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jueves, 31 de diciembre de 2009

Esto qué es lo que es!?

Pues aquí os dejo esta lindeza publicitaria que a mi me ha hecho plantearme dejar de beber la marca de cerveza anunciada. Sé que ese será un propósito vano, pero por un momento juro que me lo planteé.



Hasta dónde dice “tenemos mar, campo, nieve, desierto” aun es soportable. Después empiezan a chorrear los tópicos aderezados con música épica estilo 1492, la conquista del paraíso. Si a eso añadimos que se realiza una evidente generalización del estereotipo sevillano asimilándolo a la totalidad de Andalucía pues tenemos delante un disparate que para colmo, por lo que voy comentando con mis conocidos, no pasa desapercibido, casi siempre para bien.
Y el final, que me decís del final. Esa bandera ondeando más tiesa que la mojama. Sí, soy de los que siente cierta grima por los trapos de colores, pero es que aun teniendo conciencia de esa entidad amorfa que algunos llaman patria andaluza, esa imagen hiere la sensibilidad.

Pero lo peor de todo, lo que de verdad me ha dejado trastocado, es que en el fondo, a pesar de querer taparlo exagerando mi indignación, el mensaje ha calado en mí y he sentido al terminar de ver este despropósito un atisbo de orgullo mezclado con una difusa emoción que no sabría describir bien.

Soy andaluz, pero, a diferencia de lo que se dice en el anuncio, no me rompo la camisa, no tengo arte expansivo ni me pongo a taconear por los callejones vestido de lunares, no estoy todo el día sonriendo (más bien tengo déficit en este apartado), en mi imaginario lo más similar a un traje de luces son unos gayumbos abultados como si tuvieran una buena bombilla debajo de la tela, y por supuesto no soy una polilla como para sentirme especialmente atraído por lucecitas dentro de farolillos.

Por ser positivos, sí me gusta lo de beberse el tomate y la imagen de las licuadoras (seg.29). Aunque todos sabemos que un buen gazpacho se elabora con la minipimer añeja que ha pasado de generación en generación y tiene ya el cuello de plástico blanco que soporta las cuchillas teñido de un tono rojizo fruto de años de trabajo e inmersiones en kilos y kilos de verdura troceada.

Feliz año andaluces y extranjeros. Esta noche beberé, seguro, cantidades ingentes de esa marca de cerveza.

martes, 29 de diciembre de 2009

Dos formas de morir de amor.

El amado a la amada se parece. No da vergüenza ya la muerte, absorto jilguerito atado a su pasión.

EL JILGUERITO. Juan Gelman

Ellos que son diferentes, opuestos, encajan como los añicos de los platos arrojados por la alegría de Zorba después de una comida. Después quedan en el suelo, esperando que los recojan.


domingo, 20 de diciembre de 2009

Chapter Seven: The lonely grave of Paula Schultz

Introduce el cuerpo de la linterna en su boca. Los labios tensados por la rabia y los ojos encendidos con una resolución inquebrantable. Va a salir de ese ataúd, va a abrirse paso a través de toda la tierra que han vertido sobre ella para intentar borrarla del mapa. Pero ya ha escapado de trances mucho más desesperados. No sabe intentar, sólo sabe hacer.

Los nudillos ensangrentados, la mano crispada respira el sonido de los grillos en el cementerio. Los pulmones se abren. Ya pasó todo, ya puede seguir con su plan. Cruza la carretera convertida en una sombra al trasluz de las farolas y entra en un café a lo Hopper cubierta de polvo.

“Me da un vaso de agua por favor”

Así me siento. Sólo un poco de agua fresca antes de comenzar a caminar de nuevo guiado por un instinto casi animal. Hay futuros que no podemos esquivar.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

¿Quién?


Cuando el mundo se restringe a las acciones que uno mismo no ha de ejecutar son pocas las opciones que pueden tomarse para no volverse loco.

La más normal, la solución que la mayoría sabia adopta, es la inconsciencia acompañada de unos toques de optimismo. Autoafianzarse en los puntos fuertes, convertirse en roca sólida y que vengan a dar en su espalda todas las olas del mar furioso.

Pero hay hombres que no saben tomar los caminos rectos, que desconfían de los horizontes que pueden verse sólo con levantar la vista del suelo. Hombres que conocen el revestimiento, la tramoya de la realidad.

Cuando vivir es igual que esperar de nada sirve la fe, la confianza en la capacidad redistributiva del karma o creer a pies juntillas las mentiras piadosas de los que nos rodean.

Porque en ocasiones uno es cruelmente derrotado por sus sueños. Entonces es cuando salta sobre ti la duda y la falta de confianza. En ese punto es muy sencillo dejarse llevar, cerrar los ojos y colocar los brazos cruzados sobre el pecho, como si ya hubiera sobrevenido la muerte, antes de precipitarse por la musgosa ladera de la montaña que se ha tardado toda una vida en escalar.

Cuando uno deja de ser lo que quiso ser y pasa a preguntarse sobre la esencia de su personalidad, las causas de sus acciones o la autenticidad de sus sentimientos; lo más usual es perderse, acabar apartado de todos y de todo. Una rendición a tiempo para dejar de sufrir esa angustia honda e insondable que proviene de esa parte de nosotros mismos que no conocemos, que sabemos que está ahí, pero que ignoramos. La cara oculta de la luna está llena de los despojos sombríos que los hombres expulsan de su conciencia.

Ahora sé, reconozco que sé, que el mundo no me gusta. Me veo obligado a habitar en él, a soportar los engranajes tiranos que marcan qué hacer y cuando hacerlo. Supongo que la ausencia de valor para rebelarme contra el estado de las cosas es una de las principales razones por las que hoy escribo esto. No puedo calmarme cuando pienso en todas las cosas que dejé que sucedieran por esa falta de agallas, por eso intento no traerlas mucho al presente, dejar los caminos sin salida perdidos en lo que fui. Pero hay días en los que se me hace imposible seguir apretando las ganas de mandarlo todo al garete, días encadenados en los que sólo me apetece tener la mente en blanco. Es entonces cuando sobreviene el insomnio, se me caen los hombros, visiono hasta que me duelen los ojos capítulos de Doctor en Alaska, fumo (porque ahora fumo) toda la noche, como chocolate, escribo versos inconexos, leo a los clásicos y a Lobo Antunes, ahogo los lamentos en agua helada como si fueran un saco de gatos recién nacidos.

Días encadenados en los que me apetece es rendirme. Pero nunca lo hago. Tarde o temprano acabo volviendo a ir a la cama a mi hora, vuelvo a leer novelas ligeras de ciencia ficción, vuelvo a alimentarme de forma regular y mesurada, voy a los mismos sitios a las mismas horas, con la misma gente, repito ropa que intento combinar con gusto, vuelvo a anhelar ser dueño de un Golf, converso sobre nimiedades con cualquiera que me dedica una sonrisa por la calle.

Es la ausencia de término medio lo que me está aniquilando. El poco tiempo que paso dentro de mi propio pellejo, el extremismo rayano con la bipolaridad de ese hombre que no se gusta, que no se reconoce en los espejos, que ha probado mil caras y mil lugares distintos en los que vivir. Ese hombre eternamente insatisfecho.

martes, 3 de noviembre de 2009

De repente sexo...

Apenas 20 años. El rostro ancho y cuadrado, con vestigios aun del último acné adolescente. Rostro de hombre con una blandura aun perteneciente a la niñez, a salvo de prolongados periodos de mandíbula apretada, de arrugas como migajas de preocupaciones que hubo que afrontar y que hicieron mella. Un cuerpo sólido y rotundo, en plenitud.

Es imposible matar el deseo. Asoma por el cuello deshilachado de su camiseta morada, incitante cebo que muerdo con saña para poder deslizarme hacia su pecho que imagino cuadrado y fibroso, con unos pezones pequeños que parecen no querer molestar a la composición perfecta de forma y volumen animada apenas por una respiración superficial que denota calma. Bajo el pecho un corazón que late perfecto, acompasado y seguro de sí mismo. Casi puedo verlo enjaulado entre las costillas, aislado pero feliz, soñando con la idea de perfección. Un corazón optimista.

¿Era yo así? Es la inconsciencia, la ignorancia del que ha elegido no destapar la caja de los truenos, un factor que influye en la belleza de las personas, potenciándola. Porque él es bello, de ese tipo que provoca erecciones en los dos sexos.

