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domingo, 31 de agosto de 2008

El optimista.

Una mañana se levantó de la cama y bostezó a dúo con el gato, los jueces se rindieron a sus pies, “jamás se vio tal compenetración a la hora de afrontar un nuevo día entre dos especies distintas” declaró el juez indio sentado sobre su colchón de clavos .
Misteriosamente el café ya humeaba en la cocina e incluso podía olerse la mantequilla derretida sobre el pan que en voz baja discutía consigo misma para ver que quería ponerse esa mañana. “mermelada, jamón, jamón york, mermelada, jamón, jamón york, mermelada jamón, jamón york”. Iba a ser un día sencillo a pesar de las nubes que cubrían el cielo y cerraban por el único sitio posible la salida de ese mundo compuesto por una calle estrecha del centro que desembocaba en otra algo menos estrecha. Hoy no parecía opresivo el horizonte de balcones y ventanas que permanecían cerradas por ser domingo.
Devoró su tostada de dos mordiscos y con el café se asomó al balcón, era el primer día fresco en meses, se acercaba el otoño, se lo decían sus plantas que como cada vez que se asomaba aprovechaban para presentarle, con esa sutileza educada que solo las plantas poseen, sus exigencias para el resto de la semana. Hoy estaban felices, suspiraban aliviadas y preguntaban por como habían pasado el verano las del balcón de al lado. “bien, lo han pasado bien, han sobrevivido que ya es bastante”.
Le gustaba cuando el día le despertaba siendo él, cuando no se quedaba en la cama, entre las sábanas mientras veía a su cuerpo alejarse y desaparecer bajo el dintel del dormitorio. Prefería la conjunción de cuerpo y mente, sentir que sus piernas le respondían, que daba una orden, “al servicio, please, ladies” y que ellas, livianas y predispuestas le respondían con alegría y le llevaban al aseo para que pudiera darse una ducha con agua tibia mientras en la radio con forma de bote de champú anticaspa una islandesa bajita, tan bajita que seguramente hubiera cabido en la radio y en el bote que esta imitaba (de hecho es probable que estuviera dentro y que lo que no cupiera fuera su voz, una voz potente y extraña, parecida a un grito), cantaba en ingles y hablaba de corazones rotos cuyo pasado ni el mejor de los arqueólogos, uno de esos que ya de pequeños demostraban su talento arreglando con pegamento de contacto los jarrones que previamente habían destrozado, podría reconstruir. El agua se llevaba la suciedad y los recuerdos del sábado, todo lo accesorio, todo lo que no había sido digerido. Por el desagüe desaparecieron trozos añejos de ansiedad, páginas garabateadas con versos estúpidos, dientes desgastados de tanto rechinar. Permanecieron, las historias fértiles como úteros abonados para que dos personajes aun sin nombre se agarraran y comenzaran a crecer y a recubrirse de ficción, el saborcillo de la misión cumplida, de que tecleando frente a esta pantalla se está muy bien, un regusto también de buen cine, cine negro y cine romántico, cine de hombres encapuchados y de actrices eternamente jóvenes vagando y corriendo alocadas por la campiña francesa rumbo al mediterráneo.
Limpio, con el estómago lleno, con la cabeza ya urdiendo planes para esta tarde, con las ansias de encontrar el más optimista de los pasajes dentro de los poemas de Huidobro, con ganas de comer pescado al horno preparado por mamá, de saber que soy capaz de ser feliz, de intentar ser feliz más tiempo seguido. Esta tarde, de nuevo llena de obligaciones, pero hoy me importa poco, porque resulta que ayer disfruté con ellas. Ahora lo sé, es cuestión de que cada acción que emprendemos tome su lugar, adquiera su significado y sea realizada en el tiempo que le corresponde.
Esta tarde escuchando en mi cabeza canciones que versan sobre esperanza, canciones para enseñar la sonrisa.

lunes, 25 de agosto de 2008

Polillas y bombillas recalentadas

Esta no es más que otra de esas entradas de blog fruto del síndrome postvacacional. Pero me gustaría que el mensaje aquí contenido sonara un poco distinto, por eso, tras darle casi una vuelta al tema, sólo una, ya que no tengo más tiempo que el imprescindible para sentarme y contener mis ganas de darme un atracón de panecillos untados con paté de jamón; por eso he decidido mirar desde otro punto de vista este regreso.
Un punto de vista distinto porque no me siento deprimido (no más de lo normal), ni airado, ni cansado, no tengo dolores de cabeza ni apatía. Las vacaciones no han sido excepcionales sin embargo de ellas ha vuelto otra persona distinta de la que se fue. Puede que sea un encabalgamiento inesperado en mis ciclos de manía-depresión, puede que sea un cambio profundo de mi manera de ver el mundo, puede que sea un cambio brusco de temperatura al abandonar el coche refrigerado a 22º durante 900 kilómetros y 9 horas con 4 paradas, 2 para orinar, 1 para tomar café y 1 para comer.
Ahora veo las cosas con un enfoque apresurado, una energía sin causa aparente, unas ganas inusitadas por buscar belleza y estímulos en cualquier rincón. Me siento como si observara en el zoo a los perrillos de la pradera después de que su cuidador los hubiera intoxicado con cafe. Puro nervio, puras ansias, la calma como un objetivo que la ironía convierte en inalcanzable. Pienso aprovechar este estado.

