Etiquetas

Acercamientos Adivinanzas adolescencia Afuera Alejamientos Amigos Amorios Ansiedad Antropología personal Ausencia Autores Bares Barrio Barroco Bradbury Buzón Cabra calendario Calles Calma Camas cambio Canis Cansancio Casa Cerveza Ciclotimia Ciudadano Comistrajos Conjuntos Córdoba Cuento Curro Depresion Despedida Diccionario del diablo Diverso Ducha Dudar e-book Ego Entusiasmo Escritura automática Esperas Espiral Literaria Esponjoso Esvivir Excusas Experimentos con gaseosa Familia Fascinación Ficción en primera persona Fiebre Filosofía mañanera Filosofía mañanera por la noche Filosofía mañanera por la tarde Folk Folletín Fútbol Galgos Gato Gazpacho Gorrión Granada Gustos y costumbres Hablar Hombre Bala Hombres (tipos) Hormigas Idolatría Improvisación Inercia Infancia Insectos Insomnio Internet invisible Juventud divino... Lecturas Leer Lenguaje Lento Libertad Librerías Lisboa Luna Luz Macetas Mamá Mañana Mariachi Medicos Micro Miedo Miedos Mientras Moral Morbillo Mudanza Muerte Mujeres Mujeres (tipos) Música Nada Navidad Neurosis Niñohombre Niños Noche Novela Novela Negra Opino Optimismo Orden Ozú como estamos (autoterapia) País Palabras Papá Paraísos Pasión Películas Pereza Pino Plantado Playa Poesía Política Portugal Publicidad Qué jartito estoy queja Quemar Realidad Refranes Religión Reseñas ruido Sacar Semana Santa Señales Sevilla Shorradas variadas Soledad Sosialrelachionchips Soy Turista Sueño Sustituir SyE Tacones Tanatorio Tarde Tatuaje Tiempo Tópicos en gral. Tópicos Veraniegos Torre de Arena Tostadora Vacaciones Venganza viajes Vicios y malas costumbres Vino Virtudes Volver Yamadao

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Jodidos pero contentos.

Cómo están los tiempos! El mundo está irreconocible, pero si ya no nos alegramos por encontrar trabajo sino porque nos convocan a una entrevista. Y allá que vamos, contentos, sintiéndonos afortunados porque el dedo de la fortuna nos ha permitido competir con una piara innumerable de otros en la misma situación que nosotros.

Un mundo en el que la deriva es clara: sólo somos personas tras las cuatro paredes que habitamos, el que las tenga claro. En los demás lugares podemos ser números, mercancía, usuarios e incluso ciudadanos. Este último, hasta hace poco, me parecía un término hermoso, pero en la situación actual, que ejerce de piedra afiladora para mis suspicacias, esta ciudadanía se me asemeja cada vez más a un corsé apretado; estampado, para disimular, con alegres dibujos que ocultan una moralina dudosa y esclavizante. A saber, no se puede ser simple y llanamente ciudadano, hay que esforzarse por ser Buen Ciudadano. Si seguimos con el símil de corte y confección, esto significa vestir atuendo normalizado para todos, que nos asimile, te quepa o no, combine o no con el color de tu mirada. Uniformarnos al fin y al cabo dejándonos elegir el color de nuestras cadenas. Igualdad mal entendida. Reducción a términos mínimos manejables más bien.

Todo está cambiando. Es el miedo. Lo dicen sesudos autores que con mayor o menor acierto aprovechan la coyuntura para dar luz a ideas que hasta ahora no habían sido consideradas porque no atraían a nadie y, en consecuencia, no daban dinero a los de siempre. Por ejemplo, son varios los conocidos que me han dicho últimamente, Lee a Chomsky, tienes que leer a Noam Chomsky, Chomsky, Chomsky, Chomsky. Qué sí, no te apures, lo haré! Cómo si no pudiera sacar ejemplos cada día, en el mismo rellano de la escalera sin ir más lejos, de los efectos de la inoculación del miedo. Porque lo hemos probado de todos los colores y sabores, en todas las presentaciones posibles, de marca y genérico. Comido como aperitivo, para acompañar la cerveza como si fuera un plato de altramuces. Las madres lo extienden en el bocata que los niños se llevan a la escuela y condimentan con él el cocido para toda la familia: cubitos de caldo para realzar el "pavor" de los alimentos. Tanto lo hemos tomado que nuestro cuerpo ha desarrollado una peligrosa tolerancia al miedo y necesitamos dosis cada vez más elevadas para poder estar tranquilos y alcanzar nuestra apática actitud conformista de siempre. Pero eso da igual, el miedo es fácil de producir y distribuir, tendremos siempre la cantidad apropiada, por inconmensurable que sea. Y si a alguien le revientan las entrañas por sobredosis siempre se podrá decir que ha muerto de otra cosa, da igual de qué, de almorranas por ejemplo. Porque el miedo sólo es asesino teatral en las novelas victorianas, en ellas deja el rictus congelado de la víctima, los ojos espantados y vidriosos, los pelos de punta y la piel lívida; como los de cualquier persona que uno pueda encontrarse por la calle dando un paseo vamos.

