Etiquetas

Acercamientos Adivinanzas adolescencia Afuera Alejamientos Amigos Amorios Ansiedad Antropología personal Ausencia Autores Bares Barrio Barroco Bradbury Buzón Cabra calendario Calles Calma Camas cambio Canis Cansancio Casa Cerveza Ciclotimia Ciudadano Comistrajos Conjuntos Córdoba Cuento Curro Depresion Despedida Diccionario del diablo Diverso Ducha Dudar e-book Ego Entusiasmo Escritura automática Esperas Espiral Literaria Esponjoso Esvivir Excusas Experimentos con gaseosa Familia Fascinación Ficción en primera persona Fiebre Filosofía mañanera Filosofía mañanera por la noche Filosofía mañanera por la tarde Folk Folletín Fútbol Galgos Gato Gazpacho Gorrión Granada Gustos y costumbres Hablar Hombre Bala Hombres (tipos) Hormigas Idolatría Improvisación Inercia Infancia Insectos Insomnio Internet invisible Juventud divino... Lecturas Leer Lenguaje Lento Libertad Librerías Lisboa Luna Luz Macetas Mamá Mañana Mariachi Medicos Micro Miedo Miedos Mientras Moral Morbillo Mudanza Muerte Mujeres Mujeres (tipos) Música Nada Navidad Neurosis Niñohombre Niños Noche Novela Novela Negra Opino Optimismo Orden Ozú como estamos (autoterapia) País Palabras Papá Paraísos Pasión Películas Pereza Pino Plantado Playa Poesía Política Portugal Publicidad Qué jartito estoy queja Quemar Realidad Refranes Religión Reseñas ruido Sacar Semana Santa Señales Sevilla Shorradas variadas Soledad Sosialrelachionchips Soy Turista Sueño Sustituir SyE Tacones Tanatorio Tarde Tatuaje Tiempo Tópicos en gral. Tópicos Veraniegos Torre de Arena Tostadora Vacaciones Venganza viajes Vicios y malas costumbres Vino Virtudes Volver Yamadao

martes, 21 de abril de 2009

Literal

                                                      “En el mundo enfermo de hoy día, todo es literal”.

D. F. Wallace.

Y uno se aburre. Se cansa de que nada pueda durar más que el remanente sutil que deja en la memoria inmediata. Nada tiene más de una lectura posible, la lectura de lo utilitario, de la pieza que encaja a la perfección, si no sirve para nada no nos interesa, vuelva usted cuando tenga algo que ofrecer.

Literal el te quiero que dices cada día, casi como un tratamiento medicamentoso para tu soledad. ¿Qué culpa tengo yo de tu soledad? ¿Y de tus deseos tan poco originales? Ni siquiera tengo claros los mecanismos que me hacen a mi sentirme aislado en este mundo de superficie pulida, preparada en exclusiva para lo inmediato. Ni siquiera se qué sentir la mayoría del tiempo y mucho menos qué desear, a qué aspirar porque no creo que los deseos importantes sean tangibles como son los tuyos, deseos de granito y tierra, de metal pulido y aséptico. Literales los besos y los abrazos, las reacciones ante una obra de arte. Literales las miradas que en el mundo que yo conocí ocultaban anhelos, pero que ahora actúan de telón para los sueños de dinero, posición y estatus. Quiero ser un hombre adinerado, que dirija a otros hombres y que puede ascender sobre sus espaldas, escalar por sus espinas dorsales con las botas bien caladas para poder pisar con fuerza.

Y uno se desespera cuando para un momento a sacarse las chinas de los zapatos gastados y se da cuenta de que en su peregrinar hace varias vidas que no se cruza con un alma. Empieza a temer y a pensar en la posibilidad de haberse equivocado. Al fin y al cabo, según nos enseñaron en la infancia, los hombres están hechos para vivir juntos, cohesionados, como un organismo social, al estilo de las abejas. Es posible que esta certeza haya ido modificándose con el tiempo, que no fuera eso lo que aprendí exactamene, pero lo sabido puede ser borrado por la evidencia de lo que el presente te exige tomar como verdad incontrovertible. Los hombres son como abejas, zumban señalando a otros hombres donde está el corazón de la flor, pero sólo la primera, la que lo descubrió es capaz de oler y saborear la verdadera esencia de lo novedoso. Los demás, zánganos, vamos, literales y felices, a libar del corazón profanado.

