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sábado, 18 de diciembre de 2010

He trabajado de teleoperador, debo confesarlo, como medio país. De esa época conservo un recuerdo simpático y una idea: por qué vender cosas que la gente no necesita, por qué engañar a la gente.

Hoy, quién me lo iba a decir, vuelvo a vender. Porque este post tiene trasfondo de anuncio publicitario, de marketing. Lo que vendo no es un trasto inútil, no son seguros de defunción, no es un colchón hinchable con funda estampada de piel de leopardo, ni siquiera viagra fabricada en laboratorios ilegales de un suburbio de Hong Kong.

Quiero hablaros de un proyecto, de una forma de mirar la literatura, de una editorial que empieza, acaba de cumplir su primer año de vida, y que se ha atrevido a publicar algo de lo que escribo. Una editorial que lo único que pretende es sacar palabras para que les de el aire, sin mayores pretensiones.

Se trata de La Espiral Literaria. Ellos me han publicado un par de poemas y un micro relato en dos de sus últimas obras:

- Textos desobedients.
- De pestanYes i pestaÑas.

Mis dos últimas entradas en el blog (y las dos que vendrán), cuentan el viaje que hice a Barcelona, a Sant Boi de Llobregat concretamente, para conocerlos, para escuchar su voz. Desde este espacio quería aportar mi granito de arena, presentaros el proyecto y de paso venderos un poco a los que estéis interesados las dos obras en las que participo.

Textos deobedients es una recopilación de poesía y relatos inspirados en Discurso de la obediencia voluntaria o el contra uno de Ettiene de la Boétie. Textos con los que se pretende “mostrar el desacuerdo con lo establecido, con lo obligatorio, con lo decidido y aportar ese pequeño grano de arena que entorpezca a ser posible la fuerza de ese marasmo de miedo obligatoriamente vivido”.


De pestanYes i pestaÑas, también una obra conjunta de varios autores que parten de las pestañas y desde allí, desde la puerta de la mirada, exploran significados y crean una obra que se lee con facilidad, uno de esos tarros pequeños que ocultan mundos.

De momento nada más, aquellos que os animéis a adquirir alguno de los dos libros en los que participo o cualquiera de los trece que ya han visto la luz a través de la espiral deciros que están disponibles físicamente en:

Sant Boi: c. Jaume I, 17-21, Tatu
Madrid: c. del Amparo, 94. Teatro de la Puerta Estrecha (metro lavapiés).

O a través del correo electrónico 7.espiral.7@gmail.com donde podéis preguntar también cualquier cuestión que os surja.
Muchas gracias y ánimo, comprad malditos, comprad. Y el que no compre que hable bien de la criatura.

martes, 14 de diciembre de 2010

De como el delirio quedó reforzado (volar en low cost II)

Experiencias catetas de un provinciano que quiere ser escritor.

No creía necesitar tantos días para digerir algo que ha sido sencillo, con sus toques de humor absurdo. Absurdo que visto lo ocurrido en este puente pasado y no poniendo pegas al egocentrismo que me hace pensar que todo lo que pasa en el mundo pasa en relación a este hombre con poco pelos en la azotea y muchos enredos de cabello y pecho para dentro, queda en mera anécdota. Tenemos pues, en elementos ajenos a la narración en sí, una primera señal, unas miguitas en el bosque para seguir y llegar a la conclusión de que la realidad, en forma de controladores convertidos en villanos, se toma tan poco en serio que es tontería que nosotros la invistamos de una gravedad que ni por asomo posee.

Dos semanas desde que os contaba mi intención inductiva de comprobar si la realidad supera a la ficción vestida para la ocasión de prejuicio afilado. Pero ya estoy preparado para exponer tanto los resultados de mi investigación como para narraros mis experiencias literarias que en realidad fueron las que me llevaron a Barcelona.

Así que llegué, conseguí vencer la tentación de comprar todos los productos de primera necesidad que me ofrecieron durante el vuelo, tuve que meter los brazos dentro del cinturón de seguridad para evitar la deriva del dedo índice hacia el botón de llamada al personal de cabina. Me costó la misma vida porque una de las cosas que quería comprobar era si efectivamente al pulsar ese botón aparecía de la nada una azafata con moño envuelta en una nube de humo amarillento con olor a azufre. Perdone la humareda señor, soy nueva, mi nombre es Macarena la de Dublín, es que aun no tengo muy perfeccionado lo de las apariciones mefistotélicas, desea algo (dicho esto último en tono imperativo, sin restos de interrogación por ningún lado).

Salí escopetado del avión, necesitaba un cigarro. Con la banda sonora de las ruedas de la maleta traqueteando caminé rápido por la terminal en busca de la salida y del socorrido cenicero gigante con arena blanquecina de gato en el que los ansiosos como yo siembran colillas como punto final provisional a la narración de su rutina o como mayúscula inicial gótica que da pie a una historia por vivir.

Después de ese cigarro que paseé en la comisura de la boca a lo largo de todo el aeropuerto hasta poder salir y encenderlo respiré hondo, tosí hondo, insulté hondo a mis pulmones, pensé hondo que en enero voy a ser un fugitivo fumador y que quizás debería empezar a contar cuantas veces me dicen que debo dejarlo para después inscribir la cuenta en el libro de los records mundiales.

Pero esta no es una historia de humo y pulmones convertidos en carbón, aunque de eso hubo. Es la historia de un hombre que iba a una presentación de unos textos que había escrito y que para aplacar los nervios inventó una historia delirante sobre estudios pseudocientíficos. Variable objeto de estudio: las ideas preconcebidas. Otras variables implicadas, todas extrañas: la realidad así en bruto sin particiones ni reduccionismos empíricos, ojos que miran con clara tendencia a distorsionar lo que ven, nomología y esencia de la tripulación de una aeronave.

Las conclusiones de dicho estudio fueron las esperadas:

- La realidad, a su manera apegada a lo feo y prosaico, siempre supera la ficción.
- La gente sigue santiguándose antes de que el avión despegue o aterrice a pesar de que numerosas investigaciones han demostrado la inexistencia de dios.
- Hay gente de Huelva que va a Barcelona para ver un partido de fútbol, supongo que nada puede argumentarse en contra de esta forma de emplear el tiempo libre, pero pensarlo da picores en el occipital.
- No ofrecer alcohol en el trayecto ahorra costes pero quita interés al mismo.
- Nada de lo que imaginé sucedió tal cual, pero se advertía una vibración en el aire, una inminencia, un estamos ahí en el límite de la cordura y en cualquier momento aparece Groucho Marx fumando un puro y esto se desmadra (después pude saber que la vibración era causada por los motores del avión, reconvertidos de un Seat panda el derecho y de un lavavajillas el mellizo del otro ala).

Como decía esto pretende ser la historia de un hombre que escribe y que va a la puesta de largo de sus textos, pero eso prefiero contarlo mañana, dejamos a ese hombre en la puerta del teatro, en un pueblo de las afueras de la ciudad condal, pensando en lo buenorros que están los mozos de escuadra que lo acaban de escoltar hacia la dirección del evento, evitando que se extravíe en una ciudad desconocida. Cosas de cateto vestido de literato.

sábado, 27 de noviembre de 2010

De como el prejuicio se convirtió en delirio (volar en low cost)

Experiencias catetas de un provinciano acostumbrado a coger el autobús.

Esto es un experimento con base teórica sólida e inquietud nacida de la cuarta vida que se dejó mi gato al meter el hocico mientras el vecino arreglaba con la rotaflex los desperfectos de la valla de entrada.

La investigación en sí, va sobre las ideas preconcebidas y sobre hasta que punto se cumplen lo que no son más que simplificaciones anticipadas del mundo que está por venir.

Aprovechando que cuando leáis esto estaré viajando a Barcelona para menesteres que los que hayáis leído mi anterior entrada sabéis en que consisten, programo esta entrada en la que voy a verter todas las ideas preconcebidas que tengo sobre lo que es volar con esa compañía aérea que a todos nos viene tan bien para viajar por tres duros y para vencer nuestro miedo a lo desconocido. Digamos que esa compañía es como una vacuna contra la sociedad del miedo, porque hay que echarle valor para confiar en ellos como transportistas de tu cuerpo (todos sabemos que el alma no vuela en avión, que como mucho va en carruaje de caballos, al menos la mía, con lo que siempre llega tarde). Y para colmo la compañía es Irlandesa, con la que está cayendo por la tierra del caldero y el trébol.

A mi vuelta analizaré comparativamente la anticipación prejuiciosa con la realidad descarnada, a ver si se parecen.

Obviamente esto no es más que una excusa para soltaros aquí una de mis habituales verborreas espesas que pretenden ser humorísticas, esta vez con clara vocación científica eso sí.

En mi cabeza todo empieza con el bolsillo temblando por los diez euros con quince céntimos que me va a costar el desayuno consistente en un triste croissant y un café tirando para malo, hecho con agua bendita reutilizada, es decir llena de los pecados que limpió de los exorcizados y de pellejos de diablos y sátiros, porque a eso sabe ese mejunje: a cuerno quemado de Satán.

El guarda de seguridad del control de acceso resulta ser una mujer con lo que mi fantasía recurrente de aeropuerto de encontrar a un maromo de impresión que me pida que me quite el cinturón queda hecha trizas. Así con el estómago como el infierno y el pene tamaño garbanzo me encamino cabizbajo a la puerta de embarque donde huele a tortilla de patata y a legañas como estalactitas. Asomo la gaita en la sala de espera y los bostezos enseñando empastes me traen a la cabeza la triste imagen del número de los leones del circo habiéndose ausentado el domador por alguna razón peregrina dejando aburridas a las fieras. Todo muy sórdido y yo lo que necesito es luz y jolgorio, no estas horas intempestivas y este sueño pegado a las axilas de la concurrencia.

Me voy al aseo con el estómago ardiendo, el pene vaginizado y lamentándome por no haber puesto un látigo en la maleta para obligar a los felinos con equipaje de mano a cerrar esas bocas llenas de pastosos bostezos. Me echo un poco de agua en la cara a ver si dejo de ser la persona más cínica que jamás viajó por los cielos de España. Una excusa, una pequeña, sólo necesito eso para alegrarme la mañana y no este gruñido de esfuerzo en el váter del fondo. Suspiro y pienso que mejor me tomo otro café, quizás dentro de la zona de salidas traten mejor a mi estómago. Abandono el aseo pensando en que a lo peor el emisor del gruñido cromagñónico que acabo de oír pudo haber pensado lo mismo que yo ahora pienso, aun así voy a arriesgarme, todo por estar lejos de esta negatividad tan evidente, que abulta tanto que no me extrañaría quieran obligarme a pagar sobrepeso cuando vaya a embarcar.

Ultima llamada para mi vuelo, pienso entrar el último, no estoy dispuesto a estar atascado en el pasillo eones detrás de cualquiera mientras que comienzan las bromas típicas de veremos a ver si el avión no se caer porque creo que estos van a pedales y demás estupideces que dice la gente para tranquilizarse y pasar por alto el hecho real de que pueden morir como sardinas en lata. Y para que está el valium digo yo, no, ellos dale que te pego con las bromas de catástrofes. Casi me alegraría si ocurriera una, me desabrocharía el cinturón en plena caída en picado y me acercaría al asiento del bromista para reírme en su cara y decirle qué ya no nos reímos tanto no, majete.

