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martes, 27 de enero de 2009

En un rincón cogiendo polvo

Esta entrada promete ser breve como el sentimiento que la ha inspirado: apenas perceptible, apenas significativo sino fuera porque he conseguido asirlo de la cola justo cuando se dejaba resbalar hacia la omisión. A pesar de su intento de huida he conseguido atraparlo y encerrarlo en mi libreta de notas.

Una entrada diminuta que no sé si tendrá el peso suficiente en vuestras memorias, que no sé si olvidaréis con facilidad. Insignificante como el débil puño de un niño que agarra el dedo de su madre.

Una entrada fugaz como el dolor súbito e inesperado que he sentido al asistir al suicidio de Antinoo en la novela que ahora leo. Inmensa como la pena que ha llevado a Adriano a reflexionar sobre lo que no hizo y que ha empujado, siente él, al joven hacia la muerte.

Hacía tiempo que no lloraba con un pasaje de novela. Hoy ha vuelto a suceder. Y he podido comprobar que la gente no está preparada para el dolor, la prueba es que la chica que se sentaba a mi lado, al ver como me secaba las lágrimas de forma discreta, se ha levantado para buscar otro sitio lejos de ese tío tan raro que llora en el transporte público. Yo no estoy preparado para mi propio dolor. Así debe de ser.

Ahora me retiro a reflexionar sobre las cosas importantes que día a día aparco para más tarde. Besos que no di, abrazos y preguntas oportunas, viajes a altas horas de la noche, conversaciones a las que no presté atención. Los detalles que devora esa bestia que despierta cada día a nuestro lado y que sólo sabe hablar de obligaciones y de deseos que ni siquiera son los nuestros.

Antinoo ha muerto.


La irreversibilidad del hecho me asusta.

domingo, 18 de enero de 2009

Playa I

Hoy es uno de esos días en los que me persigo desesperadamente. Cuando me atrape me agarraré de las solapas y me zarandearé para hacerme confesar por qué mi mente está tan dispersa.

Observo como entre la papilla de pensamientos licuados flotan dudosos tropezones sólidos de palabras desmenuzadas, pedazos que puede que en poco tiempo se conviertan en ideas, ideas que empiecen a colisionar entre sí para formar una certeza, certezas que me lleven a la calma y a poder mirar atrás para analizar todo lo que ha sucedido desde hace tres días hasta hoy.

No es que mi vida se haya revolucionado, no es que me haya operado de estética, ni siquiera que haya tenido una experiencia cercana a la muerte. Nada especial ha sucedido y sin embargo hoy me despierto con una vitalidad desconocida, con una ansiedad que nada tiene que ver con la habitual. Esa es hija del miedo y el descontrol. Hoy me he levantado con unas ganas desconocidas de hacer, de crear. Ganas de cazar a mi sombra para cantarle las cuarenta, para decirle que ya nunca más podrá tirar de mi hacia el suelo, que ya no pienso seguir jugando a encontrar sus ojos porque me he convencido que no los tiene, que ya no me obligará a mirar más hacia la oscuridad. Atrapar a mi sombra para estrangularla y después huir, huir para que no pueda encontrarme cuando reviva. Porque las sombras tienen la molesta costumbre de la inmortalidad, creo incluso que sobreviven una vez nosotros nos hemos ido. Se agolpan en las esquinas por la noche, en los portales, en los lechos resecos de los pasos que dimos, se agolpan en todos los lugares oscuros que una vez habitamos .

Mi idea inicial era escribir algo sobre la escapada que ayer hice con T. a la playa. Contar todo lo que vi y que permanecía fresco en mi recuerdo desde la última vez que fui (¿Por qué será que algunas cosas se nos agarran a la memoria con tanta fuerza? Al menos esta imagen de mi playa perdura por ser un recuerdo agradable y tranquilizador). Escribir sobre la sensación que experimento cuando me alejo de la ciudad y me dirijo a los territorios que pertenecen a mi infancia, a los olores que evocan la libertad y la despreocupación. Pero esa intención tendrá que quedar aplazada hasta mañana, ahora estoy demasiado excitado para poder plasmar la serenidad que ayer sentí, así que me limitaré a esbozar un esquema en un archivo aparte y a colgar esta improvisación que no es más que una forma de exorcizar la precipitación que desdibuja un poco la sonrisa con que me he levantado de la cama.

