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martes, 10 de febrero de 2009

A-2233

Nos dirigimos con las bolsas hacia el coche. Cada pocos metros tengo que bajar el pie derecho de la estropeada y estrecha acera por la que avanzamos en fila india. Vas delante, observo tu pelo largo y pienso en que jamás he visto tu cuello, que apenas sé como son tus orejas. Quizás por eso hay veces que tengo la sensación de que no me escuchas, como vas a hacerlo con las orejas ocultas. Veo la panza de una enorme berenjena asomando en un cucurucho de áspero papel grisáceo. La piel, de un morado intenso, brilla cuando atravesamos los cruces de las otras calles con la que nosotros estamos recorriendo y el sol encuentra un resquicio para asaetearnos.
Llegamos al coche. Apenas hablamos, te veo sonreír de forma lánguida. Nunca te sentaron del todo bien estos viajes a la costa.
Cuando quiero darme cuenta estamos a las afueras del pueblo, observo el cartel de chapa que señala nuestro destino y los kilómetros que restan para alcanzarlo, los primeros pinos se aventuran a los lados de la carretera, cruzamos una mirada, me acaricias fugazmente la rodilla para enseguida tomar el volante con ambas manos y poder trazar bien la primera curva complicada de esta carretera sin espina dorsal que avanza entre la arena y los árboles. Hace frío y me arrellano en el asiento, me giro hacia la ventanilla y te dejo a una distancia inconmensurable, desapareces mientras me pierdo en la sucesión de troncos y retama de la cuneta.


Este va a ser uno de esos trayectos para reflexionar, para pasar revista a todas las cosas importantes que durante la semana vamos dejando transcurrir sin fijarnos mucho en si están enquistándose o por el contrario van acercándose a una solución soportable. Siempre supiste percibir con precisión asombrosa mis estados reflexivos y además aprendiste con el tiempo a respetarlos, a entender cuanto los necesito. Por eso me fui enamorando de ti, por eso no me importa que a veces no pueda disponer de tus orejas y que cuando estamos cerca del mar tus conversaciones, como ballenas varadas, vayan marchitándose entre la pesadez que te domina.
Ascendemos un poco, el coche pierde velocidad, a mi mente acuden todas las tareas pendientes sobre la mesa de la oficina.


Rascacielos de folios inscritos en idiomas extranjeros. Todos los bolígrafos con los capuchones mordidos. La rutina y los hombres grises que siempre creí más fuertes y listos que Momo. Cuándo elegí tirar por la vía fácil y convertirme en un ciudadano más. Cuándo olvidé que yo había nacido para buscar otro tipo de estímulos que en nada tienen que ver con la vida sin sobresaltos, con el esto es lo que hay, con el date con un canto en los dientes. Siempre se me dio bien disimular pero hoy me encuentro con que la actuación ha sido tan perfecta todos estos años que se ha convertido en realidad, una realidad atada a los tobillos que me impide alcanzar la superficie para respirar.
Suspiro angustiado y me miras sin preocuparte demasiado, sabes que siempre empiezo por lo peor, que el drama prefiero digerirlo al principio e ir capeando el ardor de estómago fruto de la mala digestión como buenamente pueda.


Aprieto los ojos con fuerza para exorcizar mis obsesiones sobre el trabajo. Al abrirlos el color de la vegetación ha cambiado. Ahora es más verde. Un repentino calor en el pecho me invade al ver un calvero al pie de carretera en el que unos niños juegan alrededor de un viejo Renault 19 como el que teníamos cuando íbamos al camping todos los veranos. Dónde está el niño que le robaba las garrafas de agua puestas a calentar durante todo el día a los vecinos de tienda, dónde el que se alejaba siempre más de lo debido en el bosque y regresaba de madrugada para recibir satisfecho el bofetón de su madre preocupada, dónde había guardado las mudas de las serpientes que verano tras verano fue guardando. Si ahora las tuviera en la mano recuperaría la esperanza, sabría que la batalla está jodida pero que para nada está perdida pues en lo esencial continua siendo esos pies descalzos, esas manos asustadizas desenredando de las ramas de los espinos la muda de las culebras para llevársela de vuelta a la tienda, esa manera de escuchar el levante arrojando tierra sobre la tela tensa.


Un coche pasa veloz en dirección contraria, su estruendo me aparta de las reflexiones sobre los paraísos perdidos. Empieza a dibujarse en mi mente las vidas de los que me rodean. Siempre me sentí distinto, pero ¿Qué es lo que me diferencia del conductor del coche que nos acabamos de cruzar? ¿Qué tengo yo que me hace creer que soy único? Sé que este egocéntrico pensamiento no es para nada original pero me ayuda a perseverar y a seguir persiguiendo mis objetivos.


Un descanso. Te pido que pares. Necesito un descanso. Una cerveza. Tu voz diciéndome nada. Tu beso en la mejilla como siempre que estoy melancólico. El olor de la resina de pino, el crujido de la pinocha bajo mis pasos, resbalones en el barro y el rabo del bodeguero que se agita como una varita mágica que me hace sonreír. Porque el que yo sonría en días como este no puede ser calificado de otra manera. Magia.

Apuro el último trago de mi botellín justo antes de subirnos al coche. Damos las gracias a los dueños de la pequeña venta perdida en medio del bosque. Acaricio la cabeza del perrillo que me lanza mordiscos amistosos.


De repente mi estado de ánimo ha cambiado. Pronto estaremos comiendo, ya casi puedo oler la dorada en su punto acostada sobre su cama de patatas. Y nos reiremos, nos gastaremos bromas, indagaremos con curiosidad en la mañana de los que se quedaron en el apartamento. De repente la vida se hace soportable, tan ligera que apenas pesa. Sólo un par de curvas nos separan de nuestro destino.


Pronto el mar verde da paso al verdadero mar, al de la sal, los misterios y las promesas. Aun no se oyen las olas que en este día de invierno deben sonar ásperas y algo hurañas, al menos así estaban cuado las dejamos atrás esta mañana temprano para ir a comprar la mercado del pueblo vecino el inicio de una tarde llena de posibilidades.


Hemos llegado. El faro marca nuestro destino.

Para T.