Porque la lectura no es sólo pararse en cualquier sitio y abrir el libro. Para mí, que tiendo a ritualizarlo todo, leer es elegir el mejor lugar, asentar bien las posaderas, a poder ser en un lugar firme y no del todo cómodo, que la temperatura sea la adecuada, que no haya mucho ruido y que si lo hay sea agradable o al menos sugerente. Me gusta leer cerca de carreteras o calles en las que hay tránsito de automóviles porque asocio el rasgar de las ruedas en el asfalto con la libertad, con el allí y no con el aquí, con un lugar mejor y por descubrir; me gusta leer en la playa porque la luz reflejada en la arena hace que las páginas parezcan más blancas. También cerca de una fuente porque me agrada pensar que tengo en mis cromosomas algún gen del llorón Boabdil.
Es cierto que una vez que te metes en la historia poco importa el sitio en el que estés. Pero se suele decir que los inicios siempre son difíciles por eso busco lugares propicios para esos comienzos, aunque hace mucho tiempo que para mi no resulta complicado ponerme a leer.
Me gusta levantar la mirada, salirme un momento de la historia, sentir como ésta aun se agarra a mi garganta, como se escurre de mi cerebro para caer viscosa entre las páginas pacientes que esperan mi regreso; levantar la vista e imaginarme dentro del destartalado coche que acaba de pasar, que esos pies descalzos sobre el salpicadero del asiento del copiloto pertenecen a mi amante y que decidimos inmersos en una conversación apasionada si girar a la derecha o a la izquierda, como si de esa decisión dependiera nuestro futuro, todo lo que podemos llegar a ser. Ver el mar, ese charco inmenso y retador, esa frontera definitiva, e imaginar que me llama, que me reclama. Si pongo un poco de mi parte incluso oigo a las sirenas y casi nunca me ato al palo mayor para evitar la tentación oculta en sus cantos, casi siempre acabo ahogado en su promesa, de nuevo allí más que aquí. Meter las manos en el agua, refrescarme el cogote con el agua parlanchina que ha estado hablándome todo el tiempo, arrullándome, acariciándome. Supongo que cuando salgo de mi lectura no me agrada hacerlo de forma brusca. La realidad está siempre ahí y no hay por qué tener prisa por volver a ella, me mareo cuando tengo que regresar precipitadamente.

Os dejo una fotografía de uno de los lugares que más me gustan en mi ciudad para pasar el tiempo leyendo. Es la glorieta de los Hermanos Álvarez Quintero, en el Parque de María Luisa. Os cuento además la historia personal que hay detrás de mi preferencia por ese rincón. Cuando era niño, tendría cuatro o cinco años, y mi padre me llevaba a dar de comer a las palomas siempre acabábamos allí tomando un helado, descansando, él de mí y yo del miedo que me producían las palomas y sus garras en apariencia inofensivas pero afiladas, miedo que me callaba (que sabios son los niños) porque sabía que a mi padre le satisfacía verme haciendo lo que todos los chiquillos de Sevilla hacen con sus familias. Recuerdo perfectamente el día en el que pregunté “papá, que son esos agujeros en los ladrillos”, a papá se le dibujó una sonrisa en los labios, los humedeció con una pasada de la lengua, tragó saliva y me contó este cuento:
EL CUENTO PARA LAS SEÑORITAS DE BIEN.
—Mira hijo, esas hornacinas en el ladrillo son estanterías para libros. Aquí antes había muchos libros. Estaba El Quijote, La Celestina y muchos de Quevedo, que era un guarro; de Gracilaso, de Espronceda, de Lope de Vega y Góngora. Muchos libros. Venían las señoritas de bien a leer o eso es lo que ellas decían porque en realidad venían a esperar a los novios que disimuladamente cogían un libro y se ponían a su lado para poder estar cerca y poder oler el perfume nuevo que se habían comprado. Y hacían manitas, hablaban en voz baja sobre la fecha de su boda y criticaban a sus familias por no dejarlos verse más que haciendo el paripé de ir a leer al parque.
—¿Entonces no les gustaba leer papá? ¿Para qué venían entonces papá?
—Niño, pues para pelar la pava, ¿no te lo estoy diciendo?
—¿Qué es pelar la pava papá? ¿Qué es Góngora?
—Pelar la pava es cogerle la mano a tu novia mientras piensas en cogerle otra cosa. Y Góngora era uno que escribía en el Siglo de Oro poemas muy difíciles que no entendía ni él.