Aparto la vista, dejo de buscar sus ojos. Ya tengo el combustible suficiente para que mi libido pueda recorrer muchos kilómetros. Mi libido que es como un tiburón obcecado por el hambre. La pateo, le clavo los pulgares en los ojos, pero no afloja su cerril mordisco hasta que otra posible presa pasa descuidada lo suficientemente cerca como para poder percibir el olor de su belleza y de la promesa de sexo nuevo. Por estrenar.

Como veis, concedo la virginidad (otros más cínicos dirán que es sólo el beneficio de la duda) a todo el que se sitúa a tiro de mis apetencias.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Diccionario del diablo (IV)

HIENA, s. Bestia que veneran algunas naciones orientales porque tiene el hábito nocturno de frecuentar depósitos mortuorios. Pero los estudiantes de medicina hacen lo mismo.

Sonreía mientras realizaba sus labores. Era eficiente. Muy pulcro a la hora de dejar intacto el escenario de sus trabajos después de haber terminado. Era frecuente verlo salir de las casas portando al hombro una enorme bolsa de plástico negra que unas veces parecía llena hasta casi rebosar y otras casi vacía.
Vivía a las afueras del pueblo, al píe de la carretera descarnada que daba acceso a la calle alta. No tenía vecinos, las casas de alrededor quedaron en estado ruinoso a medida que sus habitantes se fueron desentendiendo de ellas para buscar abrigo en la parte baja dónde el pequeño río en su discurrir casi tapaba los aullidos del viento sobre los collados pelados de más arriba. Allí, junto a la plaza empedrada, estaba el único bar, el despacho de pan y la tienda.
Nunca hablaba con los vecinos, sólo sonreía cuando se cruzaba con ellos camino de algún trabajo. Si alguien requería de sus servicios se limitaba a dejar su demanda escrita en un papel y a meterla bajo la puerta de su casa para que él acudiera. Nunca tardaba más de un par de horas.
Un día Josefa la del peral, harta de esperarlo y algo extrañada por la tardanza, mandó a su marido para que lo trajera.
Cuando Pepe quemarrastrojos llegó el olor podía percibirse desde el principio de la calle alta. Un hedor capaz de quedarse agarrado un siglo a las rocas que en su tiempo embellecieron los dinteles. Una miríada de moscas enloquecidas salía y entraba bajo la puerta, rodearon a Pepe cuando la golpeó con fuerza. Nadie contestó.
Al día siguiente el alcalde acompaño a Pepe y a Josefa a la casa del veterinario, forzó la puerta y entraron. Estaba sentado en su sofá, amarillento y rígido, en el regazo, sobre una manta raída, los restos de un lechón y sobre la mesa utensilios de taxidermista. El alcalde, sorprendido al ver una enorme vaca disecada en el fondo del salón dijo:

-Joder, esa es mi Rosalinda. ¡Qué buen animal era! ¡Qué leche daba!

-Y ese es el Rufo –dijo Pepe-, ni una oveja perdí mientras vivía.

-Mira Pepe, ahí está la minina –continuó Josefa-, ¿te acuerdas de la minina?

Se encargó al nuevo veterinario que disecara a su predecesor. Se le dejó tal y como fue encontrado, la sonrisa ya para siempre en su rostro. Convirtieron su casa en un museo que no dejó de crecer, se restauraron las casas decrépitas para albergar las nuevas piezas. El pueblo poco a poco fue quedándose sin habitantes y cuando fue embalsamado último el veterinario de entonces se mudó a otro pueblo, a una casa aislada del resto de vecinos.

domingo, 25 de octubre de 2009

La hora extra del galgo


Mientras que la mayoría de la gente la ha utilizado para dormir yo la he utilizado para soñar.

Esta mañana cuando bajé al sótano para echar un vistazo a los correos y leer un poco en los blogs que más me gustan, me encontré con un mensaje que preguntaba por mi paradero. Me di de bruces con el evidente abandono de este rincón. Me puse a pensar en por qué me turbaba tanto el hecho de que alguien reclamara mi presencia. Pensaba que al fin y al cabo nadie me obligaba a escribir aquí, que lo hacía porque quería. Unas horas más tarde, con una buena comida en el estómago, unos cuantos cigarrillos y un café muy cargado sobrante del desayuno, pienso de otra manera, pienso que no he escrito porque me he forzado a mi mismo a centrarme en los aspectos mundanos de la existencia. Demasiados meses ya centrado en actividades productivas que me mantienen con los pies pegados al suelo.

Podría haber utilizado esa hora que nos regalan para estudiar, pero la he utilizado para escribir.

No es que estas actividades productivas de las que hablo sean una tortura ni un incordio. De hecho me ha costado no poca angustia tomar las decisiones que me han encaminado hacia la persistencia en la que hoy me hallo inmerso. Me satisface elegir una opción de futuro y acumular día tras día fuerza para poder dar los pasos que me lleven a la culminación de la meta. Qué sería de nosotros, hombres en la caja de salida del canódromo, jadeando ansiosos por la inminente apertura de las puertas, si no saliera disparado el trapo rojo que esperamos para poder perseguirlo.

Podría haber utilizado esta hora para acumular medallas al mérito del hombre ordenado. Pero he preferido recordar otras vías para alcanzar la calma y la satisfacción.

Pero hoy, unas pocas letras interrogándome han sido suficientes para despertar un poco de la obsesión del galgo que persigue el paño, que enloquece de gusto con el sonido del mecanismo metálico de raíles que lo hace correr sólo un poco más de lo que el es capaz, lo justo para mantener su interés en la persecución. Y he despertado para pulsar teclas, para releer textos que aguardan pacientes a ser retomados, para desempolvar ideas, para venir aquí a hablaros de equilibrio. Porque al fin y al cabo todo lo que escribo no es más que una forma de equilibrio, la larga vara del funambulista que lo mantiene, a pesar de los traspiés, sobre el alambre.

Podría haber resumido la constitución española, haberme perdido en un mar de cuatro opciones:

a) ahogarme en un vaso de agua.
b) nadar a contracorriente.
c) beber hasta que la sal curtiera mis tripas.
d) todas (a su manera) son correctas.

Pero he preferido parar unos minutos para tomar aliento. Redescubrir que no hace falta apoyar la cabeza en la almohada para inventar mundos, asombrarme una vez más con la sensación de que la opresión en mis sienes va menguando hasta que de repente noto un soplo dentro de la cabeza: alguien ha abierto para ventilar.

Ahora sólo me queda leer en voz alta lo que acabo de escribir, tomar notas de todo lo que se me ha venido a la mente mientras lo hacía y dejarlo reposar entre esos textos que esperan, respirar hondo, salir un momento a la puerta de la calle y volver a la caja de salida para la siguiente carrera.

Para Arezbra

jueves, 8 de octubre de 2009

Pastoral en Prosa


¿Qué queda cuando lavas una boa de plumas?
Una Boa.

Pastor que pintas con amor rebaños de cabras dislocadas que nadie compra, que nadie quiere. Ni el gitano para su espectáculo de órgano Casio y escalerilla de mano ni la vieja para fabricar quesos fuertes que agrian el paladar y el carácter ni las laderas de roca viva ansiosas de las castañuelas montesas que las alegraban.

Pastor que pintas con amor chivos de dos cabezas, deja hacer a la naturaleza su trabajo. Ten una muerte grandilocuente por indigestión de correosa carne de cabrito, deja tus cuernos a los coleccionistas de trofeos. Sólo muere, desaparece, vete que nadie preguntará por ti en el valle.
Yo cuidaré de los engendros que te sobrevivan y cuando mi tarea haya terminado me reuniré contigo en ese olvido que es como un lecho de cálida paja recubierto de pieles aun palpitantes.
Para qué continuar criando bestias desencajadas de esta forma común de habitar la tierra en la que nunca estuvimos cómodos. Mejor es morir, ahora que aun está permitida, de inanición que acabar soldados a la obligación de pasar hambre.

Para el interesado en ver la versión en verso de esta pastoral pinche aquí.

domingo, 4 de octubre de 2009

La trampa del señor Tarantino

Aun ando con el cepo para osos apretando con su mordisco recalcitrante mi pierna. Encantado, eso sí, de haber caído en la trampa de Quentin. No me preocupa si me quedará marca en la pantorrilla cuando cicatrice la herida. De hecho estoy tentado a mantenerla siempre abierta y fresca y que sirva de recordatorio de estas extrañas y didácticas reflexiones provocadas por la película del señor Tarantino. Me ha gustado tanto Malditos Bastardos que incluso he llegado a plantearme si no estaré enamorado de la sombra pública de su director. Tras muchas dudas sobre si mandarle rosas con un beso de carmín en una tarjeta perfumada o bombones con una víbora cabreada dentro de la caja (bombones al estilo Kill Bill que se llaman), he llegado a la conclusión de que no es verdadero amor lo que siento por él, experimento más bien un estado de fascinación exacerbada. Todos sabemos lo que se parece un deslumbramiento causado por las habilidades y el prestigio que atribuimos a alguien y el amor.

