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miércoles, 27 de octubre de 2010

Diccionario del diablo (VII)

HOMICIDIO, s. Asesinato de un ser humano, cometido por otro ser humano. Hay cuatro clases de homicidio: el alevoso, el excusable, el justificable, y el que merece elogios; pero para las víctimas no tiene mayor importancia ser objeto de uno o de otro; la distinción existe solamente en beneficio de los abogados.

Alevosía.

Pueblo que se cree ubicado en algún lugar de la vega del Guadalquivir. Cuna de los más sibilinos asesinos. Suelen firmar sus obras al estilo psicópata (en el pueblo sólo hay un cine donde se proyecta en sesión continua el Silencio de los Corderos) con una aceituna gordales encajada en el ombligo de la víctima. Los profesionales educados allí están muy demandados en casos de divorcio, ajustes de cuentas y limpieza manual de cuberterías de plata.

Excusas.

Perdone caballero pero he venido a matarle. Quién lo manda. Lo siento no puedo decirlo. Bueno, en ese caso proceda, esto duele verdad? Lo siento pero sí, en el albarán lo pone bien claro: infligir dolor extremo a la víctima. Bueno, hombre bueno, pues nada usted está haciendo su trabajo. Gracias por entenderlo, perdone pero debo empezar arrancándole los dientes. Me permitirá entonces que al menos cene antes verdad. Lo siento, las órdenes son claras, debo hacerlo sufrir mucho en poco tiempo, además tengo apuntado en el estudio previo que su mujer suele llegar de sus clases de PP a las nueve y mire que hora es. Clases de PP, eso que es? Caballero acaso no sabe que su esposa practica tres veces por semana padelpilates. Ni idea yo sólo creía que iba por ahí a tomarse algo con sus amigas. Pues no, pero debo pedirle que se calle por ahora, se nos hace tarde. Se le hará tarde a usted, ni que cobrara por horas, tenga en cuenta que esta conversación es mi última conversación así que es normal que la alargue todo lo que pueda. Comprendo, por favor el armario. El armario? Sí, necesito ropa blanca para que el efecto sea más dramático, también lo pone en el albarán. Bueno, si lo dice el albarán, suba usted las escaleras y la primera puerta a la izquierda es el vestidor. Gracias, no se vaya. Por quién me toma, jamás me gustó eludir nada, pero intente coger algo favorecedor, es que he engordado algo últimamente, sabe. Como usted prefiera. Gracias hombre es usted un gran profesional. Lo intento. Disculpe un momento entonces, la primera a la izquierda me dijo verdad. Eso es. Estoy con usted en un minuto. Aquí le espero, por cierto, dígale a mi mujer que al menos la próxima vez a la hora de poner el concepto de la transferencia no sea tan explícita. Como dice, no le escucho desde aquí arriba, espere que ya bajo, qué le parece este pantalón de lino y esta camisa de mangas cortas. Hombre si me baja usted el panamá de mi padre pues quedaría todo como mejor; le comentaba que le diga a mi mujer que sea más cuidadosa, que esta mañana ha llegado el extracto de operaciones y daba mucho el cante que el asunto de la transferencia con sus honorarios fuera: adelanto por matar al huevazos de mi marido. Conste que yo lo digo por ella. Un poco burra si que es su señora la verdad. Bueno, voy a por el sombrero y empezamos. Como no, no quiero robarle más tiempo.

Justificación.

Yo no he sido. Pero si tiene la cabeza en la mano, cómo que usted no ha sido. Yo no he sido. Señora ha sido vista por tres testigos, vamos con decirle que la cosa ha sido tan evidente que ha sido su pastor afgano el que ha dejado atrás sus remilgos y ha venido él mismo a comisaría para denunciarla. Yo no he sido. Y dale, muy bien, usted no ha sido, entonces me quiere decir que diablos ha pasado aquí para que haya un cuerpo descabezado con los pantalones por el tobillo en el cuarto de baño y que la cabeza que falta esté en estos momentos en su regazo; por favor deje de acariciarle el pelo. Es que era tan guapo, pero yo no he sido. Muy bien, lo que usted diga, anda tire para comisaría y en el camino reflexiona. Yo no he sido, pero quería hacerle una pregunta señor agente. Dispare, aunque cualquiera se atreve a decirle semejante cosa señora con la que ha organizado, bueno dígame. Cómo se pone usted cuando va a hacer de vientre en la comisaría y se encuentra caminillo en el váter. Pues digamos que me entran ganas de matar al cerdo que no ha usado la escobilla. Ahí quería yo llegar señor agente, es que lo de este hombre eran autovías.

Elogio.

De dónde es usted.
De Alevosía.
Se nota, se nota. Un trabajo impecable. Ya lo dice el refrán si quieres Jamones a Jabugo y a Alevosía si buscas el mejor verdugo.
Hombre gracias.
No hombre, gracias a usted, un servicio excelente.
Pues se trata de mi primera vez.
Quién lo diría, parece el trabajo de un maestro.
Calle que me ruborizo.
Está libre la semana que viene?
Sí, supongo que sí.
Pásese por aquí el miércoles, un momento, no, el jueves, mire esta es la persona a la que tiene que liquidar.
Pero si es usted.
Sí, es que me conozco y esto de contratar sicarios seguro que me da un remordimiento horrible. Por cierto donde compra esas aceitunas, están deliciosas.
Las traigo del pueblo. Le dejo un bote. Bueno hasta el jueves.
Vaya usted con Dios.

viernes, 22 de octubre de 2010

La cocina patas arriba

Hace tiempo que no pongo una canción por aquí. Por aquí es en este fondo naranja pero también en este fondo de pectoral la primera a la izquierda. Cómo puedo vivir sin música. Acaso no voy por ahí diciendo que la palabra es lo que me hace ir tirando (algunos dirán que en actitud de intelectual sin fondo, yo digo que de intelectual sin esfuerzo), acaso la palabra no se pone contenta cuando la sacas a bailar. Ya estoy hablando de palabras, no tengo remedio.

