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miércoles, 22 de octubre de 2008

La niña y la cueva.

— ¡No entres, no entres ahí!

Pero la niña ni siquiera miró atrás. Quizás influenciada por las historias que le contaba su padre sobre las personas cobardes que no llegan a ningún sitio. Su padre que siempre había confundido valor con temeridad, sensatez con cobardía. Entró en la cueva con esos pasos suyos que más parecían el repicar de las primeras gotas de agua de una tormenta que las pisadas de una niña pequeña. Entró sin dudarlo. La negrura se la tragó enseguida, la absorbió. Su padre ni siquiera se acercó para evitar que se aventurara en esa cueva maldita. No se atrevió, el padre que inculcaba valentía a su hija, no pudo impedirle entrar, no quiso evitar su desaparición.


Vinieron los servicios de emergencia. No encontraron nada. Todos se sorprendieron por la actitud pasiva del padre, parecía que no le afectaba nada de lo que acababa de ocurrir.

Pasaron los días estipulados según el procedimiento y como seguía sin haber rastro de ella la dieron por desaparecida, la imaginaron con la cabeza abierta en cualquier recoveco de la roca. Todos se extrañaron de no encontrarla pues a pesar de la fama de esa cueva de la que las viejas decían que estaba maldita había sido explorada sistemáticamente e incluso existían planos detallados de sus pasadizos y simas.

Dejaron de buscarla. Todos la olvidaron. Su padre se convirtió en un ser huraño. Todos lo consideraron normal, la actitud lógica en un padre que había perdido a su única hija. Nadie supo que se volvió una persona arisca al descubrir que era un cobarde, al ponerse en evidencia a si mismo dejando que la niña se introdujera en la cueva sin que el hubiera movido un dedo por impedírselo atenazado por un miedo surgido de las historias de las viejas. Olvidó a la niña pero no consiguió olvidar su cobardía.

Pasaron muchos, muchos años, la ciudad cambió, se transformó en otra ciudad totalmente nueva, nacieron muchos niños, murieron muchos viejos, la gente siguió llorando y riendo, siguió hiriéndose el cuerpo y el espíritu, siguió, todo siguió. Todo cambió menos el odio que sentía el hombre que perdió a su hija. Un odio que lo fue erosionando hasta convertirlo en un recuerdo de si mismo envuelto en piel ajada y ropas sudadas, en una casa avejentada de muebles destartalados, en una ciudad que no le prestaba atención. Todos lo olvidaron, en su caso ni siquiera lo buscaron.

Y pasaron los días, pasaron los años, pasaron las gentes y cuando ya nadie llamaba a la puerta de su casa ruinosa, cuando ya no quedaba nadie que recordara su nombre, el hombre se encontró con su hija en el olvido. Ella había crecido mucho, se había convertido en una mujer hermosa. El no se atrevió a abrazarla, había pasado demasiado tiempo y no podía amarla de nuevo. Ella se decidió a hablar:

— Papá, quiero contarte el secreto de la cueva, quiero que sepas por qué no me encontraron.

— No quiero oírlo, te fuiste, me desobedeciste.

— No papá, fui valiente, como tu me decías. Tu no, tu no viniste conmigo. Después ellos se empeñaron en buscarme alumbrando la cueva, la inundaron de luz.

— Pues claro niña para ver hace falta luz —dijo airado el padre.

— No papá, no allí, no en la cueva. Tu optaste por esa luz que todos utilizan, incendiaste su interior y ella se mostró desnuda y estéril. Pero yo opté por la oscuridad, por caminar a tientas, por esperar a que mis ojos se acostumbraran a la penumbra. Así lo hicieron, papá, se acostumbraron y entonces pude ver cosas que nadie ha visto, pude tocarlas, probarlas, olerlas, clavármelas en la carne, hacerlas mías.

— ¡Cállate niña, sin luz no se puede ver, eso lo sabe todo el mundo! ¡Sin luz no se puede caminar, ni saber por donde pisamos, por mucho que digas que se te acostumbraron los ojos!

— Pobre papá. ¿De qué te ha servido la luz? A los dos nos olvidaron hace ya mucho tiempo y míranos ahora. Yo soy joven y aun recuerdo lo que es la risa. Y tu, me alegro de que no puedas verte papá, es mejor así —Se quedó callada unos instantes mirando la figura del hombre agazapado frente a ella—. Y tu papá, ¿qué recuerdas de cuando aun eras hombre?

Para L. y sus agujas vía SMS.

jueves, 9 de octubre de 2008

Cuando faltan las palabras.

(…) En glosa feliz, que es vuelta
o retornelo, los ojos
volverán a ver…

Suelo acudir a Larrea que está acostumbrado a enredarlas, entrelazarlas, convertirlas en finos hilos sin araña aparente.

Hechos a acechos de sombra,
volverán a ver la vida,
volverá a ver…

Suelo acabar subido en el grito de Huidobro, renegando de su concepción optimista del hombre, aprendiendo a ser el hombre que pregona.

De nuevo sobre la cumbre,
volverán a ver…

Suelo comparar a Campos, Haroldo, con un cubo de Rubbic, con una pared de jeroglíficos derramados, con una luz tan fuerte que es capaz de quemar todas las visiones.

Con su golpe de antaño,
correrán a ver…

Suelo salir a la calle disfrazado con otro cuerpo, cuerpo de lobo con las costillas marcadas y el hocico babeante. Cuerpo de hambre, preparado para el hambre, hablando el lenguaje del hambre.

Anulando las distancias,
volverán a ver.

Conocedores profundos,
volverán a ver.

Suelo imaginarme a Domenchina riéndose de mis preguntas al viejo librero sobre el secreto de su paradero. No sirvo para investigador privado igual que no sirvo para muchas otras cosas. No sé ser como otros hombres cuando me doy cuenta de que hay un hilo que cuelga de mi humanidad. No valgo para gritar muy fuerte, ni para permanecer más de unas horas en el mismo lugar. No valgo para muchas cosas. Sin embargo soy perseverante y recuerdo un sabor cuando lo he probado, sobre todo los más amargos, por eso hoy copio de un libro recién editado las palabras que creía jamás podría leer.

Con el acto diferido
—fallido— de la indolencia,
pasará la noche.

Como el desgano y la lenta
remisión, como la acidia,
pasará la noche.

Suelo despertar al día como si fuera un parto, manchado de una duda vidriada que me impide abrir los ojos al caminar coreografiado del resto.

Con el estupor perplejo
y el pesar ensimismado,
pasará la noche.

¡Qué alacremente las ágiles
alas tenderán el vuelo!...

Volverán a ver los ojos.
(pasará la noche).

Suelo imaginar que aun no he aprendido a hablar y que todo lo que diga a partir de ahora será trascendente.

Volverán a ver la vida.
Volverán a ver. (…)

Los versos de este post están copiados de “Tres elegías jubilares” de Juan José Domenchina, además contiene recomendaciones de un poeta que se dice músico y que me enseño a querer mis palabras, que me abrió las ventanas a otras maneras de contar.