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viernes, 27 de marzo de 2009

Laicismo tararí que te vi

Esta reflexión comenzó, sin yo saberlo, a gestarse anoche mientras veía la televisión como única actividad capaz de ser soportada y no provocar el estallido de mis ataques de rabia cada vez que, allá vamos, brazos levantados y grito sin emoción, me precipito en uno de esos acusados descensos de mi montaña rusa emocional. Veía el programa de Wyoming que se pasó toda la emisión soltando chascarrillos y bromas sobre la Iglesia.

Esta mañana se ha cerrado el círculo cuando he ido a la caja de ahorros a hacer unas gestiones y he encontrado esto:



Al ver este hermoso folleto saqué dos conclusiones: primera, que la realidad nos ofrece todas las piezas que queramos para poder montar el rompecabezas a nuestro antojo y, segunda, que la religión (católica) está herida pero que aun puede revolverse y arrancarnos un poco de libertad de una furiosa dentellada.

Me explico. Mi primera conclusión no hace más que corroborar la sorpresa que me causa el hecho de que tengamos las cosas delante de nuestras narices y no seamos capaces de verlas. ¿Qué hilo une el discurso del presentador progresista con el folleto que hoy he recogido del mostrador de la caja de ahorros? Yo os lo diré, la voluntad, la predisposición a ver lo que en apariencia es trivial revestido de una importancia inesperada. Me sigo sorprendiendo con estas coincidencias que nada tienen de azar aunque se disfrazan de tal. La segunda de mis conclusiones tiene que ver con el desencanto que me provoca el hecho de que en un país que se declara laico aun se puedan encontrar estas cosas al alcance de cualquiera. Vale que es una entidad bancaria, vale que pueden hacer en sus instalaciones lo que les salga del alma, pero que queréis que os diga, a mi estas asociaciones poder-dinero-Iglesia me dan mucho canguelo. Sea como sea, también es casualidad que la gestión que iba a hacer a esa caja fuera cancelar una cuenta que tenía contratada con ellos; digamos que, en esta ocasión, la acción se anticipó a su causa.

De todos modos, si alguien se muestra interesado en la iniciativa que se propone en el folleto, no tenéis más que decírmelo y os facilito la cuenta para que tengáis el honor de pagar la oreja izquierda de este ínclito personaje que tanto honor hizo a esta ciudad atreviéndose a besar su suelo. Lo que me extraña es que al bajar del avión y realizar su habitual gesto no plantara los morros en una boñiga de caballo que aquí es como una marca de calidad: si huele a boñiga estás en Sevilla.

Saludos y gracias por aguantar mis quejas.

viernes, 13 de marzo de 2009

Los voladores y los que no lo son



“No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! –y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. ¡Si no saben volar pierden el tiempo las que pretendan seducirme!”

Oliverio Girondo
Espantapájaros (al alcance de todos)

Hace un par de semanas estuve en Granada, esa ciudad que condensa todas mis fantasías y que me sirve de bombón cuando la comida ha sido tan amarga que me gustaría vomitarla. Allí conocí un poco mejor a dos personas que han entrado recientemente en mi vida, dos amigos, dos motivos para no tachar al mundo de irrecuperable. Una de esas dos personas me habló de su entusiasmo por este autor que he citado arriba, al oírla me dio la sensación de que Girondo había establecido un diálogo íntimo con ella, una especie de interacción personal de la que esta chica, Cha, sacaba beneficios que para mi resultaban misteriosos aunque evidentes.
“Toma, si esta tarde sales a dar una vuelta llévate esto”. Me dijo entregándome un libro de pastas negras. Así que esa sería una tarde de poesía por las calles de mi ciudad concepto de futuro y belleza. “Es Girondo, conoces a Girondo”. Me preguntó. “De nombre”. Lo que evidentemente significa que un día escuché o leí este nombre inserto en un listado de poetas de tal o cual orientación o estilo. “Aja, pues lee algo, me gustaría que leyeras algo de él”.
Agradecido tomé el libro y me dispuse a perderme en cualquier parque, a licuarme a través de los orificios de esos bancos de forja tan típicos de algunos jardines públicos. Al final no pudo ser, me pudo la tentación de las librerías de viejo y bastó con entrar en un par de ellas para que la tarde se fuera volando y me dejara con el libro negro de poesías de Girondo en las manos y con una leve sensación de culpabilidad, de promesa incumplida. No lo puedo evitar, me educaron para satisfacer a los demás y para no pensarme como persona que necesita también ser satisfecha. Muchas de mis neurosis vienen de esa asincronía, pero ese tema no es objeto que deba ser tratado ahora; nunca en realidad, al menos no exponiéndolo en el anfiteatro para que lo devoren las fieras.
Creo que me preguntó si había leído algo cuando fui a recogerla a la puerta de su academia de formación. No lo recuerdo bien, pero supongo que agaché la mirada y negué. La noche siguiente, en la ecuación X porros + Y copa de vinos, Chá introdujo una variable extraña que me sobresaltó: Z poema que no recuerdo y al final su voz algo ronca y nasal por la alergia declamando el nombre: Oliverio Girando. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que leería a este autor.

