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jueves, 19 de junio de 2008

Más rápido que el ojo

“¿Dónde, dónde estaban los perros del verano que habían saltado como los delfines en las mareas del trigo, que el viento trenzaba y destrenzaba”

Esto es sólo un pequeño ejemplo tomado al azar entre las muchas, infinitas citas que tengo subrayadas en los libros de Ray Bradbury. Esta pertenece al que quizás más me guste, a la obra que mejor refleja la melancolía de una época: la infancia. Ninguna novela que haya leído con posterioridad ha conseguido reflejar también ese paraíso perdido que es nuestra niñez. Se titula El Vino del Estío.

Una cita aislada y sin apenas significado por si misma pero que para mi encierra mucho de lo que es este autor. Mucho de su entusiasmo por escribir, de su prosa siempre rozando la poesía a pesar de ser uno de los más reputados escritores de literatura fantástica, mucho de la luminosidad que tienen sus libros en los que alumbra con suavidad cualquier tema que toca, convirtiéndolo casi siempre en algo digno de ser no solo leído, sino degustado, como el vino del título que acabo de mencionar. Chasqueo la lengua contra el paladar y continúo.


Hoy que he terminado de leer una de sus últimas obras me apetecía colgar algo en referencia a este hombre que ha significado tanto para mí. Y es que sus textos han sido cruciales para que yo desarrolle este amor por la literatura, esta adicción que no siempre me aporta satisfacción pero sin la que no podría vivir. Aun recuerdo la sensación que me dejó la lectura de Fahrenheit 451, ese desasosiego que perduró durante meses al tener que enfrentarme a la idea de que nuestras vidas no nos pertenecen, de que la dinámica de la existencia es justo al contrario de cómo nos la enseñan: no se trata de conservar algo que nos fue entregado al nacer sino de recuperar lo que nunca fue nuestro, de desarrollar el coraje para escuchar la voz interior que te dice bien a las claras que algo no funciona a tu alrededor, que las pirañas no están en el Amazonas sino que zumban a tu alrededor constantemente a pesar de que no puedas verlas, te acosan y te muerden, te arrancan pedazos de lo que eres. Lo sabes, puedes escuchar sus dentelladas y sentir el dolor agudo en tu costado del pedazo que te han arrebatado. Aun recuerdo como me identifiqué hasta casi fundirme con él con el protagonista de la novela, con Guy Montang, como sufría al descubrirlo huyendo de noche, perseguido por las luces de la autoridad represiva, escondiéndose de portal en portal en la ciudad desierta dónde todos mueren por la noche, encontrando en el arroyo de las afueras a otros como él, encontrando su lugar en el mundo. Se me ponen los pelos como escarpias al recordarlo. Al final de la novela (el de la película que hizo Truffaut también es muy bueno), se queda a vivir entre los que son como él, se aparta voluntariamente del mundo y acepta el peligro de ser diferente, valora la posesión de una herramienta que puede resultar peligrosa para el estatus quo del que ha huido y se dispone a cuidar de ese que es su tesoro.
Imaginad por un momento lo que significó para un jovencito de unos veinte años que apenas había vivido, que no se conocía ni se aceptaba, que no había salido de su barrio, que ya empezaba a ver el potencial que tenían los libros para poder evadirse y para poder salir del mundo acotado en el que vivía, el descubrimiento del mensaje oculto en esas páginas: la diferencia es tu mayor fuerza —esa fue la conclusión que saqué entonces—, hay gente que como tú también huye, también busca un sitio mejor. Hoy sé que aunque ese mensaje es del todo cierto está matizado y no es válido un posicionamiento maniqueo en un lado de la realidad, con los años descubrí que ésta es polifacética y comprobé que no servía el discurso de o estás conmigo o estás contra mi que extraje de ese libro. Pero eso fue pasados unos cuantos de años, en su momento las letras de Bradbury me abrieron la mente y sentaron las bases para algo que es fundamental si no se quiere languidecer poco a poco hasta quedarse hueco, me impulsaron a ser un hombre activo, un hombre que busca.

¿Os parece poco?, pues esto es sólo una parte de lo que experimenté con uno de sus libros, en mi biblioteca tengo veinticinco obras suyas que releo constantemente. Es uno de mis imprescindibles. A él acudo cuando quiero sentirme niño otra vez, cuando quiero dejar que la imaginación se desboque, suelo leerlo en Halloween, ahora que esa fiesta nos ha invadido, ya que uno de sus temas persistentes es el influjo de octubre y el verdadero significado de ese día, lo hago para reconciliarme con la sensación de que nos han impuesto esa festividad por razones comerciales, así que cuando veo a la gente disfrazada de brujas por la calle yo cojo uno de sus libros que hablan sobre ese tema, El Árbol de las Brujas, por ejemplo, y me voy al cementerio de mi ciudad para aunar la tradición de aquí con la esencia de la de allí. Acabo perdido en sus letras cuando necesito alimentarme de imágenes bellas, cuando mis metáforas empiezan a flaquear, cuando necesito recuperar el entusiasmo por esto de escribir.

Creo que ha quedado claro que para mi es imprescindible y espero que el tono entusiasta, que casi ha convertido este texto en una arenga, no os haga retroceder ante la literatura de este hombre. Espero haber despertado un poco vuestra curiosidad si es que no sois ya conocedores y admiradores de Bradbury.

Pronto, muy pronto releeré sus Crónicas Marcianas, siempre acabo haciéndolo cuando termino uno de sus libros ya que, en mi humilde opinión, es de las obras más bellas que se ha escrito.