Ya sentado en mi sitio, ya pasado el despegue y la conocida coreografía de Whigfield que ejecutan con pasmosa apatía las auxiliares de vuelo y el azafato homosexual,

empieza la tómbola, compren boletos para el sorteo de dos coches-submarino y de tres viajes a destinos europeos de los más cool, no gracias voy a leer un rato; compren el magnífico cigarrillo electrónico, no gracias, la zona de fumadores por favor, compren los slips del sobrecargo, no gracias, podría dejarme en paz por favor. Vamos a ver señorita si hubiera querido jugar al bingo pues hubiera ido al bingo, lo único que quiero es que me deje leer en paz, no, no quiero peladillas con las efigies de los presidentes españoles de la democracia, no señorita, tampoco las quiero con los rostros de dictadores del mundo, me puede dejar leer por favor.

Todo el camino, que se me está haciendo eterno, aguantando un teletienda sobre las nubes hasta que justo en el momento en que el azafato rarito comienza a agitar unas maracas que han salido de vete tu a saber donde, la megafonía anuncia, por fin, abróchense los cinturones, vamos a aterrizar, gracias por confiar en nuestra compañía, esperamos volver a verles pronto. El pobre azafato deja caer los brazos y pone cara de decepción, otra vez le han cortado su número de salsa, con lo bien que estaba él en el vuelo a Laponia en el que le daba tiempo a desplegar toda su arte. Yo suspiro aliviado y respondo, contestando a la megafonía en voz alta, qué remedio, qué remedio, pero como me salga cualquier trabajo en Barcelona regalo el billete de vuelta al primero que pille que vaya viejecito que me habéis dado.

No creo que la realidad difiera mucho de lo que acabo de contar, veremos, os lo cuento a mi regreso.

martes, 23 de noviembre de 2010

Autobombo

Si lo hacen en las noticias de Antena 3 yo también quiero hacerlo.

No sé yo si empezar una entrada haciendo mención al telediario más parecido a salsa rosa va a beneficiar o al menos servir para enmarcar lo que os quiero contar. Aunque refleja un poco de la maquiavélica intención que se oculta detrás de lo que os cuento a continuación, la simple visión del nombre de la cadena en cuestión quizás espante a alguno de los habituales. Claro que también es posible que algún despistado acabe por aquí al olisquear, como el perro en la puerta de la carnicería, el dulzón hedor de ese cadáver exquisito que es Matías Prats (hijo, que tampoco quiero ser irrespetuoso, que el padre ya ni olerá ni nada de nada).

Sabéis que un escritor es una persona que escribe, verdad? Resulta que esto de los blogs está muy bien y se conoce a mucha gente, bueno la parte que nos quieren enseñar, si bien es cierto que también hay matrimonios que se han gestado desde esta plataforma que tanto nos gusta, ya sabéis, la típica historia de oye me parece superinteresante lo que comentas en tu último post, a lo que el autor responde, vale, te casas conmigo? (versión abreviada de una relación vía blog). Qué gaitas estaba yo diciendo, ah sí, que está muy bien esto de escribir y colgar tus textos, de hacer camarilla, de tener una mínima retroalimentación sobre si lo que has escrito es potable o parece una pota. Pero llega un día en que lo que uno ha escrito empieza a insultarte y a intentar morderte los dedos porque quiere probar eso del formato papel, porque escritor también es una persona que publica, dicen.

Así que para mí ha llegado ese día, un par de poemas y un texto muy breve insertos en dos recopilaciones de una editorial pequeñita (aun) que me ha dado la oportunidad de dar un pasito más, de confiar en la calidad de lo que creo, de creer que soy un hombre que escribe y que publica.

Este próximo sábado 27 se presentan las dos recopilaciones de las que os hablo “Pestañas” y “Textos desobedientes”. Editadas por La Espiral Literaria.


Desde aquí agradezco a Nati la confianza y animo a los que me leéis a comprar alguna de las obras editadas para así poder apoyar este proyecto en el que sé de buena tinta que hay puesta mucha ilusión y mucho trabajo.

Y esto es todo, porque yo he venido aquí ha hablar de mi libro.

martes, 16 de noviembre de 2010

Estómagos masculinos

Quiero pedir disculpas anticipadas por la poca exhaustividad de este relato, es sólo un divertimento no documentado ambientado en un sucedáneo personal de restaurante mexicano. Dedico el relato a Uno que aceptó mi reto y que despertó mi orgullo de sí claro, voy a ser yo menos que él. Espero que os guste.

A pesar de que la úlcera me había llevado al hospital después de Umang, tres semanas de dieta blanda siendo visitado por el doctor Suárez que empezaba a tratarme ya como si fuera de su familia. Gracias a él me había librado varias veces de la derivación a salud mental. Te entiendo hijo, sé que el estómago es la vía más sencilla para llegar al corazón de un hombre, me hice endocrinólogo por eso, porque quería averiguar qué había de cierto en esa creencia y no lo he conseguido. Cuando te de el alta vienes a casa y pruebas los callos de mi mujer. Ella es haitiana sabes. Que te cuente la historia de cómo quiso conquistarme, de cómo le fallaron los hechizos y filtros amorosos que le enseñó su mamá, de cómo hasta que no aprendió a hacer unos buenos callos no consiguió llevarme a la cama.
A pesar de que la úlcera parecía cerrada y ahora la llamaba dispepsia porque eso de desangrarse por dentro no va conmigo ni con mi obsesión que es muy tirana y no soporta nada que pueda interponerse entre ella y su objetivo.
A pesar de no tomes café, no fumes ni comas picante. Allí estaba de nuevo en el restaurante mexicano. Lupe enseñaba los cántaros y reía escandalosa en la mesa contigua, guiñándole el ojo a todo el que pasaba e invitándolo a sentarse a su lado. Mucha gente, mucho adolescente de viernes con relación estable recién estrenada (entre dos y seis meses de perfecto amor imberbe con su pintarrajeada niña vestida a golpe de factory) y unas ganas tremendas de saltarse la cena para follar. Los camareros como siempre con más botellines de Coronita en las manos que dedos, música suave, rancheras, y yo esperando el ritual: primero el Me Gustas Mucho de la Dúrcal para después pasar a la subida del telón con algo de Chavela y la aparición estelar de mi mariachi.
Que sencilla es la vida cuando es predecible. Él venía para tomar el pedido, me empujaba con la cadera en el hombro y yo me apartaba dejándole espacio en el banco para que se sentara, enseguida llegaba un compañero con dos cervezas. Brindábamos y el acercaba sus labios a mi oreja, qué te apetece hoy, me susurraba antes de apartar su aliento de mi cuello, dejándome empalmado para toda la noche con un leve mordisco en el lóbulo. Lo de siempre, lo de siempre por favor y de comer lo que te salga del alma. Nos bebíamos la cerveza en silencio y cuando llegaba la comida él se levantaba y caminaba lento hacia el fondo del restaurante, cogía un taburete de la barra y pedía la guitarra.
Esta canción va para el caballero solitario de la mesa diecinueve. Yo me sonrojaba y me tocaba la tienda de campaña intentando meter primera que es la única postura en la que la erección no me hacía daño. Desplazarla ligeramente hacia la izquierda y subirla hasta que casi se me salía de los calzoncillos.
Él cantaba, yo lo miraba mientras comía y fumaba, mientras bebía una tras otra las cervezas que sin pedirlas aparecían ante mí, esperaba a que Pancha eligiera su polvo de esa noche, a que mi mariachi rompiera de forma intencionada una cuerda y volviera a la mesa para soltarme el esperado salgo dentro de un rato, vente a casa.
Qué hermosa es la vida cuando sabes que lo que está por venir es una buena noche de sexo y que al día siguiente él me dejaría en la puerta de urgencias dónde el doctor Suárez se despedía de su negra. Llegar justo en el momento en el que ella le entrega un recipiente de plástico enrojecido y le besa. Te veo la semana que viene, se despedía mi mariachi mientras le apretaba la mano con la excusa de darle un billete para pagar el taxi.
Hombre usted por aquí, cada vez pasa menos tiempo entre visita y visita. Pues sí doctor, esta úlcera que no aguanta las rancheras.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Huevos de tortuga

Han sido cuatro relatos empezados y guardados en la nevera. Así que ya no voy a seguir intentándolo, todos han salido apetitosos pero piden lenta elaboración, piden distancias largas, muchas letras para acabar siendo algo que pueda llamarse historia. Así que los dejo reposar y me pongo a teclear lo primero que se me pasa por la cabeza, porque necesito contaros algo que nunca os he contado, algo que no tengo muy claro.

Como muchos, uso este espacio para ahorrarme el terapeuta. A veces esto es efectivo, por el simple hecho de hacer el esfuerzo mental de ordenar las ideas suelo quedarme más aliviado que un niño de teta después de su toma; sólo falta que alguien venga a palmearme la espalda para soltar los gases y quedarme dormido.

Cuatro relatos con cosas interesantes dentro, pero que por la maquinaria sin engrasar de mi cabeza no han podido avanzar. Hay días en que es mejor vivir para recuperar el tono físico, vivir para cuidar este dolor de estómago provocado por el pique de la comida mexicana de anoche, para poner las piernas cansadas en alto. Es curioso como cuando el cuerpo no responde es cuando más ganas tengo de escribir. Cuando ya no existe la tiranía de tener que salir a pasear, a beber, a comprar, a moverte como pollo descabezado, vienen las ganas de sentarte frente a la pantalla a vaciarte. Pobres míos que me voy a derramar ante vuestros ojos.

Como muchos, a veces me entra algo de angustia si no actualizo o no cuelgo nada. Y no sé si esto al final irá para el blog, porque tengo la sensación de que no estoy más que desvariando y que no hay nada que pueda llamarse hilo conductor en todo lo que estoy contando. Ahora estoy revisando lo escrito y sí, lo voy a colgar, para quitarme la angustia sí, pero también porque resulta que de algo estoy hablando, como muchas veces, de mi proceso de escritura, vaya rollo Macabeo, pero es que si llenamos mi ombligo con agua salada se puede celebrar allí la copa del rey de vela. Lo siento, pero es que a veces me pongo muy egocéntrico.

Cuatro relatos, uno sobre las amistades íntimas que son como las relaciones de los hermanos gemelos. Uno sobre noches locas en un restaurante mexicano, algo así como que acabé, bueno el protagonista acabó mejor dicho (silbidos disimulados), acostándome/se con el mariachi. Otro sobre un jardinero que es el que está más indefinido y el último un anexo de la historia que empecé en el post Mujeres, para ver si me animo a continuarla, que me apetece mucho pero no encuentro el tono.

Como muchos, tengo otras obligaciones que atender pero prefiero estar aquí echando la mañana con mi zumo de naranja al lado, pensando que ya estudiaré por la tarde, que ya leeré las lecturas obligatorias de mi curso de experto otro día, que ya ordenaré mis papeles mañana por la mañana si no se rompe la noche.

