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jueves, 27 de mayo de 2010

La mayéutica de mis macetas

Amarillas, aun tímidas, asoman las flores de la tomatera. La chumbera sigue creciendo constreñida en su maceta, hay que cambiarla a una más grande. Ella lucha haciendo crecer sus rugosas láminas que asoman alargadas, como rostros en un boceto del Greco, de la luna verde creciente de la base. Espera, sabe que dispone de muchos días hasta que la tierra vuelva a ser inabarcable para sus tentáculos, hasta que de nuevo pueda masticar piedras con sus pies. Sabe que pienso en ella y no se olvida de advertirme con su verde nuevo radiactivo de su irrefrenable ansia por crecer.

La miro y observo después mis manos con sus prosaicos diez dedos que apenas han cambiado desde la última vez que fije mi atención en ellos. Apenas alguna muesca nueva fruto de algún golpe que pasó desapercibido o una ligera diferencia en la tonalidad de las yemas, ahora más rojas tras un buen rato apretando el bolígrafo. Ella es consciente de su futuro, yo me remuevo incómodo en este ahora dilatado. Ella crece tranquila, yo lo hago con violencia, con ansia, desgarrando los trajes que visto y sin querer extraer la moraleja del cuento: sólo el que camina desnudo es capaz de notar el movimiento.

Al lado, en el mismo arriate, la tomatera ignora el lugar que habita, no necesita huerta para enseñar sus diminutas flores. Es capaz de crecer en esta sucesión de patios traseros fotocopiados, elevarse hasta asomar sus brotes con curiosidad infantil sobre el brezo reseco y barnizado que separa éste, su patio, del contiguo. Ella no tiene futuro, lo sabe y por eso se estira desmesurada, desordenada, ignorando cualquier mínima referencia a un destino preconcebido.
Lecciones sin palabras. Aprendo a esperar y a estar presente y consciente. Las cuido, las riego, las abono, les hablo, acaricio sus espinas y su olor de gazpacho anticipado. Ellas se dejan hacer con una falsa sumisión que oculta su condescendencia. Piensan en mi torpeza como algo inevitable, al fin y al cabo soy un hombre. No acabo de entender qué es lo que quieren decirme. Hay algo escrito en las púas de la chumbera que no sé leer, algo codificado en la furia vertical de la tomatera que no quiero ver.

Si las plantas hablaran serían hombres. Y es tan aburrido escuchar a los hombres.

jueves, 20 de mayo de 2010

Diccionario del diablo (V).

IMPROVISADOR, adj. U.t.c.s. (Del italiano «improvisatore»). Tipo que se siente más feliz componiendo versos de lo que se siente su audiencia al escucharlos.

Tras esta somera y espero que amena introducción a mis motivaciones y a mi mundo creativo paso a leerles una parte de mi último poema épico, espero que les guste.

En el auditorio quedaban únicamente dos esqueletos y una señora sorda. Su madre pensaría cualquiera, pero no, ésta había renegado de él hace muchos años cuando en una cena de nochevieja quiso componer doce poemas, uno por uva, y se empeño en pasar de nuevo las campanadas grabadas para poder recitarlos. Ese día y debido a que muchos de los familiares debieron acudir al alcohol para soportar la situación falleció el tío Pepe, que tenía el hígado tocado pero prefirió la muerte a su sobrino. Su madre jamás pudo perdonarle que matara a su hermano mayor.

Le dedico esta composición a mi madre, la única heroína real que he conocido.

La vieja sonreía encantada y se escuchó como uno de los esqueletos se derrumbaba quedando un montón de huesos sobre el asiento.

Por favor ruego silencio para poder apreciar bien el sentido y la musicalidad de la obra.

La vieja seguía con su gesto amable y el esqueleto que aun quedaba se levantó y haciendo varios cortes de manga que sonaron como el entrechocar de las baquetas del batería antes del inicio de una canción abandonó el auditorio.

No son muchos los que saben apreciar el verdadero arte. Bueno ahora comienzo.

La vieja se durmió y él continuó recitando. Alguien apagó las luces y él continuó recitando. Tras varias horas paró en seco y sumergido en la más absoluta oscuridad carraspeó.

Haremos una pausa, necesito un poco de agua, en seguida continuaremos.

A la mañana siguiente el celador abrió la sala para un congreso titulado “el futuro de la palabra coño cuando la letra ñ desaparezca”. Él seguía recitando, ya con los labios resquebrajados y ensangrentados. El celador se acercó extrañado a la mujer que, doblada por la cintura, apoyaba su frente en el respaldo del asiento delantero.

Señora, despierte. Señora. Señora! Señora! Hostias, esta pobre mujer está más tiesa que la mojama.

No interrumpa por favor.

Que le he dicho que está muerta y límpiese la baba reseca que parece que se ha pegado toda la noche dándole besos a una piedra de sal.

Él siguió recitando. Un perro se coló en la sala atraído por el montículo de huesos en uno de los asientos. El de la funeraria trajo un ataúd sencillo para la vieja que murió con la sonrisa puesta y afuera ya empezaba a escucharse el rumor de los asistentes al congreso.

Y aquí termina este fragmento. Alguna pregunta.

sábado, 15 de mayo de 2010

Tres pelos tiene mi barba

Siendo breve, en sólo dos palabras. Qué extraño es ver como la escena se desenrolla a tu alrededor, mirarse al espejo y verse igual que ayer aun sabiendo que las cosas van cambiando y que ya no eres ni de lejos ese que te mira en las fotos colgadas para regodeo de conocidos en tu red social.

En un blog amigo, una voz sabia y sabrosa hablaba de dualidades. Yo me siento atrapado en una de ellas, la lucha entre la permanencia y el cambio.

Mi barba sigue siendo tupida, cerrada y áspera. Ha sido así prácticamente desde que me hice hombre a la manera tradicional que comentan las abuelas, míralo es ya todo un hombrecito. Mi barba sin embargo tiene una zona en la mejilla derecha conquistada por las canas, pero yo la sigo percibiendo como siempre, sigue creciendo demasiado, sigue marcando con su longitud un ritmo para medir el tiempo más fiable, creía, que el impostado repicar del segundero o que el beso del rotulador fluorescente sobre la superficie satinada del calendario de mesa.

El tiempo que pasa y el tiempo que permanece. Extraña sensación. Dependiendo de la ventana que abra me siento niño, joven o viejo. Pero tengo la edad que tengo o todas las edades que tendré.

Qué cosas!