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viernes, 29 de enero de 2010

Meteorología, memoria y compromiso

Enésimo día de precipitaciones. Me asomo a la ventana mientras lío el primer cigarrillo del día y me pregunto cuanto tiempo me quedará de este placer artificial (en algún sitio hay una servilleta de bar con un breve compromiso escrito: “dejar de fumar cuando…”, que me empeño en relegar al olvido).

Llueve, otra vez. Jamás lo ha hecho con tanta insistencia, jamás tantos días seguidos. Miro la tierra empapada, rezumante, de los arriates en los que se ahogan los naranjos, y pienso que ya nunca podrá secarse. Qué lejos queda el verano y la tierra cuarteada y endurecida! Nuestra mente es una herramienta limitada, capaz de grandes alardes, pero en general aferrada a lo inmediato. Para recordar que existe el calor he tenido que forzarla a trabajar.

Somos expertos en el arte de olvidar, más aun si lo que tenemos que borrar nos molesta o no nos conviene en el momento actual.

El tiempo y lo inmediato. Como si hubiera estado lloviendo un siglo, como si no hubiera podido refugiarme en casa a hacer las mismas cosas que hago cuando el sol luce alto en el cielo como el agujero de un disparo aun candente. No soy capaz de imaginar que un día volverá a hacer calor, que no son nada cuatro semanas en comparación con todos los días de primavera estival que disfrutamos por estas latitudes.

Lo mismo ocurre con los compromisos personales, nos enfrascamos en los asuntos que tenemos delante del hocico, los exprimimos hasta la última acción, dejamos de lado todo lo que de verdad nos motiva, que queda, como los rescoldos de un brasero a las siete de la mañana, susurrando apenas en el fondo de nuestra conciencia.

Yo quiero, me esfuerzo día a día, mantener la perspectiva de mi existencia. Saber que no debo dejar de escribir más de dos día seguidos, que no debo dejar que los salpicones de rutina manchen el amor que siento por las personas que forman parte de mi día a día, que lo importante no es, ahora que se acerca, el ingreso en el banco del salario ganado con el sudor de mi frente sino lo que voy a hacer con ese salario. Pero lo olvido. Y hoy, después de fumar y mirar la página del instituto nacional de meteorología me he descubierto de repente mirando la web del banco y farfullando por lo bajo, joder, aun no lo han ingresado.

Parece que dejará de llover y pronto me quejaré de otro fenómeno atmosférico, añoraré la humedad en los arriates y esperaré con impaciencia el último día de cada mes.

Escrito el 25/01/10

lunes, 18 de enero de 2010

Para ver hay que querer ver

Es ella… Triste y severa.
Di, más bien, indiferente
como figura de cera.

A. Machado.

Cuantas veces he mirado a la gente en los autobuses, en la cola del supermercado, en los espejos de las zapaterías mientras me probaba un cuarenta y cinco por favor para hacer tiempo hasta que llegaba mi cita, en los recibidores de las salas de cine, en las cafeterías a la hora del desayuno. Cuantas veces he dicho: mira que pelos tiene, mira que cara de follar poco y mal, qué asco que da, no es capaz de sonreír ni un poco, con el solecito que ha salido esta mañana que me tiene la mielina burbujeando. Cuantas no he tenido los pelos desgreñados, la boca torcida, el rostro ceniciento y una erección que insiste en quedarse después de ir al servicio muy de mañana como pidiendo algo más que una simple evacuación.

Hay días que al andar por la calle parece que estuviera recorriendo el ala del zoológico dónde se agolpan las fieras. Días de oídos sólo aptos para percibir rugidos, quejidos, chirridos, muebles que arrastran dejando profundas marcas de ira en el suelo. Soy la tierra antes de Galileo. Y sin embargo las sonrisas y muecas de desagrado de las personas que no me rodean y que no conozco no dependen de mí por mucho que me empeñe en ello.

Debo aprender a mirar con más objetividad, debo dejar el parvulario, debo dejar de insertar yoes si quiero salir de los límites de mi inseguridad.

Machado lo vio bien claro.

miércoles, 6 de enero de 2010

Paradojas culturales sin corroborar



Hoy, en vista de que no se me ha concedido el don de la inspiración, como cada año pido e incluso suplico, he decidido aflojar un poco la presión sobre mi ego de escritor. He dejado abandonados los relatos a medio terminar que he intentado retomar esta tarde, las correcciones obsesivas de los últimos versos que me ha dado por escribir y me he propuesto divertirme un poco.

Como sabéis, sufrís o habéis esperado durante un año, hoy es día de reyes. Un bonito día de ilusión para los niños, una oportunidad para que los cínicos impenitentes vean en los regalos que los magos dejan bajo el árbol la compensación paterna de muchos meses de omisión de obligaciones afectivas. Oportunidad también para los ambiciosos y buscabroncas de competir por ver quien coge más caramelos este año y para los caramelos de demostrar su potencial como arma arrojadiza que proporciona no pocos socios a la organización nacional de ciegos. Cada uno que mire por la ventana que más le guste.

Yo quería hablaros sobre la paradoja que se produce en la cabalgata de mi barrio. Actualmente vivo en “Los Bermejales”, a las afueras de Sevilla. Para el que sea de mi ciudad supongo que aun estará reciente en su recuerdo la polémica por la ubicación de una mezquita para la comunidad musulmana en esta zona (para el que no lo sea, hace poco salió a nivel nacional que otro barrio de Sevilla al que se llevaron el proyecto está sufriendo los mismos problemas de racismo que aquí hubo en su momento). Hago un breve recordatorio: sucedió que ante la inminente construcción del citado templo la asociación de vecinos del barrio (Bermejales 2000) se levantó en armas y se manifestó haciendo mucho ruido para evitar que se llevara a cabo la obra, finalmente lo consiguieron y evitaron que los moros y los negros se vinieran al barrio. Lo digo así porque en ningún momento en las explicaciones que se daban desde la citada asociación de vecinos encontré un solo argumento que me hiciera pensar que bajo sus reivindicaciones no hubiera más que miedo y odio hacia esos moros y negros (ellos nunca los llamaron así, faltaría más. Racistas pero educados).

En fin que hoy, hablando con unos y con otros me he enterado de que la presidenta de dicha asociación salía en la cabalgata en el papel de rey mago. Hubiera sido fantástico haberla encontrado con la cara pintada de negro y repartiendo caramelos, seguir la carroza hasta que finalizara su recorrido, esperar a que la bajara del trono para abordarla y preguntarle: ¿pero a usted no le daban grima los negros? Será que este como es rey da igual que venga al barrio.

Pero cuando salí a la calle todo había terminado, el reguero de caramelos machacados lo indicaba, y no sé a que rey mago interpretó esta señora. Mañana me enteraré, le preguntaré a la pescadera que suele estar enterada de estos pormenores.