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sábado, 27 de noviembre de 2010

De como el prejuicio se convirtió en delirio (volar en low cost)

Experiencias catetas de un provinciano acostumbrado a coger el autobús.

Esto es un experimento con base teórica sólida e inquietud nacida de la cuarta vida que se dejó mi gato al meter el hocico mientras el vecino arreglaba con la rotaflex los desperfectos de la valla de entrada.

La investigación en sí, va sobre las ideas preconcebidas y sobre hasta que punto se cumplen lo que no son más que simplificaciones anticipadas del mundo que está por venir.

Aprovechando que cuando leáis esto estaré viajando a Barcelona para menesteres que los que hayáis leído mi anterior entrada sabéis en que consisten, programo esta entrada en la que voy a verter todas las ideas preconcebidas que tengo sobre lo que es volar con esa compañía aérea que a todos nos viene tan bien para viajar por tres duros y para vencer nuestro miedo a lo desconocido. Digamos que esa compañía es como una vacuna contra la sociedad del miedo, porque hay que echarle valor para confiar en ellos como transportistas de tu cuerpo (todos sabemos que el alma no vuela en avión, que como mucho va en carruaje de caballos, al menos la mía, con lo que siempre llega tarde). Y para colmo la compañía es Irlandesa, con la que está cayendo por la tierra del caldero y el trébol.

A mi vuelta analizaré comparativamente la anticipación prejuiciosa con la realidad descarnada, a ver si se parecen.

Obviamente esto no es más que una excusa para soltaros aquí una de mis habituales verborreas espesas que pretenden ser humorísticas, esta vez con clara vocación científica eso sí.

En mi cabeza todo empieza con el bolsillo temblando por los diez euros con quince céntimos que me va a costar el desayuno consistente en un triste croissant y un café tirando para malo, hecho con agua bendita reutilizada, es decir llena de los pecados que limpió de los exorcizados y de pellejos de diablos y sátiros, porque a eso sabe ese mejunje: a cuerno quemado de Satán.

El guarda de seguridad del control de acceso resulta ser una mujer con lo que mi fantasía recurrente de aeropuerto de encontrar a un maromo de impresión que me pida que me quite el cinturón queda hecha trizas. Así con el estómago como el infierno y el pene tamaño garbanzo me encamino cabizbajo a la puerta de embarque donde huele a tortilla de patata y a legañas como estalactitas. Asomo la gaita en la sala de espera y los bostezos enseñando empastes me traen a la cabeza la triste imagen del número de los leones del circo habiéndose ausentado el domador por alguna razón peregrina dejando aburridas a las fieras. Todo muy sórdido y yo lo que necesito es luz y jolgorio, no estas horas intempestivas y este sueño pegado a las axilas de la concurrencia.

Me voy al aseo con el estómago ardiendo, el pene vaginizado y lamentándome por no haber puesto un látigo en la maleta para obligar a los felinos con equipaje de mano a cerrar esas bocas llenas de pastosos bostezos. Me echo un poco de agua en la cara a ver si dejo de ser la persona más cínica que jamás viajó por los cielos de España. Una excusa, una pequeña, sólo necesito eso para alegrarme la mañana y no este gruñido de esfuerzo en el váter del fondo. Suspiro y pienso que mejor me tomo otro café, quizás dentro de la zona de salidas traten mejor a mi estómago. Abandono el aseo pensando en que a lo peor el emisor del gruñido cromagñónico que acabo de oír pudo haber pensado lo mismo que yo ahora pienso, aun así voy a arriesgarme, todo por estar lejos de esta negatividad tan evidente, que abulta tanto que no me extrañaría quieran obligarme a pagar sobrepeso cuando vaya a embarcar.

