Etiquetas

Acercamientos Adivinanzas adolescencia Afuera Alejamientos Amigos Amorios Ansiedad Antropología personal Ausencia Autores Bares Barrio Barroco Bradbury Buzón Cabra calendario Calles Calma Camas cambio Canis Cansancio Casa Cerveza Ciclotimia Ciudadano Comistrajos Conjuntos Córdoba Cuento Curro Depresion Despedida Diccionario del diablo Diverso Ducha Dudar e-book Ego Entusiasmo Escritura automática Esperas Espiral Literaria Esponjoso Esvivir Excusas Experimentos con gaseosa Familia Fascinación Ficción en primera persona Fiebre Filosofía mañanera Filosofía mañanera por la noche Filosofía mañanera por la tarde Folk Folletín Fútbol Galgos Gato Gazpacho Gorrión Granada Gustos y costumbres Hablar Hombre Bala Hombres (tipos) Hormigas Idolatría Improvisación Inercia Infancia Insectos Insomnio Internet invisible Juventud divino... Lecturas Leer Lenguaje Lento Libertad Librerías Lisboa Luna Luz Macetas Mamá Mañana Mariachi Medicos Micro Miedo Miedos Mientras Moral Morbillo Mudanza Muerte Mujeres Mujeres (tipos) Música Nada Navidad Neurosis Niñohombre Niños Noche Novela Novela Negra Opino Optimismo Orden Ozú como estamos (autoterapia) País Palabras Papá Paraísos Pasión Películas Pereza Pino Plantado Playa Poesía Política Portugal Publicidad Qué jartito estoy queja Quemar Realidad Refranes Religión Reseñas ruido Sacar Semana Santa Señales Sevilla Shorradas variadas Soledad Sosialrelachionchips Soy Turista Sueño Sustituir SyE Tacones Tanatorio Tarde Tatuaje Tiempo Tópicos en gral. Tópicos Veraniegos Torre de Arena Tostadora Vacaciones Venganza viajes Vicios y malas costumbres Vino Virtudes Volver Yamadao

domingo, 25 de octubre de 2009

La hora extra del galgo


Mientras que la mayoría de la gente la ha utilizado para dormir yo la he utilizado para soñar.

Esta mañana cuando bajé al sótano para echar un vistazo a los correos y leer un poco en los blogs que más me gustan, me encontré con un mensaje que preguntaba por mi paradero. Me di de bruces con el evidente abandono de este rincón. Me puse a pensar en por qué me turbaba tanto el hecho de que alguien reclamara mi presencia. Pensaba que al fin y al cabo nadie me obligaba a escribir aquí, que lo hacía porque quería. Unas horas más tarde, con una buena comida en el estómago, unos cuantos cigarrillos y un café muy cargado sobrante del desayuno, pienso de otra manera, pienso que no he escrito porque me he forzado a mi mismo a centrarme en los aspectos mundanos de la existencia. Demasiados meses ya centrado en actividades productivas que me mantienen con los pies pegados al suelo.

Podría haber utilizado esa hora que nos regalan para estudiar, pero la he utilizado para escribir.

No es que estas actividades productivas de las que hablo sean una tortura ni un incordio. De hecho me ha costado no poca angustia tomar las decisiones que me han encaminado hacia la persistencia en la que hoy me hallo inmerso. Me satisface elegir una opción de futuro y acumular día tras día fuerza para poder dar los pasos que me lleven a la culminación de la meta. Qué sería de nosotros, hombres en la caja de salida del canódromo, jadeando ansiosos por la inminente apertura de las puertas, si no saliera disparado el trapo rojo que esperamos para poder perseguirlo.

Podría haber utilizado esta hora para acumular medallas al mérito del hombre ordenado. Pero he preferido recordar otras vías para alcanzar la calma y la satisfacción.

