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sábado, 31 de mayo de 2008

Mi idea del infierno.


No es normal que las huellas tapen el camino cubriéndolo de dudas, de idas y venidas, de un caos dañino.
Nublada de pisadas la senda lo condujo hacia una muerte espantosa. Se perdió en el bosque diseñado por los hombres. Desorientado entre troncos equidistantes, copas fotocopiadas, sumergido en una simetría abrumadora. El mundo había cambiado.
Intentó seguir, lo intentó con todas sus fuerzas. Escapar. Pero hubo un momento en el que ya no pudo más, le abandonaron las fuerzas y la esperanza. Se dejó caer al suelo. Murió. Hoy su esqueleto descansa entre muchos otros idénticos. Similares en blancura y vacuidad. Hileras de ellos, rectas como vías de tren.
Pero conserva aun una peculiaridad que lo distingue de los demás: un guiñapo sucio, algo que parece un trapo raído colgando entre las costillas. Se agita con un movimiento casi imperceptible que bien podría ser atribuido a alguna corriente de aire. Una crisálida color vino tinto que parece extenuada, que se apaga poco a poco, que no será capaz de renacer. Se secará, trayendo consigo una segunda muerte más agónica, más afilada, sin retorno posible. Caerá al suelo. Entonces habrá desaparecido el último vestigio de humanidad. Caerá y ya todos los esqueletos, todos los árboles, todas las madres preñadas, todos los hijos nacidos de ellas, guardarán unos con otros una distancia constante. Nada escapará a la capacidad de control del hombre nuevo. Se eliminarán de la ecuación el libre albedrío, la voluntad y el azar. La vida será un inmenso edificio gris. Vivir será ir descendiendo plantas para descubrir la ausencia de salidas, la ausencia incluso del instinto de escapar. Olvidaremos las puertas, los horizontes entre el cielo y el mar. Desaparecerá la incertidumbre pero también el futuro.
Sólo podremos seguir descendiendo y enfrentar la imagen de la muerte. Un desolador aparcamiento sin coches, con un esqueleto blanqueándose en cada plaza. Descender incontables niveles para encontrar huesos cada vez más viejos y consumidos. Descender y hallar montoncillos de polvo que recuerdan por su disposición lo que fueron cabeza, brazos y piernas. Descender hasta que las plazas aparecieran sin inquilino. Bajar, bajar, bajar.

miércoles, 28 de mayo de 2008

El incesto de Gretel

Fui al antiguo descampado ahora lleno de los desperdicios arrojados por los vecinos. Tropecé varias veces sin llegar a caer, tal era la profusión de escombros y basura. Una de ellas tuve que apoyarme con la mano en un montículo de ladrillos rotos clavándome uno en la palma. Continué andando hasta el centro mismo del vertedero con la boca abierta de la herida en la mano dejando caer migas de sangre detrás de mí. Una vez allí tomé aire, varias bocanadas, tomé conciencia de la sangre golpeando en mis sienes y abrí mucho la boca. Pero no fui capaz de gritar como era mi intención. Me dejé caer al suelo y allí quedé. Hansel no vino a buscarme.

jueves, 15 de mayo de 2008

La fábrica de villanos

Lo que había empezado como un sueño había ido apagándose por la fuerza de las circunstancias. Lejos quedaban ya las aspiraciones de crear dictadores y tiranos que esclavizaran civilizaciones jóvenes e inexpertas, en su momento ese tipo de sátrapa estaba muy bien pagado, todo beneficios, pero en seguida importaron el secreto y los dictadores se fabricaban en el propio país de origen, producto nacional, así los ciudadanos se dejaban oprimir con alegría porque el que los sometía era uno de ellos. Lejos en el tiempo las épocas en la que los pedidos sobrepasaban la capacidad de producción, lejos los planes de ampliación y modernización, el proyecto de ofrecer un servicio de refresco para que el dictador adquirido siguiera siempre joven cambiándolo cada cinco años.
Hoy la fabrica languidecía. Sólo había que mirar las instalaciones anticuadas, los teléfonos de rueda, la máquinas de escribir que apenas se usaban, las secretarias con moños canosos y los comerciales de aspecto cansado que fumaban habanos y veían como sus barrigas, signo ayer de abundancia y seguridad, hoy iban perdiendo volumen, como si se estuvieran deshinchando.
Ya sólo recibían algún que otro pedido de particulares. Algún vecino ofendido que quería venganza, alguna mujer cornuda que quería que fuera el marido el que diera por terminada la relación, alguna rencilla por unas tierras de labranza.
El dueño permanecía todo el día encerrado en su despacho, tras cristales polvorientos, pensando siempre en el pasado. La maquinaria oxidada, emitía chirridos insoportables y los operarios apenas prestaban atención a sus labores. La fábrica estaba muriendo.
Las jaulas donde se guardaban los bebés, la materia prima, llenas de agujeros, bostezaban vacías. Hileras e hileras de ellas subiendo por la ladera del monte detrás de las instalaciones. Casi todas sin uso, ya no estaba bien visto eso de adueñarse de los niños sin padre para convertirlos en productos de consumo.
Todo estaba perdido. El dueño sopesaba en sus manos un candado enorme mientras escuchaba la reclamación que con la voz engolada le escupía una mujer toda nervios y arrugas. “Usted me garantizó que con este marido de la serie estrictos educadores mi hijo abandonaría por fin la casa hastiado de la insistencia y rectitud de su producto, pero es que me lo vendió defectuoso y ahora se dedica a irse con Juanito al bar y vuelven a las tantas a casa. Quiero que me reembolsen mi dinero”.
El candado tenía un tacto áspero y pesaba mucho. En cuanto esa mujer insoportable terminara su perorata la despediría firmándole un cheque sin fondos, se dirigiría a la puerta principal y reuniría a los empleados para explicarles que todo se había acabado, dando así cerrojazo a toda una existencia dedicada a la fábrica.
Era mejor así, mejor olvidar, ya no era igual que cuando empezó, en esa época estaba permitida la maldad injustificada y la gente caminaba siempre a la defensiva por la calle. Entonces era fácil vender discordia. Hoy la gente no necesitaba la ira y el enfrentamiento para sentirse vivo. Su tiempo había acabado.
Firmó el cheque y se lo extendió a la señora. Se pellizcó la punta del bigote apretándola y girándola para que no se le deshiciera, dibujó en su rostro los restos de lo que fue una sonrisa de hiena y señaló la puerta con un gesto amable mientras decía: “no se moleste, no hace falta que nos devuelva el producto, puede hacer con él lo que quiera”.