Os dejo con algo del epílogo de la recopilación de relatos que acabo de terminar: Más Rápido que el Ojo (Quicker Than the Eye) Estas cosas las dice un señor que en el año de publicación de este libro tenía setenta y seis años:

“¿Mi último consejo a mí mismo, el niño envejecido, y a ti?

Cuando tu teatro del alba resuene tratando de destaparte la nariz, no pierdas tiempo. Salta. Esas voces pueden desaparecer antes de que te despabiles en la ducha.
La velocidad lo es todo. La carrera a ciento cincuenta kilómetros por hora hasta la máquina de escribir es un remedio seguro para la vida desenfrenada y para la muerte muy real.
Apresúrate a vivir.
Sí, por Dios.
Vive. Y escribe. Con gran prisa”.

Imaginación desbocada

viernes, 6 de junio de 2008

Lo leve, si bueno...

Hasta los temas más trascendentales pasan hoy sin pena ni gloria por esta mente derretida. Inservible.

No quiero zambullirme de cabeza en el agua, no quiero que el cuchillo pele la manzana, no quiero que la expedición que el gobierno de Perú va a organizar para estudiar a ese grupo de indígenas hasta hoy desconocido llegue a buen puerto.
No es que le desee el mal a nadie pero ojalá que se desorienten en la selva y no encuentren lo que van buscando, ojalá tengan que volver a casa con el rabo entre las piernas (¿no hay ninguna película gay que se titule así? Me extraña, es tan evidente).

Hasta el drama más profundo pasa desapercibido para mí. También las alegrías. Es como si tuviera los sentidos funcionando a medio gas. Como si los ojos tuvieran suficiente con mantenerse abiertos y las manos no quisieran más que yacer, colgar de las muñecas como lechugas mustias, como si los oídos se hubieran rendido y ya sólo captaran chirridos y pitidos en lugar de palabras.

Me niego a tratar temas como el saldo de la cuenta bancaria, la maquiavélica fórmula que adoptará el gobierno para repartirnos en la nómina cuatrocientos cochinos euros. ¿Un lunes, que cojones es eso? Mañana pienso ponerme pantalones cortos y salir a que el sol me achicharre. Nada de qué será de mí dentro de unos años, nada de estrategias para la felicidad, nada de desviar la atención hacia las vidas y los problemas de los demás para evitar tener que enfrentarme con la incompetencia que demuestro al encarar los propios.
Sólo existe el más cruel y desnudo presente. Me quedo embobado mirando el pez de colores que hay en el alfeizar de la ventana de mi bar favorito, me quedo ensimismado acariciando las hojas flexibles del ficus de mi salón. Le pregunto al gato si el sitio que hay junto a él frente al tambor de la lavadora está libre. No me dice nada y yo lo interpreto como una invitación a sentarme a ver el espectáculo.

Me niego ha hacer nada que no me asemeje con una planta. Si me muevo será porque alguien me ha dejado en un carrito de supermercado en lo más alto de una calle empinada. Que bien se duerme en los carros de la compra, que bien se duerme de pie en la postura del flamenco, que bien se duerme después de haber vaciado al cabeza de serrín. Así que mi plan para los próximos dos días consiste en convertirme en el primer ser humano que hace la fotosíntesis, me regaré bien esta noche con caldos de la tierra para tener aun menos ganas de moverme mañana.

Hasta la más mínima alusión al hecho de moverse será considerada herejía. Cualquiera que ose interrumpir mi paz recibirá mi más furibunda mirada. No pienso mover un dedo que la venganza implica mucha actividad, con una mirada bastará.

Aspiro a quedarme aquí, instalado en este especie de olvido, en esta amnesia de lo que hice, en esta apatía por lo que haré. Casi puedo sentir el tacto áspero de la roca del muelle en mi trasero, el sol calentándome, las páginas del libro reflejando la luz de verano que ya está aquí, deslumbrándome. Algunos versos despreocupados, la mirada horizontal del que descansa en el sofá, algo de sexo viscoso, uno de esos polvos lentos, acometidos con desdén, como si pensaras oye qué hacemos, pues vamos a follar ¿no?
Me siento incapaz de pronunciar más de una docena de palabras en todo el fin de semana, incapaz de borrar esta sonrisa estúpida de mi cara, de dejar de escribir a mano con ese pilot de punta fina que se desliza tan bien por el grueso papel de la libreta.

Hasta la más mínima referencia a lo grave, lo pesado, lo trascendente, podría acabar conmigo ahora. Palabras como Nietzsche, toxoplamosis, Punset, teoría, paradigma o método, pueden provocarme un shock anafiláctico y dejarme postrado en la cama para siempre.

Soy el primer hombre que respira dióxido de carbono y exhala oxigeno, podéis verme con la boca muy abierta detrás de los coches parados en los semáforos, alimentándome. Soy un ser incapaz de recordar las calles por las que ha pasado para llegar a este recoveco del calendario.

Se me ha roto la curiosidad, se ha hecho añicos al estrellarse con mi cansancio, con mi enfado vital. Ahora jugueteo con los trozos esparcidos por el suelo, con el índice los remuevo y pienso en lo extraño que resulta jugar con algo que se supone era de vital importancia en mi existencia.

En este cuento el gato mató a la curiosidad, se atusó los bigotes, se lamió las patas, bostezó y se echó a dormir una larga siesta.