Pero hoy, unas pocas letras interrogándome han sido suficientes para despertar un poco de la obsesión del galgo que persigue el paño, que enloquece de gusto con el sonido del mecanismo metálico de raíles que lo hace correr sólo un poco más de lo que el es capaz, lo justo para mantener su interés en la persecución. Y he despertado para pulsar teclas, para releer textos que aguardan pacientes a ser retomados, para desempolvar ideas, para venir aquí a hablaros de equilibrio. Porque al fin y al cabo todo lo que escribo no es más que una forma de equilibrio, la larga vara del funambulista que lo mantiene, a pesar de los traspiés, sobre el alambre.

Podría haber resumido la constitución española, haberme perdido en un mar de cuatro opciones:

a) ahogarme en un vaso de agua.
b) nadar a contracorriente.
c) beber hasta que la sal curtiera mis tripas.
d) todas (a su manera) son correctas.

Pero he preferido parar unos minutos para tomar aliento. Redescubrir que no hace falta apoyar la cabeza en la almohada para inventar mundos, asombrarme una vez más con la sensación de que la opresión en mis sienes va menguando hasta que de repente noto un soplo dentro de la cabeza: alguien ha abierto para ventilar.

Ahora sólo me queda leer en voz alta lo que acabo de escribir, tomar notas de todo lo que se me ha venido a la mente mientras lo hacía y dejarlo reposar entre esos textos que esperan, respirar hondo, salir un momento a la puerta de la calle y volver a la caja de salida para la siguiente carrera.

Para Arezbra

jueves, 8 de octubre de 2009

Pastoral en Prosa


¿Qué queda cuando lavas una boa de plumas?
Una Boa.

Pastor que pintas con amor rebaños de cabras dislocadas que nadie compra, que nadie quiere. Ni el gitano para su espectáculo de órgano Casio y escalerilla de mano ni la vieja para fabricar quesos fuertes que agrian el paladar y el carácter ni las laderas de roca viva ansiosas de las castañuelas montesas que las alegraban.

Pastor que pintas con amor chivos de dos cabezas, deja hacer a la naturaleza su trabajo. Ten una muerte grandilocuente por indigestión de correosa carne de cabrito, deja tus cuernos a los coleccionistas de trofeos. Sólo muere, desaparece, vete que nadie preguntará por ti en el valle.
Yo cuidaré de los engendros que te sobrevivan y cuando mi tarea haya terminado me reuniré contigo en ese olvido que es como un lecho de cálida paja recubierto de pieles aun palpitantes.
Para qué continuar criando bestias desencajadas de esta forma común de habitar la tierra en la que nunca estuvimos cómodos. Mejor es morir, ahora que aun está permitida, de inanición que acabar soldados a la obligación de pasar hambre.

Para el interesado en ver la versión en verso de esta pastoral pinche aquí.

domingo, 4 de octubre de 2009

La trampa del señor Tarantino

Aun ando con el cepo para osos apretando con su mordisco recalcitrante mi pierna. Encantado, eso sí, de haber caído en la trampa de Quentin. No me preocupa si me quedará marca en la pantorrilla cuando cicatrice la herida. De hecho estoy tentado a mantenerla siempre abierta y fresca y que sirva de recordatorio de estas extrañas y didácticas reflexiones provocadas por la película del señor Tarantino. Me ha gustado tanto Malditos Bastardos que incluso he llegado a plantearme si no estaré enamorado de la sombra pública de su director. Tras muchas dudas sobre si mandarle rosas con un beso de carmín en una tarjeta perfumada o bombones con una víbora cabreada dentro de la caja (bombones al estilo Kill Bill que se llaman), he llegado a la conclusión de que no es verdadero amor lo que siento por él, experimento más bien un estado de fascinación exacerbada. Todos sabemos lo que se parece un deslumbramiento causado por las habilidades y el prestigio que atribuimos a alguien y el amor.