Cuatro relatos a los que sacar punta. Como en los reportajes sobre el alumbramiento de la siguiente generación de tortugas, yo ya me he marchado, ando ya por las Bahamas en busca de rémoras que me limpien el caparazón, ya casi recuperado del esfuerzo del parto. Y mis niñas, saldrán cuando les toque, con el caparazón aun blando a buscar la sal. De todas ellas las que sepan esquivar a las gaviotas crecerán y algún día se convertirán en rotundas tortugas, el resto pues eso, alimento para pájaros.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Diccionario del diablo (VII)

HOMICIDIO, s. Asesinato de un ser humano, cometido por otro ser humano. Hay cuatro clases de homicidio: el alevoso, el excusable, el justificable, y el que merece elogios; pero para las víctimas no tiene mayor importancia ser objeto de uno o de otro; la distinción existe solamente en beneficio de los abogados.

Alevosía.

Pueblo que se cree ubicado en algún lugar de la vega del Guadalquivir. Cuna de los más sibilinos asesinos. Suelen firmar sus obras al estilo psicópata (en el pueblo sólo hay un cine donde se proyecta en sesión continua el Silencio de los Corderos) con una aceituna gordales encajada en el ombligo de la víctima. Los profesionales educados allí están muy demandados en casos de divorcio, ajustes de cuentas y limpieza manual de cuberterías de plata.

Excusas.

Perdone caballero pero he venido a matarle. Quién lo manda. Lo siento no puedo decirlo. Bueno, en ese caso proceda, esto duele verdad? Lo siento pero sí, en el albarán lo pone bien claro: infligir dolor extremo a la víctima. Bueno, hombre bueno, pues nada usted está haciendo su trabajo. Gracias por entenderlo, perdone pero debo empezar arrancándole los dientes. Me permitirá entonces que al menos cene antes verdad. Lo siento, las órdenes son claras, debo hacerlo sufrir mucho en poco tiempo, además tengo apuntado en el estudio previo que su mujer suele llegar de sus clases de PP a las nueve y mire que hora es. Clases de PP, eso que es? Caballero acaso no sabe que su esposa practica tres veces por semana padelpilates. Ni idea yo sólo creía que iba por ahí a tomarse algo con sus amigas. Pues no, pero debo pedirle que se calle por ahora, se nos hace tarde. Se le hará tarde a usted, ni que cobrara por horas, tenga en cuenta que esta conversación es mi última conversación así que es normal que la alargue todo lo que pueda. Comprendo, por favor el armario. El armario? Sí, necesito ropa blanca para que el efecto sea más dramático, también lo pone en el albarán. Bueno, si lo dice el albarán, suba usted las escaleras y la primera puerta a la izquierda es el vestidor. Gracias, no se vaya. Por quién me toma, jamás me gustó eludir nada, pero intente coger algo favorecedor, es que he engordado algo últimamente, sabe. Como usted prefiera. Gracias hombre es usted un gran profesional. Lo intento. Disculpe un momento entonces, la primera a la izquierda me dijo verdad. Eso es. Estoy con usted en un minuto. Aquí le espero, por cierto, dígale a mi mujer que al menos la próxima vez a la hora de poner el concepto de la transferencia no sea tan explícita. Como dice, no le escucho desde aquí arriba, espere que ya bajo, qué le parece este pantalón de lino y esta camisa de mangas cortas. Hombre si me baja usted el panamá de mi padre pues quedaría todo como mejor; le comentaba que le diga a mi mujer que sea más cuidadosa, que esta mañana ha llegado el extracto de operaciones y daba mucho el cante que el asunto de la transferencia con sus honorarios fuera: adelanto por matar al huevazos de mi marido. Conste que yo lo digo por ella. Un poco burra si que es su señora la verdad. Bueno, voy a por el sombrero y empezamos. Como no, no quiero robarle más tiempo.

Justificación.

Yo no he sido. Pero si tiene la cabeza en la mano, cómo que usted no ha sido. Yo no he sido. Señora ha sido vista por tres testigos, vamos con decirle que la cosa ha sido tan evidente que ha sido su pastor afgano el que ha dejado atrás sus remilgos y ha venido él mismo a comisaría para denunciarla. Yo no he sido. Y dale, muy bien, usted no ha sido, entonces me quiere decir que diablos ha pasado aquí para que haya un cuerpo descabezado con los pantalones por el tobillo en el cuarto de baño y que la cabeza que falta esté en estos momentos en su regazo; por favor deje de acariciarle el pelo. Es que era tan guapo, pero yo no he sido. Muy bien, lo que usted diga, anda tire para comisaría y en el camino reflexiona. Yo no he sido, pero quería hacerle una pregunta señor agente. Dispare, aunque cualquiera se atreve a decirle semejante cosa señora con la que ha organizado, bueno dígame. Cómo se pone usted cuando va a hacer de vientre en la comisaría y se encuentra caminillo en el váter. Pues digamos que me entran ganas de matar al cerdo que no ha usado la escobilla. Ahí quería yo llegar señor agente, es que lo de este hombre eran autovías.

Elogio.

De dónde es usted.
De Alevosía.
Se nota, se nota. Un trabajo impecable. Ya lo dice el refrán si quieres Jamones a Jabugo y a Alevosía si buscas el mejor verdugo.
Hombre gracias.
No hombre, gracias a usted, un servicio excelente.
Pues se trata de mi primera vez.
Quién lo diría, parece el trabajo de un maestro.
Calle que me ruborizo.
Está libre la semana que viene?
Sí, supongo que sí.
Pásese por aquí el miércoles, un momento, no, el jueves, mire esta es la persona a la que tiene que liquidar.
Pero si es usted.
Sí, es que me conozco y esto de contratar sicarios seguro que me da un remordimiento horrible. Por cierto donde compra esas aceitunas, están deliciosas.
Las traigo del pueblo. Le dejo un bote. Bueno hasta el jueves.
Vaya usted con Dios.

viernes, 22 de octubre de 2010

La cocina patas arriba

Hace tiempo que no pongo una canción por aquí. Por aquí es en este fondo naranja pero también en este fondo de pectoral la primera a la izquierda. Cómo puedo vivir sin música. Acaso no voy por ahí diciendo que la palabra es lo que me hace ir tirando (algunos dirán que en actitud de intelectual sin fondo, yo digo que de intelectual sin esfuerzo), acaso la palabra no se pone contenta cuando la sacas a bailar. Ya estoy hablando de palabras, no tengo remedio.

Filosofía suave, hoy sin sal encima del aceite, por la mañana. Hacía tiempo que no me dedicaba a estos menesteres. Esto va a ser un caos, pero lo voy a escribir igual. Sabéis cuando una historia aguarda para ser contada pero pone la condición de que nada de esquemas, nada del corsé de la señorita escarlata no veo nada con estos ojos de huevo.

Pues eso es lo que está saliendo ahora por el pitorro, ya está la semana cocinada, ahora a dejar que se enfríe y al congelador para el lunes próximo comprobar a qué sabe. Puede que ni siquiera sea una historia, está basada en hechos reales.

Vamos con los ingredientes. Hay alguien que me dibuja a golpe de canciones de espotifai, ya tengo la cola del traje muy larga, no será excesiva, no, no creo. Me acuerdo ahora del pavo real, pues a mí me han construido una cola que en lugar de colores tiene sonido, me encanta lo bien que me queda. Por fin me ha llegado la puerta de seguridad para el cuarto de castigo, ese que está al final del pasillo, en la habitación con la bombilla pelada en el techo y las paredes llenas de pisadas; instalación rápida y que tiemblen las ideas inapropiadas porque ya saben dónde van a acabar a partir de ahora (esto más que un ingrediente es una declaración de intenciones, pero bueno, sazona bien el guiso). Como base, jarrete, suculento jarrete al que hincar el diente. Cómo sonreía el carnicero cuando me lo ofrecía en bandeja de papel satinado para que le diera el visto bueno! Ojala todo el mundo ofreciera así su carne! De verdura: las camelias, me han florecido las camelias, no terminaba yo de creer que pudieran existir las flores en invierno. Así por encima, es todo, ahora las dudas sobre la temperatura y el tiempo de cocción, sobre si es mejor usar el fuego de la cocina que ahora tengo o la de la cocina de leña que tendré, o usar un mechero para no gastar electricidad ni leña. La duda, ese es el fuego con que acabo achicharrando las semanas. Ya estoy acostumbrado pero no me vendría mal saber dónde voy a preparar mis platos mañana.

Esto se está convirtiendo en un desierto que ni a mis beduinos les apetece atravesar, así que creo que lo voy a dejar. Usaré los camellos para visitas turísticas.

Me voy, con las palabras vestidas de largo, esta noche salen a bailar. Las dejo escupiéndose en la puntera de los zapatos y restregando con fuerza, hasta que la piel parezca un espejo. Seré permisivo, no seré un padre estricto por una vez, que disfruten esta noche. Suena el viento, asciendo con él, no sé si llevo paracaídas, da igual, de peores guisos he salido.

miércoles, 6 de octubre de 2010

La palabra en la punta de la lengua

Esa que llevas rumiando toda la vida. La que no te dirá nada cuando la pronuncies porque no está concebida para decir sino para contener, para llenarse de todas las cosas que no supiste o quisiste explicar, de todas las omisiones que por cobardía o desconocimiento fuiste dejando pasar.

La palabra en la punta de esta tarde. Esa sensación de que ahora serías capaz de desvelar todos los secretos vedados, de hablarte con sentido. La palabra que sólo con ser pronunciada se convertirá en acción, en primera piedra solitaria, sin pompa ni político para la foto, del edificio de pilares de gelatina. Ese iceberg que parece tan feo, tan lleno de polvo y escombros y que asoma raquítico sobre la superficie del mar picado por la desesperanza del náufrago.

La palabra que bastará para sanarme. Porque me enseñaron que viene aquí para dolerme, para encadenarme a una bondad no reflexionada que es como el uniforme que de niños nos obligaban a llevar al colegio, una verdad que pica en la ingle, de algodón basto que enseguida se estropea. Y yo quiero llegar a casa y que la mar esté en calma que ya le pondré yo la chicha con lo que saque de esa única palabra que se me resiste. Llegar a casa y encontrarme al náufrago en pijama, duchado y perfumado, dispuesto a dormir del tirón todas las pesadillas grabadas en su espalda por la madera astillada de la balsa. La palabra somnífera, que haga innecesario prestar mucha atención a las estridencias de las bocinas que te desorientaron en lo que parecía un laberinto de parque infantil.

La palabra hecha jirones. Carente de excusas. Esa palabra que escupe reflejos sin distorsionar. La palabra en la yema de los dedos, prometiendo, sacando sonrisas de una boca desacostumbrada. Esa palabra que eligió esta tarde para demostrarse posible, velada, seductora. La zanahoria para el burro, tubérculo amable dispuesto a dejarse alcanzar y convertir la tozudez en la mejor de las virtudes.

La palabra en la punta de la lengua haciéndose la despistada.

martes, 14 de septiembre de 2010

Mujeres

Mi abuela consiguió sacar adelante a seis hijos. Tenía también unas pocas tierras que hoy han quedado para plantar forraje y alimentar a las mulas. Era mi abuelo el que las trabajaba pero era mi abuela la que las quería, la que desaparecía días enteros, siendo ya muy anciana, y se iba caminando para perderse entre las matas de pimientos. Siempre me costaba mucho verla cuando me mandaban a buscarla. Abuela, gritaba, pero ella no se movía, se quedaba quieta e invisible como un camaleón intentando que no la localizara y poder así pasar la noche dormida debajo del granado de la linde. Cuando al final tropezaba con ella siempre ponía cara de decepción, me has encontrado nieto, nos quedamos un poco más y nos vamos cuando caiga el primer trueno que hoy viene tormenta. Más de una vez estuve tentado de volverme y dejarla dormir allí, en la misma tierra que abuelo amasó durante años. Pero sabía que me ganaría una buena reprimenda si no volvía con ella. Siempre me sentí egoísta por actuar así.

