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martes, 15 de junio de 2010

Las cosas del crear

No sé por qué me apetece empezar con un toque Folk esta entrada que desde que comenzó anoche a crecer en mi mente ya dio señales de ser caótica y carente de sentido. Así pues, ante la inutilidad de resistirse a las propias inclinaciones creativas, tema este del que creo que trata lo que a continuación expongo, me dispongo a soltar lastre.

Hay una tonadilla que, con un poco de adaptación ad hoc a mis propósitos, ilustra a la perfección la idea que quiero transmitir. De hecho, bastaría con dejarla recogida aquí abajo y ahorrarme la posterior disertación sobre la idea subyacente. Pero no voy a ser tan vago y ustedes no van a tener tanta suerte.

La tonada en cuestión reza: “mi jaca, galopa y corta el viento (hasta aquí el original, lo que sigue es cosecha propia) y yo la dejo correr sin coartarla, sin dirigirla. Qué más da si por mucho que me empeñe y le tire de las crines va a acabar yendo donde ella quiera”. En el original el equino se dirige a Jerez de la Frontera, metafórico lugar en el que descansan todas mis creaciones literarias.

Alguien se ha enterado ya de lo que quiero decir? Supongo que no mucho. Aporto una cita para encuadrar el asunto:

“Sergio N. no podía escapar de la enajenación, puesto que el único resultado de una acción creadora solipsista auténticamente consecuente, tiene que ser la esquizofrenia”
(Lem).

Esto viene a significar que estamos, los que nos entretenemos llenando de letras sucedáneos de DIN A4 en pantalla de ordenador, condenados sí o sí a la locura. Si nos vamos a un extremo y pretendemos salirnos de lo que escribimos, tomar esa distancia del narrador tan vanagloriada por algunos, considerar lo escrito como externo a nosotros, no estamos más que engañándonos, sacudiéndonos de encima, como si fuera un hijo ilegítimo en el que no reconocemos nada de lo que somos, lo creado. Pero lo que hacemos no es más que negar lo evidente. Si tuviéramos el valor de pararnos frente a lo parido nos daríamos cuenta al instante del parecido de su nariz aguileña con nuestras encorvadas y ganchudas obsesiones, pura genética. Negación, mecanismo de defensa. Qué culpa tendrá el niño de ser a los ojos de su hacedor tan feo.
En el otro extremo está el que escribe sabiendo de antemano que lo que frente a él va surgiendo acabará siendo más real que la cita para la reunión de vecinos de esta noche en la que se discutirá la necesidad de pintar la fachada del edificio de rosa palo.
En medio cualquier postura que se nos ocurra en el gradiente entre el desapego total y la confusión extrema.

Esclavos. Eso es lo que somos. Tiranizados por lo que más nos gusta hacer, vamos sacando sonidos al teclado creyendo que somos nosotros, nuestra personalidad única e irrepetible, los que controlamos los dedos y las ideas, creemos que es nuestra habilidad y sapiencia las que convierten la intención en producto final. Es sólo ficción nos repetimos bajo la alcachofa de la ducha después de haber terminado nuestro último relato, es arte nos decimos mientras, repatingados en el sofá, damos un trago al café que se ha quedado helado después de haber pasado varias horas sumergidos en el acto creativo. Se nos da tan bien mentir(nos).

En definitiva, lo he estado pensando, no creo que haya una motivación evidente –en realidad no creo que exista motivación ninguna- que nos empuje a escribir. Simplemente es algo que te pide el cuerpo y ya se sabe que todo lo que gusta, todo lo que pertenece a la esfera de la pulsión descarrilada, acaba por traer consecuencias, daños colaterales en los que no reparamos cuando tecleamos once upon a time in Trebujena como principio de nuestro siguiente cuento.