Aun hoy pueden verse por la calle los excedentes de producción de esa fábrica. Nos los topamos en las colas de los supermercados, en nuestros idílicos paseos de domingo, en el bar mientras cenamos una tapa de carne con tomate. Cuando topo con uno de ellos inténto no prestarles mucha antención, no tienen la culpa, fueron construidos para eso. Al fin y al cabo son productos defectuosos.

viernes, 9 de mayo de 2008

Aprender a ver excepciones que no confirman ninguna regla

La mayoría de los días me encuentro destripado en la cama a las doce y pocos minutos de la noche. No logro sobrevivirme.

A veces, algunos días, por la mañana, recién levantado, aun con las legañas agarradas a los lacrimales, con las ojeras sin desmaquillar, con los viscosos hilos de sueño aun tensos y tirando de mi hacia el colchón, sólo a veces, en realidad más de lo que mi pesimismo crónico me permite reconocer, siento que el día me dará exactamente las veinticuatro horas prometidas, que no terminará tras el portazo y el maullido de despedida del gato.

A veces, algunos días, me acuerdo de coger las gafas de submarinismo y el tubo para respirar. Con ellos salgo a la calle y puedo ver claras las caras de los ahogados, los soplidos de rutina chocando contra los cristales. Esos días puedo respirar porque el tubo rompe la superficie de lo evidente.

A veces, algunos días, al meter la mano en el bolso para sacar el dinero y pagar el café cortado con leche fría y un sobre vertido a medias que tomo al ritmo que marcan las conversaciones que a mi alrededor se desdibujan, encuentro un libro. Lo toco para asegurarme del milagro, como la abuela de Pedro tocaba la cara de Heidi, con avidez, me como la pasta con los dedos. Salivo pensando en los veinte minutos de lectura en el autobús camino de casa. Lo que no ha conseguido la tostada lo consigue la anticipación de un poema gastado de tanto mordisco de párpado.

Supongo que no es más que una cuestión de perseverancia o quizás de concentración. A lo mejor influye la actitud y seguro que la motivación tiene algo que ver. Sea como sea, hoy es muy posible que cuando me vaya a dormir me encuentre en la cama vivito y coleando.

Dedicado a los que buscan en el presente.

sábado, 3 de mayo de 2008

El tiempo de los caracoles.