Una vez resuelta la duda sobre mis sentimientos os contaré como acabé con la zarpa dentro del cepo. Todo empezó la tarde del Miércoles, como casi siempre, fruto de una de mis simas emocionales. Sentí un brusco tirón en el cuello mientras estudiaba en casa e intentaba bloquear las preocupaciones más inmediatas que me llevaban atormentando desde el fin de semana. Le siguió la habitual sensación de que mi cabeza quedaba atrás mientras mis vísceras descontroladas se lanzaban vía abajo hacia el lodo de la autocompasión. Por esta vez supe reaccionar. Salté del vagón en marcha y de forma sorprendentemente suave aterricé en la ducha. Me di un remojón rápido, me peiné las ideas, arrojé las reflexiones muertas al retrete y me puse en marcha. Al cine. Una vez allí, como ya sabéis, decidí ver la de Tarantino; pues bien, no pude haber elegido mejor.

Lo que encontré en las casi tres horas de película es un pasito adelante de este director. Una obra sobria para lo que es este hombre y el tema que trata, un inicio brillante ,con una de sus famosas conversaciones, en el que, como en las buenas novelas, ya está contenida toda la historia posterior. Cuando acabó la primera secuencia respiré hondo, me retrepé en el asiento, me quité los zapatos estirando los dedos hasta escuchar el pequeño crujido de huesos de ambos dedos gordos que no es más de la señal que tiene mi cuerpo para indicar la total predisposición a la comodidad y a la actitud más propicia para disfrutar de lo que se despliega ante mis sentidos.

Después me fui dejando llevar por lo que iba aconteciendo. Lo que más me gustó fue el personal tratamiento de la violencia con unos recursos sencillos, tanto que puede decirse que incluso pecan de predecibles, pero que aparecen como universalmente inteligibles y muy efectivos: el primero consiste en que se nos permite identificarnos con el ejecutor y con su causa, que se percibe como moralmente justa y necesaria (es esta última condición, la que le aporta más fuerza). El segundo no es más que la ridiculización de los contrarios, de los malos.
Otros puntos fuertes de la película son que da poder a la persona (vemos durante el metraje, que lo que no se pudo lograr con una operación militar planeada y sofisticada, lo consigue una joven con sus propios medios que en un principio parecen escasos. No me gusta tanto sin embargo el papel central de la venganza en las películas de este director. Quizás porque en mi fuero interno la reconozco como algo natural e incluso pertinente en depende de que casos. El guión cerrado hasta sus últimos detalles. A mi me parece muy cuidado. La ridiculización, que no solo abarca a los malos poderosos sino también a los buenos que ostentan ese mismo poder. Esto contribuye a reforzar la idea arriba comentada de que la verdadera fuerza para cambiar las cosas (en este caso la historia de la humanidad) está en las personas anónimas, son sus razones más auténticas y válidas que cualquier interés político o económico (La intrahistoria de Unamuno).

Por mencionar algo que no me gustó tanto y que ni siquiera es achacable a los méritos de la película, diré que durante la proyección me sorprendieron las risas nerviosas de la gente. Risas enlatadas que se emiten no se sabe muy bien por qué. Es como si algunos espectadores pensaran que debían reírse porque ya se sabe que Quentin Tarantino es un tío super ácido y mordaz, y claro como yo quiero ser una persona inteligente pues lo lógico es que me ría con sus chistes y gracietas; total, para que pararse a analizar lo que nos presenta si podemos quedarnos con la idolatría, que en nada nos compromete, y salir de la sala con el “osea, me encanta Tarantino” como única conclusión expresable en los corrillos aliviatensiones que tras la proyección se forman a la entrada del cine y en los que lo importante es decidir a donde ir a cenar y no tanto hablar de lo que se ha visto o experimentado.
Analizando un poco ese pensamiento huraño, he llegado a concluir que como suelo ir solo al cine quizás no me quede más remedio que convertirme en un analista sagaz para tener algo que hacer mientras regreso a casa. Lo que me ocurrió con esos espectadores no es más que envidia racionalizada, pura mala baba porque yo no cené una tapita en un bar cool como los que ellos frecuentan.

¡Qué mala es la envidia social y qué buena es Malditos Bastardos!

martes, 29 de septiembre de 2009

Obsesiónate con hombres

"Obsesiónate con hombres y si es algún actor desconocido mejor que mejor". Eso es lo que suele decirme el Víctor en miniatura que se sienta en mi hombro izquierdo vestido con un frac rojo mientras fuma un cigarrillo y me va quemando, entre calada y calada, la mejilla.

Aviso a navegantes, esta entrada va a convertirse en una especie de crónica de revista adolescente, mi versión marica de la super pop, voy a conseguir resistirme a poner uno de esos videomontajes horribles que circulan por youtube a base de fotos que van pasando mientras una música digna de Fama, no la fama de Leroy sino la de la Paula Vázquez, nos martillea los tímpanos. También, al concebir esta entrada, estuve cavilando acerca de ofrecer un poster del gachó que la protagoniza a todo el que tuviera el valor de leerla entera. Idea que deseché porque he decidido quedarme con todo el merchandising para mi onanístico consumo personal. Una vez hecha la advertencia y aun considerando el peligro que corre vuestra visión sobre mi madurez afectiva, os pediría que os quedarais hasta el final. Algo sacaréis.

"Obsesiónate con tíos, me dice el diablo de mi hombro". Miro a mi derecha y encuentro un cartel de cerrado por defunción. “Ese ya se cansó de ti, tienes la mente demasiado sucia, desde el cielo te han dado la espalda, en tu expediente hay matasellado un alma perdida que lo deja bien a las claras. Tu escúchame y sobre todo sigue mis consejos, te irá mejor”.

Y eso hice.

Un día, ya lejano en el tiempo, allende los albores de mi homosexualidad, buscando me hallaba por páginas especializadas de cine tipo: bueno, aunque te falta un agujero yo te quiero tal y como eres, cuando en mi deambular en busca de documentos frescos para ponerme al día sobre actitudes, gestos y habilidades para ser un buen acólito, topé, entre los muchos documentos fílmicos sobre el tema que descargué en mi ordenador (aun no me atrevía con la pornografía y buscaba suaves historias de amor dramático con las que pudiera identificarme), me topé, decía, con una película que no parecía gran cosa: Beautiful Thing. Por no llamarme en un principio mucho la atención quedó al final de mi lista de visionado. Así que transcurrió bastante tiempo hasta que me decidí a verla.

Por fin un buen día la vi. Y al día siguiente. Y al otro. Y al otro. Esperé una semana y volví a verla un par de veces en días consecutivos. ¡La hostia en verso! Qué había en esa historia que me hacía volver a ella una y otra vez, que aun hoy es capaz de sacarme una sonrisa y ponerme de buen humor. Investigando y leyendo sobre la película, hace un rato, he encontrado una frase que se aproxima bastante a lo que me hace sentir la historia que se cuenta. Algo así como que Beautiful Thing te demuestra que el mundo es una mierda pero la vida es cojonuda (poética, bella y emocionante).

Es una película sencilla, sin pretensiones, que de verdad se preocupa de contar una historia y lo hace tan bien que te olvidas por completo que es una obra de ficción, te identificas tanto con los personajes que te entran ganas de mudarte al apartamento de al lado. Como digo las actuaciones son tan creíbles que es imposible no conmoverse con ellos. Pobres, como sufren en ese barrio difícil, rodeados de miseria y problemas, aspirando a salir de allí, a irse lejos, muy lejos. Acaso no hemos sentido eso todos alguna vez cuando nos vienen mal dadas, pues ellos lo sienten durante toda la película y te lo ponen delante de las narices para decirte, mira, estos son problemas de verdad, así que no te quejes más de la cuenta pequeño. Y la música, ¡ay la música! Para el final de la entrada os dejo un corte de la película, la escena final, para que veáis lo que es bueno.