Pero se me presenta un inconveniente y es que no tengo tiempo y esta vez no es una excusa. He dejado, como buen ser humano las cosas para el último momento, y ahora tengo que terminar en una semana lo que debería haber espaciado en un mes. Pero eso no me va a impedir escribir, no me va a impedir sacar de la olla que ya pita y expulsa vapor las ideas aun crudas pero ya comestibles.
Escribir porque tengo algo que comunicar, escribir como el que se purga con sanguijuelas de la sangre corrompida, como el que vomita después de un exceso de realidad. Porque no pienso dejar que esta criatura se me muera entre las manos. Ahora la veo temblar y le hablo, le hablo para arroparla y para detener su cuerpo que se sacude y tiembla, tiene frío, pobre criatura. No más muertes, no más entierros prematuros en cajas de zapatos, no más cordones umbilicales que no me unen a nada.
Por eso contesto las llamadas de Goya, del Lobo Estepario y de Lobo Antunes, los sones de Lorca al piano en una reunión en la que Cernuda se aparta hasta casi desaparecer en las sombras. Al Lobo primero le doy las gracias por la polvera que me regaló, esa de espejo límpido y sincero que me habla y me dice que no tenga miedo a los páramos congelados. Al segundo le advierto sobre que ahora soy más fuerte y ya no podrá aplastarme con su rotunda habilidad para crear, con la tristeza de la Lisboa más triste, con la palpable ficción de sus personajes creados para sufrir. A Goya le comento en tono jovial, para no agravar sus penas, que sí, que es su lado alucinado el que más me gusta, que de nada me sirven sus cartones para los tapices del palacio real, aunque ya en ellos se intuía la tormenta que se iba a desatar. Que lo que yo quiero son Caprichos, Disparates y Horrores de las Guerras, que el hecho de que El Perro no acabe de hundirse en esa mancha ocre no hace más que corroborar que se puede permanecer toda una vida angustiado (pero a flote).
Contesto a Machado (Antonio) que me dice que tiene los pies congelados de andar por las pedregosas tierras de Soria, le recomiendo la crema que yo uso para los pasos cansados y le pido consejo. Como siempre se hace el remolón, me da la espalda y desaparece en el bosque (otro lobo y ya van tres).
Por eso no dejo de pensar en lo bien que me quedaría ese collar de ansiolíticos que vi en el escaparate de la farmacia. Me conformaría a pesar de que no parecían vender los pendientes a juego. No dejo de obsesionarme, ahora que vengo del campo, con la fertilidad, con la manera en que los brotes atrevidos apuñalan la tierra desde abajo reclamando el aire que es suyo, y yo en medio del barbecho que se acaba tapándome los oídos para no quedarme sordo con el aluvión de vida que rompe la barrera del sonido, yo en medio del campo en el que Abuela me llevaba a recoger pimientos, subido a la mula espantando con la mano las moscas que ella acababa de espantar con el rabo, pescando con los pantalones remangados en un río sin apenas caudal que me recuerda a los cuatro mechones que a Abuelo le quedaban en la cabeza justo antes de morir. Obsesionado con la fertilidad, con los orígenes, con la vida que se explica a si misma. Partiendo de ese principio redescubierto, afronto con fuerzas renovadas la crisis del ladrillo de humo, de los edificios sustentados sobre terreno inestable, casas en las que jamás vivirá nadie, casas a las que se va de visita para cenar solo en una mesa enorme vestida con vajilla de plata con una fuente tapada en el medio que jamás nos atrevemos a descubrir. La crisis de saberse múltiple y cambiante, de saberse hombre con límites pero con una necesidad ineludible de horizonte.


