Etiquetas

Acercamientos Adivinanzas adolescencia Afuera Alejamientos Amigos Amorios Ansiedad Antropología personal Ausencia Autores Bares Barrio Barroco Bradbury Buzón Cabra calendario Calles Calma Camas cambio Canis Cansancio Casa Cerveza Ciclotimia Ciudadano Comistrajos Conjuntos Córdoba Cuento Curro Depresion Despedida Diccionario del diablo Diverso Ducha Dudar e-book Ego Entusiasmo Escritura automática Esperas Espiral Literaria Esponjoso Esvivir Excusas Experimentos con gaseosa Familia Fascinación Ficción en primera persona Fiebre Filosofía mañanera Filosofía mañanera por la noche Filosofía mañanera por la tarde Folk Folletín Fútbol Galgos Gato Gazpacho Gorrión Granada Gustos y costumbres Hablar Hombre Bala Hombres (tipos) Hormigas Idolatría Improvisación Inercia Infancia Insectos Insomnio Internet invisible Juventud divino... Lecturas Leer Lenguaje Lento Libertad Librerías Lisboa Luna Luz Macetas Mamá Mañana Mariachi Medicos Micro Miedo Miedos Mientras Moral Morbillo Mudanza Muerte Mujeres Mujeres (tipos) Música Nada Navidad Neurosis Niñohombre Niños Noche Novela Novela Negra Opino Optimismo Orden Ozú como estamos (autoterapia) País Palabras Papá Paraísos Pasión Películas Pereza Pino Plantado Playa Poesía Política Portugal Publicidad Qué jartito estoy queja Quemar Realidad Refranes Religión Reseñas ruido Sacar Semana Santa Señales Sevilla Shorradas variadas Soledad Sosialrelachionchips Soy Turista Sueño Sustituir SyE Tacones Tanatorio Tarde Tatuaje Tiempo Tópicos en gral. Tópicos Veraniegos Torre de Arena Tostadora Vacaciones Venganza viajes Vicios y malas costumbres Vino Virtudes Volver Yamadao

sábado, 20 de septiembre de 2008

De izquierda a derecha

Sábado veinte de Septiembre. El verano se demora. Vuelvo de la calle de tomar mi desayuno habitual, comprar el periódico y husmear un poco en un par de librerías de las que me he traído un ejemplar de Eluard.

…El río que tengo bajo la lengua
El agua que no se imagina, mi barquito,
Y, las cortinas bajadas, hablamos…


Saco todos mis libros de poesía del anaquel en el que suelen estar. Me quedo embobado frente a la balda vacía, arriba ciencia ficción mezclada con algunos inclasificables. Abajo libros de bolsillo, casi todo Cortázar. Clavado, sentado en el reposabrazos del sillón rojo donde el gato se afila las uñas. Me agacho a recoger un trozo de goma espuma que está a mis pies, lo aprieto entre el índice y el pulgar, lo giro. Estornudo y es como si volviera a la vida, me levanto lento y me dirijo arrastrando los pies al escritorio en el que he puesto todos libros desalojados. Nada más sentarme desaparezco. De golpe no soy más que un hombre que lee. Voy abriendo uno a uno los libros, leyendo notas al margen y dedicatorias, leyendo versos sueltos. En mi cabeza aparece nítida la imagen de una batidora. Voy arrancando páginas con parsimonia, unas cuantas de cada volumen. Las introduzco en el recipiente y pulso el botón que pone en marcha las cuchillas. Un ruido atronador lo invade todo.

Cernuda, Auster, Lope, Quevedo, Rodríguez, Colinas, Whitman, Machado, Jiménez, Gelman, Cunqueiro, Panero, Pizarnik, Rimbaud, García Lorca, Castaño, Shakespeare, Bécquer, Baudelaire, Hernandez, Benedetti, Neruda, Gallego, Cendrars, Salinas, Gonzalez, Altolaguirre, Gil de Biedma, Larrea, Huidobro, Aleixandre…y todos los huecos por ocupar que ya están reservados. Nichos para los alegres muertos que vienen a abonar este rosal tímido que ha enraizado en mi pecho.