"Obsesionate con hombres". Me recuerda mi doble en miniatura agarrándome del lóbulo de la oreja y metiendo la cabeza en mi oído. Y yo me obsesioné, desarrollé una fijación por uno de los personajes de la película, el joven Steven, que acabo de vender a precio de oro. Interpretado por el actor Scott Neal, conocido en su casa a la hora de ir a comprar el pan para el desayuno. ¿Quién es ese chico feote, con carita redonda y mentón demasiado prominente? Me preguntaba yo. Vaya si se le ve el culete blanco, buen culete blanco. Pero que simpaticón es, míralo que desgarbado, que mono, que potencial por desarrollar por dios.

Todos sabemos que una buena obsesión tiene que ir aderezada con su correspondiente compulsión. Yo elegí ver una y otra vez esta escena:
Hasta que me dolieron los ojos. Pero como uno no está del todo tarumba, pues poco a poco mi fijación por este chico fue cediendo. Aparecieron otros, ninguno con el devastador efecto que tuvo Neal en mis, por esa época, revolucionadas hormonas y me fui olvidando de él.

Pero mira tu por dónde que ayer, rebuscando entre las películas que tengo puestas en tarrina aparte para revisarlas, me topé de nuevo con Scott, lo saludé y le sonreí. Hice un repaso de mis escenas favoritas y mientras lo hacía sentí que la obsesión renacía, había vuelto. Sentí un picor en la mejilla y un olor a chamusquina. Mi diablillo particular se reía en mi hombro de nuevo. “muy bien campeón, así me gusta, que no te olvides de lo que te enseño, verás que bien os lo vais a pasar esta noche Steven y tu arropaditos los dos en la cama".

Así que hoy, al levantarme he querido saber que ha sido de Scott Neal y me he puesto a investigar. Lo primero que veo es que el adolescente que era se ha desarrollado bien para convertirse en algo tal que así:



Una vez satisfecha mi morbosa y física curiosidad inicial, me interesé por su vida profesional, que uno es un hombre educado que siempre quiere saber que es de la vida de sus objetos sexuales predilectos. Poco he podido encontrar, ha seguido trabajando en su país, es británico, sobre todo en una serie de polis en la que hace un papel de atormentado gay reprimido que el día de su boda se acuesta con su sargento (creí entender, aunque con mi nivel de inglés a lo mejor era el celador y yo tan pancho contando aquí paparruchas, pero vamos para ser el celador, tenía toda la cara de sargento). La serie se llama “The Bill” y me gustaría tanto poder verla, pero creo que para encontrarla al menos subtitulada voy a sudar tinta. Paciencia y clases de inglés son las dos únicas soluciones posibles. Nada más he encontrado sobre otras cosas que haya hecho este chico, una pena, porque así tendría combustible para mi lado más groupie.

“Así me gusta chaval. Más pensar en lo mundano y menos darle al coco. ¿te lo pasaste bien o no anoche en la camita con tu obsesión?”. Veo como mi consejero se sacude la ceniza de las solapas del frac, se acerca y me da unas palmadas en la cara. “Adiós, sabes que no tardaré en volver”.

Por hoy también me voy. Os dejo con el final prometido. No perdáis puntada de Sandra, la mujerona rubia copa en mano, que es la madre del chico rubio. La mirada desafiante que lanza no ya a los vecinos, sino al barrio entero, como diciendo aquí estoy yo y puedo con todo lo que me echen, a mi me pone los pelos de punta.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Diccionario del diablo (III)


MAÑANA, 1. s. El día en que se cometen las buenas acciones y se cambia de vida. El comienzo de la felicidad (ver el Mañana cuando lleguen a él).


2. s. Última parte de la noche. Vulgar.



Mañana será otro día solía decir Paula. La creía, claro que lo hacía. Acaso no era la persona que lo había sacado de su vida anterior. Esperaba con paciencia, despertaba siempre antes que ella y buscaba con insistencia alguna señal índice del cambio prometido. Pero siempre le recibía su espalda arqueada con la espina dorsal luchando por rasgar la piel, la misma luz gris desde el patio interior del apartamento. Nada más abrir los ojos ya sabía que iba a ser otro día más, aun así confiaba en Paula y se levantaba a preparar el desayuno. No era un gesto de verdadero cariño, era más un acto funcional para ahogar el habitual mal humor de ella en el café. Le gustaba asistir a la transformación de sus labios fruncidos en una sonrisa aun tímida tras apurar el último trago del tazón. Ella comía rápido y le rozaba una mejilla camino de la ducha, él quedaba recogiendo migas y enjuagando platos. Lamía el cuchillo manchado de mermelada, ella aparecía en el umbral vaporoso del baño con la toalla apretándole los pechos y los hombros hacia atrás, dispuesta a afrontar su rutina. Admiraba su transformación, la envidiaba en secreto. Cuando ella salía a la calle enfundada en los ajustados pantalones negros y con la camisa abotonada hasta arriba, él se miraba en el espejo aun empañado pero carente ya de la calidez del vapor. El batín raído, la barba cerrada, las ojeras que distraían la atención de los ojos apagados. Volvía a poner la cafetera y bajaba al portal para mirar el buzón. Cogía la publicidad y la dejaba caer al suelo, tomaba las facturas y las guardaba en el bolsillo, apoyaba las palmas en los buzones del quinto a y c echando el peso del cuerpo hacia delante y miraba el interior del buzón, la puerta con la ranura abollada por haber sido forzada, con las esquinas oxidadas por haber sido también ignorado durante mucho tiempo. Ahora se había acostumbrado a abrir con la llave, pero el resultado era el mismo de siempre. La garganta vacía gritando sin voz, Paula en el bar hasta muy tarde y él esforzándose por seguir creyendo en un futuro que imaginaron entre los dos en el que no había espinas dorsales amenazando, ni luz gris todos los días del año, ni necesidad de magia barata para convertir labios amargos en sonrisas.


sábado, 5 de septiembre de 2009

Ciego ante la evidencia

De que las películas checas programadas en el festival de cine son igual de interesantes que cualquier otra. Supongo que pasará lo mismo sea cual sea la nacionalidad de la película.

De que Cortázar aun después de muerto es capaz de publicar un relato en el suplemento cultural del país. Es curioso como puedo sentirme sobreexcitado ente la posibilidad de una lectura. ¡Es qué es Cortázar!

De que Paul Auster es capaz de producir y publicar caca de la vaca. No sirve de nada endiosar a los autores que un día te conmovieron.

De que si me olvido de regar según que plantas se mueren, mientras que otras son capaces de resistir mi desidia y aparecer aun verdes cuando me asomo con cara culpable, rodillas flexionadas y regadera en mano, al arriate para intentar salvarlas de la sed.

De que una buena canción puede marcar la cadencia de una tarde que se adapta, mimética, a las subidas y bajadas de ritmo, a los bruscos cambios de tono y discurso de aquella.

De que vivir rodeado de personas lleva a desear que cada una de ellas de lo mejor de sí misma mientras que tu no es que te esfuerces mucho por hacer lo mismo.

De que las estatuas son las que más se aburren y los niños hiperactivos los que menos piensan; los que menos escuchan sus propios pensamientos, mejor dicho.

De que la culpabilidad solo sirve para cortocircuitar aun más el discurrir del esfuerzo que lleva, por caminos muchas veces insondables, al resultado deseado.

Ignorante y olvidadizo, así soy, así somos. Solemos creer que sabemos menos de lo que sabemos, nos centramos en saberes que nada nos aportan más que una precaria supervivencia en el aquí y el ahora. Permanecemos de espaldas ante lo que se oculta con sutileza tras el arrastrarse de las horas y buscamos colocones de entretenimiento y realidad inmediata, amnesia de todo lo que conlleva un compromiso con nuestra verdadera naturaleza; porque es más fácil satisfacer a los que nos rodean que a nosotros mismos. Es más fácil ver una competición de salto de altura que tomar impulso e intentar superar el listón, porque nos da miedo la certeza de que tarde o temprano acabaremos derribando ese listón y no podremos aplacar la frustración de sabernos torpes y muy lejanos a ser todopoderosos.

Ciego ante la evidencia de que la ignorancia hace feliz a las personas mientras que la conciencia y la claridad de ideas convierte al hombre en desgraciado y angustiado, pero a la vez le otorga la posibilidad de desarrollarse.

Reconozco que en demasiadas ocasiones elijo la ignorancia.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Reflexión sobre un tópico manido.

Definitivamente, me gustan los feos. Lo que supone un ejemplo más de mi eterno conflicto entre el conformismo social y el criterio personal. ¿Es mi preferencia una simple pataleta contra las normas, un acto de rebeldía inútil y superficial tipo nuevo progre, o es una tendencia profunda desarrollada por años de sedimentación de deseos libidinosos? ¿Es mi criterio estable o soy más voluble que un matrimonio etílico en Las Vegas?