Mi madre tuvo dos hijos. Un niño y una niña. Hijos normales, tendentes a la fantasía eso sí, niños con problemas de niños, es decir, asuntos graves que se afrontaron como mejor se pudo. Como en todas las familias. También consiguió ser independiente, por poco tiempo, hasta que conoció a mi padre. Estudió enfermería en un convento cuando mi abuelo aun trabajaba el campo y mi abuela aun no era un camaleón. Tuvo que estudiar porque los pimientos que después tanto mimaba la yaya sólo servían para hacer más evidente el hambre y la necesidad. Viajó y tuvo que echar raíces forzosamente a casi mil kilómetros de su infancia, en un lugar donde no hay tormentas de verano, ni pequeñas tierras que cultivar. Puedo imaginarla joven, como en las fotos que conserva de esa época, con cofia y falda. Viviendo con sus compañeras de estudio en un piso alquilado, trabajando por las tardes en el canódromo que había hace muchos años en esta tierra sin tormentas de verano. Hoy mi madre comienza a parecerse a mi abuela, se aferra a sus logros, a su trabajo y a sus hijos, cuando la abrazo noto que sus raíces ya son profundas pero no se extienden hacia abajo, no la atan a esta tierra, sino que viajan hacia el norte, vuelven para buscar las manos de abuelo en la tierra que ahora da de comer a las mulas, para unirse a las del granado de la linde.

Mi hermana acaba de conseguir un buen trabajo para toda la vida. Se acaba de comprar un coche y busca zanjar asuntos del pasado: asuntos graves que se afrontaron como mejor se pudo. Según los estándares de vida actuales está muy bien encaminada, madre está orgullosa de ella porque ha salido adelante y porque ya cerraron el canódromo. También está entre sus planes ser madre, tendrá que tener hijos por los dos. Porque aun no se lo he dicho pero ella será la madre de mis hijos: niños de pelo negro, que lloren fuerte como una tormenta de verano, niños capaces de aceptar la mentira que les contaremos sobre la posibilidad de ser lo que quieran ser, que quieran dormir al raso, comer pimientos, viajar mil kilómetros bajo tierra hacia el norte.

Niños que se parezcan a ella y a su padre.

Me siento egoísta por pensar así.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Insomnio y escritura

No suelo ser muy partidario de repetir contenidos escritos en otros lugares aquí, pero hoy, leyendo otro blog no he podido más que correr a ese mundo paralelo que es el facebook para recuperar dos de las últimas cosas que allí he dejado escritas. Lo pongo aquí porque quería compartirlo con los que me leéis, porque aun me asombro de no estar solo y de que haya gente que siente muy parecido a como yo siento.
Es verdad que el tema es recurrente y algo tópico pero leyendo a Sin escamas puedo ver como tras la fachada típica de ladrillo visto hay mucho más. Hay obsesiones que se asemejan mucho, deseos peligrosos, formas de expresión que no sirven para ser entendido.

Os dejo con dos textos muy breves sobre el insomnio y la escritura.

Madrugada del 1 de septiembre.
Insomnio. Toneladas de insomnio y en ese tiempo quieto que es la noche no dormida varias páginas rellenas de incoherencias, la vida de un poeta llevada al cine en una película de las que abuela decía que eran cochinas, alucinaciones con el ascua del cigarro en el sótano a oscuras.

Insomnio y sin embargo no me quejo.

Madrugada del 2 de septiembre.
Sin ánimo de repetirme o repetir, deme usted más de ese insomnio tan bueno. Deme, porque no quedé satisfecho la otra noche, no recuperé las horas suficientes al día, ni quedé harto de esa extraña lucidez tras el picor de los ojos.
Sin ánimo de ofender, señora, es usted mucho más atractiva cuando la imagino a mi manera, cuando la proyecto sobre el negro de los párpados cerrados.
Puede que por eso no duerma, porque es de noche, cuando debería estar soñando, que la realidad cobra la consistencia que a mi me gusta porque se mezcla con los sueños que debería estar teniendo y ya no puedo asirla, ya no es realidad, es otra cosa, más suave y misteriosa, menos grave, más respirable.
Hablaba ayer sobre esa textura de la realidad con un buen amigo. Las ideas farragosas, enturbiadas por el alcohol, resonaban en la barra de madera, se clavaban al caer en el barniz, lo arañaban, luchaban por permanecer en su cómodo anonimato.

Eso que haces es peligroso, me dijo. Lo sé, lo necesito, contesté.


Gracias Arezbra.

viernes, 27 de agosto de 2010

Mientras... (II)

Hago tiempo para tomar unas cervezas con los amigos.

Una hora para la cita, me meto en un bar después de sudar el teléfono en una larga conversación de las de ponerse al día con alguien que hace tiempo que no hablas. Un bar de los que sirven para el mercadeo de la carne, uno en el que, en otro tiempo, me pavoneaba y me ofrecía al mejor postor. Ahora sé que me vendía barato. Poco han cambiado las cosas por aquí, esto sigue siendo una lonja, aunque he llegado en los preparativos, la mercancía aun está llegando al puerto. Se está bien, el aire acondicionado en modo huracán, recordando épocas pasadas de rifle al hombro y diana en la espalda.

Observo a la camarera, rubísima de bote, chatear en un portátil gastado, vivido en lenguaje de la calle, repleto de pegatinas brillantes, uno de esos útiles modernos en los que predomina el rosa y que supongo que se identifica con la mujer tecnológica de nuestro tiempo. Busco entre la decoración chillona de la carcasa a Hello Kitty, no la encuentro y respiro, esta chica aun tiene remedio. Pero ella se empeña en perderse. Poca relevancia tiene mi opinión como perito en existencias descarriadas, pero tras ver su dedo índice coronado por peineta de perfecta manicura esmaltada en azul añil pulsar una tecla en el ordenador y empezar a sonar acto seguido una canción de Bisbal, un dolor punzante en el estómago me dice que no, que no es recuperable para la causa; menos mal que estoy bebiendo tónica, niño tomate un aguatónica si has vomitado, sí mamá. Siempre tuve un estómago capaz de expresar mis opiniones mejor que la unión cerebro-boca.

Tampoco la vamos a crucificar antes de tiempo. Al menos Bisbal ha roto la cadena de eslabones alternos Shakira, Vega, Shakira, Vega, Shakira, Vega. Ximena Sariñana, coño, esto se ha convertido en un bar de lesbianas. Ahora me lo explico todo, suspiro aliviado, nunca se me dio bien desenvolverme sin un contexto bien definido, ahora tengo suelo firme que pisar y la sensación de que algo inexplicable está sucediendo a mi alrededor se disipa. Están descargando el pescado, pronto empezará el griterío de precios, la compra salvaje.

Empiezo a explicarme la sonrisa de los repartidores que han ido apareciendo por el local, alivio, eso es lo que había detrás de su gesto. Porque con la fresquita que está cayendo iban a encontrar ayuda, mucha ayuda para descargar la mercancía. Camareras capaces de cargar a sus espaldas catorce bolsas de hielo y varias cajas de refrescos.

Suena Bebe, confirmado. La rubia firma el albarán del chico de las cocacolas y se sienta de nuevo frente al portátil. Es la hora, me voy sabiendo que Bisbal es lesbiano y que hay cosas que no cambian jamás, como esta lonja para subasta de carne fresca. La mercancía está aun en el puerto, eligiendo camisa, pero ya puede olerse su perfume cuando abro la puerta abatible y salgo hacia otro bar a encontrarme con mis amistades.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Empachado

Si tuviera una lámpara maravillosa pediría una ranura usb detrás de la oreja para poder descargarme programas de vocabulario, porque es muy duro sentarse frente a la pantalla y notar que te faltan las palabras para contar algo que sientes, que es más grande que tú y que te desgarra la piel desde dentro. Imposible no estar insatisfecho, imposible salir a la calle y actuar como si nada hubiera pasado, joder que lo vivido si no se cuenta desaparece, acaban por instalarse en ese lugar mítico entre las neuronas, ese El Dorado mielínico, en el que habitan las ideas brillantes que tuviste y que jamás llegaste a desarrollar. Debo ser muy torpe o estar muy desentrenado pues por más que busco y a pesar de hacer un cálculo estimativo de la población de esa ciudad en mi cerebro que me dice que más o menos debe de ser como la de la India (y sólo superada por la de otra populosa urbe de mi subconsciente, coward city, la ciudad para el descanso de las ideas que te dieron miedo), por más que busco, y sé que ando cerca, no consigo ver más que seso reblandecido por todas partes, un desierto con cielo de líquido cefalorraquídeo, un cielo raquítico, sin nubes, cigüeñas o aviones; un viscoso cielo imposible de apreciar y mucho menos de respirar.

Que hago yo en la calle respondiendo a la retórica de las amistades. Mi coche nuevo, pues bien, un coche, de esos que les echas gasolina y el tío va y anda. El trabajo, pues bien, gracias, con sus más y sus menos. Que me notas raro, no hombre, será el calor. Y un cojón de pato tibetano, lo que me pasa es que estoy empachado, que me he puesto delante del ordenador durante dos cafés, siete cigarros y una conversación monosilábica al móvil y no he podido acercarme ni siquiera de refilón a lo que quería contar. De hecho he acabado escribiendo sobre lo frustrante que resulta no ser capaz de encontrar el punto de contacto entre lo que pasó y mis dedos sobre el teclado. Pero vamos que estoy bien, que soy capaz de hacer vida normal, he sufrido muchas veces esta frustración y no resulta incapacitante, al menos a corto plazo. No, ya bajo yo a comprar cervezas, tu ves friendo las croquetas y mete hielo para un buen gin tonic que me pienso zumbar en cuanto cumpla con el protocolo y estén todos un poco achispados, lo suficiente para no percatarse de que me lanzo en picado hacia el vaso, con ganas de morderlo y los ojos desencajados. Pero estoy bien, a qué vamos a jugar hoy, que no, de verdad, que no me pasa nada, bueno a lo mejor es que hoy no he sido capaz de escribir nada decente. Qué son esos grillos que suenan y por qué de repente todos los presentes se han quedado paralizados. Aguzo el oído pero nadie dice un, dos, tres, pollito inglés, esa no puede ser la razón de que todos se hayan quedado paralizados. Paso la mano delante de los ojos del que tengo más cercano, hola, decía que hoy no he podido escribir nada decente. El párpado le tiembla, está vivo, menos mal, ya creía que el mundo se había detenido (golosa posibilidad por otra parte).

Cuando vuelvo del servicio la reunión se ha reactivado, decido dejar de responder con sinceridad a las preguntas, adoptar la política del no compromiso y la condescendencia; ahora pregunta que te vas a cagar, te voy a soltar un tópico tan irrebatible que vas a tener un orgasmo aquí mismo. Para que después andes preguntando qué te pasa, qué te pasa, sin estar dispuesto a escuchar la respuesta.

Primero faltaban las palabras y ahora creo que me faltan algunos genes para poder considerarme de la misma especie que todos los que comparten conmigo la reunión.

