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miércoles, 31 de diciembre de 2008

Tarde del 31

PRIMER INTENTO.

Tengo las manos entumecidas después de fregar los platos con agua fría. Son apenas dos y una fuente que no tiene mucha grasa, mejor no gasto agua caliente. La consecuencia es que bien podría agarrarme a la barandilla del balcón y lanzarme en picado para cazar el peluquín de alguno de los viejos que pasa apresurado bajo mi casa para no mojarse ahora que han empezado a caer las primeras gotas de lo que dicen va a ser todo un temporal de fin de año.

Las manos torpes que apenas pueden enlazar tres pulsaciones sin error, así voy a tardar una eternidad en poder escribir algo. Mejor me espero.





SEGUNDO INTENTO.

Un café, es lo que necesitaba, un café bien caliente para templarme. Ahora diluvia fuera. No tengo la sensación de que esta noche vaya a pasar nada especial, siempre me ha costado bastante trabajo contagiarme del entusiasmo reinante en cualquier fecha señalada. Digamos que mi ánimo no gusta de seguir directrices, de hecho la mayoría de fiestas oficiales del calendario se toma la libertad de remar contracorriente. Así hoy estoy de un humor melancólico y algo huraño.

Sin saber por qué he puesto música clásica, no suelo escuchar ese tipo de música. Puede ser una señal que me indique que ya estoy listo para afrontar el cambio que hace tiempo llevo presintiendo o simplemente un impulso lógico nacido del hartazgo que produce la repetición de la música que suelo oír. En cualquier caso tengo ganas de novedades, mi curiosidad se ha despertado y me da lo mismo cuantos gatos tengan que morir.
Más signos de inquietud intelectual: hace una semana compré un poemario de Luis García Montero, hoy le he dado un buen mordisco, me gusta descubrir a ciegas nuevas voces, me parece la forma adecuada de hacerlo. Antes solía informarme antes de la vida y milagros de los autores que leía, hoy prefiero no hacerlo y si lo hago es a posteriori de la lectura de sus obras. Me está gustando, tiene una extraña forma de condensar las ideas, posee una habilidad para dosificar la belleza que nos entrega en cada verso, es contenido, parece observador y pausado:

“(…) Entrábamos por fin para mezclarnos
como cada mañana de la vida
con el paso cansado, los azulejos fríos
de un mundo hecho en latín
y números romanos.

Ahora sé
que en aquella ciudad deshabitada
la gente andaba triste,
con una soledad definitiva
llena de abrigos lagos y paraguas.”


Se acabó el café, se acabó el calor en el estómago, la música sube de volumen, mi mente se evade de este espacio en el que habita, se desplaza hacia las historias que ha absorbido a lo largo de estos años en los libros. Está en la Polonia ocupada por los Nazis buscando a un operario perdido de los tendidos eléctricos que se cree oculto en un sanatorio mental enclavado en mitad de un frío bosque de coníferas. Está en el mundo deshumanizado de Montang observando como esconde algunos libros en su casa, mira con desconfianza hacia la puerta del baño en el que está encerrado por si su mujer entra, cosa improbable pues está siempre pegada al televisor, hablando con él. Montang que se convertirá en un libro humano. Está en Lisboa en camisa corta de algodón tomando una tortilla a las finas hierbas y hablando con la fotografía sobre una cómoda de una mujer muerta. Mi mente que a veces encuentra este mundo tan insoportable que no puede dejar de hacer esas escapadas.

Hasta hoy siempre ha vuelto, no obstante, sé positivamente que uno de sus sueños es no encontrar un día el camino de regreso. Yo intento convencerla de que este mundo tiene muchas posibilidades, que basta con hacer algunos cambios para convertirlo en un lugar interesante para vivir. Ella siempre me responde con una de sus evasiones.

A veces pienso que paso demasiado tiempo fantaseando, que debería bajar a la tierra y vivir. Pero pronto se me pasa porque sé que mi manera de habitar este pedazo de realidad que se me ha entregado es exactamente esta que he descrito: soñar, querer cambiar lo que me rodea para hacerlo soportable, desdeñar las ideas preconcebidas, entristecerme cuando veo lo difícil que resulta, esta y ninguna otra. Así me gusta hacer las cosas.

Me disperso, siento que me disuelvo, lo dejo unos minutos y lo vuelvo a intentar.

TERCER INTENTO.

El teléfono ha vibrado ya unas cuantas veces, mamá quiere que vaya a casa para ayudarla a preparar tapas, alguien llama para ver si me animo esta noche a salir después de comernos las uvas para tomar una copa, alguien que quiere felicitarme el año. Ignoro las llamadas, luego las devolveré, ahora no tengo capacidad para decir nada.

Prendo otra varilla de incienso. Disfruto con la sucesión de olores precedidos por el chasquido de la cerilla al encenderse, después de él un naranja incandescente en la punta de la vara, un soplido y el negro olor del fósforo al apagarse, un breve intervalo y la punta del humo de incienso comienza a ascender, con ella el olor que pronto llenará todo el salón.