Literales las palabras que dejan de tener esa cualidad mágica, esa virtud de transformar la realidad que las tiraniza y las obliga a decir sólo lo imprescindible. Las exigencias de esta nueva realidad son, como las de la madrastra de cenicienta, una herramienta de control más que un billete para viajar sin destino. Literales los gestos contenidos, como si no fuera admisible utilizar todo el potencial de expresión que poseemos y debiéramos quedarnos en la apariencia, como cuando en las películas un villano se queda muy quieto entre un grupo de maniquíes y espera a que pase su víctima delante para aprovechar su mimetismo y atraparla. Eso me sucede cuando os veo, no sé quién es el maniquí y quién el hombre.

En el mundo en el que vivo las verdades están en los zoológicos, vigorosas y mudables como lo fueron siempre, pero con el pelaje mustio y los colmillos amputados. Los niños literales les lanzan sus bocadillos que, literalmente, sólo llevan lo imprescindible para seguir provocando hambre. En el mundo en el que vivo sólo es posible ser uno más.


Y ahora la disculpa, la justificación y un video para que no se muera la esperanza. Sí, soy de natural pesimista, pero también soy entusiasta. Creo que es posible volver a apoderarnos de nuestras vidas, darles el rumbo que queramos. Lo creo con firmeza. Pero hasta el más entusiasta de los pesimista tiene un día de ira, un día en el que lo negativo pesa demasiado en la balanza.

lunes, 13 de abril de 2009

Para leer

Algunos dirán que el mejor sitio para leer es la cama, otros defenderán que nada como un buen sillón orejero con una luz unos centímetros por encima de la coronilla a modo de sol sustituto. Por mi parte siempre he preferido los parques y otros lugares públicos para entregarme a la que seguramente será la actividad que me proporciona mayor placer.
Porque la lectura no es sólo pararse en cualquier sitio y abrir el libro. Para mí, que tiendo a ritualizarlo todo, leer es elegir el mejor lugar, asentar bien las posaderas, a poder ser en un lugar firme y no del todo cómodo, que la temperatura sea la adecuada, que no haya mucho ruido y que si lo hay sea agradable o al menos sugerente. Me gusta leer cerca de carreteras o calles en las que hay tránsito de automóviles porque asocio el rasgar de las ruedas en el asfalto con la libertad, con el allí y no con el aquí, con un lugar mejor y por descubrir; me gusta leer en la playa porque la luz reflejada en la arena hace que las páginas parezcan más blancas. También cerca de una fuente porque me agrada pensar que tengo en mis cromosomas algún gen del llorón Boabdil.

Es cierto que una vez que te metes en la historia poco importa el sitio en el que estés. Pero se suele decir que los inicios siempre son difíciles por eso busco lugares propicios para esos comienzos, aunque hace mucho tiempo que para mi no resulta complicado ponerme a leer.
Me gusta levantar la mirada, salirme un momento de la historia, sentir como ésta aun se agarra a mi garganta, como se escurre de mi cerebro para caer viscosa entre las páginas pacientes que esperan mi regreso; levantar la vista e imaginarme dentro del destartalado coche que acaba de pasar, que esos pies descalzos sobre el salpicadero del asiento del copiloto pertenecen a mi amante y que decidimos inmersos en una conversación apasionada si girar a la derecha o a la izquierda, como si de esa decisión dependiera nuestro futuro, todo lo que podemos llegar a ser. Ver el mar, ese charco inmenso y retador, esa frontera definitiva, e imaginar que me llama, que me reclama. Si pongo un poco de mi parte incluso oigo a las sirenas y casi nunca me ato al palo mayor para evitar la tentación oculta en sus cantos, casi siempre acabo ahogado en su promesa, de nuevo allí más que aquí. Meter las manos en el agua, refrescarme el cogote con el agua parlanchina que ha estado hablándome todo el tiempo, arrullándome, acariciándome. Supongo que cuando salgo de mi lectura no me agrada hacerlo de forma brusca. La realidad está siempre ahí y no hay por qué tener prisa por volver a ella, me mareo cuando tengo que regresar precipitadamente.