Sea como sea, siento debilidad por los poco agraciados. Entran en esta categoría feos de rostro, cuerpo, alma y actitud; es decir, mi concepto de fealdad se refiere más a lo imperfecto que a lo antiestético. La hipótesis más plausible para explicar esta inclinación tiene que ver con el estereotipo de persona guapa igual a vacía, aburrida, egocéntrica y un largo etcétera de cualidades, todas en la misma línea negativa.

No puedo evitarlo, es ver un maniquí musculado, aseado con esmero y detalle y convertírseme el pene en garbanzo arrugado. El efecto contrario obran los desaliñados, ojerosos, descuidados de barba afeitada con un cuchillo de untar mantequilla que se visten con lo primero que ha caído del tendedero como el que come una manzana demasiado madura que ha caído a los pies del árbol, vestiduras que jamás planchan y que quedan en el sofá del salón hasta volverse de nuevo necesarias por el bostezo del armario y el empacho de la lavadora.

Con el paso del tiempo y los calentones he comprobado que, como en casi todos los aspectos de mi vida, es la imaginación la que lleva la vara de mando, la que dirige el deseo y le dice hacia quién apuntar. La perfección grisácea y adaptación mimética a los cánones del buen vestir y mejor comportarse (o aparentarlo) deja tan poco espacio para inventar maldades, imperfecciones o impulsos y pasiones del comportamiento que al final se impone el tedio y acabo suspirando y mirando para otro lado, reservando fuerzas para cortejar a individuos que requieran un trabajo más exigente para poder desentrañar los misterios ancestrales de su entrecomillada fealdad.

En resumen, las normas y categorías, como el papel higiénico, no solo sirven para limpiarse el culo: adoptan formas y usos variados a gusto del consumidor.

sábado, 15 de agosto de 2009

Diccionario del diablo (II)

ORAR, v. tr. Solicitar que las leyes del universo sean anuladas en beneficio de un único solicitante, que confiese no merecerlo.

Se la podía ver cada día en el mismo banco, arrodillada, con la cabeza cubierta de una toquilla negra. Se la podía escuchar murmurando rezos ininteligibles y ejecutando genuflexiones que hacían crujir sus resecas articulaciones. El resto de las habituales solían comentar las rarezas de esa mujer, su antipatía, su manera esquiva de salir antes que nadie sin despedirse.

Un día ella no apareció. Las otras, impacientes, esperaron casi hasta mediodía, pero cuando el hambre se hizo audible en los gañidos de más de un estómago, salieron a tomar el aperitivo. Nada más atravesar el vano de la puerta y santiguarse una comentó: “esa ya no aparece más por aquí porque ya ha conseguido lo que quería”.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Refranes que son mentira (el sueño de los justos)

"Dormir el sueño de los justos"

Si es verdad que la organización empresarial de ese tal Dios está tan estructurada, pocos llegarán a dormir alguna vez en sus vidas ese sueño tan reparador que se menciona en el refrán que titula este texto. El departamento de la planta sótano siempre anda saturado por el exceso de demandas de admisión.

Si obviamos esta concepción católica de la empresa y nos centramos en lo estrictamente humano también serán pocos los que lleguen a la cama con la medalla de justos colgada al cuello. Como mucho habrán podido fabricarse con los restos de su vida un cochambroso colgante de peltre con la inscripción: “lo intenté, pero no me dejaron”.

domingo, 2 de agosto de 2009

Diccionario del diablo (I)

Ambrose Gwinett Bierce, nacido en Ohio en 1842 y muerto no se sabe muy bien donde ya quedesapareció tras cruzar la frontera mejicana a finales de 1913 para unirse al ejercito de Pancho Villa como un Gringo Viejo (creo que hay películas incluso con este título). Mirad un fragmento de su última comunicación con sus familiares a través de carta:

«(...)Adiós —si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México —¡ah, eso sí es eutanasia! (...)».

Al leer esto nos hacemos una idea de por qué se le conocía como Bitter Bierce (el amargo Bierce). Se hizo famoso en su época como periodista cínico y deslenguado. Como escritor podríamos situarlo al lado de los grandes de su país. Cultivó sobre todo historias relacionadas con la guerra civil estadounidense, en las que se hace patente uno de sus rasgos que más me gustan: el tratamiento crudo de la violencia y de los estragos de la guerra, en el relato Un suceso en el puente sobre el río Owl, por ejemplo hay una escena en la que el protagonista huye entre cadáveres y hombres a punto de morir que se arrastran que es de los más deliciosa para los amantes de la casquería literaria. Pero lo que de verdad le he hecho ser un autor de renombre son sus relatos de terror que influyeron en autores posteriores (Lovecraft, tomo elementos de sus obras para su saga de los mitos de Cthulhu).

Aquí os presento su obra “El diccionario del Diablo”, que es eso, un diccionario, hecho a la manera que tenía este hombre de entender el mundo desde su misantropía y su ironía afiladísima.

No sé en que quedará mi intención, pero pretendo ir tomando entradas de ese diccionario al azar e improvisando micro relatos inspirados en ellas. Aquí va el primero.

Diccionario del diablo (I)

CONSEJO. s. La moneda menos valiosa que hay en circulación.

Cómo se me ocurrió seguir tus consejos. El vestido más rojo que haya es el que te tienes que comprar, le gustará, escúchame, le gustará. Debí haber indagado más sobre su especialidad, sobre como él se ganaba la vida. Sabía que era científico y que le gustaban los reptiles. Las dos fantaseamos sobre la posibilidad de acabar la noche con una boa albina al cuello meneando las caderas. Pero en su casa no había serpientes, en el restaurante me contó que trabajaba en un proyecto de repoblación de camaleones en los pinares de Rota, y yo con el traje rojo de brillo radiactivo que insististe llevara porque realza la putilla que llevo dentro. En mi mente veía a los pobres camaleones estallando nada más entrar en su piso, yo miraba al plato y daba vueltas a la comida con el tenedor, el interpretó mi preocupación como una falta de interés. Hoy me ha llamado, hubiera estado dispuesto a sacrificar mi carrera por descubrir lo que había debajo de tu vestido, me ha dicho, y yo en vez de decirle que no tenía que sacrificar nada, que podíamos quedar para quemar el vestido, me quedé callada, ensimismada con la idea de los pobres camaleones reventando en mil pedazos, escuchándolo al otro lado de la línea, estás ahí, estás ahí, y yo callada hasta que los tonos del teléfono me advirtieron que había colgado. Hubiera querido decirle que no necesitábamos ninguna boa para pasar una buena noche, que yo soy de las que se conforma con polvo y cigarrillo y que nunca en mi vida he llevado vestidos rojos.

domingo, 26 de julio de 2009

Como no llenar el tiempo (semana horribilis)

Tener demasiado para pensar no es recomendable cuando se está instalado en la duda y la incertidumbre.

Pues yo he tenido toda una semana para darle vueltas a la cabeza, para avivar el fuego de lo incierto. Siete días en los que mis ideas, deseos y sentimientos se han desplomado del andamio y se han estrellado contra el suelo. Cuesta mucho reconstruirse, he pasado muchas horas con los dientes apretados, confuso y con ganas de gritar.

Me pasa con frecuencia que la neurosis viene a instalarse en mi cabeza, normalmente la escucho llegar y me preparo pero en otras ocasiones llega de noche, cuando duermo, y busca un hueco en una parte de mi cerebro a la que no tengo acceso, una profunda y cálida, donde se acomoda y comienza a pellizcarme el seso en ese juego macabro del gusano dentro de la manzana.

Me resulta muy curioso como uno puede perder la perspectiva de lo que le rodea, como puede falsear sus percepciones, sus impulsos y las justificaciones de lo que hace o dice. Acabar perdiendo el control en definitiva hasta el punto de no reconocerse, de vivir los objetivos y apetencias que le son propios como una amenaza, como una losa pesada de la que es necesario desembarazarse.

Demasiado tiempo para jugar con las variables de mi futuro, para inventar formas de huir, para construir decorados ajenos en los que no puedo más que moverme con torpeza y desorientación. Como todos esos bosques que arden en verano mi capacidad de decisión, mi percepción de la realidad, se consumen en una pira provocada por la negligencia de esa parte de mí que sólo quiere una vida fácil y sin preocupaciones.