Lo que sí es evidente es que estoy enfadado, conmigo, con el mundo también, pero sobre todo conmigo, porque ya vale de considerar que esta pereza es inevitable y que viene dada como síntoma inherente a mi tendencia a la neurosis, joder que manía con querer estar enfermo, que estás bien, lo que eres es más flojo que un muelle de guita. Y ese enfado se me nota, se me nota demasiado diría yo. Encima no tengo explicaciones convincentes para las orejas no iniciadas y claro, acabo mintiendo como pinocho en pleno ataque compulsivo, nada, no me pasa nada, estoy bien. Eso es lo que me hace daño, las mentiras usadas como material de construcción para el atrezzo de la obra que interpreto: “el calvo que susurraba historias de ciencia ficción a los camaleones”, mismo.

En fin, creo que voy a parar, a subir a fumar, a subir, sólo a subir, arriba, allí hay aire aunque esté a una temperatura capaz de convertir los alvéolos de mis pulmones en palomitas de maíz. Arriba, aire y luz, los cabos siguen sueltos, incluso se han desprendido algunos más, eso me apasiona, cabos sueltos, historias por contar, pero suelo liarme con las agujas de tejer porque soy más chulo que nadie y me empeño en hacer punto con los pies, el rollo ese de la casa por el tejado y de querer llegar antes de haber salido. Con lo relajante que es tricotar bonitos jerséis de lana para cuando llegue el invierno, bonitas historias geométricas con su principio y su final y no este abigarrado conjunto de archivos word que se gritan unos a otros, que se reclaman el territorio de mi atención, esta horda de monstruosos relatos mutilados que piden a gritos ser atendidos.

Que miedo madre. Con lo difícil que es vestir engendros para primeras comuniones.

Te en.

Vaya, para estar en blanco han salido casi mil palabrejas, no está mal, aunque sólo haya sido literatura lenitiva. Por lo menos cuando salga a dar una vuelta podré creer mis respuestas vacías a preguntas intrascendentes.

martes, 27 de julio de 2010

Uno y los otros

No era muy distinto al resto. Ropa fotocopiada, con la creencia firme en que la variabilidad infinita que se hace posible al vestirse en las cuatro tiendas de moda para todos, sería suficiente para marcar una distinción entre Uno y el resto, suficiente para destacar en medio de la avenida surcada de otros que siempre tenían una apariencia anodina, que siempre se encaminaban a realizar las menudencias de su existencia prescindible, alejadas de su variada vida.

Uno era muy hábil para la mentira, aunque él no la llamaba así. Realidad potenciada, escribía sobre este concepto en su habitación alquilada, sólo allí, en la intimidad, no podía permitirse dudar de sus principios cuando pisaba el afuera. Procuraba, cuando la duda era más grande que su credulidad, encerrarse el tiempo necesario bajo el cono truncado del flexo a escribir sus trajes para la realidad.

No era muy distinto de otros. Escuchaba música siempre por referencias externas, procurando eso sí, elegir sólo los artistas menos mencionados por sus amistades. Leía, claro que leía, la intelectualidad entendida como una alberca reseca que hay que volver a llenar era uno de los pilares fundamentales de su personaje. Pero leía sólo las críticas de obras en las revistas de literatura para poder insertar en sus conversaciones la fascinación en los oyentes causada por la total actualidad de sus conocimientos. Elegía también los interlocutores para no enfrentarse a las ansias de profundidad de cualquiera que haya podido leer el libro sobre cuya reseña Uno había basado su opinión de papagayo.

Uno era muy hábil follando, aunque no lo llamaba así. Comparaciones sexuales, follaba indiscriminadamente con cualquiera que le prestara algo de atención. Mientras se desnudaba ya empezaba a hacer comparaciones autorreferenciales. El sexo como competición, un mal menor ya que no llegaba con su propio pene estirado al esfinter. Uno siempre quiso penetrarse, como no podía buscaba sus virtudes en los defectos de sus amantes.

No era muy distinto de los demás. Tenía un trabajo mal pagado que adornaba con la nata de sus actividades artísticas para hacer ver que sólo trabajaba por dinero y no por obligación. Escribía poemas sin rima, le gustaba alternar versos compuestos de una sola palabra con otros que se prolongaban hasta parecer el inicio de una mala novela. Uno estaba cargado de retórica, otra alberca que llenar, recién encalada, de apariencia impecable, hermosa pero vacía.

Uno era muy hábil viviendo, aunque el no lo llamaba así. Construcción de días adornados. Sabía tomar la anécdota ocurrida, inflarla, asentarla, levantarla hasta que tapara sus problemas de estreñimiento, su pila de platos desechables por fregar, su tendencia a convertirse en un cojín del sofá. Sabía qué contar y cuando hacerlo, cerrar cualquier resquicio a los pasajes prescindibles del día. Como en las películas, Uno sólo vivía saltando de climax en climax.

No era muy distinto a los demás, pero al menos el luchaba por diferenciarse, despreciaba a los otros porque se conformaban, porque no peleaban por parecer interesantes.

Nota aclaratoria para Uno: Es evidente que este personaje sólo toma de ti el nombre, jamás me atrevería a asimilar la ficción de arriba con lo entresacado de tus palabras e imágenes. Gracias por inspirarme y disculpa por tomarme tantas libertades.

viernes, 23 de julio de 2010

Diccionario del diablo (VI)

IRA, s. Enojo de calidad e intensidad superiores, propio de caracteres exaltados y situaciones transitorias, como los casos de «la ira de Dios», «el día de la ira», etc. Entre los antiguos, la ira de los reyes se consideraba sagrada, porque podía manifestarse a través de un dios o de un sacerdote. Los griegos anteriores a Troya fueron tan perseguidos por Apolo que saltaron de la sartén de la ira de Crises al asador de la ira de Aquiles, aunque Agamenón, único ofensor, no fue frito ni asado. De inmunidad similar gozó David cuando atrajo la ira de Jehová por censar a su pueblo, setenta mil de cuyos integrantes pagaron el pecado de David con sus vidas. Pero ahora Dios es Amor, y los encargados de un censo pueden hacer su trabajo sin temer catástrofes.

Dicen que su ira es incontrolable, que es un cascarrabias, que se encerró en la casa heredada y que sólo salía ocasionalmente, cubierto para que nadie pudiera refrescar la imagen de su rostro, para comprar comida.
Pero nadie ha escuchado jamás un ruido saliendo de esas ventanas, muchas orejas infantiles se han pegado a la puerta jugando a cazar el resuello del monstruo, muchos manos adolescentes han golpeado, con el llamador de bronce en forma de mano lánguida sujetando una esfera, esa puerta tentando al grito que todos esperaban oír, muchos los silbidos de ofidio con permanente y bata arrastrada cargados de maledicencia.
Dicen que es el último de una estirpe maldita y que no hay que acercarse a él, que es mejor dejar que el tiempo le vaya royendo los pecados.

Dentro, en una casa pulcra y sin apenas mobiliario, un hombre pasaba las horas recordando el pasado. Con el tiempo ha conseguido sepultar bajo recuerdos las causas de su encierro. Dentro pasa el tiempo cambiando los trapos húmedos de los bajos de las puertas y del quicio de las ventanas, así evita que se cuele la ira del pueblo.

Miedo dentro y fuera. Miedo que con los años se convirtió en otra cosa, viscosa e inflamable. Un animal que espera a que se oxide la cadena que lo retiene para poder liberarse.

sábado, 3 de julio de 2010

Explosión de hormigas

El verano es un reguero de hormigas derramándose impunes por los rincones. Derramarse quizás no sea al verbo adecuado pues aunque su presencia parezca casual obedece a un fin determinado. No se vierten, no se esparcen, saben muy bien a lo que van. Buscan comida, se mueven ordenadas y caóticas al mismo tiempo buscando algo que llevarse a las mandíbulas.

El verano no es calor cruel ni planes de amnesia vacacional, no es estampados chillones en los bañadores ni sopor después de comer. Porque a pesar de que reserve un equis por ciento de mi sueldo para actividades estivales, a pesar de que salga a tomar la fresca al patio de atrás, que enseñe las magras carnes que he conseguido coleccionar en los meses de aquí sólo pueden verse dos manos y una cara, a pesar de que haga lo que se suele hacer en verano sé que hay algo que se me escapa, una rebelión interior para la que esta época es la mejor época.

Hormigas de sólidas motivaciones que me hacen pensar en la propiedad intelectual de mi voluntad. ¿Por qué me muevo yo? Por inercia, es lo primero que me viene a la cabeza. Prefiero tomar como ejemplo su laboriosidad inconsciente a su naturaleza impulsiva, así nos hacen, así aprendemos a ser. Por inercia, te mueves por inercia. Primero termina de pintar el cuadro y después, cuando todos vean el esplendoroso resultado de tu trabajo (inercia), ya podrás dedicarte a planificar bien esa especie de fuga de alcatraz en la que has convertido tu existencia.

Hormigas desde la ventana, en cascada, hasta el plato de la comida del gato; desde un agujero minúsculo en la junta entre dos losas del patio hasta la copa de la dama de noche en busca de saltamontes; imaginarias corriéndome por el brazo camino de la nariz, dejando a su paso una mezcla de picor y cosquilleo.

Hormigas para acabar escribiendo siempre de lo mismo, sublimando las ganas de romper con todo, aguantándome las ansias de ponerme el último de la fila a esperar turno para probar los restos de comida para gatos.

martes, 15 de junio de 2010

Las cosas del crear

No sé por qué me apetece empezar con un toque Folk esta entrada que desde que comenzó anoche a crecer en mi mente ya dio señales de ser caótica y carente de sentido. Así pues, ante la inutilidad de resistirse a las propias inclinaciones creativas, tema este del que creo que trata lo que a continuación expongo, me dispongo a soltar lastre.

Hay una tonadilla que, con un poco de adaptación ad hoc a mis propósitos, ilustra a la perfección la idea que quiero transmitir. De hecho, bastaría con dejarla recogida aquí abajo y ahorrarme la posterior disertación sobre la idea subyacente. Pero no voy a ser tan vago y ustedes no van a tener tanta suerte.

La tonada en cuestión reza: “mi jaca, galopa y corta el viento (hasta aquí el original, lo que sigue es cosecha propia) y yo la dejo correr sin coartarla, sin dirigirla. Qué más da si por mucho que me empeñe y le tire de las crines va a acabar yendo donde ella quiera”. En el original el equino se dirige a Jerez de la Frontera, metafórico lugar en el que descansan todas mis creaciones literarias.

Alguien se ha enterado ya de lo que quiero decir? Supongo que no mucho. Aporto una cita para encuadrar el asunto:

“Sergio N. no podía escapar de la enajenación, puesto que el único resultado de una acción creadora solipsista auténticamente consecuente, tiene que ser la esquizofrenia”
(Lem).