Os dejo una fotografía de uno de los lugares que más me gustan en mi ciudad para pasar el tiempo leyendo. Es la glorieta de los Hermanos Álvarez Quintero, en el Parque de María Luisa. Os cuento además la historia personal que hay detrás de mi preferencia por ese rincón. Cuando era niño, tendría cuatro o cinco años, y mi padre me llevaba a dar de comer a las palomas siempre acabábamos allí tomando un helado, descansando, él de mí y yo del miedo que me producían las palomas y sus garras en apariencia inofensivas pero afiladas, miedo que me callaba (que sabios son los niños) porque sabía que a mi padre le satisfacía verme haciendo lo que todos los chiquillos de Sevilla hacen con sus familias. Recuerdo perfectamente el día en el que pregunté “papá, que son esos agujeros en los ladrillos”, a papá se le dibujó una sonrisa en los labios, los humedeció con una pasada de la lengua, tragó saliva y me contó este cuento:

EL CUENTO PARA LAS SEÑORITAS DE BIEN.

—Mira hijo, esas hornacinas en el ladrillo son estanterías para libros. Aquí antes había muchos libros. Estaba El Quijote, La Celestina y muchos de Quevedo, que era un guarro; de Gracilaso, de Espronceda, de Lope de Vega y Góngora. Muchos libros. Venían las señoritas de bien a leer o eso es lo que ellas decían porque en realidad venían a esperar a los novios que disimuladamente cogían un libro y se ponían a su lado para poder estar cerca y poder oler el perfume nuevo que se habían comprado. Y hacían manitas, hablaban en voz baja sobre la fecha de su boda y criticaban a sus familias por no dejarlos verse más que haciendo el paripé de ir a leer al parque.

—¿Entonces no les gustaba leer papá? ¿Para qué venían entonces papá?

—Niño, pues para pelar la pava, ¿no te lo estoy diciendo?

—¿Qué es pelar la pava papá? ¿Qué es Góngora?

—Pelar la pava es cogerle la mano a tu novia mientras piensas en cogerle otra cosa. Y Góngora era uno que escribía en el Siglo de Oro poemas muy difíciles que no entendía ni él.

—¡Ah! ¿Y no se llevaban los libros para venderlos en la Alameda* los domingos?

—No niño, no se los llevaban porque había un guarda que vigilaba para que no robaran los libros. Aunque en realidad estaba allí para controlar que los novios no se dieran besos.

—¿Y si eran novios por qué no se podían dar besos? porque era pecado, ¿verdad?

—Pecado mortal.

—Yo quiero ser guardián de libros papá.

—Anda termínate el helado y vamos a darle de comer a los patos.


Esa es la historia. Es obvio que la he retocado un poco, pero juro que esa conversación se produjo y que en mi memoria ha quedado grabada a fuego. Nunca he querido comprobar su autenticidad, está mejor así, anclada en la mente del niño que fui.

Hoy no dista mucho mi realidad de ese deseo que formulé aquel día en el que dimos de comer a todos los bichos vivientes del parque. A mi manera soy guardián de libros y me entristezco cuando voy a leer a esa glorieta y encuentro las hornacinas vacías. Ya no hay parejas de novios timoratos haciendo manitas, de hecho es un lugar bastante solitario y decadente, uno de esos sitios que parecen pedir limosna y te hablan de otros tiempos, aun no muy lejanos, que fueron mejores para ellos. Hoy, mientras hago una foto a dos turistas que me preguntan en inglés “Who are hermanos Avares Cuintero?”, me imagino a ese guarda de pié viendo las ceremonias de cortejo de los señoritos, ese hombre serio, ya entrado en años, que está deseando que las parejas se marchen para poder acercarse a los libros y sentarse a leer esos versos de Góngora tan difíciles para papá, igual que yo estoy deseando terminar mi torpe explicación de quiénes fueron los Quintero para quedarme sólo con una novela de Lobo Antunes que he dejado momentáneamente apoyada en las desoladas estanterías de ladrillo.

* Para el que no sea de Sevilla o el que no lo sepa la Alameda es una plaza céntrica en la que hace unos años se ponía un mercadillo.

jueves, 9 de abril de 2009

Entre los escombros

Entre los escombros de una fábrica abandonada, más valioso que todas las toneladas de mármol que en ella se produjeron, dos brotes ávidos de luz.