—¡Ah! ¿Y no se llevaban los libros para venderlos en la Alameda* los domingos?
—No niño, no se los llevaban porque había un guarda que vigilaba para que no robaran los libros. Aunque en realidad estaba allí para controlar que los novios no se dieran besos.
—¿Y si eran novios por qué no se podían dar besos? porque era pecado, ¿verdad?
—Pecado mortal.
—Yo quiero ser guardián de libros papá.
—Anda termínate el helado y vamos a darle de comer a los patos.
Esa es la historia. Es obvio que la he retocado un poco, pero juro que esa conversación se produjo y que en mi memoria ha quedado grabada a fuego. Nunca he querido comprobar su autenticidad, está mejor así, anclada en la mente del niño que fui.
Hoy no dista mucho mi realidad de ese deseo que formulé aquel día en el que dimos de comer a todos los bichos vivientes del parque. A mi manera soy guardián de libros y me entristezco cuando voy a leer a esa glorieta y encuentro las hornacinas vacías. Ya no hay parejas de novios timoratos haciendo manitas, de hecho es un lugar bastante solitario y decadente, uno de esos sitios que parecen pedir limosna y te hablan de otros tiempos, aun no muy lejanos, que fueron mejores para ellos. Hoy, mientras hago una foto a dos turistas que me preguntan en inglés “Who are hermanos Avares Cuintero?”, me imagino a ese guarda de pié viendo las ceremonias de cortejo de los señoritos, ese hombre serio, ya entrado en años, que está deseando que las parejas se marchen para poder acercarse a los libros y sentarse a leer esos versos de Góngora tan difíciles para papá, igual que yo estoy deseando terminar mi torpe explicación de quiénes fueron los Quintero para quedarme sólo con una novela de Lobo Antunes que he dejado momentáneamente apoyada en las desoladas estanterías de ladrillo.
* Para el que no sea de Sevilla o el que no lo sepa la Alameda es una plaza céntrica en la que hace unos años se ponía un mercadillo.
7 comentarios:
Coincido contigo. Es uno de los mejores lugares para leer que te puedes encontrar en Sevilla.
Un beso,
Galia.
Hay tardes que uno desearía huir a un rincón así con un libro, a pesar de que como bien dices, todo ha cambiado demasiado. La imaginación podría repararlo todo... pero es que hay tardes en que ni la imaginación esconde el vórtice oscuro del desaliento. Las palabras impresas sí, a veces.
Las complicidades secretas también, aunque no sean en insomnio, sino en la más consciente de las horas del día, haciéndose noche ya.
Algún día deberías contar lo de aquél domingo en otro mercadillo, el que sustituye un poco al de la Alameda, aunque dista mucho de este...
Tu dandole de comer a todos los bichos, y yo que estaría todo el día con los pavos reales... ¿porque será?
¿Sueles ir por allí Galia? Es un buen sítio porque no está totalmente aislado y puedes oír los sonidos de los que pasean por el parque pero a la vez te permite el silencio tan necesario para una buena concentración.
Por cierto, me alegra verte por aquí.
Vulcanete, pues nos quedamos con esas complicidades, que sé que no te sorprenderá si te digo que a mi me dan mucha fuerza para afrontar el día a día, cuando la mañana se levanta pesada o tirana me alivia pensar que hay gente que ve el mundo parecido a como yo lo veo, que siente parecido a como yo siento. Y por supuesto, una buena lectura es capaz de limpiar y dar chispa a la mente más sucia o más adormilada.
Un besazo compañero.
Pues no los sé, no sé por que será, a lo mejor porque te gustan sus plumas flamantes.
Si yo viviera en Sevilla, me pillaría un libro, y me quedaría vigilando en el parque a que llegaras, entonces me acercaría disimuladamente y me sentaría cerca tuya, y haría como que leo... eres una presa realmente fácil, ¿sabes?
Ya lo sé Joss, sólo me hago el interesante.
Un besote.
Cuando te sumerjes en unlibro, creo que da lo mismo donde te halles, porque realmente estarás a miles y miles de kilómetros.
Aunque el sitio parece bonito, muy bonito ¿Me llevarás cuando me decida a ir a Sevilla? es un viaje pendiente para estar con mis Aliens favoritos, no olvido que tengo que ir a veros y abrazaros y que me llevéis de cañas.
Besos nostálgicos.
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