Esto viene a significar que estamos, los que nos entretenemos llenando de letras sucedáneos de DIN A4 en pantalla de ordenador, condenados sí o sí a la locura. Si nos vamos a un extremo y pretendemos salirnos de lo que escribimos, tomar esa distancia del narrador tan vanagloriada por algunos, considerar lo escrito como externo a nosotros, no estamos más que engañándonos, sacudiéndonos de encima, como si fuera un hijo ilegítimo en el que no reconocemos nada de lo que somos, lo creado. Pero lo que hacemos no es más que negar lo evidente. Si tuviéramos el valor de pararnos frente a lo parido nos daríamos cuenta al instante del parecido de su nariz aguileña con nuestras encorvadas y ganchudas obsesiones, pura genética. Negación, mecanismo de defensa. Qué culpa tendrá el niño de ser a los ojos de su hacedor tan feo.
En el otro extremo está el que escribe sabiendo de antemano que lo que frente a él va surgiendo acabará siendo más real que la cita para la reunión de vecinos de esta noche en la que se discutirá la necesidad de pintar la fachada del edificio de rosa palo.
En medio cualquier postura que se nos ocurra en el gradiente entre el desapego total y la confusión extrema.

Esclavos. Eso es lo que somos. Tiranizados por lo que más nos gusta hacer, vamos sacando sonidos al teclado creyendo que somos nosotros, nuestra personalidad única e irrepetible, los que controlamos los dedos y las ideas, creemos que es nuestra habilidad y sapiencia las que convierten la intención en producto final. Es sólo ficción nos repetimos bajo la alcachofa de la ducha después de haber terminado nuestro último relato, es arte nos decimos mientras, repatingados en el sofá, damos un trago al café que se ha quedado helado después de haber pasado varias horas sumergidos en el acto creativo. Se nos da tan bien mentir(nos).

En definitiva, lo he estado pensando, no creo que haya una motivación evidente –en realidad no creo que exista motivación ninguna- que nos empuje a escribir. Simplemente es algo que te pide el cuerpo y ya se sabe que todo lo que gusta, todo lo que pertenece a la esfera de la pulsión descarrilada, acaba por traer consecuencias, daños colaterales en los que no reparamos cuando tecleamos once upon a time in Trebujena como principio de nuestro siguiente cuento.

La consecuencia, por si aun os queda curiosidad por saber de lo que hablo, no es otra que el crecimiento desaforado de lo que suele etiquetarse como “el mundo que te rodea”. Creamos, creamos y creamos (o creemos que creamos, que la calidad no tiene nada que ver con el problema del que hablo pues a él tienen que enfrentarse tanto los consagrados como los que pretenden imitar a la Quintana) y no nos damos cuenta de que cada cosa que escribimos pasa a formar parte de una realidad que sólo nosotros somos capaces de apreciar. Y ya se sabe que contra más grande es el tambor más tonto es el niño. Qué culpa tiene el chiquillo si se ve ante la necesidad de sacar ritmo de tan monstruoso instrumento.

Termino ya con otra cita:
"Aunque el pensamiento puede crearlo todo, no todo (casi nada) puede anularlo después" (otra vez Lem).

Y una coletilla:
Qué bonita es mi jaca torda!

viernes, 4 de junio de 2010

Mientras... (I)

Espero a que el coche salga del taller.

En un polígono industrial de las afueras una carretera salteada de rotondas que se precipita en acusada cuesta abajo hacia la ronda de circunvalación me separa del centro comercial al que he decidido dar la oportunidad de que me ayude a matar el tiempo porque la operación a bujía abierta de mi viejo coche va para largo. Otros vehículos más sanos que el mío cruzan arriba y abajo, presumiendo de salud. Me siento como en ese juego de la ATARI en el que un conejo o una rana, la memoria falla, tiene que cruzar entre el pixelado tráfico. Pero aquí hay truco y aunque no me fío mucho del paso de cebra acabo por confiar en el civismo y en la interiorización de las normas viales, me lanzo, como siempre pisando en los espacios en negro, no escucho ningún frenazo, saldré vivo de esta.

Entro en el centro comercial. Me detengo unos segundos en la puerta, justo bajo el chorro de aire acondicionado, el guardia de seguridad me mira con severidad. Quizás porque él tiene más calor que yo y le gustaría intercambiarse conmigo.

Una vez dentro, hay poco que hacer. Me detengo un poco en la sección de pequeños electrodomésticos a aumentar mi inventario de trastos inútiles, sí, esos que algún día se rebelarán y dominarán el mundo. Apunto mentalmente usos alternativos para la yogurtera, la freidora sin aceite o el masajeador-palangana para pies cansados. Construyo mi pequeño robot, de pequeño leía tebeos de los transformers y me ha quedado la manía de unir los aparatos de la vida diaria para crear un autobot llamado Magefesa. El de hoy tiene como órganos genitales una nespresso.

Me aburro y acabo en la sección de Libros (porque llamar librería a esto es ser demasiado benévolo). Montañas de libros para ser consumidos se agolpan en grandes mesas, como si fuera un buffet libre, sírvase usted mismo si tiene hambre pero no espere quedar satisfecho, esto es sólo para picotear. Esquivo el ágape de vampiros, conspiraciones vaticanas, amores tópicos y hechos históricos disfrazados de boda y acabo como siempre olisqueando la sección de libros de bolsillo en la que siempre puede encontrarse algo de placer en la lectura de las contraportadas de ciertas editoriales que rompen la aridez del coja usted el primero que pille, que más da, si al fin y al cabo nada de lo que pueda picotear por aquí va a provocarle el eructo satisfecho.

Escondido tras la sucesión multicolor de lomos de Anagrama dirijo mis antenas hacia una conversación que mantienen dos dependientas. Una, plumero en mano le dice a la otra:

— Este me lo leí de una sentá.

— ¿Tiene película no niña?

Es suficiente para mi estómago. Aprieto los puños. Resisto el impulso de dirigirme hacia ellas con ese paso amenazante, rápido y con el torso inclinado hacia delante que anticipa una agresión. Pero me contengo. Imagino a la del plumero en el almacén usando el utensilio de limpieza para aliviar sus bajos instintos mientras piensa en su jefe enchaquetado. Sonrío un poco y me calmo. Me dirijo a la salida, a confiar de nuevo en la efectividad de los pasos de cebra, de vuelta al taller, deseando que no sólo se hayan limitado a cambiar tres o cuatro piezas del coche, que hayan puesto entre el botón del aire acondicionado y el de la radio ese otro botón rojo que apretaba Michael Knight y que hacía que Kit corriera como si le hubiera dado un apretón. Todo por salir pronto de este polígono industrial.

jueves, 27 de mayo de 2010

La mayéutica de mis macetas

Amarillas, aun tímidas, asoman las flores de la tomatera. La chumbera sigue creciendo constreñida en su maceta, hay que cambiarla a una más grande. Ella lucha haciendo crecer sus rugosas láminas que asoman alargadas, como rostros en un boceto del Greco, de la luna verde creciente de la base. Espera, sabe que dispone de muchos días hasta que la tierra vuelva a ser inabarcable para sus tentáculos, hasta que de nuevo pueda masticar piedras con sus pies. Sabe que pienso en ella y no se olvida de advertirme con su verde nuevo radiactivo de su irrefrenable ansia por crecer.

La miro y observo después mis manos con sus prosaicos diez dedos que apenas han cambiado desde la última vez que fije mi atención en ellos. Apenas alguna muesca nueva fruto de algún golpe que pasó desapercibido o una ligera diferencia en la tonalidad de las yemas, ahora más rojas tras un buen rato apretando el bolígrafo. Ella es consciente de su futuro, yo me remuevo incómodo en este ahora dilatado. Ella crece tranquila, yo lo hago con violencia, con ansia, desgarrando los trajes que visto y sin querer extraer la moraleja del cuento: sólo el que camina desnudo es capaz de notar el movimiento.

Al lado, en el mismo arriate, la tomatera ignora el lugar que habita, no necesita huerta para enseñar sus diminutas flores. Es capaz de crecer en esta sucesión de patios traseros fotocopiados, elevarse hasta asomar sus brotes con curiosidad infantil sobre el brezo reseco y barnizado que separa éste, su patio, del contiguo. Ella no tiene futuro, lo sabe y por eso se estira desmesurada, desordenada, ignorando cualquier mínima referencia a un destino preconcebido.
Lecciones sin palabras. Aprendo a esperar y a estar presente y consciente. Las cuido, las riego, las abono, les hablo, acaricio sus espinas y su olor de gazpacho anticipado. Ellas se dejan hacer con una falsa sumisión que oculta su condescendencia. Piensan en mi torpeza como algo inevitable, al fin y al cabo soy un hombre. No acabo de entender qué es lo que quieren decirme. Hay algo escrito en las púas de la chumbera que no sé leer, algo codificado en la furia vertical de la tomatera que no quiero ver.

Si las plantas hablaran serían hombres. Y es tan aburrido escuchar a los hombres.

jueves, 20 de mayo de 2010

Diccionario del diablo (V).

IMPROVISADOR, adj. U.t.c.s. (Del italiano «improvisatore»). Tipo que se siente más feliz componiendo versos de lo que se siente su audiencia al escucharlos.

Tras esta somera y espero que amena introducción a mis motivaciones y a mi mundo creativo paso a leerles una parte de mi último poema épico, espero que les guste.

En el auditorio quedaban únicamente dos esqueletos y una señora sorda. Su madre pensaría cualquiera, pero no, ésta había renegado de él hace muchos años cuando en una cena de nochevieja quiso componer doce poemas, uno por uva, y se empeño en pasar de nuevo las campanadas grabadas para poder recitarlos. Ese día y debido a que muchos de los familiares debieron acudir al alcohol para soportar la situación falleció el tío Pepe, que tenía el hígado tocado pero prefirió la muerte a su sobrino. Su madre jamás pudo perdonarle que matara a su hermano mayor.

Le dedico esta composición a mi madre, la única heroína real que he conocido.

La vieja sonreía encantada y se escuchó como uno de los esqueletos se derrumbaba quedando un montón de huesos sobre el asiento.

Por favor ruego silencio para poder apreciar bien el sentido y la musicalidad de la obra.

La vieja seguía con su gesto amable y el esqueleto que aun quedaba se levantó y haciendo varios cortes de manga que sonaron como el entrechocar de las baquetas del batería antes del inicio de una canción abandonó el auditorio.

No son muchos los que saben apreciar el verdadero arte. Bueno ahora comienzo.

La vieja se durmió y él continuó recitando. Alguien apagó las luces y él continuó recitando. Tras varias horas paró en seco y sumergido en la más absoluta oscuridad carraspeó.

Haremos una pausa, necesito un poco de agua, en seguida continuaremos.

A la mañana siguiente el celador abrió la sala para un congreso titulado “el futuro de la palabra coño cuando la letra ñ desaparezca”. Él seguía recitando, ya con los labios resquebrajados y ensangrentados. El celador se acercó extrañado a la mujer que, doblada por la cintura, apoyaba su frente en el respaldo del asiento delantero.

Señora, despierte. Señora. Señora! Señora! Hostias, esta pobre mujer está más tiesa que la mojama.

No interrumpa por favor.

Que le he dicho que está muerta y límpiese la baba reseca que parece que se ha pegado toda la noche dándole besos a una piedra de sal.

Él siguió recitando. Un perro se coló en la sala atraído por el montículo de huesos en uno de los asientos. El de la funeraria trajo un ataúd sencillo para la vieja que murió con la sonrisa puesta y afuera ya empezaba a escucharse el rumor de los asistentes al congreso.