Ultima llamada para mi vuelo, pienso entrar el último, no estoy dispuesto a estar atascado en el pasillo eones detrás de cualquiera mientras que comienzan las bromas típicas de veremos a ver si el avión no se caer porque creo que estos van a pedales y demás estupideces que dice la gente para tranquilizarse y pasar por alto el hecho real de que pueden morir como sardinas en lata. Y para que está el valium digo yo, no, ellos dale que te pego con las bromas de catástrofes. Casi me alegraría si ocurriera una, me desabrocharía el cinturón en plena caída en picado y me acercaría al asiento del bromista para reírme en su cara y decirle qué ya no nos reímos tanto no, majete.

Ya sentado en mi sitio, ya pasado el despegue y la conocida coreografía de Whigfield que ejecutan con pasmosa apatía las auxiliares de vuelo y el azafato homosexual,

empieza la tómbola, compren boletos para el sorteo de dos coches-submarino y de tres viajes a destinos europeos de los más cool, no gracias voy a leer un rato; compren el magnífico cigarrillo electrónico, no gracias, la zona de fumadores por favor, compren los slips del sobrecargo, no gracias, podría dejarme en paz por favor. Vamos a ver señorita si hubiera querido jugar al bingo pues hubiera ido al bingo, lo único que quiero es que me deje leer en paz, no, no quiero peladillas con las efigies de los presidentes españoles de la democracia, no señorita, tampoco las quiero con los rostros de dictadores del mundo, me puede dejar leer por favor.

Todo el camino, que se me está haciendo eterno, aguantando un teletienda sobre las nubes hasta que justo en el momento en que el azafato rarito comienza a agitar unas maracas que han salido de vete tu a saber donde, la megafonía anuncia, por fin, abróchense los cinturones, vamos a aterrizar, gracias por confiar en nuestra compañía, esperamos volver a verles pronto. El pobre azafato deja caer los brazos y pone cara de decepción, otra vez le han cortado su número de salsa, con lo bien que estaba él en el vuelo a Laponia en el que le daba tiempo a desplegar toda su arte. Yo suspiro aliviado y respondo, contestando a la megafonía en voz alta, qué remedio, qué remedio, pero como me salga cualquier trabajo en Barcelona regalo el billete de vuelta al primero que pille que vaya viejecito que me habéis dado.

No creo que la realidad difiera mucho de lo que acabo de contar, veremos, os lo cuento a mi regreso.

martes, 23 de noviembre de 2010

Autobombo

Si lo hacen en las noticias de Antena 3 yo también quiero hacerlo.

No sé yo si empezar una entrada haciendo mención al telediario más parecido a salsa rosa va a beneficiar o al menos servir para enmarcar lo que os quiero contar. Aunque refleja un poco de la maquiavélica intención que se oculta detrás de lo que os cuento a continuación, la simple visión del nombre de la cadena en cuestión quizás espante a alguno de los habituales. Claro que también es posible que algún despistado acabe por aquí al olisquear, como el perro en la puerta de la carnicería, el dulzón hedor de ese cadáver exquisito que es Matías Prats (hijo, que tampoco quiero ser irrespetuoso, que el padre ya ni olerá ni nada de nada).

Sabéis que un escritor es una persona que escribe, verdad? Resulta que esto de los blogs está muy bien y se conoce a mucha gente, bueno la parte que nos quieren enseñar, si bien es cierto que también hay matrimonios que se han gestado desde esta plataforma que tanto nos gusta, ya sabéis, la típica historia de oye me parece superinteresante lo que comentas en tu último post, a lo que el autor responde, vale, te casas conmigo? (versión abreviada de una relación vía blog). Qué gaitas estaba yo diciendo, ah sí, que está muy bien esto de escribir y colgar tus textos, de hacer camarilla, de tener una mínima retroalimentación sobre si lo que has escrito es potable o parece una pota. Pero llega un día en que lo que uno ha escrito empieza a insultarte y a intentar morderte los dedos porque quiere probar eso del formato papel, porque escritor también es una persona que publica, dicen.

Así que para mí ha llegado ese día, un par de poemas y un texto muy breve insertos en dos recopilaciones de una editorial pequeñita (aun) que me ha dado la oportunidad de dar un pasito más, de confiar en la calidad de lo que creo, de creer que soy un hombre que escribe y que publica.

