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martes, 27 de julio de 2010

Uno y los otros

No era muy distinto al resto. Ropa fotocopiada, con la creencia firme en que la variabilidad infinita que se hace posible al vestirse en las cuatro tiendas de moda para todos, sería suficiente para marcar una distinción entre Uno y el resto, suficiente para destacar en medio de la avenida surcada de otros que siempre tenían una apariencia anodina, que siempre se encaminaban a realizar las menudencias de su existencia prescindible, alejadas de su variada vida.

Uno era muy hábil para la mentira, aunque él no la llamaba así. Realidad potenciada, escribía sobre este concepto en su habitación alquilada, sólo allí, en la intimidad, no podía permitirse dudar de sus principios cuando pisaba el afuera. Procuraba, cuando la duda era más grande que su credulidad, encerrarse el tiempo necesario bajo el cono truncado del flexo a escribir sus trajes para la realidad.

No era muy distinto de otros. Escuchaba música siempre por referencias externas, procurando eso sí, elegir sólo los artistas menos mencionados por sus amistades. Leía, claro que leía, la intelectualidad entendida como una alberca reseca que hay que volver a llenar era uno de los pilares fundamentales de su personaje. Pero leía sólo las críticas de obras en las revistas de literatura para poder insertar en sus conversaciones la fascinación en los oyentes causada por la total actualidad de sus conocimientos. Elegía también los interlocutores para no enfrentarse a las ansias de profundidad de cualquiera que haya podido leer el libro sobre cuya reseña Uno había basado su opinión de papagayo.

Uno era muy hábil follando, aunque no lo llamaba así. Comparaciones sexuales, follaba indiscriminadamente con cualquiera que le prestara algo de atención. Mientras se desnudaba ya empezaba a hacer comparaciones autorreferenciales. El sexo como competición, un mal menor ya que no llegaba con su propio pene estirado al esfinter. Uno siempre quiso penetrarse, como no podía buscaba sus virtudes en los defectos de sus amantes.

No era muy distinto de los demás. Tenía un trabajo mal pagado que adornaba con la nata de sus actividades artísticas para hacer ver que sólo trabajaba por dinero y no por obligación. Escribía poemas sin rima, le gustaba alternar versos compuestos de una sola palabra con otros que se prolongaban hasta parecer el inicio de una mala novela. Uno estaba cargado de retórica, otra alberca que llenar, recién encalada, de apariencia impecable, hermosa pero vacía.

Uno era muy hábil viviendo, aunque el no lo llamaba así. Construcción de días adornados. Sabía tomar la anécdota ocurrida, inflarla, asentarla, levantarla hasta que tapara sus problemas de estreñimiento, su pila de platos desechables por fregar, su tendencia a convertirse en un cojín del sofá. Sabía qué contar y cuando hacerlo, cerrar cualquier resquicio a los pasajes prescindibles del día. Como en las películas, Uno sólo vivía saltando de climax en climax.

No era muy distinto a los demás, pero al menos el luchaba por diferenciarse, despreciaba a los otros porque se conformaban, porque no peleaban por parecer interesantes.

Nota aclaratoria para Uno: Es evidente que este personaje sólo toma de ti el nombre, jamás me atrevería a asimilar la ficción de arriba con lo entresacado de tus palabras e imágenes. Gracias por inspirarme y disculpa por tomarme tantas libertades.

viernes, 23 de julio de 2010

Diccionario del diablo (VI)

IRA, s. Enojo de calidad e intensidad superiores, propio de caracteres exaltados y situaciones transitorias, como los casos de «la ira de Dios», «el día de la ira», etc. Entre los antiguos, la ira de los reyes se consideraba sagrada, porque podía manifestarse a través de un dios o de un sacerdote. Los griegos anteriores a Troya fueron tan perseguidos por Apolo que saltaron de la sartén de la ira de Crises al asador de la ira de Aquiles, aunque Agamenón, único ofensor, no fue frito ni asado. De inmunidad similar gozó David cuando atrajo la ira de Jehová por censar a su pueblo, setenta mil de cuyos integrantes pagaron el pecado de David con sus vidas. Pero ahora Dios es Amor, y los encargados de un censo pueden hacer su trabajo sin temer catástrofes.

Dicen que su ira es incontrolable, que es un cascarrabias, que se encerró en la casa heredada y que sólo salía ocasionalmente, cubierto para que nadie pudiera refrescar la imagen de su rostro, para comprar comida.
Pero nadie ha escuchado jamás un ruido saliendo de esas ventanas, muchas orejas infantiles se han pegado a la puerta jugando a cazar el resuello del monstruo, muchos manos adolescentes han golpeado, con el llamador de bronce en forma de mano lánguida sujetando una esfera, esa puerta tentando al grito que todos esperaban oír, muchos los silbidos de ofidio con permanente y bata arrastrada cargados de maledicencia.
Dicen que es el último de una estirpe maldita y que no hay que acercarse a él, que es mejor dejar que el tiempo le vaya royendo los pecados.

Dentro, en una casa pulcra y sin apenas mobiliario, un hombre pasaba las horas recordando el pasado. Con el tiempo ha conseguido sepultar bajo recuerdos las causas de su encierro. Dentro pasa el tiempo cambiando los trapos húmedos de los bajos de las puertas y del quicio de las ventanas, así evita que se cuele la ira del pueblo.

Miedo dentro y fuera. Miedo que con los años se convirtió en otra cosa, viscosa e inflamable. Un animal que espera a que se oxide la cadena que lo retiene para poder liberarse.

sábado, 3 de julio de 2010

Explosión de hormigas

El verano es un reguero de hormigas derramándose impunes por los rincones. Derramarse quizás no sea al verbo adecuado pues aunque su presencia parezca casual obedece a un fin determinado. No se vierten, no se esparcen, saben muy bien a lo que van. Buscan comida, se mueven ordenadas y caóticas al mismo tiempo buscando algo que llevarse a las mandíbulas.

El verano no es calor cruel ni planes de amnesia vacacional, no es estampados chillones en los bañadores ni sopor después de comer. Porque a pesar de que reserve un equis por ciento de mi sueldo para actividades estivales, a pesar de que salga a tomar la fresca al patio de atrás, que enseñe las magras carnes que he conseguido coleccionar en los meses de aquí sólo pueden verse dos manos y una cara, a pesar de que haga lo que se suele hacer en verano sé que hay algo que se me escapa, una rebelión interior para la que esta época es la mejor época.

Hormigas de sólidas motivaciones que me hacen pensar en la propiedad intelectual de mi voluntad. ¿Por qué me muevo yo? Por inercia, es lo primero que me viene a la cabeza. Prefiero tomar como ejemplo su laboriosidad inconsciente a su naturaleza impulsiva, así nos hacen, así aprendemos a ser. Por inercia, te mueves por inercia. Primero termina de pintar el cuadro y después, cuando todos vean el esplendoroso resultado de tu trabajo (inercia), ya podrás dedicarte a planificar bien esa especie de fuga de alcatraz en la que has convertido tu existencia.

Hormigas desde la ventana, en cascada, hasta el plato de la comida del gato; desde un agujero minúsculo en la junta entre dos losas del patio hasta la copa de la dama de noche en busca de saltamontes; imaginarias corriéndome por el brazo camino de la nariz, dejando a su paso una mezcla de picor y cosquilleo.

Hormigas para acabar escribiendo siempre de lo mismo, sublimando las ganas de romper con todo, aguantándome las ansias de ponerme el último de la fila a esperar turno para probar los restos de comida para gatos.