Y aquí termina este fragmento. Alguna pregunta.

sábado, 15 de mayo de 2010

Tres pelos tiene mi barba

Siendo breve, en sólo dos palabras. Qué extraño es ver como la escena se desenrolla a tu alrededor, mirarse al espejo y verse igual que ayer aun sabiendo que las cosas van cambiando y que ya no eres ni de lejos ese que te mira en las fotos colgadas para regodeo de conocidos en tu red social.

En un blog amigo, una voz sabia y sabrosa hablaba de dualidades. Yo me siento atrapado en una de ellas, la lucha entre la permanencia y el cambio.

Mi barba sigue siendo tupida, cerrada y áspera. Ha sido así prácticamente desde que me hice hombre a la manera tradicional que comentan las abuelas, míralo es ya todo un hombrecito. Mi barba sin embargo tiene una zona en la mejilla derecha conquistada por las canas, pero yo la sigo percibiendo como siempre, sigue creciendo demasiado, sigue marcando con su longitud un ritmo para medir el tiempo más fiable, creía, que el impostado repicar del segundero o que el beso del rotulador fluorescente sobre la superficie satinada del calendario de mesa.

El tiempo que pasa y el tiempo que permanece. Extraña sensación. Dependiendo de la ventana que abra me siento niño, joven o viejo. Pero tengo la edad que tengo o todas las edades que tendré.

Qué cosas!

martes, 27 de abril de 2010

La cruz hecha astillas

MAÑANA

Son suficientes unas horas de sueño sin sobresaltos para leer lo que ayer quedó reposando como un pastel requemado en el alféizar y verlo ahora como el más suculento dulce. Curiosamente el ayer y el hoy salieron del mismo horno y parecen destinados para paladares antagónicos.

Por la mañana no importan los picotazos atronadores del martillo neumático en el portal de casa, las palabras suenan más fuertes que cualquier máquina inventada por el hombre. Qué más da lo que quedó a mis espaldas.

Es lo que tiene arrimarse a la ciclotimia y bailar con ella, que las mañanas parecen siempre soleadas.

Ponerse a escribir por el placer que produce hacerlo, sin restos de terapia, sin sabor a agujas. Escribir para arrancar la tartana.

Qué le vamos a hacer si siento como un complicado gráfico de la bolsa. Subidas y bajadas, compras y ventas, para que al final casi nada cambie. Los ricos muy ricos, los pobres muy pobres y yo más liado que la pata de un romano.

Ponerse a escribir sin recordar que ayer estaba colgado y con el costado abierto en una mueca de segunda boca lastimera.

lunes, 26 de abril de 2010

Desde que me bajé de la cruz el mundo es más feo

NOCHE

Ponerse a escribir con la cabeza en blanco, con lo primero que suene en el ordenador tapando el silencio, con el día congelado en la calima (el calor también detiene las cosas, las inmoviliza)

Me duelen las muñecas como si me hubieran bajado de la cruz le comentaba a alguien en un correo sospechosamente enviado al final del día, en ese momento en el que se hace recuento. Conclusión de hoy, el mundo es una impostura. Horas pasadas como el preso que oculta el túnel para escapar de su celda tras el poster de una rubia despampanante. El día con la cucharilla de postre rascando en las partes blandas de la realidad.

Ponerse a escribir como el que se toma una manzanilla cuando se le descompone el estómago. A mi me duele hoy el día y este repiqueteo me calma, amortigua el dolor.

Se me da bien quejarme, algo peor buscar soluciones. Cómo puedo estar tan desencantado a mi edad. De qué me alimentaré en los próximos años. Preguntas todas borrosas, asentadas sobre una base de pesimismo congénita.

Ponerse a escribir por no atreverse a gritar.

Cuándo va a venir la azafata con el ramo de flores y me va a pedir que mire a la cámara. Estás en un programa de cámara oculta y eres el mayor tonto de la historia. Enhorabuena.

Ponerse a escribir. Con dolor de muñecas como si me acabaran de arrancar de la cruz, como si no tuviera las manos bien soldadas a los brazos. Toda mi vida he padecido de esta disociación entre mis manos y el resto del cuerpo. Es cansancio, es hastío, es una postura algo forzada de alguien que está hasta los cojones de no entender muy bien de que va la película y aun así sigue adelante.

Al menos cuando estaba crucificado no me dolían las muñecas. Mortificado e ignorante incluso llegaba a sentirme satisfecho.

Ponerse a no escribir nada. Un texto que no es más que una limpieza de chimenea, una pataleta a discreción, el último suspiro antes de ir a dormir.

martes, 13 de abril de 2010

Pinos hipotecados


Pagaremos los pinares a precio de oro. Pero al menos podré volver a oler la resina y las azucenas de las dunas. Te llevaré conmigo como llevo al niño que vuelve para buscar los jirones de piel de culebra ondeando en las garras resecas de los troncos muertos. Encontraremos arena helada en pleno verano que nos calme el hastío de los pasos que desembocaron en ese mar compartido por muchos pero al que sólo tus ojos saben dar significado.

Huiremos, como la mayoría, de lo que somos, para acercarnos un poco a ese extraño hueco en el fondo del pecho, ese que parece imposible de llenar y que suele rugir hambriento justo en el momento más inoportuno. El receptáculo de nuestra insatisfacción, siempre dispuesto a recordarnos que somos otra cosa, que nacimos para hacer algo que nada tiene que ver con lo que hacemos, algo más sencillo; como el cubo de piñones que recogimos anoche y que ahora picamos para dar un toque casero al helado en oferta dos por uno del supermercado de abajo.

Pagaremos gasolina, comunidad, desayunos completos, cervezas, crema para después del sol. Pagaremos el paraíso burgués y cuando estemos sumergidos en este cuadro costumbrista, de repente todos se habrán ido y estaremos solos en los pinares, aguzando la vista para ver el rayo de luna incidir entre la retama señalándonos el sitio exacto en el que acurrucarnos a dormir, a soñar dentro del sueño, a aprovechar la única noche en la que el mundo nos pertenece. Porque quizás mañana volvamos a necesitar hacer la compra, volvamos a desayunar en el bar de cada día. Quizás mañana no sepamos salirnos de los itinerarios marcados.

Las playas, con ese aire de desierto interminable, siempre me dieron miedo De niño el bosque sobre las dunas me llamaba: ven, quiero devorarte. Y yo me adentraba con miedo aun sabiendo que apenas eran unos kilómetros de extensión verde lo que me separaba de la carretera que llevaba al pueblo. Jamás he sentido tanta inquietud, jamás ha sido tan claro el afán de escapar. Pero no llegué a encontrar la puerta que me llevara a esa misma playa sin gente, a ese lugar que sé es sólo para mi y del que estos pinos hipotecados son el mejor sucedáneo.

Pagaremos lo que haga falta para sentir que es posible volver a ser niños. Nos conformaremos con un día de sol y salitre que avive las ganas de darnos esquinazo. Después volveremos a ser lo que elegimos habiendo al menos rozado lo que deseamos ser.

jueves, 1 de abril de 2010

Vicios y malas costumbres

EMPATÍA V1

Le dolían tanto los dolores ajenos que desayunaba tostadas con reflex endulzaba el café con ibuprofeno en polvo.

Se le podía ver sumergido en lamentos calle arriba, calle abajo. Hablando entre dientes repasaba los problemas de sus conocidos. Pasaba horas exprimiendose la cabeza buscando una solución viable a todo ese mar de lágrimas vertidas por otros.

En la comida aliñaba la ensalada con nolotil y el entrecot a la morfina acabó por convertirse en su plato favorito.

Le dolían tanto los dolores ajenos que olvidó los suyos propios. Así pasó de largo su mujer, calendario arriba, harta de intentar explicarle que le había sido infiel un número considerable de veces en un intento desesperado por llamar su atención y que dejara de fijarse en los males ajenos para atenderle a ella, a su fibromialgia y a sus frecuentes ataques de pánico.

Se le podía ver en la farmacia con su carretilla para recoger su cargamento diario de vendas. Por ahí viene el momia decían los niños que, cuando pasaba a su lado, intentaban pisar el cabo suelto de sus vendajes para ver si debajo de semejante cantidad de harapos renegridos lo que había era un hombre o una herida sangrante.


Apenas cenaba, padecía ardores de estómago por la noche. Un omeprazol y a la cama. Al ir a dormir sabía que soñaría con todos esos problemas que no le pertenecían.

Médicamente hablando esta tendencia a padecer por los demás suponía una gran ventaja. Cuando se encontraba mal no tenía más que llamar a su médico y preguntarle: “¿Doctor, a usted qué le duele?”.

jueves, 4 de marzo de 2010

Los paréntesis

Deja de hacer lo que estabas haciendo y ven. Para un momentito y vamos a tomar café. Para, que me haces daño. Me voy a la calle a que me de el aire que estoy saturado de trabajar. Deja de pensar en las cosas que no puedes controlar, te hace daño.

(El principio de una historia que se escurre entre los dedos. Parecía que iba a dar para más. El montón de versos inconexos con los que juego a montar poesía: un mecano, no es más que eso, un juego que emula las grandes construcciones de otros hombres. Novelas que se van aupando unas sobre otras, lomo sobre lomo, como si quisieran alcanzar algo en el techo o escapar por la ventana. Novelas que me esperan y envidian a la que ahora diseccionan mis ojos).

Son ya muchos días fintando para esquivar responsabilidades de la vida cotidiana. Así que hoy ordené todo el papeleo de la raída carpeta rellena de indigesto puré de documentos. Contratos de cinco años atrás, declaraciones de la renta, facturas de objetos que ya no existen, de bienes que no quería, de actividades que apenas han dejado huella.

(La tarde gris, imagino canciones para una supuesta versión cinematográfica de mis memorias. Agenda cultural: exposición de Murillo, algo de teatro, mucho cine. Escribir en la libreta de notas con un café frente a mí. Agitado sin cuidado se derramó en el plato y dibujó un churretón al secarse la espuma en el exterior de la taza. Escribir con el cuello agachado como si la cabeza pesara demasiado, buscando un resquicio de luz en la oscuridad de la tarde húmeda. Escribir hasta que me duelen los hombros por la postura forzada).

Cigarrillo. Nueve. Diez páginas de un Decreto sobre la educación de los menores con necesidades educativas especiales. Cigarrillo. Diez y cuarto. Lectura dispersa de lo que queda del decreto anterior. Cigarrillo. Once menos cuarto, Cigarrillo. Café. Once y diez. Miradas furtivas a los demás que estudian y alguna anotación erótica en la libreta. Propósito de concentración y dos horas inmerso en la Ley Orgánica de Educación. Sabe a jamón rancio. Comparaciones con mi periodo escolar. La vejiga a punto de estallar, pero antes, cigarrillo. Constitución española. Una menos diez. Invento maneras de entretenerme. Sección de poesía. Cómo se llamaba aquel poeta malagueño. Una y media. Propósito de enmienda. Decreto sobre la adopción de menores en la comunidad andaluza. Voy a los estantes y cojo el primer libro que me llama la atención para ojearlo en el autobús. Cigarrillo. Dos y cuarto. El autobús tarda. Cigarrillo.