Desaparezco. La tarde densa como la cola que de pequeño usaba en el colegio para mis manualidades. Para el estruendo y suena un pitido breve de horno que ha terminado su trabajo. Mis dedos se acercan al resultado como una camada de perros sedientos, se lo beben. Zumo de sabor amargo que baja afilado por el esófago y que al caer al estómago como una explosión me hace doblarme de dolor, que gran dolor, tan necesario, tan difícil, tan extraño. El rosal de mi pecho sonríe, se afila las espinas e imagina las más bella de todas las rosas, una rosa que nacerá gracias a ese dolor que abona mis zancadas de siete lenguas.

Eluard me dice:

…En todas las camas en las que se duerme
El cielo dormita bajo todos los cuerpos…

Y yo pienso en como me sentía cuando pescaba patitos de goma con una caña en la feria y les miraba la tripa para ver que número ocultaban y como ese número me llevaba a un regalo. Entonces era demasiado adulto y quería el premio. Hoy soy demasiado niño y quiero el cielo o al menos la posibilidad de ilusionarme buscándolo debajo de la alfombra de tu cuerpo, del olor que dejas cuando te vas, de las palabras que olvidaste en los lóbulos de mis orejas y que ahora ascienden para dormir resguardadas en mis oídos.

Me conformo con sentir la yaga abierta palpitando y mis dedos clavados en ella. Con recordar que las puertas no son más que bocas que bostezan una promesa.

De repente caigo en la cuenta de que son mis manos las que escriben. Despierto. Tengo tres películas que acabo de alquilar. Veré la más irrelevante y me concentraré en el agradecimiento de mi cuerpo cansado cuando me tumbe en el sofá a esperar que me alcance el sueño.

Cuando abra los ojos y la película ya haya terminado devolveré los libros a su estantería porque ya habrán cumplido su misión, me lavaré la cara y miraré en el espejo como las gotas de agua van dibujando mi nuevo rostro. Apareceré de repente para seguir viviendo, para alcanzar el domingo 21, pronóstico nublado con lluvias más que probables.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Gin Tonic

No es necesario un conjuro arcano, ni una oxidada llave para hacer que cambie el mundo o para abrir el herrumbroso cofre en el que guardamos nuestros recuerdos de la infancia.

Basta con un gin tonic preparado después de sudar la gota gorda en la cocina para improvisar un cous cous con todas las verduras que ya empezaban a estropearse. Beefeater, que viene a ser el punto intermedio entre Bombay Shapphire y Larios, con moderación que no quiero taladrarme el maltrecho estómago, tónica de marca la paloma como signo de que yo también he caído en el juego del miedo provocado por esta película de suspense que se ha dado en llamar crisis, dos rodajas de limón ligeramente exprimidas, mucho hielo y al escritorio a escuchar el tintineo que provocan al alzar el vaso para llevármelo a los labios. El primer trago cae a plomo, golpea con violencia como si estuviera hueco y me hubiera tragado un ladrillo que choca directamente con lo que viene a ser la parte interna de mi entrepierna. Pero los placeres siempre se hacen esperar, así que consulto el correo electrónico, mientras que deshecho la idea de mi oquedad y reúno valor para un segundo trago.


No es necesario un conjuro, es suficiente con perseverar en el gin tonic preparado para hacer más evidente la soledad de esta tarde bochornosa de fin de verano en la que las cuatro gotas que han caído afean tanto la ciudad que no merece la pena asomarse al balcón para ver semejante insulto. No quiero llaves para abrir puertas que hace tiempo debí haber tapiado. Yo creía que eso de tomar una copa al llegar a casa después del trabajo era un recurso literario, que no surtía efecto alguno ni tenía utilidad aparente. Pero de repente hoy, quijotescamente intoxicado, he sustituido los caballeros andantes por los trabajadores estresados que salen en las novelas que leo y en una dislocación de la realidad he decidido imitarlos y beber a solas en casa después del trabajo.

Sorpresa de las sorpresas. Tengo sonrisa de tonto, estoy tranquilo y con ganas de escribir, no me parece que mis dudas y problemas sean de especial relevancia, me sonrío cuando pienso que ayer a estas horas tenía unas ganas locas de llorar.

¡Ah, si todo se pudiera explicar por la aparición en escena de un simple gin tonic!

martes, 16 de septiembre de 2008

Realismo Sucio

Estaba frente al ordenador, recopilando muchos de los textos que he escrito desde principios de año a esta parte en un intento que creo que no va a ser muy productivo de dar coherencia a mis vivencias a través de su reflejo en lo que voy escribiendo.