La consecuencia, por si aun os queda curiosidad por saber de lo que hablo, no es otra que el crecimiento desaforado de lo que suele etiquetarse como “el mundo que te rodea”. Creamos, creamos y creamos (o creemos que creamos, que la calidad no tiene nada que ver con el problema del que hablo pues a él tienen que enfrentarse tanto los consagrados como los que pretenden imitar a la Quintana) y no nos damos cuenta de que cada cosa que escribimos pasa a formar parte de una realidad que sólo nosotros somos capaces de apreciar. Y ya se sabe que contra más grande es el tambor más tonto es el niño. Qué culpa tiene el chiquillo si se ve ante la necesidad de sacar ritmo de tan monstruoso instrumento.

Termino ya con otra cita:
"Aunque el pensamiento puede crearlo todo, no todo (casi nada) puede anularlo después" (otra vez Lem).

Y una coletilla:
Qué bonita es mi jaca torda!

viernes, 4 de junio de 2010

Mientras... (I)

Espero a que el coche salga del taller.

En un polígono industrial de las afueras una carretera salteada de rotondas que se precipita en acusada cuesta abajo hacia la ronda de circunvalación me separa del centro comercial al que he decidido dar la oportunidad de que me ayude a matar el tiempo porque la operación a bujía abierta de mi viejo coche va para largo. Otros vehículos más sanos que el mío cruzan arriba y abajo, presumiendo de salud. Me siento como en ese juego de la ATARI en el que un conejo o una rana, la memoria falla, tiene que cruzar entre el pixelado tráfico. Pero aquí hay truco y aunque no me fío mucho del paso de cebra acabo por confiar en el civismo y en la interiorización de las normas viales, me lanzo, como siempre pisando en los espacios en negro, no escucho ningún frenazo, saldré vivo de esta.

Entro en el centro comercial. Me detengo unos segundos en la puerta, justo bajo el chorro de aire acondicionado, el guardia de seguridad me mira con severidad. Quizás porque él tiene más calor que yo y le gustaría intercambiarse conmigo.

Una vez dentro, hay poco que hacer. Me detengo un poco en la sección de pequeños electrodomésticos a aumentar mi inventario de trastos inútiles, sí, esos que algún día se rebelarán y dominarán el mundo. Apunto mentalmente usos alternativos para la yogurtera, la freidora sin aceite o el masajeador-palangana para pies cansados. Construyo mi pequeño robot, de pequeño leía tebeos de los transformers y me ha quedado la manía de unir los aparatos de la vida diaria para crear un autobot llamado Magefesa. El de hoy tiene como órganos genitales una nespresso.

Me aburro y acabo en la sección de Libros (porque llamar librería a esto es ser demasiado benévolo). Montañas de libros para ser consumidos se agolpan en grandes mesas, como si fuera un buffet libre, sírvase usted mismo si tiene hambre pero no espere quedar satisfecho, esto es sólo para picotear. Esquivo el ágape de vampiros, conspiraciones vaticanas, amores tópicos y hechos históricos disfrazados de boda y acabo como siempre olisqueando la sección de libros de bolsillo en la que siempre puede encontrarse algo de placer en la lectura de las contraportadas de ciertas editoriales que rompen la aridez del coja usted el primero que pille, que más da, si al fin y al cabo nada de lo que pueda picotear por aquí va a provocarle el eructo satisfecho.

Escondido tras la sucesión multicolor de lomos de Anagrama dirijo mis antenas hacia una conversación que mantienen dos dependientas. Una, plumero en mano le dice a la otra:

— Este me lo leí de una sentá.

— ¿Tiene película no niña?

Es suficiente para mi estómago. Aprieto los puños. Resisto el impulso de dirigirme hacia ellas con ese paso amenazante, rápido y con el torso inclinado hacia delante que anticipa una agresión. Pero me contengo. Imagino a la del plumero en el almacén usando el utensilio de limpieza para aliviar sus bajos instintos mientras piensa en su jefe enchaquetado. Sonrío un poco y me calmo. Me dirijo a la salida, a confiar de nuevo en la efectividad de los pasos de cebra, de vuelta al taller, deseando que no sólo se hayan limitado a cambiar tres o cuatro piezas del coche, que hayan puesto entre el botón del aire acondicionado y el de la radio ese otro botón rojo que apretaba Michael Knight y que hacía que Kit corriera como si le hubiera dado un apretón. Todo por salir pronto de este polígono industrial.