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viernes, 15 de mayo de 2009

Ci-Fi

Hacía tanto que no leía novelas de ciencia ficción que ya había olvidado el regusto que dejan. Esa sensación de que la imaginación es todopoderosa, de que por mucho que soples la vela esta se va a encender una y otra vez hasta que te atrevas a extender la mano y dejar que se te chamusque la carne.

Al volver la última página del libro recién concluido de nuevo sentií ese optimismo que relaciono con mis inicios de lector, ese despertar de la conciencia y esa fuerza que te inunda y te hace ver con claridad que nada de lo que existe permanecerá intacto para siempre.

Durante unos días no he podido salir de mi casa sin sonreír, sin pensar en regresar o en encontrar un lugar apartado para poder abrir el libro y continuar imaginando.

¿Como extrapolar lo que siento al leer este tipo de historias a mis actos cotidianos? Va pasando el tiempo y los efectos van desapareciendo. Guardo las sensaciones experimentadas en una de mis circunvoluciones, ya las usaré.

La belleza de Crónicas Marcianas, la angustia de Fahrenheit 451, la melancolía del Vino del estío, la resignación de Soy Leyenda, la rocambolesca mente política de Los Desposeidos, tantos y tantos libros que había apartado un poco de mi experiencia inmediata porque en los últimos años he tenido necesidades más introspectivas.

Ahora veo que hay que ser más ambicioso, no olvidar ninguna de las posibles vías de la creación literaria.

Será la primavera que me ha hecho crecer buganvillas en el pecho y ha hecho germinar las semillas que asoman entre las suturas de los huesos de mi cráneo. Y no duele nada. Hace cosquillas.

jueves, 7 de mayo de 2009

Hoy Gloria

Hoy he dormido mal. La mitad de la noche a tu lado. Esa mitad profunda y plácida hasta que el calor me ha desvelado y he comprobado que me faltaba el aire. La otra mitad solo en el sofá, mirando la luz amarilla que entraba desde la calle transformarse en trinos de gorrión, en día.

Hoy he dormido poco y me he levantado cansado. El día se presentaba difícil mientras untaba el pan en el resto de aceite del plato. Pero ha bastado pisar la calle para descubrir que estaba equivocado.

Sobre la acera me aguardaba la alergia y un insidioso dolor de cabeza; los mismos pasos de cada mañana dirigiéndome por distintas calles hacía la obligación que me impuse y que ya empiezo a apreciar como oportuna e ilusionante.

Un par de horas batiéndome con el sistema de adopciones andaluz, con montañas de pañuelos de papel. Asistiendo también al combate entre la queja por este cuerpo para el desguace y las ganas de salir a caminar ayudado por estos pies sabios, que conocen mis emociones mejor que mi cerebro blindado de esquemas y normas que alguien, seguro que con buena intención, me regaló. Menudo regalito.

Al final, después de tres horas, ya no he podido resistir. Había triunfado el optimismo y tenía la necesidad de celebrar esa inesperada victoria. Salí a sentarme en un banco, garabateé en mi libreta palabras sueltas que fueron ganando consistencia, que se buscaban y se abrazaban. De repente encontré ante mi unos pocos versos. El día se había dado la vuelta.

¡Yo alegre, vaya novedad!¡Esto se merece un brindis!”

VIRGEN DE PLÁSTICO

Con su manto de nylon

y la corona eléctrica,

con pilas en el pecho

y una sonrisa triste

se la ve en las vitrinas de todos los comercios

y en los sucios hogares de los pobres católicos.

En Nueva York los negros

tiene su virgen blanca

presidiendo el lavabo

junto a la cabecera...

Es un cruce de Virgen entre Fátima y Lourdes,

un leve vaciado con troquel «made in USA»,

tiene melena larga y las manos abiertas

es lavable y si se cae no se descascarilla.

Las hay de tres colores,

blancas, azules, rosas

las hay de tres tamaños

aun la grande es pequeña―.

Así, sin angelitos,

me diste tanta pena,

Virgen pura de plástico,

se me quitó la gana

de pedirte un milagro.