De repente me han entrado unas ganas incontenibles de actualizar el blog. Como cuando estás en un paraje solitario en el que sabes que hay eco y no puedes contener el grito ni la sonrisa provocada por la más que esperada respuesta de tu voz rebotando en la inmensidad del paisaje. He sentido como si hubiera permanecido demasiado tiempo callado sin escuchar el eco, demasiado tiempo sin verbalizar todo lo que pasa por dentro de esta mente, que cada día me intriga un poco más a medida que voy venciendo la angustia que provoca la falta de entendimiento respecto a sus directrices a la hora de manejar las ideas.

Tengo que escribir algo, algo que no sea demasiado personal para resultar críptico e ininteligible pero que a la vez tenga el suficiente grado de profundidad como para no resultar una aportación estúpida. Pero qué, sobre qué puedo escribir. Últimamente mis reflexiones han sido tan auto referenciales que ahora me cuesta romper el círculo vicioso y hacer que la bulímica pescadilla deje de devorar su cola para después vomitarla en forma de extraño mensaje cifrado. Necesito claridad, necesito conectar con la gente que me lee, necesito saber (confirmar más bien) que tengo los mismos mecanismos que producen los mismos resultados y que uso los mismos materiales que el resto de los mortales. La simple duda ofende en este caso, cómo me puedo creer tan especial como para ser el único ser sobre la tierra que siente lo que siente.

Vueltas y más vueltas. Ningún tema en el horizonte sobre el que poder escribir. El reloj que marca la hora en la que un disparo a bocajarro de somnolencia suele invadirme. Hoy no, me resisto, hoy no voy a ir a la nevera a coger cualquier pieza de fruta y a tumbarme en el sofá a comérmela mientras paso por enésima vez algún pasaje de película significativa para mi imaginario personal. Hoy tengo que escribir. Pero sobre qué. Me siento la persona más gris y estúpida del planeta. Un hombre insulso y desdibujado que hace esfuerzos infructuosos por crear algo, lo que sea.

Joder, no puedo romper esta dinámica de silencio. No puedo hacer que las palabras contenidas en mi mente suenen distintas a un mensaje transmitido en código Morse o se refieran más que a mundos aun por crear, a cosmogonías aun por inventar.

De repente, ¡coño! Contención. Las palabras contenidas. Las palabras atrapadas. Las palabras que por si mismas encierran toda la potencialidad de expresión posible. Una asociación empieza a nacer, una que permitirá dar un giro positivo al pesimismo que hasta ahora me hacía mirar este periodo introspectivo que atravieso como tiempo árido e improductivo. Pero resulta que lo que me pasa es que estoy contenido, atemperado, lacónico. Ahora sólo tengo que aprender a usar esa contención, a dejar que el verdadero significado emocional de lo que escribo se deslice subrepticiamente entre frases aparentemente neutras. Aprender a escribir como lo hacían esos autores Norteamericanos que se encuadraron dentro del “Realismo Sucio”. No es que ahora vaya a dejar todos los finales abiertos como lo hacía Carver, o vaya a hablar exclusivamente de sexo, borracheras y apuestas en las carreras de caballos como Bukowski. No es que vaya a copiarlos sino que voy a sacar algo que me sea útil de su manera de escribir. La contención, tan típica por otra parte de la literatura Estadounidense en general, en estos y otros autores afines se convierte en marca de la casa, en piedra angular de su estilo. Yo voy a hacer lo mismo. Voy a hacer que de una conversación trivial sobre temas en apariencia sin importancia se oculte la verdad más ominosa y trascendental para el hombre, a conseguir que en la descripción de cómo una joven ama de casa riega las plantas de su vecina ausente se pueda entrever toda la gama de los deseos universales del hombre.
El que haya leído con frecuencia a autores estadounidenses posteriores a la Generación Perdida sabrá de que hablo. Los ejemplos son muy abundantes. Sin embargo esa contención no casa muy bien con la cultura en la que hemos nacido y en la que nos desarrollamos. Pero para mi es todo un arte, una habilidad que convierte al que sabe dominarla en un verdadero genio, una forma de doble escritura en la que el significado trasciende con mucho un significante en apariencia insulso.

Pienso escribir mi Bullet Park a la española. Pero también pienso aplicar el estilo del Realismo Sucio a mi vida diaria, así acumularé menos frustración al no poder expresarme ya que, de tapadillo, estaré diciendo siempre más de lo que quiero decir.