Entre la aparente perfección de los días que se suceden iguales la valentía de unos ojos deteniéndose en lo imposible.

lunes, 6 de abril de 2009

Lilas

Despertó, tosió, se retorció aun enmarañado en un mal sueño, pegajoso aun de los gritos, de las carreras sin sentido, del sudor frío típico de su pesadilla recurrente. Después de dos días en los que sueño y realidad habían jugado a confundirse; diabólico juego capaz de dejar consumido al más seguro de los hombres.

Después del dolor de espalda y de la añoranza de otros lugares. Tras yacer en el viejo sofá imitación de piel desgastada levantándose apenas para satisfacer sus necesidades más básicas. Despertó y la música suave de un compacto que no recordaba haber comprado lo arropó.
Fue la primera sonrisa en mucho tiempo, así la sintió, como si hubiera aprendido de repente la mayor de las habilidades. Aprender a sonreír a estas alturas, que absurdo, pensó. Pero lo cierto es que no era la primera vez que le sucedía, no era la primera vez que se perdía en su miedo, que dudaba de sus decisiones.

Poco a poco la conciencia fue abriéndose paso en la confusión, la sangre volvía a correr por sus venas desacostumbradas a ese latir rotundo de día comenzado. Un bostezo de cenicienta hastiada de esperar, los puños cerrados guardando los restos de ira necesarios para poder escalar las paredes del pozo. Ya casi en el borde, ya casi capaz de saltar al otro lado y sentir el beso de las amapolas en los tobillos. La vida era eso, despertar, ascender por la pared húmeda, volver a pisar la tierra de los vivos y mirar abajo para ver en la penumbra el sillón imitación de piel como una mandíbula babeante conteniendo la crisálida marrón y putrefacta de su existencia las últimas cuarenta y ocho horas.

El hombre renacido recordó como dos semanas atrás cuatro kilómetros de carretera secundaria le habían llevado a ese rincón soñado, ideal para alejarse del tira y afloja de calles siempre iguales y de ayeres ladinos que jamás repiten modelo para intentar que no se percate de la reiteración de acontecimientos que supone vivir. Cuatro kilómetros revueltos que fueron recorridos con satisfacción de luces de cruce y los ojos brillantes de las alimañas en la cuneta. El pueblo que no llegaba nunca y la sonrisa satisfecha, la certeza de que estaba lejos su miedo, de que ya no tenía anzuelos clavados en la espalda que tiraran de él hacia atrás, hacia los moldes de los que nacen los ciudadanos modelo.

El pueblo, de repente, tras una bajada sinuosa, apenas un centenar de casas en la hondonada entre montes bajos. Verde oscuro y luna menguante, faroles amarillos, prudentes para no delatar la presencia de un silencio tan elocuente. Imposible de rebatir.

Una vuelta por las calles estrechas y empedradas, el sabor a vino ya cosquilleando en la boca y de vuelta a la plaza un arbusto de lilas en un arriate que capta su atención. Jamás había visto algo tan bello, era la belleza de lo sencillo, de lo natural. Ese arbusto no podía haber estado colocado en ningún otro lugar, allí y sólo allí cobraban sentido sus penachos florecidos, su cimbreo tranquilo, su caricia al inclinarse para saludarlo cuando pasó a su lado con el petate al hombro.

Despertar a los recuerdos agradables que habían ido gestándose en su obnubilación farragosa. La curva solitaria que ascendía para dar acceso a la carretera principal que le llevaría de vuelta a su rutina, una curva que invitaba a regresar, como ahora lo hacía, a ese paraíso de cuatro kilómetros de carretera secundaria descarnada iluminada por las luces de cruce, al pueblo desplomado en la hondonada, a las miradas hoscas que ocultaban la curiosidad de los lugareños, al vino y la leña, a la calma de futuro anticipado y satisfecho.

Se desperezó. Chasquido de rodillas, recolocarse de vértebras, la puerta abierta y el ascenso escaleras arriba hacia la cocina. El hambre acumulada de dos días y la sorpresa de las lilas aun en la botella de agua mineral recortada. Un empeño de caricia más allá de esa curva amable, ya degradado el olor de un posible regreso, penachos algo hastiados pero aun con ganas de acariciar y conversar. Había estado soñando sobre temas equivocados, había olvidado introducir en ellos la plaza, el pueblo, el vino, los cuatro kilómetros de carretera que fueron como despojarse de una ropa sucia y áspera. Había olvidado la calmada voz de las lilas en el jarrón improvisado con una botella de agua mineral.