Filosofía suave, hoy sin sal encima del aceite, por la mañana. Hacía tiempo que no me dedicaba a estos menesteres. Esto va a ser un caos, pero lo voy a escribir igual. Sabéis cuando una historia aguarda para ser contada pero pone la condición de que nada de esquemas, nada del corsé de la señorita escarlata no veo nada con estos ojos de huevo.

Pues eso es lo que está saliendo ahora por el pitorro, ya está la semana cocinada, ahora a dejar que se enfríe y al congelador para el lunes próximo comprobar a qué sabe. Puede que ni siquiera sea una historia, está basada en hechos reales.

Vamos con los ingredientes. Hay alguien que me dibuja a golpe de canciones de espotifai, ya tengo la cola del traje muy larga, no será excesiva, no, no creo. Me acuerdo ahora del pavo real, pues a mí me han construido una cola que en lugar de colores tiene sonido, me encanta lo bien que me queda. Por fin me ha llegado la puerta de seguridad para el cuarto de castigo, ese que está al final del pasillo, en la habitación con la bombilla pelada en el techo y las paredes llenas de pisadas; instalación rápida y que tiemblen las ideas inapropiadas porque ya saben dónde van a acabar a partir de ahora (esto más que un ingrediente es una declaración de intenciones, pero bueno, sazona bien el guiso). Como base, jarrete, suculento jarrete al que hincar el diente. Cómo sonreía el carnicero cuando me lo ofrecía en bandeja de papel satinado para que le diera el visto bueno! Ojala todo el mundo ofreciera así su carne! De verdura: las camelias, me han florecido las camelias, no terminaba yo de creer que pudieran existir las flores en invierno. Así por encima, es todo, ahora las dudas sobre la temperatura y el tiempo de cocción, sobre si es mejor usar el fuego de la cocina que ahora tengo o la de la cocina de leña que tendré, o usar un mechero para no gastar electricidad ni leña. La duda, ese es el fuego con que acabo achicharrando las semanas. Ya estoy acostumbrado pero no me vendría mal saber dónde voy a preparar mis platos mañana.

Esto se está convirtiendo en un desierto que ni a mis beduinos les apetece atravesar, así que creo que lo voy a dejar. Usaré los camellos para visitas turísticas.

Me voy, con las palabras vestidas de largo, esta noche salen a bailar. Las dejo escupiéndose en la puntera de los zapatos y restregando con fuerza, hasta que la piel parezca un espejo. Seré permisivo, no seré un padre estricto por una vez, que disfruten esta noche. Suena el viento, asciendo con él, no sé si llevo paracaídas, da igual, de peores guisos he salido.

miércoles, 6 de octubre de 2010

La palabra en la punta de la lengua

Esa que llevas rumiando toda la vida. La que no te dirá nada cuando la pronuncies porque no está concebida para decir sino para contener, para llenarse de todas las cosas que no supiste o quisiste explicar, de todas las omisiones que por cobardía o desconocimiento fuiste dejando pasar.

La palabra en la punta de esta tarde. Esa sensación de que ahora serías capaz de desvelar todos los secretos vedados, de hablarte con sentido. La palabra que sólo con ser pronunciada se convertirá en acción, en primera piedra solitaria, sin pompa ni político para la foto, del edificio de pilares de gelatina. Ese iceberg que parece tan feo, tan lleno de polvo y escombros y que asoma raquítico sobre la superficie del mar picado por la desesperanza del náufrago.

La palabra que bastará para sanarme. Porque me enseñaron que viene aquí para dolerme, para encadenarme a una bondad no reflexionada que es como el uniforme que de niños nos obligaban a llevar al colegio, una verdad que pica en la ingle, de algodón basto que enseguida se estropea. Y yo quiero llegar a casa y que la mar esté en calma que ya le pondré yo la chicha con lo que saque de esa única palabra que se me resiste. Llegar a casa y encontrarme al náufrago en pijama, duchado y perfumado, dispuesto a dormir del tirón todas las pesadillas grabadas en su espalda por la madera astillada de la balsa. La palabra somnífera, que haga innecesario prestar mucha atención a las estridencias de las bocinas que te desorientaron en lo que parecía un laberinto de parque infantil.

La palabra hecha jirones. Carente de excusas. Esa palabra que escupe reflejos sin distorsionar. La palabra en la yema de los dedos, prometiendo, sacando sonrisas de una boca desacostumbrada. Esa palabra que eligió esta tarde para demostrarse posible, velada, seductora. La zanahoria para el burro, tubérculo amable dispuesto a dejarse alcanzar y convertir la tozudez en la mejor de las virtudes.

La palabra en la punta de la lengua haciéndose la despistada.