Tener demasiado que pensar y poco que hacer más que sostener un esfuerzo sin objetivo a corto plazo. Eso es lo que me ha sucedido. Observo a mi alrededor y compruebo como todos devoran sus piruletas tras una pataleta infantil de yo lo quiero ahora, y claro, se me antoja un dulce porque uno se cansa de roer mendrugos de pan, de adorar las cosas que están lejanas y son de humo. Así acabas queriendo lo que otros comen sin saber a qué sabe, sólo quieres experimentar el placer que ellos parecen sentir, sólo quieres satisfacer la necesidad de tener la cajita pequeña para ir engañando el hambre. Entonces olvidas que tú no comes dulces y empiezas a emborronarte, esa es la comida de otros y no sacia tu hambre.

Demasiado tiempo para pensar y muchas dudas por delante.

De repente, tras escribir largos párrafos en tus diferentes libretas intentando poner las ideas de nuevo unas sobre otras, después de llorar con el cigarrillo en los labios, de confundir el pasado con el futuro, de comprobar como la muerte aparece siempre como solución tranquilizadora. También sin avisar, tal y como lo hizo el derrumbamiento, sobreviene la calma. Unas veces es una conversación casual, alguien que te dice “tienes la mirada perdida” y tu vas y le sueltas todo el bolo confuso de ideas a medio digerir. Sólo el hecho de que alguien las escuche sirve para que tu mismo seas capaz de darles un orden. Otras veces te vas a dormir y por la mañana te encuentras el andamio de nuevo en pie, como en ese cuento de los enanitos remendones, entonces sonríes y agarras la escalera para subirte a la estructura reconstruida de tu pensamiento.

Demasiado tiempo para llenarlo de ideas distorsionadas en lugar de acciones satisfactorias. Empieza el ciclo ascendente, de nuevo ves tu reflejo en los espejos, desprecias los pequeños presentes pues en tu mente sólo cabe el gran regalo que aguarda al final del esfuerzo que decidiste acometer. Todo se simplifica, deja de haber enemigos tras las esquinas embozados para darte caza, las piernas ya no pesan y la muerte vuelve a ser como en los relatos de Ray Bradbury: una calavera de azúcar que venden en los cañizos de las fiestas en un pequeño pueblo de México.

sábado, 18 de julio de 2009

Realidades que se acercan

Esta mañana a instancias de El Mudo leí la crónica que Negrete dejaba en su blog sobre su semana astronómica (http://franciscoreflexiones.blogspot.com/2009/07/cronica-astronomica.html). Apuraba el café sin poder dejar de leer. “¡Qué detallista es este tío!”, pensé. No suelo escuchar al grupo objeto de tan pormenorizado seguimiento pero de inmediato se me vino a la mente una canción de un grupo que aparece también en su relato: Eskorzo. La canción: C/ La amargura y habla de inconformismo.

Me gusta tanto que por medio de los blogs se crucen los hilos de vidas tan distantes. Me gusta imaginar a Negrete caminando por Madrid observando como la ciudad se despliega delante suya.

Ahora me dedicaré a imaginarte Francisco como antes hice con otros que han ido entrando en mi realidad. De momento te ubico en un piso sin muebles, hay cervezas abiertas a medio acabar, ya andas algo ebrio y cantas a voz en grito tu inconformismo como en esta canción.

martes, 14 de julio de 2009

V.O.S.

Diálogos escondidos entre las palabras que podemos escuchar, atenuados, casi imperceptibles si no se está atento. Esa es la forma de narrar que tiene este director.

Me topé con él hace unos años, creo que era la época en que Almodóvar estrenó “Todo sobre mi madre”. En un programa nocturno de cine cacé un nombre al azar: no se qué gay. Obviamente me quede con lo de gay y más en ese momento en el que yo aun andaba tirando monedas al aire para ver si prefería las churras o las merinas. Quizás por eso decidí buscar la película de la que hablaban en el programa: “Krampack”.Me gustó mucho, me gustaron las conversaciones pausadas de los protagonistas y el papel del actor rubio, Ramallo.

Con el tiempo olvidé que este director existía hasta que una tarde de aburrimiento me metí en el cine a ver “En la ciudad”. Fue una de esas veces que pruebas suerte, llegas al cine y no sabes de qué van las películas, miras un poco la cartelera y te imaginas que es lo que encontrarás en cada una de ellas. En la ciudad, grupo de treintañeros cada uno con sus respectivas crisis, de nuevo diálogos lacónicos, como ollas a presión, palabras que parecen a punto de reventar por todo lo que callan. Salí del cine con una sensación de fascinación que aun evoco, joder una película española puede provocar esto en mi abotargado cerebro, por qué no se hacen más películas como esta, quien coño es este tío que es capaz de dejarme tan sorprendido. Cesc Gay, de qué me suena ese nombre, no sé, en casa lo buscaré.

Y tanto que lo busqué, al ver su filmografía recordé la película de los dos adolescentes en la playa que hace unos años tanto me interesó. Señor Gay ha ganado usted un seguidor incondicional. Desde ese momento espero cada película suya con avidez, no creo que pueda cansarme de sus personajes, tan catalanes ellos, tan contenidos, de sus elecciones musicales, de su tiempo lento, de la sonda que lanza en cada película hacia esos rincones que todos dejamos sin barrer, él llega a ellos, con una pajita, y absorbe su esencia para después enseñárnosla en sus historias, es el trasfondo de todas ellas. Nunca he visto a nadie que le saque mayor partido a la omisión de la verdad y a la ocultación de los miedos y los sentimientos.

Su última obra es algo distinta, está concebida para ser una comédia, pero el toque cómico es sutil y al trasluz pueden verse los signos de identidad del director. La película es una virguería de guión (basado en una obra teatral) que entremezcla realidad, ficción y el mundo que hay en medio, el mundo de los que hacen la ficción, ya que todo está ambientado en la grabación de una película, una comedia romántica para más señas. Los actores, mejor ellas que ellos, correctísimos y con momentos brillantes. Algún guiño para cinéfilos y muy buena música marca de la casa, será menester hacerse con las bandas sonoras de todas las películas del señor Gay, de seguro ilocalizables si es que siquiera llegaron a editarse. Me gustan especialmente de este director las escenas a la mesa, cenas, comidas, picnics y similares. Ahí saca el mayor partido a todos sus personajes, los lleva al límite, los hace explotar o callar para siempre.

En fin, ahora quedan unos añitos de espera hasta que venga la próxima. Mientras tanto me quedo con la sensación de extrañeza que me ha provocado ésta y con el buen sabor de boca.

Hay cine español bueno aparte de los grandes gurús. Seguro que hay más directores como éste y que nos estamos perdiendo.

Una pena.

sábado, 11 de julio de 2009

Había olvidado

Lo más peligroso que nos puede ocurrir es olvidarnos de lo que nos da placer. Uno puede meterse tanto en la rutina de llegar a ser que acaba pasando por alto todas esas cosas que, cuando empezaba a adentrarse en la adultez, le servían para mitigar el miedo y la incertidumbre provocados por las novedades que se le echaban encima.

Cuando eso ocurre uno empieza a sentirse hueco, a levantarse cada mañana por inercia, sus movimientos estereotipados y repetidos hasta la saciedad empiezan a producir chirridos en las articulaciones cansadas que recuerdan mejor que ese cerebro acomodado quien es uno. Persiguiendo sueños que ya no le pertenecen, siempre con la sensación de correr tras imposibles, empezando a dudar de la propia capacidad, de la valía del mundo que ha levantado a su alrededor.

Pero siempre llega un día en el que ya es imposible seguir aguantando, un día en el que uno se queda detenido frente al reflejo difuso de su cuerpo deformado en la marquesina de la parada del autobús. Ese día me ha llegado, necesito parar y analizar como desemboqué en este punto, necesito no tener que enfrentarme en el futuro a la congelación de mi ánimo en pleno verano, no quiero dejar pasar más autobuses mientras permanezco atónito observándome en el cristal sucio de la parada que es siempre la misma: el mismo principio cada día, los mismos pasos que ya no resuenan desde que desgasté los tacones que me hablaban y me advertían con el eco de sus orígenes.

Había olvidado lo importante que es escribir para poder mantenerme equilibrado y objetivo. Soy una persona que no sabe hablar consigo misma, alguien que interioriza demasiado, tanto lo positivo como lo negativo, y sólo a través del folio abierto y virgen puedo extraer el vino fermentado de mis sentimientos y motivaciones. Había olvidado la sardónica blancura de lo desconocido, la maravilla de las letras apareciendo poco a poco justo con la forma de la idea que me oprime las sienes desde dentro. Estos meses había escrito mucha poesía y con ella me había aislado en una visión sesgada de la realidad. No había conectado mis versos con el resto de lo que hacía, los utilizaba para poder dormir, para poder descansar de mi carrera sin meta definida, para poder sentir el gran vacío interior que yo mismo había creado.