Por eso temo que se me gaste la batería ahora que sé que ninguno de los orificios de mi cuerpo sirve para conectar el cargador. Gracias a la película Matrix y a algunos acontecimientos más mundanos he descubierto que soy material de usar y tirar, que el tiempo, corra en la dirección que corra, se nos gasta y que hay que esforzarse por llenarlo de acontecimientos que tengan sentido y que nos aporten satisfacción.

sábado, 9 de agosto de 2008

El cuento de la buena pipa

Solemos, al menos yo suelo, y me consuela pensar que a todos los que me rodean les sucede lo mismo, soy un poco mezquino, que le vamos a hacer, solemos, decía, quedarnos tras el parapeto de nuestro miedo a ser, a regirnos por nuestras propias reglas. Eso nos lleva a encerrarnos en nuestras fortalezas, nos impide mostrar todo lo que sabemos hacer, todo lo que somos, esa esencia que todos guardamos y que nos hace únicos. Escondemos ese olor, sabor, fulgor, capaz de convertirnos en seres singulares, en los brillantes protagonistas de una historia que se va escribiendo a medida que avanzamos calle abajo hacia el bar para tomarnos una copa y hablar con nuestros conocidos, colgados como arañas, de esos hilos sutiles que nos conectan.

Preferimos plegarnos a las exigencias de la vida en sociedad. Así vamos construyendo, desde bien pequeños, un personaje. Lo vamos haciendo observando las referencias que la cultura en la que nacemos y de la que comemos y respiramos nos aporta; lo hacemos imitando modelos, copiando gestos y expresiones, posturas y actitudes, de las personas que nos rodean, esas que previamente pasaron por el mismo proceso y que ya tienen bien construido su personaje, bien pulido, tamizado, bien ajustado a lo que se exige.
No me voy a poner a defender una revolución imposible, un mundo en el que todos hagan lo que les de la real gana sin pensar en la gente que les rodea. Entiendo que para vivir junto a otras personas es necesario volverse liso, llano, accesible. Entiendo que es necesario ese personaje. Lo que no entiendo es que la construcción del mismo se lleve hasta el extremo de olvidar las particularidades que cada uno guardamos dentro. No entiendo ese mecanismo por el que el personaje devora al actor. Cuando ese proceso se produce muere la originalidad, la inteligencia, la belleza que puede llegar a albergar toda persona.

Es probable que exagere, eso me lo tenéis que decir los que leáis esta breve reflexión, pero yo observo que ese mecanismo necesario para vivir todos juntos sin sacarnos los ojos, esa igualación entre los hombres que nos hace la sociedad más sencilla, más inteligible, más soportable, a veces juega en nuestra contra pues acabamos olvidándonos de lo que nos hace únicos, de las cualidades que nos separan, nos individualizan y nos hacen especiales.
Algunos las han desterrado de su mente y no son más que odres de vino vacíos, exprimidos; otros viven en perpetua lucha entre lo correcto y lo deseado, ellos son calificados de neuróticos; algunos son todo individualidad, los locos; y también hay unos pocos que saben guardar un perfecto equilibrio entre lo que son y lo que se les exige ser.

Yo soy tengo el carné del club de los neuróticos y disfruto mucho acechando a mis congéneres en la calle para sorprenderlos cuando se olvidan del personaje y dejan salir al actor.

Termino aquí esta historia reflexiva que versa sobre capas, sobre hombres capaces de percibir una cuarta dimensión, sobre la insatisfacción como paisaje habitual, sobre la búsqueda de la perdiz sin perros para olfatearla.

Termino esta historia repetida hasta la saciedad, este cuento de la buena pipa.

sábado, 2 de agosto de 2008

El Baron Ashler o la eterna historia de Jekyll puteando a Hyde


Deja de dar la espalda a lo evidente. Conviertes los gritos y la sangre en vagos indicios, pistas que son más fáciles de ignorar para ese Sherlock cobarde al que escuchas demasiado. Tapas con tus explicaciones lo que no necesita ser explicado. Lo tienes ahí delante, palpitando, latiendo, aullando, reventando de rabia.

Deja de actuar como un enterrador incompetente que no diferencia vivos y muertos. Deja de arrojar paletadas de palabras desgastadas que ya nada significan sobre los brotes incipientes de futuro que luchan por salir adelante desde tus manos, desde tus libros y tus papeles revueltos en ese escritorio que te empeñas en ignorar cuando regresas a casa cada día después de trabajar.

Ahora escúchame a mí. Soy tu verdadera voz. No veas en este tono dictatorial un afán por conquistarte o someterte. No es eso lo que me mueve. Estas débil, lo noto en tu forma de arrastrar los pies cuando te levantas por la mañana, muy débil. Vengo a despertarte, a deshacer esta mentira, a atarte las manos a la espalda para que veas como se amplían las grietas de tu realidad sin que puedas taparlas con tópicos sacados de tu despensa de miedo fermentado.

Cuando dejes de removerte, cuando te calmes, cuando abras los ojos, verás que detrás de ese muro que se derrumba no hay más que futuro y luz. Espacio por llenar. Vengo pues para curarte, con un método un poco drástico, este horror vacui que se ha instalado en tu razonamiento después de deslizarte demasiados años calendario abajo hacia las fauces del conformismo.

Escúchame. Abre los ojos. Soy tu aunque te empeñes en ignorarme.