A los dos o tres días compré el primer libro que encontré del tal Oliverio, ese nombre que me sonaba pero al que todavía no me habían presentado. Por lo que observo he escogido un libro inicial en el que el sarcasmo y el descaro son sus armas principales. Ya sólo por eso me gusta. A medida que avanzo la sensación de juego se va diluyendo y empiezo a entrever una fina capacidad de atisbar el movimiento y congelarlo. Siempre admiré al que sabe contar una bella historia en los versos, esa poesía híbrida que no es sentimiento puntual ni relato desprovisto de lirismo. Territorios limítrofes.
Encuentro mucho sexo, bien por Oliverio; mucho cinismo mal disimulado y referencias a la ciudad que me habita, referencias no muy positivas que a pesar de haber sido hechas casi ochenta años atrás siguen teniendo validez. Lo que dice mucho y mal de la capacidad de evolución de esa ciudad que me parasita.
Encuentro, cuando ya casi finaliza el libro, las palabras que arriba reproduzco y ¡coño, esto me suena, esto lo he escuchado antes! Bastan unos minutos para recordar dónde, la película en la que el poeta compraba churros con poemas. Siempre sucede lo mismo con las referencias, me cuesta encajarlas en mi realidad y una vez que lo logro, una vez que el señor Girondo se instala en mi memoria con zapatillas de felpa y olor a costo y vino, entonces puedo centrarme en sus palabras para comprobar, obviando el claro matiz amoroso de las mismas, que yo tampoco soporto a las personas que no saben volar.

Como reacción a lo dicho, un micro para Cha.

Cada mañana desde que tengo uso de razón y capacidad de leer periódicos puedo comprobar en la sección de sociedad que ha aumentando el índice de personas con pies de plomo o zapatos de cemento. Las causas son varias para que las gentes decidan que es mejor caminar haciendo que resuenen fuerte las pisadas sobre las aceras. Está el miedo a que les suelten la cuerda y se pierdan en una ascensión sin objetivo aparente, está esa enfermedad tan dañina que inoculan a los niños el primer día de colegio y que en un alto porcentaje desarrollan, una enfermedad que ni la muerte cura porque ya se encargan los que se quedan de recordar y guardar para futuras generaciones el virus que la provoca. Está, sobre todo, la condición perezosa del ser humano.
Son muchas las razones y ninguna solución se ha propuesto desde las instancias competentes. Incluso yo mismo he estado a punto varias veces de engrosar la estadística cuando por descuido me he calzado los zapatos de papá o los de mamá con tacón de tornillo que la anclan al suelo.
Cada mañana el número de personas que se mueve por las calles aumenta y el de las personas que sólo bajan a ellas para beber y comer en cualquier bar a mitad de jornada disminuye. Tendré que dejar de leer los periódicos y salir un poco más temprano. A lo mejor los voladores prefieren, como los gorriones escandalosos, el frió ficticio de las cinco de la mañana de estos marzos con aspiraciones de verano. Sí, eso haré, saldré antes a la calle, me tiraré por el balcón y empezaré a flotar cuando llegue al sexto, como siempre, apenas dos plantas para percatarme de mi condición aérea, saludaré a Doña Francisca que no sé si tiene pies de cemento o alitas de Apolo porque nunca la he visto en la calle y me dispondré a comenzar mi búsqueda diaria de personas que aun puedan y quieran volar.

viernes, 6 de marzo de 2009

Casa vacía

Como este blog de un tiempo a esta parte.


Mi pecho que no parece contener más que los ecos de de los latidos que ayer eran furiosos y hoy, escucha el susurro, el gemido del corazón en la mano con oxígeno asistido y palabras cariñosas por si se me muere antes de tiempo.

Mis días que poco a poco vuelven a ser igual que antes, poco a poco. Igual de rutinarios pero esta vez con una monotonía que parece llevar a algún sitio, una rutina que he sido capaz de vestir de método para alcanzar un objetivo.

Un sofá destartalado
para sentarme a contemplar como se llena ese vacío que hasta ayer mismo dolía tanto que me impedía hacer todas las cosas que me satisfacen.

Y es que a veces es complicado tomar decisiones. Esta ha sido una de esas ocasiones, es como elegir entre tus hijos para entregar a uno en sacrificio, pero aun así decides, porque así se construyen las vidas, sobre las decisiones conscientes, sobre las que son difíciles e impopulares, las que suponen una batalla contra los elementos.

Hoy me siento orgulloso y simplifico cuando me preguntan por las causas de mi locura soltándoles esa historia del paso atrás para coger impulso.

Porque los giros tipo vuelvo a casa de papa y mamá, vuelvo a ser estudiante, asumo que ya he quemado la etapa de ser un ciudadano productivo, asumo que la libertad es otra cosa que nada tiene que ver con mirar la cuenta del banco el día penúltimo del mes para confirmar que ese fin de semana te tendrás que quedar en casa; esos cambios de rumbo radicales son arduos pero necesarios.

Tengo la sensación de que si hubiera tomado cualquier otra decisión no hubiera costado nada organizar mi entierro, intuyo que incluso estaban todos los tramites muy adelantados. Un entierro sencillo consistente en seguir adelante con un enorme peso en el estómago y mirando la cuenta el día penúltimo de cada mes para saber que ya nunca podré perdonarme por haber limitado mi vida a causa de un mal entendido afán de normalidad.

Me siento fuerte, me siento querido incluso por los que criticaron mi decisión, me siento capaz de lograr cualquier cosa que me proponga.