(La Fea se parapetaba tras la puerta, asomada a la mirilla esperando volver a ver el rostro de la gente después de que escampara y dejaran de ocultarlo bajo los paraguas o tras los cuellos levantados de los abrigos. Son como caracoles, pensaba, se esconden cuando llueve, a mi me gusta que se me moje la cara, que se quede fría, que me pesen las pestañas por las gotas encerradas entre ellas. Caracoles, cuando los hombres asomaban la cabeza de nuevo, se calzaba sus botas de agua y salía corriendo por la cuesta que desembocaba en la orilla pedregosa del río. Tres o cuatro brincos y ya estaba en los bancales, palpando las cañas de la ribera con su penacho apelmazado. Cuando sentía que la consistencia del suelo cambiaba y que sus pies se hundían en la tierra húmeda, sacaba la bolsa de plástico del bolsillo, se ponía las gafas y tensaba la espalda antes de empezar a hurgar entre los hierbajos revueltos en las márgenes de los campos. Se había cansado de buscar hombres y por eso buscaba caracoles.

La fea, creo que sí, que la meteré en el relato, será el típico personaje marginado. No sé si funcionará, estoy un poco harto de darle vueltas a esta historia).

Al teléfono. Pon a cocer guisantes. Sal a pasear al perro. Un ibuprofeno para el dolor de cabeza. Me quedo embobado viendo como burbujea el agua en la olla. Pongo la mesa. Pico algo y desaparezco, de tres a cinco desaparezco.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Limbo del ciclista incompetente

"Por eso los habitantes creen vivir siempre en la Aglaura que crece sólo con el nombre de Aglaura y no ven la Aglaura que crece en la tierra. Y yo mismo, que quisiera tener separadas en la memoria las dos ciudades, no puedo sino hablarte de una, porque el recuerdo de la otra, por falta de palabras para fijarlo, se ha perdido".

Italo Calvino. Las Ciudades Invisibles.

Por más años que cumplo no logro sacudirme la sensación de que la existencia es una broma, una distracción jocosa ideada en un principio con buena intención pero que ha terminado por atraparnos de tal forma que se ha convertido en nuestro mayor obstáculo para alcanzar la satisfacción personal.

Jugamos a poseer como en un inmenso Monopoly.

Compramos bienes materiales para sentirnos momentáneamente mejor, pero también estamos dispuestos a pagar un alto precio por ambiciones que nos son ajenas, esas sobre las que no nos paramos a analizar su procedencia: trabajo, familia, seguridad. Como hombre —no como ciudadano educado y sumiso— percibo a menudo la extrañeza de mis aspiraciones, la confrontación entre los instintos y lo que se ofrece en el escaparate para poder satisfacerlos. Pienso que en algún momento los caminos se bifurcaron, se desdoblaron y empezaron a correr en paralelo. Por un lado la vía animal, la de las ansias básicas, los deseos, la satisfacción de las distintas hambres que poseemos; y por otro, la intelectual de las aspiraciones manufacturadas.

Esta idea me lleva a sentirme frustrado por partida doble. Anhelo una meta hacia la que poder dirigir mis pulsiones, intento alcanzarla intelectualizándolas para poder entender por qué persigo con vehemencia algo que no sé lo que es. Algo así como inventar fines animales para el único animal que duda de su equivalencia esencial con el perro —para eso lo hicimos nuestro mejor amigo, le dimos educación a cambio de convertirlo en el guardián de nuestra vertiente visceral—.
Pero también busco el origen lógico a unas exigencias que he asumido pero que no encajan con los objetivos racionales que pretendo alcanzar. Como si al regresar a casa el camino que estamos habituados a seguir estuviera cortado y no fuéramos capaces de saltar la barrera que lo cierra para regresar, decidiendo en consecuencia continuar hacia delante aun a riesgo de perder la orientación y no ser capaces nunca más de volver a pisar el que fue nuestro hogar.

Esta ruptura entre dos procesos incompletos: la vida civilizada sin basamento y la asilvestrada sin horizonte definido, me convierte en el hombre pescadilla, que aunque no alcanza nunca a morderse la cola no deja de intentarlo.

Muchos me han dicho que lo que me sucede tiene que ver con una incapacidad para disfrutar de lo que tengo. Es posible que tengan razón, pero cómo hacerlo si a todas horas me asalta esa percepción sutil de que vivir es como un juego con reglas trucadas, como vestirme con el corsé del ahora sabiendo que estaría mejor con esa amplia chilaba que a veces me pongo pero que no sé nunca donde guardo.

Cuando nada te satisface y además eres incapaz de evadirte de ese sabor a desilusión rumiada, no queda más remedio que asumir una tara genética que te impide desarrollar el equilibrio suficiente para pedalear sobre una bicicleta como hace la mayoría desde que son niños; o bien, irse al otro extremo, y quedar boquiabierto observando a aquellos que aprendieron a montar en monociclo sabiendo que uno jamás será capaz de reunir el valor suficiente para intentar hacer lo mismo.

viernes, 29 de enero de 2010

Meteorología, memoria y compromiso

Enésimo día de precipitaciones. Me asomo a la ventana mientras lío el primer cigarrillo del día y me pregunto cuanto tiempo me quedará de este placer artificial (en algún sitio hay una servilleta de bar con un breve compromiso escrito: “dejar de fumar cuando…”, que me empeño en relegar al olvido).

Llueve, otra vez. Jamás lo ha hecho con tanta insistencia, jamás tantos días seguidos. Miro la tierra empapada, rezumante, de los arriates en los que se ahogan los naranjos, y pienso que ya nunca podrá secarse. Qué lejos queda el verano y la tierra cuarteada y endurecida! Nuestra mente es una herramienta limitada, capaz de grandes alardes, pero en general aferrada a lo inmediato. Para recordar que existe el calor he tenido que forzarla a trabajar.

Somos expertos en el arte de olvidar, más aun si lo que tenemos que borrar nos molesta o no nos conviene en el momento actual.

El tiempo y lo inmediato. Como si hubiera estado lloviendo un siglo, como si no hubiera podido refugiarme en casa a hacer las mismas cosas que hago cuando el sol luce alto en el cielo como el agujero de un disparo aun candente. No soy capaz de imaginar que un día volverá a hacer calor, que no son nada cuatro semanas en comparación con todos los días de primavera estival que disfrutamos por estas latitudes.

Lo mismo ocurre con los compromisos personales, nos enfrascamos en los asuntos que tenemos delante del hocico, los exprimimos hasta la última acción, dejamos de lado todo lo que de verdad nos motiva, que queda, como los rescoldos de un brasero a las siete de la mañana, susurrando apenas en el fondo de nuestra conciencia.

Yo quiero, me esfuerzo día a día, mantener la perspectiva de mi existencia. Saber que no debo dejar de escribir más de dos día seguidos, que no debo dejar que los salpicones de rutina manchen el amor que siento por las personas que forman parte de mi día a día, que lo importante no es, ahora que se acerca, el ingreso en el banco del salario ganado con el sudor de mi frente sino lo que voy a hacer con ese salario. Pero lo olvido. Y hoy, después de fumar y mirar la página del instituto nacional de meteorología me he descubierto de repente mirando la web del banco y farfullando por lo bajo, joder, aun no lo han ingresado.

Parece que dejará de llover y pronto me quejaré de otro fenómeno atmosférico, añoraré la humedad en los arriates y esperaré con impaciencia el último día de cada mes.

Escrito el 25/01/10

lunes, 18 de enero de 2010

Para ver hay que querer ver

Es ella… Triste y severa.
Di, más bien, indiferente
como figura de cera.

A. Machado.

Cuantas veces he mirado a la gente en los autobuses, en la cola del supermercado, en los espejos de las zapaterías mientras me probaba un cuarenta y cinco por favor para hacer tiempo hasta que llegaba mi cita, en los recibidores de las salas de cine, en las cafeterías a la hora del desayuno. Cuantas veces he dicho: mira que pelos tiene, mira que cara de follar poco y mal, qué asco que da, no es capaz de sonreír ni un poco, con el solecito que ha salido esta mañana que me tiene la mielina burbujeando. Cuantas no he tenido los pelos desgreñados, la boca torcida, el rostro ceniciento y una erección que insiste en quedarse después de ir al servicio muy de mañana como pidiendo algo más que una simple evacuación.

Hay días que al andar por la calle parece que estuviera recorriendo el ala del zoológico dónde se agolpan las fieras. Días de oídos sólo aptos para percibir rugidos, quejidos, chirridos, muebles que arrastran dejando profundas marcas de ira en el suelo. Soy la tierra antes de Galileo. Y sin embargo las sonrisas y muecas de desagrado de las personas que no me rodean y que no conozco no dependen de mí por mucho que me empeñe en ello.

Debo aprender a mirar con más objetividad, debo dejar el parvulario, debo dejar de insertar yoes si quiero salir de los límites de mi inseguridad.

Machado lo vio bien claro.

miércoles, 6 de enero de 2010

Paradojas culturales sin corroborar



Hoy, en vista de que no se me ha concedido el don de la inspiración, como cada año pido e incluso suplico, he decidido aflojar un poco la presión sobre mi ego de escritor. He dejado abandonados los relatos a medio terminar que he intentado retomar esta tarde, las correcciones obsesivas de los últimos versos que me ha dado por escribir y me he propuesto divertirme un poco.

Como sabéis, sufrís o habéis esperado durante un año, hoy es día de reyes. Un bonito día de ilusión para los niños, una oportunidad para que los cínicos impenitentes vean en los regalos que los magos dejan bajo el árbol la compensación paterna de muchos meses de omisión de obligaciones afectivas. Oportunidad también para los ambiciosos y buscabroncas de competir por ver quien coge más caramelos este año y para los caramelos de demostrar su potencial como arma arrojadiza que proporciona no pocos socios a la organización nacional de ciegos. Cada uno que mire por la ventana que más le guste.

Yo quería hablaros sobre la paradoja que se produce en la cabalgata de mi barrio. Actualmente vivo en “Los Bermejales”, a las afueras de Sevilla. Para el que sea de mi ciudad supongo que aun estará reciente en su recuerdo la polémica por la ubicación de una mezquita para la comunidad musulmana en esta zona (para el que no lo sea, hace poco salió a nivel nacional que otro barrio de Sevilla al que se llevaron el proyecto está sufriendo los mismos problemas de racismo que aquí hubo en su momento). Hago un breve recordatorio: sucedió que ante la inminente construcción del citado templo la asociación de vecinos del barrio (Bermejales 2000) se levantó en armas y se manifestó haciendo mucho ruido para evitar que se llevara a cabo la obra, finalmente lo consiguieron y evitaron que los moros y los negros se vinieran al barrio. Lo digo así porque en ningún momento en las explicaciones que se daban desde la citada asociación de vecinos encontré un solo argumento que me hiciera pensar que bajo sus reivindicaciones no hubiera más que miedo y odio hacia esos moros y negros (ellos nunca los llamaron así, faltaría más. Racistas pero educados).

En fin que hoy, hablando con unos y con otros me he enterado de que la presidenta de dicha asociación salía en la cabalgata en el papel de rey mago. Hubiera sido fantástico haberla encontrado con la cara pintada de negro y repartiendo caramelos, seguir la carroza hasta que finalizara su recorrido, esperar a que la bajara del trono para abordarla y preguntarle: ¿pero a usted no le daban grima los negros? Será que este como es rey da igual que venga al barrio.

Pero cuando salí a la calle todo había terminado, el reguero de caramelos machacados lo indicaba, y no sé a que rey mago interpretó esta señora. Mañana me enteraré, le preguntaré a la pescadera que suele estar enterada de estos pormenores.