitan en las televisiones anunciando el temporal, el aire sopla con fuerza y desnuda de jacarandas los árboles tiñendo el suelo de violeta y marrón. La gente camina sobre las flores caídas, las pisotea, ignora de dónde vienen, ignoran que ayer lucían espléndidas sobre sus cabezas mientras ellos, con otra expresión menos arisca, disfrutaban de la terapéutica amnesia que proporciona un domingo lleno de familia, fútbol y conversaciones triviales.

Pero hoy la tormenta los sorprenderá en plena calle, con sus rostros afeados semejantes a los de los bueyes, caras uncidas y derrotadas. Hoy es otro día, ya no hay ni pan ni circo, sobre sus cabezas sólo quedan las ramas como dedos de esqueleto, bajo sus pies el mismo camino arduo que tan bien conocen.

Puedo sentir dentro de mi lo que se avecina. Los perros también lo sienten y caminan con el rabo entre las piernas, la cabeza gacha y gimiendo bajito para que sólo ellos puedan escucharse. Se preparan para lo inevitable, sólo los hombres parecen ignorar las evidencias y continúan campando con aparente tranquilidad por las calles. Continúan resoplando y quejándose, dejando pasar las horas hasta que llegue el momento de ir a casa a dejarse morir en el sofá junto a un extraño que es lo mismo que ir al campo a sentarse debajo de un galgo que cuelga de un nervudo brazo de olivo. Ir al campo a escuchar las moscas que anuncian la perdición, el viento que hace gemir la soga, la soga que hace brotar las lágrimas.

Sólo alguna vieja que está más en el otro mundo que en este puede oler en el aire lo insondable, lo inefable, el horror que se avecina. También los niños lo notan, pero ellos tienen suficiente con agarrarse con fuerza a las manos de sus padres, con ese simple gesto se calman y olvidan, ignoran el peligro que acecha. Aprenden a ser hombres, aprenden la sordera y la prepotencia, se conforman con saber que sólo los peces pueden bucear debajo de la superficie de forma permanente.

Los miro a todos. A los perros, a las viejas, a los niños, a los padres, a los hombres que tiran de sus pesadas cargas. Los miro y quiero avisarlos pero ya estoy harto de quedar como un loco, ya estoy harto de acabar con mis huesos atados a una cama de hospital, ya no quiero preocuparme más por esa gente que va desapareciendo, que se va haciendo transparente. Por esas voces que se vuelven cada vez más agudas, por esos pitidos estridentes incapaces ya de comunicar nada. Ya me da igual que los ojos acaben blancuzcos e inexpresivos, que las manos callosas ya no puedan notar la textura de la piel y lleven al cerebro el mensaje de que todo lo que tocan, todo lo que en el mundo puede ser rozado y acariciado, tiene la misma textura de piedra rugosa y fría.

Ya me da igual, me conformo con ponerme a cubierto, con estos cuatro cartones que se empaparán pronto. Prefiero permanecer escondido mientras el cielo descarga su ira y destripa las jacarandas para mezclarlas con los pasos perdidos de los hombres. Algún día tiene que parar de llover.