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jueves, 4 de marzo de 2010

Los paréntesis

Deja de hacer lo que estabas haciendo y ven. Para un momentito y vamos a tomar café. Para, que me haces daño. Me voy a la calle a que me de el aire que estoy saturado de trabajar. Deja de pensar en las cosas que no puedes controlar, te hace daño.

(El principio de una historia que se escurre entre los dedos. Parecía que iba a dar para más. El montón de versos inconexos con los que juego a montar poesía: un mecano, no es más que eso, un juego que emula las grandes construcciones de otros hombres. Novelas que se van aupando unas sobre otras, lomo sobre lomo, como si quisieran alcanzar algo en el techo o escapar por la ventana. Novelas que me esperan y envidian a la que ahora diseccionan mis ojos).

Son ya muchos días fintando para esquivar responsabilidades de la vida cotidiana. Así que hoy ordené todo el papeleo de la raída carpeta rellena de indigesto puré de documentos. Contratos de cinco años atrás, declaraciones de la renta, facturas de objetos que ya no existen, de bienes que no quería, de actividades que apenas han dejado huella.

(La tarde gris, imagino canciones para una supuesta versión cinematográfica de mis memorias. Agenda cultural: exposición de Murillo, algo de teatro, mucho cine. Escribir en la libreta de notas con un café frente a mí. Agitado sin cuidado se derramó en el plato y dibujó un churretón al secarse la espuma en el exterior de la taza. Escribir con el cuello agachado como si la cabeza pesara demasiado, buscando un resquicio de luz en la oscuridad de la tarde húmeda. Escribir hasta que me duelen los hombros por la postura forzada).

Cigarrillo. Nueve. Diez páginas de un Decreto sobre la educación de los menores con necesidades educativas especiales. Cigarrillo. Diez y cuarto. Lectura dispersa de lo que queda del decreto anterior. Cigarrillo. Once menos cuarto, Cigarrillo. Café. Once y diez. Miradas furtivas a los demás que estudian y alguna anotación erótica en la libreta. Propósito de concentración y dos horas inmerso en la Ley Orgánica de Educación. Sabe a jamón rancio. Comparaciones con mi periodo escolar. La vejiga a punto de estallar, pero antes, cigarrillo. Constitución española. Una menos diez. Invento maneras de entretenerme. Sección de poesía. Cómo se llamaba aquel poeta malagueño. Una y media. Propósito de enmienda. Decreto sobre la adopción de menores en la comunidad andaluza. Voy a los estantes y cojo el primer libro que me llama la atención para ojearlo en el autobús. Cigarrillo. Dos y cuarto. El autobús tarda. Cigarrillo.

(La Fea se parapetaba tras la puerta, asomada a la mirilla esperando volver a ver el rostro de la gente después de que escampara y dejaran de ocultarlo bajo los paraguas o tras los cuellos levantados de los abrigos. Son como caracoles, pensaba, se esconden cuando llueve, a mi me gusta que se me moje la cara, que se quede fría, que me pesen las pestañas por las gotas encerradas entre ellas. Caracoles, cuando los hombres asomaban la cabeza de nuevo, se calzaba sus botas de agua y salía corriendo por la cuesta que desembocaba en la orilla pedregosa del río. Tres o cuatro brincos y ya estaba en los bancales, palpando las cañas de la ribera con su penacho apelmazado. Cuando sentía que la consistencia del suelo cambiaba y que sus pies se hundían en la tierra húmeda, sacaba la bolsa de plástico del bolsillo, se ponía las gafas y tensaba la espalda antes de empezar a hurgar entre los hierbajos revueltos en las márgenes de los campos. Se había cansado de buscar hombres y por eso buscaba caracoles.

La fea, creo que sí, que la meteré en el relato, será el típico personaje marginado. No sé si funcionará, estoy un poco harto de darle vueltas a esta historia).

Al teléfono. Pon a cocer guisantes. Sal a pasear al perro. Un ibuprofeno para el dolor de cabeza. Me quedo embobado viendo como burbujea el agua en la olla. Pongo la mesa. Pico algo y desaparezco, de tres a cinco desaparezco.