No es que crea que actué mal. Me limité a centrarme en la parte que controlo de mi manera de ser, a huir del miedo que me provoca la inseguridad de mis objetivos vitales. Hoy eso se acabó, vuelvo a escribir y pienso hacerlo de una forma distinta. Acorralaré la queja que solía preñar mis relatos y mis comentarios, miraré el fondo del pozo antes de sacar la cuba con agua, dejaré de comer bocadillos de aire. Ya está bien de corteza, de apariencia, de inercia.

Hoy vuelvo a escribir y sé lo que eso significa. No más pereza, no más miedo. Comprometido como estoy, sin contrato, con mi propia existencia no puedo más que esforzarme para que esa relación entre el tirano y su súbdito acabe siendo una tortilla volteada. Acabarán al mismo nivel los platos de la balanza y las olas volverán a traerme con suavidad a la orilla, volverán a ser el calmado sonido que utilizo para adormecerme y no el barullo ensordecedor que me escupe a una playa de guijarros maltrecho y ensangrentado.

Lo qué llamé crisis o bloqueo hace un tiempo no era más que pereza mezclada con miedo. Pero ahora sé que he de lanzar mi mirada hacia atrás, lanzar con urgencia el cebo a mi pasado reciente y empezar a recuperar todas esas cosas que me llenan y me causan placer. Sólo empezaré a avanzar de nuevo cuando sepa quien soy y de donde vienen mis pasos.

Por eso a partir de ahora quiero dejar de escribir exclusivamente textos basados en mi abstrusa filosofía de café y tostada de aceite, dejar de pronunciar lo primero que se me pase por la cabeza y el corazón (para eso está, como he dicho antes, la poesía). Pretendo darle a este lugar un aspecto menos anárquico, aportarle un poco más de contenido, hablar en él no solo de mi individualidad sino de todo lo que contribuyó a asentarla. Por supuesto que seguiré siendo críptico, que seguiré perlando el blog de relatos personales; pero ya mis textos no serán coto vedado, pretendo hablar de todo lo que está fuera, adherido a mi piel, pero en el luminoso exterior.

Quiero que compartáis esta jornada de puertas abiertas y que me digáis con total confianza si en algún momento volvéis a encontrarme encerrado en mi fortaleza.

miércoles, 10 de junio de 2009

¿Qué queda de nosotros?

La conciencia.

Nacemos y somos etiquetados. Nos etiquetan nuestros padres y lo hacen los servicios sanitarios públicos. Primer cajón. aun pequeño, en el futuro nos sorprenderemos de todas las cosas que cupieron el él: una infancia, el olor del humo intenso de la fábrica en la esquina de la calle, la guardería dónde todos los niños parecían más seguros e interesantes que uno mismo, los juegos en la calle, las heridas en la rodilla, mariquita que te juntas con niñas, una escuela lejos a la que se llegaba en un autocar repleto de otros niños que, como como tú, tenían cara de no haber despertado aun, los primeros destellos de extrañeza, unas manos pequeñas que repelían otras manos mejor dibujadas, más unidas a la muñeca, al brazo, al hombro, al cuerpo, a la realidad.

Segundo cajón, este revuelto, confuso, emocionante porque uno no sabe que le depara ese caos. El instituto. Ni siquiera te preguntan sólo es un deber más, de nuevo cada mañana vas, esta vez andando, recorriendo la extrañeza y la pereza. Información poco útil, una supuesta forma de vida, una ética, una imagen de lo que te rodea que debes creer y callar. Te siguen erosionando, alguien sigue tomando las decisiones por ti, la alfombra se sigue desenrollando. Ahora toma forma lo que hace unos años sólo era un destello tras algunos poemas luminosos, tras admirar el torso desnudo de tus compañeros en clase de gimnasia, tras el gusto por escapar entre los jardines para capturar las mantis que viven en los rosales. Ahora descubres la literatura y la atesoras para cuando estés solo. Empiezas a sentirte incómodo en todas las sillas en las que te sientas, notas una sospecha difusa sobre el pulso de todo lo que te rodea. ¿Por qué no puedes notar tu sangre corriendo y sí advertir el tosco fluir de los días que se atropellan? Es opresión, es incomodidad, es anhelo de que alguien venga un día y abra la puerta de clase para pronunciar tu nombre, alguien desconocido pero amable, alguien al que llevas esperando desde siempre.

Sigues creciendo, sigues caminando con la sensación a cuesta de los trenes que no se atreven a descarrilar porque llevan muchas vidas dentro que correrían peligro. No eres un tren pero te responsabilizas de las vidas de padres, hermanos, amigos, gentes que de pasada se montan en tu grupa. No quieres hacerles daño, quieres ser uno más. Pero no puedes evitar huir al parque con tus libros, no puedes evitar sentirte distanciado de las vidas ejemplares. Sigues adelante, desgastada ya la capacidad de razonamiento, anulada la visión periférica. Sólo sigues y terminas lo que habías empezado para quedarte con las manos vacías, arena en tus palmas, ceniza, con una forma que recuerda vagamente un rostro familiar. El tercer cajón se ordena y pronto se llena de ropa monótona, de pequeños aparatos para escuchar música, de papeles con tu firma.

Otro cajón más. ¿Quién es ese hombre de chaqueta? ¿Quién es ese hombre que duerme a tu lado? ¿Por qué te cuesta tanto tomar conciencia del suelo que pisas? Es aquí cuando empiezas a escuchar que para ser adulto hay que responsabilizarse de los actos y que la vida no es más que una continua elección. Todos parecen fascinados con la idea de su libertad para optar. Tu callas, temeroso de ser el único que siente que jamás ha tomado una decisión por sí mismo.

Un día, hoy mismo, te paras a pensar en el niño que eras, en como desde siempre te has sentido extraño acatando los consejos y comportándote según unos criterios no escritos que todos parecían acatar.

Un día, hoy, te preguntas qué queda de lo que pudiste llegar a ser, cómo has llegado a ser el que habita bajo esta piel. Nada, no queda nada, jamás pudiste elegir. Muchos te llamaron por tu nombre, tantos que llego un momento en el que ya nada significaba. Muchos caminaron contigo hasta que poco a poco se hizo evidente que no podías seguir su ritmo, incluso encontraste a otros rezagados incapaces de aceptar su tara que volvieron el rostro cuando les imploraste ayuda.

Hoy, de ese niño que nació y fue etiquetado queda poco. Preparo mi renacimiento. Sin padre ni madre, sin reglas implícitas, sin la sensación húmeda de la pared del pozo en mis manos que sustituyen a los ojos porque hace tiempo que quedaron ciegos para la ilusión. Ahora tanteo en la oscuridad. Sólo necesito un nombre, una nueva chispa para incendiar mi conciencia y un poco de valor para asumir que en la ascensión que me espera llegaré dolorido a la luz, con las uñas arrancadas y el cuerpo magullado.

La conciencia nueva y curiosa y cajones vacíos. Eso queda.


lunes, 1 de junio de 2009

Bloqueo

Está el bloqueo del escritor, algo negativo y temido por los que se dedican profesionalmente a escribir. Por otro lado tenemos el bloqueo que en el deporte del baloncesto no es más que una técnica para permitir atacar con mayor solvencia, una forma de dar ventaja a un compañero para que encuentre más facilidad a la hora de encestar.
Ni yo mismo sé muy bien a donde quiero ir a parar con esta reflexión. Como casi siempre sólo puedo confiar en lo que he aprendido, en la interpretación y encuadre ajustados de mis sentimientos, en el poso de optimismo que me queda después de apurar el café.
Quería escribir, notar que no se ha estropeado el Jukebox de mi cerebro y que no ha entrado en un bucle aburrido de temas y opiniones. Necesitaba volver a sentir el teclado, acompasar las ideas con las teclas.
Hace un par de meses hable con "El Amante del Volcán" sobre los bloqueos, sobre los vacíos y sobre la necesidad de recargar las pilas para poder funcionar de nuevo. Hoy me aplico el consejo que a él le di: leo más de lo que suelo, afilo un poco la curiosidad y permanezco atento a lo general más que centrarme en lo que ya conozco para perfeccionarlo.
Mi experiencia me dice que es transitorio, pasará. Mientras tanto pienso en esa historia de la mujer que dio a luz a su hijo en pleno atasco de tráfico y en los naranjos que hay frente a mi puerta, en como pueden sentirse ahora que llega el verano y saben que no van a poder beber durante mucho tiempo.


viernes, 15 de mayo de 2009

Ci-Fi

Hacía tanto que no leía novelas de ciencia ficción que ya había olvidado el regusto que dejan. Esa sensación de que la imaginación es todopoderosa, de que por mucho que soples la vela esta se va a encender una y otra vez hasta que te atrevas a extender la mano y dejar que se te chamusque la carne.

