Etiquetas

Acercamientos Adivinanzas adolescencia Afuera Alejamientos Amigos Amorios Ansiedad Antropología personal Ausencia Autores Bares Barrio Barroco Bradbury Buzón Cabra calendario Calles Calma Camas cambio Canis Cansancio Casa Cerveza Ciclotimia Ciudadano Comistrajos Conjuntos Córdoba Cuento Curro Depresion Despedida Diccionario del diablo Diverso Ducha Dudar e-book Ego Entusiasmo Escritura automática Esperas Espiral Literaria Esponjoso Esvivir Excusas Experimentos con gaseosa Familia Fascinación Ficción en primera persona Fiebre Filosofía mañanera Filosofía mañanera por la noche Filosofía mañanera por la tarde Folk Folletín Fútbol Galgos Gato Gazpacho Gorrión Granada Gustos y costumbres Hablar Hombre Bala Hombres (tipos) Hormigas Idolatría Improvisación Inercia Infancia Insectos Insomnio Internet invisible Juventud divino... Lecturas Leer Lenguaje Lento Libertad Librerías Lisboa Luna Luz Macetas Mamá Mañana Mariachi Medicos Micro Miedo Miedos Mientras Moral Morbillo Mudanza Muerte Mujeres Mujeres (tipos) Música Nada Navidad Neurosis Niñohombre Niños Noche Novela Novela Negra Opino Optimismo Orden Ozú como estamos (autoterapia) País Palabras Papá Paraísos Pasión Películas Pereza Pino Plantado Playa Poesía Política Portugal Publicidad Qué jartito estoy queja Quemar Realidad Refranes Religión Reseñas ruido Sacar Semana Santa Señales Sevilla Shorradas variadas Soledad Sosialrelachionchips Soy Turista Sueño Sustituir SyE Tacones Tanatorio Tarde Tatuaje Tiempo Tópicos en gral. Tópicos Veraniegos Torre de Arena Tostadora Vacaciones Venganza viajes Vicios y malas costumbres Vino Virtudes Volver Yamadao

viernes, 27 de agosto de 2010

Mientras... (II)

Hago tiempo para tomar unas cervezas con los amigos.

Una hora para la cita, me meto en un bar después de sudar el teléfono en una larga conversación de las de ponerse al día con alguien que hace tiempo que no hablas. Un bar de los que sirven para el mercadeo de la carne, uno en el que, en otro tiempo, me pavoneaba y me ofrecía al mejor postor. Ahora sé que me vendía barato. Poco han cambiado las cosas por aquí, esto sigue siendo una lonja, aunque he llegado en los preparativos, la mercancía aun está llegando al puerto. Se está bien, el aire acondicionado en modo huracán, recordando épocas pasadas de rifle al hombro y diana en la espalda.

Observo a la camarera, rubísima de bote, chatear en un portátil gastado, vivido en lenguaje de la calle, repleto de pegatinas brillantes, uno de esos útiles modernos en los que predomina el rosa y que supongo que se identifica con la mujer tecnológica de nuestro tiempo. Busco entre la decoración chillona de la carcasa a Hello Kitty, no la encuentro y respiro, esta chica aun tiene remedio. Pero ella se empeña en perderse. Poca relevancia tiene mi opinión como perito en existencias descarriadas, pero tras ver su dedo índice coronado por peineta de perfecta manicura esmaltada en azul añil pulsar una tecla en el ordenador y empezar a sonar acto seguido una canción de Bisbal, un dolor punzante en el estómago me dice que no, que no es recuperable para la causa; menos mal que estoy bebiendo tónica, niño tomate un aguatónica si has vomitado, sí mamá. Siempre tuve un estómago capaz de expresar mis opiniones mejor que la unión cerebro-boca.

Tampoco la vamos a crucificar antes de tiempo. Al menos Bisbal ha roto la cadena de eslabones alternos Shakira, Vega, Shakira, Vega, Shakira, Vega. Ximena Sariñana, coño, esto se ha convertido en un bar de lesbianas. Ahora me lo explico todo, suspiro aliviado, nunca se me dio bien desenvolverme sin un contexto bien definido, ahora tengo suelo firme que pisar y la sensación de que algo inexplicable está sucediendo a mi alrededor se disipa. Están descargando el pescado, pronto empezará el griterío de precios, la compra salvaje.

Empiezo a explicarme la sonrisa de los repartidores que han ido apareciendo por el local, alivio, eso es lo que había detrás de su gesto. Porque con la fresquita que está cayendo iban a encontrar ayuda, mucha ayuda para descargar la mercancía. Camareras capaces de cargar a sus espaldas catorce bolsas de hielo y varias cajas de refrescos.

