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miércoles, 26 de agosto de 2009

Reflexión sobre un tópico manido.

Definitivamente, me gustan los feos. Lo que supone un ejemplo más de mi eterno conflicto entre el conformismo social y el criterio personal. ¿Es mi preferencia una simple pataleta contra las normas, un acto de rebeldía inútil y superficial tipo nuevo progre, o es una tendencia profunda desarrollada por años de sedimentación de deseos libidinosos? ¿Es mi criterio estable o soy más voluble que un matrimonio etílico en Las Vegas?

Sea como sea, siento debilidad por los poco agraciados. Entran en esta categoría feos de rostro, cuerpo, alma y actitud; es decir, mi concepto de fealdad se refiere más a lo imperfecto que a lo antiestético. La hipótesis más plausible para explicar esta inclinación tiene que ver con el estereotipo de persona guapa igual a vacía, aburrida, egocéntrica y un largo etcétera de cualidades, todas en la misma línea negativa.

No puedo evitarlo, es ver un maniquí musculado, aseado con esmero y detalle y convertírseme el pene en garbanzo arrugado. El efecto contrario obran los desaliñados, ojerosos, descuidados de barba afeitada con un cuchillo de untar mantequilla que se visten con lo primero que ha caído del tendedero como el que come una manzana demasiado madura que ha caído a los pies del árbol, vestiduras que jamás planchan y que quedan en el sofá del salón hasta volverse de nuevo necesarias por el bostezo del armario y el empacho de la lavadora.

Con el paso del tiempo y los calentones he comprobado que, como en casi todos los aspectos de mi vida, es la imaginación la que lleva la vara de mando, la que dirige el deseo y le dice hacia quién apuntar. La perfección grisácea y adaptación mimética a los cánones del buen vestir y mejor comportarse (o aparentarlo) deja tan poco espacio para inventar maldades, imperfecciones o impulsos y pasiones del comportamiento que al final se impone el tedio y acabo suspirando y mirando para otro lado, reservando fuerzas para cortejar a individuos que requieran un trabajo más exigente para poder desentrañar los misterios ancestrales de su entrecomillada fealdad.

En resumen, las normas y categorías, como el papel higiénico, no solo sirven para limpiarse el culo: adoptan formas y usos variados a gusto del consumidor.

sábado, 15 de agosto de 2009

Diccionario del diablo (II)

ORAR, v. tr. Solicitar que las leyes del universo sean anuladas en beneficio de un único solicitante, que confiese no merecerlo.

Se la podía ver cada día en el mismo banco, arrodillada, con la cabeza cubierta de una toquilla negra. Se la podía escuchar murmurando rezos ininteligibles y ejecutando genuflexiones que hacían crujir sus resecas articulaciones. El resto de las habituales solían comentar las rarezas de esa mujer, su antipatía, su manera esquiva de salir antes que nadie sin despedirse.

Un día ella no apareció. Las otras, impacientes, esperaron casi hasta mediodía, pero cuando el hambre se hizo audible en los gañidos de más de un estómago, salieron a tomar el aperitivo. Nada más atravesar el vano de la puerta y santiguarse una comentó: “esa ya no aparece más por aquí porque ya ha conseguido lo que quería”.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Refranes que son mentira (el sueño de los justos)

"Dormir el sueño de los justos"

Si es verdad que la organización empresarial de ese tal Dios está tan estructurada, pocos llegarán a dormir alguna vez en sus vidas ese sueño tan reparador que se menciona en el refrán que titula este texto. El departamento de la planta sótano siempre anda saturado por el exceso de demandas de admisión.

Si obviamos esta concepción católica de la empresa y nos centramos en lo estrictamente humano también serán pocos los que lleguen a la cama con la medalla de justos colgada al cuello. Como mucho habrán podido fabricarse con los restos de su vida un cochambroso colgante de peltre con la inscripción: “lo intenté, pero no me dejaron”.

domingo, 2 de agosto de 2009

Diccionario del diablo (I)

Ambrose Gwinett Bierce, nacido en Ohio en 1842 y muerto no se sabe muy bien donde ya quedesapareció tras cruzar la frontera mejicana a finales de 1913 para unirse al ejercito de Pancho Villa como un Gringo Viejo (creo que hay películas incluso con este título). Mirad un fragmento de su última comunicación con sus familiares a través de carta:

«(...)Adiós —si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México —¡ah, eso sí es eutanasia! (...)».

Al leer esto nos hacemos una idea de por qué se le conocía como Bitter Bierce (el amargo Bierce). Se hizo famoso en su época como periodista cínico y deslenguado. Como escritor podríamos situarlo al lado de los grandes de su país. Cultivó sobre todo historias relacionadas con la guerra civil estadounidense, en las que se hace patente uno de sus rasgos que más me gustan: el tratamiento crudo de la violencia y de los estragos de la guerra, en el relato Un suceso en el puente sobre el río Owl, por ejemplo hay una escena en la que el protagonista huye entre cadáveres y hombres a punto de morir que se arrastran que es de los más deliciosa para los amantes de la casquería literaria. Pero lo que de verdad le he hecho ser un autor de renombre son sus relatos de terror que influyeron en autores posteriores (Lovecraft, tomo elementos de sus obras para su saga de los mitos de Cthulhu).

Aquí os presento su obra “El diccionario del Diablo”, que es eso, un diccionario, hecho a la manera que tenía este hombre de entender el mundo desde su misantropía y su ironía afiladísima.

No sé en que quedará mi intención, pero pretendo ir tomando entradas de ese diccionario al azar e improvisando micro relatos inspirados en ellas. Aquí va el primero.

Diccionario del diablo (I)

CONSEJO. s. La moneda menos valiosa que hay en circulación.

Cómo se me ocurrió seguir tus consejos. El vestido más rojo que haya es el que te tienes que comprar, le gustará, escúchame, le gustará. Debí haber indagado más sobre su especialidad, sobre como él se ganaba la vida. Sabía que era científico y que le gustaban los reptiles. Las dos fantaseamos sobre la posibilidad de acabar la noche con una boa albina al cuello meneando las caderas. Pero en su casa no había serpientes, en el restaurante me contó que trabajaba en un proyecto de repoblación de camaleones en los pinares de Rota, y yo con el traje rojo de brillo radiactivo que insististe llevara porque realza la putilla que llevo dentro. En mi mente veía a los pobres camaleones estallando nada más entrar en su piso, yo miraba al plato y daba vueltas a la comida con el tenedor, el interpretó mi preocupación como una falta de interés. Hoy me ha llamado, hubiera estado dispuesto a sacrificar mi carrera por descubrir lo que había debajo de tu vestido, me ha dicho, y yo en vez de decirle que no tenía que sacrificar nada, que podíamos quedar para quemar el vestido, me quedé callada, ensimismada con la idea de los pobres camaleones reventando en mil pedazos, escuchándolo al otro lado de la línea, estás ahí, estás ahí, y yo callada hasta que los tonos del teléfono me advirtieron que había colgado. Hubiera querido decirle que no necesitábamos ninguna boa para pasar una buena noche, que yo soy de las que se conforma con polvo y cigarrillo y que nunca en mi vida he llevado vestidos rojos.