Ya todo comienza a oscurecerse. Otra vez vibra el móvil, creo que debería empezar a contestar a las llamadas. Pero no puedo hablar. Me voy a la ducha, necesito estar limpio, sacudirme esta tarde que ya se acaba, quitarme esta apatía de encima.

CUARTO INTENTO.

Cambio de música, pongo bandas sonoras, así juego a reconocer la película. La primera es obvia, suena Yann Tiersen y la manida Amelie. A pesar de todo sonrío porque hay cosas que recuerdo de esa película y que he incorporado a mi imaginario personal.

Ya estoy duchado, ya estoy vestido, ya estoy preparado para pasar una noche vieja más. Este año probaré a desear con ganas, a tragarme el anillo de oro del interior de la copa, a comer las uvas sin pelar, incluso me he puesto ropa interior roja.

Supongo que antes de irme pondré en youtube la canción de mecano, no sé por que no me canso de ella. Cuando suenan sus primeros acordes veo a mis primas peinándose en la habitación de matrimonio de casa de mi abuela, yo soy muy pequeño y estoy tirado en la cama entre los abrigos que ha ido dejando allí toda la familia, en el salón se escuchan las primeras discusiones sobre política que en esos días de infancia me sonaban a chino y no entendía. Yo asistía fascinado al ritual de belleza de mis primas a las que compararía en un futuro con las brujas de Eastwick: M una rubia delgada, la más guapa de las tres y de la que alguna vez creí estar enamorado, S la mujer de la eterna sonrisa y T pequeña y apocada, frágil y misteriosa. Mis primas, como sirenas embutidas en esos trajes de lentejuelas que tanto les gustaban, se pintarrajean la cara mientras hablan sobre chicos y no me prestan atención, yo respiro tranquilo y observo, me río cuando ellas se ríen, aguzo el oído porque intuyo que allí se están desvelando secretos que en el futuro me vendrán bien. Alguien grita desde fuera y ellas se ponen sus batas rosas para no mancharse en al cena, se recogen el pelo usando el lápiz de ojos para sujetarlo y se vuelven hacia la puerta a la vez. Es hora de comenzar a cenar. Cuando entramos en el salón mamá ya me ha pelado una gamba, miro lo que hay en la mesa, este año la novedad es una especie de rollo de bizcocho que huele a roquefort. Abuela golpea la silla junto a ella, “ponte aquí mi niño que te voy a contar la historia de cuando a tu padre se lo comieron las hormigas”.

Pongo la canción, Anita Torroja me viene con el mismo cuento de todos los años y entre gritos y pitos me hecho un poco de perfume y añado estas últimas palabras al texto con la duda de si al final he contado algo o si ha sido una perdida de tiempo.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Calcetines II

Resulta que sólo era cuestión de paciencia, de que el azar aflojara en su pertinente mal humor y me permitiera recoger una colada con muchos calcetines de colores. Al hacerlo he sentido como si estuviera recogiendo una cosecha inmejorable, como cuando Abuela venía sonriendo con el capacho lleno de pimientos rojos inmensos.


Cuestión de seguir andando por el camino que creía desaparecido. Resulta que estaba avanzando justo sobre su espina dorsal, sin desviarme un solo grado, que lo que yo creía una confusión de malas hierbas que me había hecho perder el rumbo no era más que el verdor que atravesaba el desierto, y ahora estoy a las puertas de una ciudad de altas murallas doradas como en esas historias oníricas de Dunsany.

El azar, al que suelo tachar de tirano e intransigente, ha resultado ser un niño hambriento que se rige exclusivamente por sus apetencias. El problema viene cuando tu estás justo entre el objeto de las mismas y el ello desatado, entonces a la suerte se le vidria la mirada y tu sabes que vas a ser atropellado, te atas al mástil de la rutina y te preparas para tragar una tras otras las olas saladas que van a venir.

Así que ahora, pasados unos días sin escribir, sin leer, sin abonar esta cabeza llena de sueños lastrados por las dudas, ahora, precisamente ahora subo a recoger la colada y me encuentro con que la mayoría de los calcetines son de colores.

Las esperas suelen merecer la pena, la paciencia suele dar buenos frutos, como los pimientos de Abuela.

viernes, 5 de diciembre de 2008

A wolf at the door

Como te despistes un solo segundo, sólo un instante, te habrá mordido. Porque sabes de sobra que es sigiloso y astuto, porque es imposible oírlo si no quiere ser oído. A eso tenemos que sumar que tus orejas han quedado como mero atrezzo, tu iniciativa como un cactus podrido, tu instinto atrofiado como las ganas de volar de los pingüinos.
Te habrá mordido, y ya sabes la leyenda del hombre atacado por el lobo. Ya sabes que la luna llena no es más que una excusa y que naciste con la dentellada en los genes.



Aunque el hombre se vista de seda, lobo se queda.