Este próximo sábado 27 se presentan las dos recopilaciones de las que os hablo “Pestañas” y “Textos desobedientes”. Editadas por La Espiral Literaria.


Desde aquí agradezco a Nati la confianza y animo a los que me leéis a comprar alguna de las obras editadas para así poder apoyar este proyecto en el que sé de buena tinta que hay puesta mucha ilusión y mucho trabajo.

Y esto es todo, porque yo he venido aquí ha hablar de mi libro.

martes, 16 de noviembre de 2010

Estómagos masculinos

Quiero pedir disculpas anticipadas por la poca exhaustividad de este relato, es sólo un divertimento no documentado ambientado en un sucedáneo personal de restaurante mexicano. Dedico el relato a Uno que aceptó mi reto y que despertó mi orgullo de sí claro, voy a ser yo menos que él. Espero que os guste.

A pesar de que la úlcera me había llevado al hospital después de Umang, tres semanas de dieta blanda siendo visitado por el doctor Suárez que empezaba a tratarme ya como si fuera de su familia. Gracias a él me había librado varias veces de la derivación a salud mental. Te entiendo hijo, sé que el estómago es la vía más sencilla para llegar al corazón de un hombre, me hice endocrinólogo por eso, porque quería averiguar qué había de cierto en esa creencia y no lo he conseguido. Cuando te de el alta vienes a casa y pruebas los callos de mi mujer. Ella es haitiana sabes. Que te cuente la historia de cómo quiso conquistarme, de cómo le fallaron los hechizos y filtros amorosos que le enseñó su mamá, de cómo hasta que no aprendió a hacer unos buenos callos no consiguió llevarme a la cama.
A pesar de que la úlcera parecía cerrada y ahora la llamaba dispepsia porque eso de desangrarse por dentro no va conmigo ni con mi obsesión que es muy tirana y no soporta nada que pueda interponerse entre ella y su objetivo.
A pesar de no tomes café, no fumes ni comas picante. Allí estaba de nuevo en el restaurante mexicano. Lupe enseñaba los cántaros y reía escandalosa en la mesa contigua, guiñándole el ojo a todo el que pasaba e invitándolo a sentarse a su lado. Mucha gente, mucho adolescente de viernes con relación estable recién estrenada (entre dos y seis meses de perfecto amor imberbe con su pintarrajeada niña vestida a golpe de factory) y unas ganas tremendas de saltarse la cena para follar. Los camareros como siempre con más botellines de Coronita en las manos que dedos, música suave, rancheras, y yo esperando el ritual: primero el Me Gustas Mucho de la Dúrcal para después pasar a la subida del telón con algo de Chavela y la aparición estelar de mi mariachi.
Que sencilla es la vida cuando es predecible. Él venía para tomar el pedido, me empujaba con la cadera en el hombro y yo me apartaba dejándole espacio en el banco para que se sentara, enseguida llegaba un compañero con dos cervezas. Brindábamos y el acercaba sus labios a mi oreja, qué te apetece hoy, me susurraba antes de apartar su aliento de mi cuello, dejándome empalmado para toda la noche con un leve mordisco en el lóbulo. Lo de siempre, lo de siempre por favor y de comer lo que te salga del alma. Nos bebíamos la cerveza en silencio y cuando llegaba la comida él se levantaba y caminaba lento hacia el fondo del restaurante, cogía un taburete de la barra y pedía la guitarra.
Esta canción va para el caballero solitario de la mesa diecinueve. Yo me sonrojaba y me tocaba la tienda de campaña intentando meter primera que es la única postura en la que la erección no me hacía daño. Desplazarla ligeramente hacia la izquierda y subirla hasta que casi se me salía de los calzoncillos.
Él cantaba, yo lo miraba mientras comía y fumaba, mientras bebía una tras otra las cervezas que sin pedirlas aparecían ante mí, esperaba a que Pancha eligiera su polvo de esa noche, a que mi mariachi rompiera de forma intencionada una cuerda y volviera a la mesa para soltarme el esperado salgo dentro de un rato, vente a casa.
Qué hermosa es la vida cuando sabes que lo que está por venir es una buena noche de sexo y que al día siguiente él me dejaría en la puerta de urgencias dónde el doctor Suárez se despedía de su negra. Llegar justo en el momento en el que ella le entrega un recipiente de plástico enrojecido y le besa. Te veo la semana que viene, se despedía mi mariachi mientras le apretaba la mano con la excusa de darle un billete para pagar el taxi.
Hombre usted por aquí, cada vez pasa menos tiempo entre visita y visita. Pues sí doctor, esta úlcera que no aguanta las rancheras.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Huevos de tortuga