Suena Bebe, confirmado. La rubia firma el albarán del chico de las cocacolas y se sienta de nuevo frente al portátil. Es la hora, me voy sabiendo que Bisbal es lesbiano y que hay cosas que no cambian jamás, como esta lonja para subasta de carne fresca. La mercancía está aun en el puerto, eligiendo camisa, pero ya puede olerse su perfume cuando abro la puerta abatible y salgo hacia otro bar a encontrarme con mis amistades.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Empachado

Si tuviera una lámpara maravillosa pediría una ranura usb detrás de la oreja para poder descargarme programas de vocabulario, porque es muy duro sentarse frente a la pantalla y notar que te faltan las palabras para contar algo que sientes, que es más grande que tú y que te desgarra la piel desde dentro. Imposible no estar insatisfecho, imposible salir a la calle y actuar como si nada hubiera pasado, joder que lo vivido si no se cuenta desaparece, acaban por instalarse en ese lugar mítico entre las neuronas, ese El Dorado mielínico, en el que habitan las ideas brillantes que tuviste y que jamás llegaste a desarrollar. Debo ser muy torpe o estar muy desentrenado pues por más que busco y a pesar de hacer un cálculo estimativo de la población de esa ciudad en mi cerebro que me dice que más o menos debe de ser como la de la India (y sólo superada por la de otra populosa urbe de mi subconsciente, coward city, la ciudad para el descanso de las ideas que te dieron miedo), por más que busco, y sé que ando cerca, no consigo ver más que seso reblandecido por todas partes, un desierto con cielo de líquido cefalorraquídeo, un cielo raquítico, sin nubes, cigüeñas o aviones; un viscoso cielo imposible de apreciar y mucho menos de respirar.

Que hago yo en la calle respondiendo a la retórica de las amistades. Mi coche nuevo, pues bien, un coche, de esos que les echas gasolina y el tío va y anda. El trabajo, pues bien, gracias, con sus más y sus menos. Que me notas raro, no hombre, será el calor. Y un cojón de pato tibetano, lo que me pasa es que estoy empachado, que me he puesto delante del ordenador durante dos cafés, siete cigarros y una conversación monosilábica al móvil y no he podido acercarme ni siquiera de refilón a lo que quería contar. De hecho he acabado escribiendo sobre lo frustrante que resulta no ser capaz de encontrar el punto de contacto entre lo que pasó y mis dedos sobre el teclado. Pero vamos que estoy bien, que soy capaz de hacer vida normal, he sufrido muchas veces esta frustración y no resulta incapacitante, al menos a corto plazo. No, ya bajo yo a comprar cervezas, tu ves friendo las croquetas y mete hielo para un buen gin tonic que me pienso zumbar en cuanto cumpla con el protocolo y estén todos un poco achispados, lo suficiente para no percatarse de que me lanzo en picado hacia el vaso, con ganas de morderlo y los ojos desencajados. Pero estoy bien, a qué vamos a jugar hoy, que no, de verdad, que no me pasa nada, bueno a lo mejor es que hoy no he sido capaz de escribir nada decente. Qué son esos grillos que suenan y por qué de repente todos los presentes se han quedado paralizados. Aguzo el oído pero nadie dice un, dos, tres, pollito inglés, esa no puede ser la razón de que todos se hayan quedado paralizados. Paso la mano delante de los ojos del que tengo más cercano, hola, decía que hoy no he podido escribir nada decente. El párpado le tiembla, está vivo, menos mal, ya creía que el mundo se había detenido (golosa posibilidad por otra parte).

Cuando vuelvo del servicio la reunión se ha reactivado, decido dejar de responder con sinceridad a las preguntas, adoptar la política del no compromiso y la condescendencia; ahora pregunta que te vas a cagar, te voy a soltar un tópico tan irrebatible que vas a tener un orgasmo aquí mismo. Para que después andes preguntando qué te pasa, qué te pasa, sin estar dispuesto a escuchar la respuesta.

Primero faltaban las palabras y ahora creo que me faltan algunos genes para poder considerarme de la misma especie que todos los que comparten conmigo la reunión.

Lo que sí es evidente es que estoy enfadado, conmigo, con el mundo también, pero sobre todo conmigo, porque ya vale de considerar que esta pereza es inevitable y que viene dada como síntoma inherente a mi tendencia a la neurosis, joder que manía con querer estar enfermo, que estás bien, lo que eres es más flojo que un muelle de guita. Y ese enfado se me nota, se me nota demasiado diría yo. Encima no tengo explicaciones convincentes para las orejas no iniciadas y claro, acabo mintiendo como pinocho en pleno ataque compulsivo, nada, no me pasa nada, estoy bien. Eso es lo que me hace daño, las mentiras usadas como material de construcción para el atrezzo de la obra que interpreto: “el calvo que susurraba historias de ciencia ficción a los camaleones”, mismo.

En fin, creo que voy a parar, a subir a fumar, a subir, sólo a subir, arriba, allí hay aire aunque esté a una temperatura capaz de convertir los alvéolos de mis pulmones en palomitas de maíz. Arriba, aire y luz, los cabos siguen sueltos, incluso se han desprendido algunos más, eso me apasiona, cabos sueltos, historias por contar, pero suelo liarme con las agujas de tejer porque soy más chulo que nadie y me empeño en hacer punto con los pies, el rollo ese de la casa por el tejado y de querer llegar antes de haber salido. Con lo relajante que es tricotar bonitos jerséis de lana para cuando llegue el invierno, bonitas historias geométricas con su principio y su final y no este abigarrado conjunto de archivos word que se gritan unos a otros, que se reclaman el territorio de mi atención, esta horda de monstruosos relatos mutilados que piden a gritos ser atendidos.

Que miedo madre. Con lo difícil que es vestir engendros para primeras comuniones.

Te en.

Vaya, para estar en blanco han salido casi mil palabrejas, no está mal, aunque sólo haya sido literatura lenitiva. Por lo menos cuando salga a dar una vuelta podré creer mis respuestas vacías a preguntas intrascendentes.