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jueves, 27 de noviembre de 2008

Calcetines

Hoy lo he tenido claro. La revelación ha llegado mientras doblaba la ropa interior. De repente he tomado conciencia de que son demasiados los calcetines que poseo de color azul marino. Calcetines que uso a diario para ir a trabajar, que impiden que mis pies pisen la tierra, que representan el primer gesto de ocultación de una realidad que ya se desborda como la espuma del cazo de leche que olvidé al fuego.



Los he contado, diecisiete pares de anodinos calcetines. Apenas dos pares de colores. Una proporción que asusta.

A mi manera rebuscada, sigo acumulando motivos para mandarlo todo a la mierda y retirarme del juego. Hoy han sido las verdades que se ocultan entre mi ropa íntima, mañana encontraré a mi particular diablo en cualquier gesto u objeto en apariencia insignificante.

No pienso abandonar esta búsqueda que debí dejar concluida hace ya unos años.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Buenas noches

Volver corriendo a casa porque tiene una perentoria necesidad de sentarse frente al teclado a escribir sobre las impresiones que se le han quedado adheridas esta noche. Ver como los dedos no le obedecen del todo, como los ojos le escuecen, como la boca se abre en un bostezo de garaje sin automóvil.

Regresar ilusionado sin reparar más que de forma fugaz en todo lo que acontece en su camino a casa. Apenas el fugaz amarillo fluorescente de la altanera patrulla de policías que empuja a la gente al interior de los bares, lo que creíste un suspiro profundo y que no era más que un par de chicos esnifando una raya al resguardo de un portal, los andares titubeantes de la chica obesa que no controla los tacones en el pavimento de cantos rodados de la plaza con la iglesia iluminada al fondo, la caída libre del pordiosero que tras su último trago se deja morir por esta noche en su frío banco abrazado a su perro de pelo hirsuto.

Victorioso tras una noche de caza. Ha sido como un safari fotográfico, como un atracón de cena de navidad. Trae la cabeza llena de imágenes breves que conforman su resumen del rato que he pasado en la calle. Conversaciones dispersas, sonrisas escandalosas, la sensación de que todos empiezan a ser más jóvenes que él, el pintor cordobés que ha quedado con un jovencito para tener un rocambolesco romance en casa de su amiga la lingüista que me dice que no se puede decir son la una, que se dice es la una.

El observador que no es capaz de hilar fino, que puede conectar las diferentes historias que se han ido sucediendo a su alrededor y que ha percibido, al menos de manera parcial, desde la primera a la última. Como la de ese tuno apartado de los demás que cantaban a un grupo de americanas en tirantas a pesar del frío, ese que hablaba por el móvil y al que se le mudaba la expresión pasando de la sorna alcohólica a la más angustiosa de las desesperaciones. ¿Qué le habrán dicho? No deja de preguntarse mientras se dirigen al turco a comer algo. Falafel para ella, kebab de pollo y nada para el que ya he cenado en casa.

El observador que recuerda el calor del brasero de cisco en su pantorrilla derecha mientras que prolongaba una pelea estúpida con alguien que había venido a verle. El tacto de la lana gruesa y blanca, la distancia insalvable y su figura alejándose callejón arriba. El sueño de la chica de las gafas que quiere irse a casa se le pasa cuando la policía le reprende por beber zumo de piña en la vía urbana, hasta donde vamos a llegar, que no me pueda beber un puto zumo en la puta calle. Joder, que ciudad, que sitio más extraño para vivir, para ocultarse. Y sin embargo la gente parece feliz alrededor del observador, como si no tuvieran preocupaciones o al menos las tuvieran dominadas. El siempre anda buscando el remedio para la glotonería de su mente empeñada en llenarse de ideas inútiles, en apoyar a la imaginación en su empeño de permanecer activa a todas horas.

Una noche, caben muchas palabras en una sola noche, muchos silencios que son obviados, otros que no podemos evitar. Deseos y miradas, gente nueva y los ya conocidos. Todo se almacena en la memoria y hace que me duela la cabeza, como si estuviera ya llena y no cupiera nada más. Pero lo que provoca el dolor es la anarquía de lo que hay almacenado, el poco orden, el caos incontrolable de esta cabeza aturdida por la cerveza y la insobornable costumbre de soñar justo antes de irse a dormir.

Volver, corriendo, para no quedar satisfecho con lo que se ha escrito. Abrir la puerta de la calle que rezonga bajo la luz ambarina del farol esquinero que da a la calle adoquinada aspecto de callejón de puerto lúgubre. Subir de forma apresurada y sin prestar atención a los espasmos de la vejiga ni a la pastosa lengua dirigirse directamente al ordenador para encenderlo. Desvestirse rápido y sentarse desnudo frente al teclado y dejar unas palabras que sirvan de guía para lo que tiene que venir antes de ir ponerse el pijama. Volver, empezar un par de párrafos que no se sabe muy bien de que hablan, vencer la sensación conocida de que no va a ningún lado, de que es mejor que deje de escribir en este mismo momento y para siempre, pero persevera, siempre lo hace. Puede que lo que haya salido no sea excesivamente bueno, pero ha cumplido su misión. Lo ha hecho, ha resumido la noche en cuatro impulsos, en cuatro frases que no dicen nada, con un estilo algo confuso, que deja demasiado trabajo al lector, pero lo ha conseguido.

Volver, para respirar hondo, para irse a dormir, para masturbarse quizás si no cae rendido. Justo antes de cerrar los párpados le invade la morbosa idea de que es lo que sucedería si mañana no se despertara.