Será que soy capaz de ser feliz. Eso será.

sábado, 10 de enero de 2009

La estrategia de la lagartija

Cada mañana me levanto embotado y torpe de movimientos. La cabeza apenas es capaz de ir más allá de las acciones inmediatas como poner la cafetera, enfundarme los calcetines o rascarme la espalda que siempre pica justo en ese punto inalcanzable.

Suelo quedarme embobado frente a la ventana, mirando el lienzo vacío de los adoquines, observando como la gente lanza una mirada furtiva cuando entra en la intersección de mi calle con la que ellos transitan, es como si ya estuvieran alerta, preparados para enfrentarse a las amenazas de estas mañanas de invierno que nos recuerdan lo débiles que somos. Es normal que el invierno nos deprima y nos encoja, es normal que nos potencie la melancolía, porque nos limita nuestro campo habitual de acción. A mí, que me suelo mover durante todo el año por esos territorios, esta estación me afecta menos pero conozco a algunos que serían capaces de invernar, de meterse en cualquier cueva después de haberse cebado con toneladas de comida grasienta para crear reservas con las que pasar estos meses. Pero no suelen hacerlo, al menos no de la forma literal que acabo de describir. Sin embargo sí se les nota un cambio de actitud, pasan de buscar a esperar, de querer hacer a desear. Este cambio sutil en el desempeño de las acciones del día a día no es más que otra manera de invernar.

Me cuesta convertirme en ser humano cada mañana, me cuesta tomar la iniciativa, cualquier acción, por sencilla que sea, se presenta como todo un reto. Así que permanezco frente a los cristales sucios de la ventana del salón siempre un par de minutos más de los recomendables. Tengo que limpiar estos cristales, pienso. Tengo que empezar a despertar. Noto los ojos aun enrojecidos y cargados de restos de sueño, los froto y bostezo. Pongo música suave y vuelvo a la ventana. Los desconocidos siguen pasando, siguen mirando asustados, atentos a lo que pueda salir de repente de la calle que se ven obligados a cruzar en su camino hacia las obligaciones del buen ciudadano.

Es el invierno que me congela la sangre, es este puto dolor de rodillas, es que hace más de un siglo que no duermo profundamente, es que no me conformo con nada de lo que tengo. Ya me voy despertando, lo sé porque mi mente siempre se descorcha con estos pensamientos autodestructivos. Ya voy siendo capaz de moverme con algo más de fluidez, justo entonces pita la cafetera en la cocina y decido, de camino a mi taza humeante, lavarme la cara con agua helada para abandonar definitivamente mi estado.

Agua y café. Pronto estoy en la calle. He compensado con prisa la parsimonia del inicio de la mañana y casi sin saber como me encuentro subido en el autobús camino al trabajo. Ha empezado el día. Busco mi asiento preferido que casi siempre está libre porque es el que se sitúa en ese grupo de cuatro colocados frente a frente, a casi nadie le agrada encararse con desconocidos en el autobús. Ese sitio me gusta porque puedo sumergirme en el rostro de los que se sientan delante y sobre todo porque me permite estirar las piernas y no ir encogido.

Cuando llego el sol ya asoma y ha empezado a calentar tímidamente las calles, en el fondo de la avenida que sube en ligera pendiente puede verse la luz amarillenta y fría que pronto comenzará a creer en su fuerza y a descender calle abajo. Entonces me siento reconfortado, todo va bien, en un par de horas saldré y cruzaré la calle para ir al bar en el que habitualmente desayuno, iré pegado a los edificios, muy pegado a los muros blancos de los bloques de pisos que ya comienzan a entibiarse. Antes de entrar en el bar me quedaré un par de minutos inmóvil, la mandíbula levantada al cielo, y cerraré los ojos para que el sol de invierno me caliente los párpados.


— ¿Era un cortado, no? —Me pregunta mi compañera asomando la cabeza por la puerta
del bar.

Abro los ojos rápido, sabiendo que se ha terminado mi instante de placer —Sí, y pídeme también una entera con mantequilla y york que hoy tengo hambre.

martes, 6 de enero de 2009

Cenicienta chapa y pintura

"Como no venían a besarla decidió dejar de hacerse la dormida, dejar de esperar. Se levantó. Primero la pierna derecha, los dedos del huesudo pie se introdujeron casi de golpe en la raída zapatilla de felpa. Después la pierna izquierda repitió la misma operación. Tomando impulso con ambos brazos levantó su cuerpo mientras exhalaba un suspiro lastimero que en esa habitación congelada sin nadie para escucharla era la única manera de demostrar la decepción que sentía.
Ahí estaba antigua princesa de cuento enfrentada al espejo. Tenía un aspecto horrible que no intentaba disimular".