Suelo celebrar las alegrías con un libro. Hoy compré uno de Gloria Fuertes, me apetecía sonreír y sentirme niño.

viernes, 1 de mayo de 2009

Invocaciones de un miope sin sus gafas


¿Qué hacer cuando ya no se puede aguantar más el sospechosamente definido dibujo de lo que tenemos frente a nosotros? ¿Cómo evitar la sensación de que si alargamos el brazo y tocamos la fachada del edificio que tenemos delante este se desplomará como un decorado de cartón piedra?

La solución está en el pitido del despertador a las siete y media de la mañana. Nada tiene que ver el sobresalto producido por la repentina vuelta a la conciencia cuando despertamos, el latir de los hombros cargados después de haber dormido en tensión o la boca pastosa de cadáveres que no dichos el día anterior. La cura para todas mis sospechas sobre la realidad salida un molde que jamás se va a romper no es otra que la visión borrosa que me provoca la miopía.

Quién me iba a decir que con los años acabaría agradeciendo a la naturaleza esta tara que hoy me aporta casi siempre la primera sonrisa del día. Hoy se puede corregir este defecto con cirugía sencilla, no es necesario estar limitado por una visión defectuosa. Muchos me preguntan cuándo me voy a operar los ojos. Suelo callar unos instantes ante el interrogante que me suena a imposición, que no sale de sus bocas sino de ese manual del buen ciudadano que todos vamos interiorizando con el tiempo. Cuando me decido a hablar siempre es para mentir un poco, solo un poco. Suelo comentar que no me opero porque las dioptrías no están estabilizadas y es una tontería hacer nada para a los pocos meses volver otra vez al punto inicial. Callo lo que de verdad pienso. Para que carajo voy a operarme, opérate tu si tanto interés tienes —¿Existen las operaciones para devolver la miopía?—. Y es que este defecto de visión que para la dictadura estética de hoy en día es un vestigio del pasado se ha convertido en una de mis más preciadas posesiones.

Soy un ser neurótico, nervioso, inseguro, hipersensible, introvertido y desconfiado (también tengo virtudes, lo juro, no es el pesimismo un defecto que pueda añadirse a la lista de arriba). Sospecho con frecuencia de las cosas que suceden a mi alrededor, no confío en lo obvio, en las palabras que se vacían de contenido para acabar escuálidas y desangeladas. Vamos, que no suele gustarme lo que veo a mi alrededor y es jodido estar luchando con la condición rocosa de la realidad. Las cosas son como son y no podemos hacer nada por cambiarlas, mensaje llegado a mi presente directamente de mi infancia. Sigue la corriente y no intentes sacar los pies del plato, mensaje de madre que nunca sabe muy bien como querer y aconsejar a sus hijos. Para que te vas a molestar en cambiar nada si al final vas a criar malvas como todo el mundo, amistades que tampoco es que aporten muchas soluciones ya que suelen estar demasiado enfrascadas en sus propias neurosis, nerviosismos, inseguridades, susceptibilidades, cerrazones y desconfianzas.

Para frenar mi neuroticismo y ese dibujo rígido del mundo sólo tengo mi imposibilidad fisiológica de verlo tal y como es. Mis ojos hacen lo que yo no soy capaz de hacer, pasan un paño húmedo a lo que tengo delante y lo emborronan, lo distorsionan, convierten lo que me rodea en un lienzo en el que se ha intentado pintar pero que ha provocado la frustración del artista porque lo que estaba creando nada tenía que ver con la verdad, con la belleza o con lo humano.

Así que cuando me siento incapaz de asumir lo que veo me quito las gafas y las pongo sobre la mesa. Al instante todo se difumina y se vuelve algodonoso. Ahora puedo volver a pintar. Nada de líneas rectas que delimitan a la perfección el contorno de los objetos, nada de colores nítidos, nada de consistencia de granito. Ahora manda el sueño, la imaginación, la posibilidad. Sólo tengo que añadir un poco de fe para creer que cuando vuelva a ponerme las gafas, algo de lo que he inventado estará aun ahí. Necesito creer que los mañanas mejores, los futuros lejanos, las conversaciones pendientes, los esfuerzos aplazados se van a impregnar de lo que he pintado, llamado para que me ayude a cambiar el mundo. Esa es mi ingenua ambición.

Si veis a alguien sonreír por la calle con las gafas en la mano ya sabéis que está reinventando esa verdad de la buena, alegraos por él.