Una vez resuelta la duda sobre mis sentimientos os contaré como acabé con la zarpa dentro del cepo. Todo empezó la tarde del Miércoles, como casi siempre, fruto de una de mis simas emocionales. Sentí un brusco tirón en el cuello mientras estudiaba en casa e intentaba bloquear las preocupaciones más inmediatas que me llevaban atormentando desde el fin de semana. Le siguió la habitual sensación de que mi cabeza quedaba atrás mientras mis vísceras descontroladas se lanzaban vía abajo hacia el lodo de la autocompasión. Por esta vez supe reaccionar. Salté del vagón en marcha y de forma sorprendentemente suave aterricé en la ducha. Me di un remojón rápido, me peiné las ideas, arrojé las reflexiones muertas al retrete y me puse en marcha. Al cine. Una vez allí, como ya sabéis, decidí ver la de Tarantino; pues bien, no pude haber elegido mejor.

Lo que encontré en las casi tres horas de película es un pasito adelante de este director. Una obra sobria para lo que es este hombre y el tema que trata, un inicio brillante ,con una de sus famosas conversaciones, en el que, como en las buenas novelas, ya está contenida toda la historia posterior. Cuando acabó la primera secuencia respiré hondo, me retrepé en el asiento, me quité los zapatos estirando los dedos hasta escuchar el pequeño crujido de huesos de ambos dedos gordos que no es más de la señal que tiene mi cuerpo para indicar la total predisposición a la comodidad y a la actitud más propicia para disfrutar de lo que se despliega ante mis sentidos.

Después me fui dejando llevar por lo que iba aconteciendo. Lo que más me gustó fue el personal tratamiento de la violencia con unos recursos sencillos, tanto que puede decirse que incluso pecan de predecibles, pero que aparecen como universalmente inteligibles y muy efectivos: el primero consiste en que se nos permite identificarnos con el ejecutor y con su causa, que se percibe como moralmente justa y necesaria (es esta última condición, la que le aporta más fuerza). El segundo no es más que la ridiculización de los contrarios, de los malos.
Otros puntos fuertes de la película son que da poder a la persona (vemos durante el metraje, que lo que no se pudo lograr con una operación militar planeada y sofisticada, lo consigue una joven con sus propios medios que en un principio parecen escasos. No me gusta tanto sin embargo el papel central de la venganza en las películas de este director. Quizás porque en mi fuero interno la reconozco como algo natural e incluso pertinente en depende de que casos. El guión cerrado hasta sus últimos detalles. A mi me parece muy cuidado. La ridiculización, que no solo abarca a los malos poderosos sino también a los buenos que ostentan ese mismo poder. Esto contribuye a reforzar la idea arriba comentada de que la verdadera fuerza para cambiar las cosas (en este caso la historia de la humanidad) está en las personas anónimas, son sus razones más auténticas y válidas que cualquier interés político o económico (La intrahistoria de Unamuno).

Por mencionar algo que no me gustó tanto y que ni siquiera es achacable a los méritos de la película, diré que durante la proyección me sorprendieron las risas nerviosas de la gente. Risas enlatadas que se emiten no se sabe muy bien por qué. Es como si algunos espectadores pensaran que debían reírse porque ya se sabe que Quentin Tarantino es un tío super ácido y mordaz, y claro como yo quiero ser una persona inteligente pues lo lógico es que me ría con sus chistes y gracietas; total, para que pararse a analizar lo que nos presenta si podemos quedarnos con la idolatría, que en nada nos compromete, y salir de la sala con el “osea, me encanta Tarantino” como única conclusión expresable en los corrillos aliviatensiones que tras la proyección se forman a la entrada del cine y en los que lo importante es decidir a donde ir a cenar y no tanto hablar de lo que se ha visto o experimentado.
Analizando un poco ese pensamiento huraño, he llegado a concluir que como suelo ir solo al cine quizás no me quede más remedio que convertirme en un analista sagaz para tener algo que hacer mientras regreso a casa. Lo que me ocurrió con esos espectadores no es más que envidia racionalizada, pura mala baba porque yo no cené una tapita en un bar cool como los que ellos frecuentan.

¡Qué mala es la envidia social y qué buena es Malditos Bastardos!