Al volver la última página del libro recién concluido de nuevo sentií ese optimismo que relaciono con mis inicios de lector, ese despertar de la conciencia y esa fuerza que te inunda y te hace ver con claridad que nada de lo que existe permanecerá intacto para siempre.

Durante unos días no he podido salir de mi casa sin sonreír, sin pensar en regresar o en encontrar un lugar apartado para poder abrir el libro y continuar imaginando.

¿Como extrapolar lo que siento al leer este tipo de historias a mis actos cotidianos? Va pasando el tiempo y los efectos van desapareciendo. Guardo las sensaciones experimentadas en una de mis circunvoluciones, ya las usaré.

La belleza de Crónicas Marcianas, la angustia de Fahrenheit 451, la melancolía del Vino del estío, la resignación de Soy Leyenda, la rocambolesca mente política de Los Desposeidos, tantos y tantos libros que había apartado un poco de mi experiencia inmediata porque en los últimos años he tenido necesidades más introspectivas.

Ahora veo que hay que ser más ambicioso, no olvidar ninguna de las posibles vías de la creación literaria.

Será la primavera que me ha hecho crecer buganvillas en el pecho y ha hecho germinar las semillas que asoman entre las suturas de los huesos de mi cráneo. Y no duele nada. Hace cosquillas.

jueves, 7 de mayo de 2009

Hoy Gloria

Hoy he dormido mal. La mitad de la noche a tu lado. Esa mitad profunda y plácida hasta que el calor me ha desvelado y he comprobado que me faltaba el aire. La otra mitad solo en el sofá, mirando la luz amarilla que entraba desde la calle transformarse en trinos de gorrión, en día.

Hoy he dormido poco y me he levantado cansado. El día se presentaba difícil mientras untaba el pan en el resto de aceite del plato. Pero ha bastado pisar la calle para descubrir que estaba equivocado.

Sobre la acera me aguardaba la alergia y un insidioso dolor de cabeza; los mismos pasos de cada mañana dirigiéndome por distintas calles hacía la obligación que me impuse y que ya empiezo a apreciar como oportuna e ilusionante.

Un par de horas batiéndome con el sistema de adopciones andaluz, con montañas de pañuelos de papel. Asistiendo también al combate entre la queja por este cuerpo para el desguace y las ganas de salir a caminar ayudado por estos pies sabios, que conocen mis emociones mejor que mi cerebro blindado de esquemas y normas que alguien, seguro que con buena intención, me regaló. Menudo regalito.

Al final, después de tres horas, ya no he podido resistir. Había triunfado el optimismo y tenía la necesidad de celebrar esa inesperada victoria. Salí a sentarme en un banco, garabateé en mi libreta palabras sueltas que fueron ganando consistencia, que se buscaban y se abrazaban. De repente encontré ante mi unos pocos versos. El día se había dado la vuelta.

¡Yo alegre, vaya novedad!¡Esto se merece un brindis!”

VIRGEN DE PLÁSTICO

Con su manto de nylon

y la corona eléctrica,

con pilas en el pecho

y una sonrisa triste

se la ve en las vitrinas de todos los comercios

y en los sucios hogares de los pobres católicos.

En Nueva York los negros

tiene su virgen blanca

presidiendo el lavabo

junto a la cabecera...

Es un cruce de Virgen entre Fátima y Lourdes,

un leve vaciado con troquel «made in USA»,

tiene melena larga y las manos abiertas

es lavable y si se cae no se descascarilla.

Las hay de tres colores,

blancas, azules, rosas

las hay de tres tamaños

aun la grande es pequeña―.

Así, sin angelitos,

me diste tanta pena,

Virgen pura de plástico,

se me quitó la gana

de pedirte un milagro.

Suelo celebrar las alegrías con un libro. Hoy compré uno de Gloria Fuertes, me apetecía sonreír y sentirme niño.

viernes, 1 de mayo de 2009

Invocaciones de un miope sin sus gafas


¿Qué hacer cuando ya no se puede aguantar más el sospechosamente definido dibujo de lo que tenemos frente a nosotros? ¿Cómo evitar la sensación de que si alargamos el brazo y tocamos la fachada del edificio que tenemos delante este se desplomará como un decorado de cartón piedra?

La solución está en el pitido del despertador a las siete y media de la mañana. Nada tiene que ver el sobresalto producido por la repentina vuelta a la conciencia cuando despertamos, el latir de los hombros cargados después de haber dormido en tensión o la boca pastosa de cadáveres que no dichos el día anterior. La cura para todas mis sospechas sobre la realidad salida un molde que jamás se va a romper no es otra que la visión borrosa que me provoca la miopía.

Quién me iba a decir que con los años acabaría agradeciendo a la naturaleza esta tara que hoy me aporta casi siempre la primera sonrisa del día. Hoy se puede corregir este defecto con cirugía sencilla, no es necesario estar limitado por una visión defectuosa. Muchos me preguntan cuándo me voy a operar los ojos. Suelo callar unos instantes ante el interrogante que me suena a imposición, que no sale de sus bocas sino de ese manual del buen ciudadano que todos vamos interiorizando con el tiempo. Cuando me decido a hablar siempre es para mentir un poco, solo un poco. Suelo comentar que no me opero porque las dioptrías no están estabilizadas y es una tontería hacer nada para a los pocos meses volver otra vez al punto inicial. Callo lo que de verdad pienso. Para que carajo voy a operarme, opérate tu si tanto interés tienes —¿Existen las operaciones para devolver la miopía?—. Y es que este defecto de visión que para la dictadura estética de hoy en día es un vestigio del pasado se ha convertido en una de mis más preciadas posesiones.

Soy un ser neurótico, nervioso, inseguro, hipersensible, introvertido y desconfiado (también tengo virtudes, lo juro, no es el pesimismo un defecto que pueda añadirse a la lista de arriba). Sospecho con frecuencia de las cosas que suceden a mi alrededor, no confío en lo obvio, en las palabras que se vacían de contenido para acabar escuálidas y desangeladas. Vamos, que no suele gustarme lo que veo a mi alrededor y es jodido estar luchando con la condición rocosa de la realidad. Las cosas son como son y no podemos hacer nada por cambiarlas, mensaje llegado a mi presente directamente de mi infancia. Sigue la corriente y no intentes sacar los pies del plato, mensaje de madre que nunca sabe muy bien como querer y aconsejar a sus hijos. Para que te vas a molestar en cambiar nada si al final vas a criar malvas como todo el mundo, amistades que tampoco es que aporten muchas soluciones ya que suelen estar demasiado enfrascadas en sus propias neurosis, nerviosismos, inseguridades, susceptibilidades, cerrazones y desconfianzas.

Para frenar mi neuroticismo y ese dibujo rígido del mundo sólo tengo mi imposibilidad fisiológica de verlo tal y como es. Mis ojos hacen lo que yo no soy capaz de hacer, pasan un paño húmedo a lo que tengo delante y lo emborronan, lo distorsionan, convierten lo que me rodea en un lienzo en el que se ha intentado pintar pero que ha provocado la frustración del artista porque lo que estaba creando nada tenía que ver con la verdad, con la belleza o con lo humano.

Así que cuando me siento incapaz de asumir lo que veo me quito las gafas y las pongo sobre la mesa. Al instante todo se difumina y se vuelve algodonoso. Ahora puedo volver a pintar. Nada de líneas rectas que delimitan a la perfección el contorno de los objetos, nada de colores nítidos, nada de consistencia de granito. Ahora manda el sueño, la imaginación, la posibilidad. Sólo tengo que añadir un poco de fe para creer que cuando vuelva a ponerme las gafas, algo de lo que he inventado estará aun ahí. Necesito creer que los mañanas mejores, los futuros lejanos, las conversaciones pendientes, los esfuerzos aplazados se van a impregnar de lo que he pintado, llamado para que me ayude a cambiar el mundo. Esa es mi ingenua ambición.

Si veis a alguien sonreír por la calle con las gafas en la mano ya sabéis que está reinventando esa verdad de la buena, alegraos por él.