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miércoles, 10 de febrero de 2010

Limbo del ciclista incompetente

"Por eso los habitantes creen vivir siempre en la Aglaura que crece sólo con el nombre de Aglaura y no ven la Aglaura que crece en la tierra. Y yo mismo, que quisiera tener separadas en la memoria las dos ciudades, no puedo sino hablarte de una, porque el recuerdo de la otra, por falta de palabras para fijarlo, se ha perdido".

Italo Calvino. Las Ciudades Invisibles.

Por más años que cumplo no logro sacudirme la sensación de que la existencia es una broma, una distracción jocosa ideada en un principio con buena intención pero que ha terminado por atraparnos de tal forma que se ha convertido en nuestro mayor obstáculo para alcanzar la satisfacción personal.

Jugamos a poseer como en un inmenso Monopoly.

Compramos bienes materiales para sentirnos momentáneamente mejor, pero también estamos dispuestos a pagar un alto precio por ambiciones que nos son ajenas, esas sobre las que no nos paramos a analizar su procedencia: trabajo, familia, seguridad. Como hombre —no como ciudadano educado y sumiso— percibo a menudo la extrañeza de mis aspiraciones, la confrontación entre los instintos y lo que se ofrece en el escaparate para poder satisfacerlos. Pienso que en algún momento los caminos se bifurcaron, se desdoblaron y empezaron a correr en paralelo. Por un lado la vía animal, la de las ansias básicas, los deseos, la satisfacción de las distintas hambres que poseemos; y por otro, la intelectual de las aspiraciones manufacturadas.

Esta idea me lleva a sentirme frustrado por partida doble. Anhelo una meta hacia la que poder dirigir mis pulsiones, intento alcanzarla intelectualizándolas para poder entender por qué persigo con vehemencia algo que no sé lo que es. Algo así como inventar fines animales para el único animal que duda de su equivalencia esencial con el perro —para eso lo hicimos nuestro mejor amigo, le dimos educación a cambio de convertirlo en el guardián de nuestra vertiente visceral—.
Pero también busco el origen lógico a unas exigencias que he asumido pero que no encajan con los objetivos racionales que pretendo alcanzar. Como si al regresar a casa el camino que estamos habituados a seguir estuviera cortado y no fuéramos capaces de saltar la barrera que lo cierra para regresar, decidiendo en consecuencia continuar hacia delante aun a riesgo de perder la orientación y no ser capaces nunca más de volver a pisar el que fue nuestro hogar.

Esta ruptura entre dos procesos incompletos: la vida civilizada sin basamento y la asilvestrada sin horizonte definido, me convierte en el hombre pescadilla, que aunque no alcanza nunca a morderse la cola no deja de intentarlo.

Muchos me han dicho que lo que me sucede tiene que ver con una incapacidad para disfrutar de lo que tengo. Es posible que tengan razón, pero cómo hacerlo si a todas horas me asalta esa percepción sutil de que vivir es como un juego con reglas trucadas, como vestirme con el corsé del ahora sabiendo que estaría mejor con esa amplia chilaba que a veces me pongo pero que no sé nunca donde guardo.

Cuando nada te satisface y además eres incapaz de evadirte de ese sabor a desilusión rumiada, no queda más remedio que asumir una tara genética que te impide desarrollar el equilibrio suficiente para pedalear sobre una bicicleta como hace la mayoría desde que son niños; o bien, irse al otro extremo, y quedar boquiabierto observando a aquellos que aprendieron a montar en monociclo sabiendo que uno jamás será capaz de reunir el valor suficiente para intentar hacer lo mismo.