Hoy, desayunando con T. he experimentado sentimientos que creía perdidos. Porque como persona tiendo a olvidar y a centrarme demasiado en el momento actual. Una virtud, podrán decir algunos, pero para mi es más un peligro constante que he de sortear. Porque, ¿qué tiene de bueno olvidar las satisfacciones que un día me hicieron feliz? También olvidas los malos momentos, argumentarán algunos, pero es que esos son como las malas hierbas que cuando las arrancas y te das la vuelta ya han crecido otras nuevas. Así que entre bocado y bocado de mi mollete con mantequilla y jamón york se me han echado encima un montón de recuerdos. Ha bastado con traer unas palabras a la memoria: “es tiempo de caracoles”. Palabras que ya no sé si pronunció la gitana que monta un puesto en la esquina del mercado mientras movía los montones de caracoles en el cajón de plásticos. Los removía y los hacía sonar como las olas cuando golpean en la arena de una playa de guijarros. Como si la gitana fuera a sacar un habano en cualquier momento y ponerse a tocar las maracas, como los dados en el interior del puño cerrado agitando la suerte. Ese sonido ha sido el detonante de todo.
Siempre que topo con mis recuerdos no puedo más que retrotraerme a una época feliz de mi vida, esa infancia perdida y que añoraré siempre. Cuando era niño le preguntaba a mi padre mientras sorbía los marrones cuerpos gelatinosos si la salsa tan especiada no le picaba en los ojos a los caracolitos. Mi padre me miraba extrañado y con cara circunspecta, quizás ya intuía —temía— cómo le iba a salir el niño: rarito, contestón, soñador, algo autista según después corroboraron sus hermanas en una cena de navidad creyendo que yo no las escuchaba porque estaba con las primas en el cuarto ayudándolas a vestirse para irse a esos cotillones que a mi me parecían el colmo de la adultez y la sofisticación. Pero yo estaba en tirado en el suelo, tumbado en el pasillo, asomando apenas los ojillos por el quicio de la puerta, escuchando lo que los mayores decían, sus conversaciones sobre dinero, observando sus malas caras, deleitándome con el humo que flotaba por el salón, oliendo un aroma dulzón que hoy sé pertenecía a las copas de ron. En fin, recuerdos que uno cree sepultados en lo más perdido del cerebro y que resulta que hoy, cuando peor me funciona la cabeza por estar exhausto y resacoso después de una noche jugando a ver quién bebe más cerveza, ese peligroso juego en el que siempre acabas perdiendo y con ganas de salirte del cuerpo que tu mismo te has encargado de convertir en un vertedero, precisamente hoy que creía tener los sesos licuados acuden a mi y me dejan algo extrañado, inerme, con la boca abierta y la expresión de un catatónico porque no sé como comportarme ni como asumir el hecho de que, sea por lo que sea, en la época a la que pertenecen las imágenes que me asaltan yo era más feliz. Recuerdos relacionados con los caracoles y la gitana que los agita en el cajón de plástico, haciéndolos sonar como si fueran bolas de la lotería de navidad. “que cuernos tengo oiga” y yo la miraba y no le veía astas por ningún lado, y es que me cuesta salir de las regresiones que el alcohol acumulado me provoca, me cuesta volver a la fase de las operaciones abstractas piagetianas. Vamos, que ahora mismo me escondes una pelotita debajo de un trapo y me preguntas donde está y seguro que no soy capaz de responder. Magia, seguro que es magia, sería mi mejor opción.
Porque regresión es un término que si lo piensas bien y lo pelas, sí le quitas esa fea cáscara de desprecio y estigmatización que hemos decidido ponerle en uno de esos extraños giros de lenguaje que visten de cualquier forma una palabra antes de dejarla desnuda, porque el lenguaje es tradicional y no está a favor del nudismo semántico y toda palabra a de tener su significado para que nadie tenga que tomarse el trabajo de asignárselo. A lo que iba, sí obviamos la connotación negativa de la palabra regresión nos encontramos con que supone sólo un término para denominar un regreso. Regresar a dónde, porque no todos las vueltas fueron agradables, mira como venían arruinados de cuba los hermanos de mi abuela Teresa. Regresar a un lugar cálido, a un sitio donde sufrir significa no querer comer puré de verduras, donde los días son largos y las bombillas sustituyen a la perfección al sol si afuera llueve. Regresar a cuando era niño y mis primas se peinaban y se vestían igual que en las fiestas que daban en el trasatlántico de vacaciones en el mar y yo leía libros de detectives de Barco de Vapor y la resaca era algo que mamá reprochaba a papá mientras este sorbía la sopa el domingo en la mesa y yo subía el volumen de la televisión para no oírlos. Regresar a los pantalones de chándal apretados en los muslos de mis compañeros con esos paquetes incipientes, a las cochinillas en los huecos de los ladrillos del gimnasio, a los veranos entre pinos y culebras poniendo garrafas al sol para poder darte una ducha caliente antes de irte dormir siempre más tarde que los mayores.
En fin que cuando bebo me hago pequeño, me ovillo en el sofá y me dejo llevar por la melancolía. Cuando se me pasa y mi cuerpo recupera el equilibrio interno me levanto con una sonrisa amplia y todo por una frase que pronunció una gitana mientras movía los caracoles en un cajón de plástico y los hacía sonar como cuando tiramos a la basura las cáscaras de los pistachos que nos comimos viendo la película. “mire que cuernos señora”, y voy entendiendo a que se refiere, voy entrando en mi cuerpo de nuevo, me hago adulto, me levanto y me crujen las rodillas, suspiro resignado y me dirijo a la cocina rascándome las paletillas con las dos manos cruzadas enfrente del pecho para llegar a las dos a la vez, abro el frigorífico y me agacho, me quedo así unos segundos refrescándome, después cojo la verdura y las fresas, el cuchillo marca el pistoletazo de salida, ya estoy de nuevo aquí y ahora, ya soy ese hombre analítico que necesita estructurar sus horas, enciendo el fogón más grande y pongo agua a calentar, un pellizco de sal, corto en dos mitades la cebolla, me estiro, y comienzo a picarla todo lo fina que puedo.
Cuando me siente en el sofá a comer ya no quedará apenas nada de mi viaje al pasado, en la esquina del mercado un par de caracoles habrán logrado escapar y yo seré el mismo hombre preocupado y soñador de siempre, al menos hasta que vuelva a excederme con las cervezas.