Han sido cuatro relatos empezados y guardados en la nevera. Así que ya no voy a seguir intentándolo, todos han salido apetitosos pero piden lenta elaboración, piden distancias largas, muchas letras para acabar siendo algo que pueda llamarse historia. Así que los dejo reposar y me pongo a teclear lo primero que se me pasa por la cabeza, porque necesito contaros algo que nunca os he contado, algo que no tengo muy claro.

Como muchos, uso este espacio para ahorrarme el terapeuta. A veces esto es efectivo, por el simple hecho de hacer el esfuerzo mental de ordenar las ideas suelo quedarme más aliviado que un niño de teta después de su toma; sólo falta que alguien venga a palmearme la espalda para soltar los gases y quedarme dormido.

Cuatro relatos con cosas interesantes dentro, pero que por la maquinaria sin engrasar de mi cabeza no han podido avanzar. Hay días en que es mejor vivir para recuperar el tono físico, vivir para cuidar este dolor de estómago provocado por el pique de la comida mexicana de anoche, para poner las piernas cansadas en alto. Es curioso como cuando el cuerpo no responde es cuando más ganas tengo de escribir. Cuando ya no existe la tiranía de tener que salir a pasear, a beber, a comprar, a moverte como pollo descabezado, vienen las ganas de sentarte frente a la pantalla a vaciarte. Pobres míos que me voy a derramar ante vuestros ojos.

Como muchos, a veces me entra algo de angustia si no actualizo o no cuelgo nada. Y no sé si esto al final irá para el blog, porque tengo la sensación de que no estoy más que desvariando y que no hay nada que pueda llamarse hilo conductor en todo lo que estoy contando. Ahora estoy revisando lo escrito y sí, lo voy a colgar, para quitarme la angustia sí, pero también porque resulta que de algo estoy hablando, como muchas veces, de mi proceso de escritura, vaya rollo Macabeo, pero es que si llenamos mi ombligo con agua salada se puede celebrar allí la copa del rey de vela. Lo siento, pero es que a veces me pongo muy egocéntrico.

Cuatro relatos, uno sobre las amistades íntimas que son como las relaciones de los hermanos gemelos. Uno sobre noches locas en un restaurante mexicano, algo así como que acabé, bueno el protagonista acabó mejor dicho (silbidos disimulados), acostándome/se con el mariachi. Otro sobre un jardinero que es el que está más indefinido y el último un anexo de la historia que empecé en el post Mujeres, para ver si me animo a continuarla, que me apetece mucho pero no encuentro el tono.

Como muchos, tengo otras obligaciones que atender pero prefiero estar aquí echando la mañana con mi zumo de naranja al lado, pensando que ya estudiaré por la tarde, que ya leeré las lecturas obligatorias de mi curso de experto otro día, que ya ordenaré mis papeles mañana por la mañana si no se rompe la noche.

Cuatro relatos a los que sacar punta. Como en los reportajes sobre el alumbramiento de la siguiente generación de tortugas, yo ya me he marchado, ando ya por las Bahamas en busca de rémoras que me limpien el caparazón, ya casi recuperado del esfuerzo del parto. Y mis niñas, saldrán cuando les toque, con el caparazón aun blando a buscar la sal. De todas ellas las que sepan esquivar a las gaviotas crecerán y algún día se convertirán en rotundas tortugas, el resto pues eso, alimento para pájaros.