Recupero antiguas iniciativas, vuelvo a creer que soy capaz de recordar los secretos perdidos de la alquimia y sacar del traqueteo del reloj adoquines de oro que apilaré en un rincón hasta el día en que decida ponerme manos a la obra.



Secretos que hablan sobre como unir las piezas para no tener que andar saltando de islote en islote de hielo como un oso polar en busca de jugosas focas, como en las escenas en las que dos encarnizados rivales luchan sobre el cauce helado de un río que se hace añicos a medida que avanza el envite. Unir las piezas, que se solidifique el hielo, que se convierta en terreno transitable. Después vendrá la labor que más cuesta, evitar los resbalones y las desorientaciones, evitar que una vez el terreno se ha puesto de mi parte acabe perdiéndome en el miedo y en la complacencia de lo bueno conocido.

Quizás la mujer tenga que tener algo más de personalidad, siempre escribo sobre personajes derrotados y sin solución. Quizás la debería hacer consciente de su propia derrota, pero entonces esta mujerzuela de pacotilla se me subiría a las barbas. Pero tengo que darle la oportunidad de salir adelante, una última posibilidad de sobrevivir a la crueldad del mundo que huyo de la realidad para convertirse en mi ficción. Dudo.

Recupero las ganas de inventar, las ganas de investigar, la actividad, todo en este principio de año. Son tan prometedores los principios, siempre me excitaron. Recuerdo una vez que fui a ver una competición deportiva en directo, era una importante carrera, un mundial si no recuerdo mal. Ya sabía que los nervios me atacarían cuando el juez levantara la pistola para dar la salida, ya había apreciado ese momento en la televisión en innumerables ocasiones, pero allí resultó distinto. Ver como los cuerpos de los atletas se tensaban, como el brazo del juez al que se le perdía el rostro bajo un sombrero tipo panamá blanco con cinta amarilla oro se levantaba, como sonaba el disparo y todos corrían para coger una buena posición. Recuerdo el respingo que di en el asiento. Los principios son duda que se agiganta hasta convertirse en posibilidad, son esperanza, por eso me gustan tanto.

Pero a diferencia de otras ocasiones no quiero quedarme en el pistoletazo de salida, no quiero perder la fuerza, quiero perseverar, ser consciente del tránsito, afinar el oído para escuchar el soniquete de mis pasos sobre el asfalto. Quiero sacar la cabeza por la ventanilla de mi viejo coche y gritar, abrir la boca y tragar los insectos que rebotan desde la luna delantera, sentir que me muevo hacia algún sitio.

Cenicienta. Seguro que hay muchos otros relatos que hablan de una Cenicienta vieja y ajada. Como puedo darle un toque de originalidad al mío, como hacer que esa mujer deje de ser un tópico arrugado para convertirla en un futuro a la vez temido y deseado para todas las mujeres. Difícil cuestión. Pienso en mi profesora de literatura del bachillerato, esa roja amargada que fumaba en clase y que nos hablaba de literatura catalana en un instituto de la zona bien de Sevilla. Cenicienta una y mil veces violada, visitada, convertida en motivo de burla, en la imagen de la estupidez, Cenicienta que vive ahora sola en la casa que le sacó al marido al que ha perdido la pista. ¿Qué haré con esta mujer?

Y lo que es más importante recupero mi fe, esa que me hizo comenzar a crear otro mundo aparte del que me había tocado vivir, esa que me obligó a afinar los ojos, a afilar la conciencia de lo que me rodeaba hasta tal punto que a veces lloro porque son demasiadas las cosas que me circundan y que no entiendo, lloro porque ya no soy capaz de simplificar en un primer vistazo las escenas que aparecen ante mis sentidos. La fe que me convirtió en lo que soy. Porque creo que hay otro mundo detrás de éste que hemos construido entre todos, un mundo que aun está por terminar, al que le asoman las costillas de metal, al que hay que llenarle los mares y al que hay que insuflar el calor de la vida. Algún día, cuando ya haya perdido del todo mis inhibiciones, colgaré un anuncio en los periódicos, algo que diga: “Se busca sol para mundo en creación, no se necesita experiencia previa”.

De momento acuesto de nuevo a cenicienta. ¡Qué duerma, que duerma!