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martes, 14 de septiembre de 2010

Mujeres

Mi abuela consiguió sacar adelante a seis hijos. Tenía también unas pocas tierras que hoy han quedado para plantar forraje y alimentar a las mulas. Era mi abuelo el que las trabajaba pero era mi abuela la que las quería, la que desaparecía días enteros, siendo ya muy anciana, y se iba caminando para perderse entre las matas de pimientos. Siempre me costaba mucho verla cuando me mandaban a buscarla. Abuela, gritaba, pero ella no se movía, se quedaba quieta e invisible como un camaleón intentando que no la localizara y poder así pasar la noche dormida debajo del granado de la linde. Cuando al final tropezaba con ella siempre ponía cara de decepción, me has encontrado nieto, nos quedamos un poco más y nos vamos cuando caiga el primer trueno que hoy viene tormenta. Más de una vez estuve tentado de volverme y dejarla dormir allí, en la misma tierra que abuelo amasó durante años. Pero sabía que me ganaría una buena reprimenda si no volvía con ella. Siempre me sentí egoísta por actuar así.

Mi madre tuvo dos hijos. Un niño y una niña. Hijos normales, tendentes a la fantasía eso sí, niños con problemas de niños, es decir, asuntos graves que se afrontaron como mejor se pudo. Como en todas las familias. También consiguió ser independiente, por poco tiempo, hasta que conoció a mi padre. Estudió enfermería en un convento cuando mi abuelo aun trabajaba el campo y mi abuela aun no era un camaleón. Tuvo que estudiar porque los pimientos que después tanto mimaba la yaya sólo servían para hacer más evidente el hambre y la necesidad. Viajó y tuvo que echar raíces forzosamente a casi mil kilómetros de su infancia, en un lugar donde no hay tormentas de verano, ni pequeñas tierras que cultivar. Puedo imaginarla joven, como en las fotos que conserva de esa época, con cofia y falda. Viviendo con sus compañeras de estudio en un piso alquilado, trabajando por las tardes en el canódromo que había hace muchos años en esta tierra sin tormentas de verano. Hoy mi madre comienza a parecerse a mi abuela, se aferra a sus logros, a su trabajo y a sus hijos, cuando la abrazo noto que sus raíces ya son profundas pero no se extienden hacia abajo, no la atan a esta tierra, sino que viajan hacia el norte, vuelven para buscar las manos de abuelo en la tierra que ahora da de comer a las mulas, para unirse a las del granado de la linde.

Mi hermana acaba de conseguir un buen trabajo para toda la vida. Se acaba de comprar un coche y busca zanjar asuntos del pasado: asuntos graves que se afrontaron como mejor se pudo. Según los estándares de vida actuales está muy bien encaminada, madre está orgullosa de ella porque ha salido adelante y porque ya cerraron el canódromo. También está entre sus planes ser madre, tendrá que tener hijos por los dos. Porque aun no se lo he dicho pero ella será la madre de mis hijos: niños de pelo negro, que lloren fuerte como una tormenta de verano, niños capaces de aceptar la mentira que les contaremos sobre la posibilidad de ser lo que quieran ser, que quieran dormir al raso, comer pimientos, viajar mil kilómetros bajo tierra hacia el norte.

Niños que se parezcan a ella y a su padre.

Me siento egoísta por pensar así.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Insomnio y escritura

No suelo ser muy partidario de repetir contenidos escritos en otros lugares aquí, pero hoy, leyendo otro blog no he podido más que correr a ese mundo paralelo que es el facebook para recuperar dos de las últimas cosas que allí he dejado escritas. Lo pongo aquí porque quería compartirlo con los que me leéis, porque aun me asombro de no estar solo y de que haya gente que siente muy parecido a como yo siento.
Es verdad que el tema es recurrente y algo tópico pero leyendo a Sin escamas puedo ver como tras la fachada típica de ladrillo visto hay mucho más. Hay obsesiones que se asemejan mucho, deseos peligrosos, formas de expresión que no sirven para ser entendido.

Os dejo con dos textos muy breves sobre el insomnio y la escritura.

Madrugada del 1 de septiembre.
Insomnio. Toneladas de insomnio y en ese tiempo quieto que es la noche no dormida varias páginas rellenas de incoherencias, la vida de un poeta llevada al cine en una película de las que abuela decía que eran cochinas, alucinaciones con el ascua del cigarro en el sótano a oscuras.

Insomnio y sin embargo no me quejo.

Madrugada del 2 de septiembre.
Sin ánimo de repetirme o repetir, deme usted más de ese insomnio tan bueno. Deme, porque no quedé satisfecho la otra noche, no recuperé las horas suficientes al día, ni quedé harto de esa extraña lucidez tras el picor de los ojos.
Sin ánimo de ofender, señora, es usted mucho más atractiva cuando la imagino a mi manera, cuando la proyecto sobre el negro de los párpados cerrados.
Puede que por eso no duerma, porque es de noche, cuando debería estar soñando, que la realidad cobra la consistencia que a mi me gusta porque se mezcla con los sueños que debería estar teniendo y ya no puedo asirla, ya no es realidad, es otra cosa, más suave y misteriosa, menos grave, más respirable.
Hablaba ayer sobre esa textura de la realidad con un buen amigo. Las ideas farragosas, enturbiadas por el alcohol, resonaban en la barra de madera, se clavaban al caer en el barniz, lo arañaban, luchaban por permanecer en su cómodo anonimato.

Eso que haces es peligroso, me dijo. Lo sé, lo necesito, contesté.


Gracias Arezbra.