El mundo está cambiando. A las personas se les exige que lo hagan en el mismo sentido. Y vamos nostros y lo hacemos, es más cómodo así. Preferimos olvidar que algún lumbreras ha invertido la ley de causa y efecto. Las personas dicen, hacen, planifican, sueñan, exigen, proponen, disponen... y después la realidad cambia, no debe ser al revés. Pero claro, si sólo somos personas tras nuestras cuatro paredes (argumentos aparte que desmientan esta libertad doméstica, que los hay en abundancia), tendremos que conformarnos con refundar allí nuestro reíno. Eso si no llegan los suecos a ofrecernos uno prefabricado. Os suena el latiguillo publicitario, "bienvenido a la república independiente de tu casa". Perverso no?

jueves, 1 de diciembre de 2011

Luz de Agosto


Conocí a un poeta. Me atraía su aspecto desaliñado. Era delgado, con un aire bohemio un poco artificioso. Nos vimos varias noches. Bebíamos y hablábamos mucho. Un día me invitó a su casa y yo, a pesar de estar deseándolo, preferí hacer un último movimiento de seducción antes del intercambio de fluidos, Hasta que no lea algo tuyo no me dejo hacer, le dije.

A la mañana siguiente recibí en el correo electrónico un envío suyo. Lo prometido es deuda, rezaba el asunto. Traía adjunto un archico con un título sugerente aunque algo tópico: Luz de Agosto. Cuando lo abrí para leerlo descubrí que se trataba de su última factura eléctrica. Quizás esto es lo mejor que es capaz de escribir, pensé.

martes, 29 de noviembre de 2011

Para que todo se ordene...


He pasado esta tarde montando una estantería. T llamó para decir que ya tiene una de las baldas para la alacena acabada. Parece que todo se ordena, hay espacios para ello, ya sólo depende de mí.

Un hueco para mi persecución eterna de lo que quiero hacer, al lado un barreño para ir acumulando el valor líquido del que pueda hacer acopio. Otro para lo que ya pasó o lo que nace ya con polvo y telarañas. Huecos vacíos, más de los que esperaba, que me hacen pensar en lo que vendrá a asentarse en ellos.

He encontrado también esas aves fugaces, casi extintas. Esas que hacen del mundo algo extraordinario, muy alejado de su habitual apariencia de caballeriza por limpiar.

Huecos, huecos, espacios por llenar. Porque el orden tiene mucho que ver con la calma. Un orden sin etiquetas, distinto al que se puede encontrar en las oficinas, porque mi pecho no está compartimentado en secciones. Ese orden que sólo se produce cuando cada cosa está en su sitio y no hay lugar para la pereza, sólo es posible estar haciendo, el movimiento lento y pertinente, el avance seguro.

He pasado toda la tarde creyendo que es posible. Una revelación a pequeña escala, debo practicarlo más. He sembrado tulipanes, escrito versos que no me han llevado a ninguna parte. He visto una película contenida con escenografía teatral, he recalentado los restos de la comida para la cenar y me han sabido a gloria. He bebido cerveza con papá, afirmado que T es parte de la solución. Como siempre, he fumado y tomando café, pero sólo cuando me apetecía.

Hoy he hecho muchas cosas y todavía son las once. 

domingo, 27 de noviembre de 2011

Lecter y la Macarena en la mesa camilla (II).


No señora, la de comer, la de comer. Ha comido usted carne humana?
Y dale con el rumor, qué no, qué soy vírgen, La Vírgen! Entiende? Por la boca menos aun. Por quién me ha tomado?

Si después de esto dejo de escribir bruscamente en este blog, si desaparezco de las redes sociales, incluso si alguien llama a mi puerta y sólo se escucha el rechinar de las pelusas contra el suelo, sospechen lo peor y vayan a ponerme flores a la Basílica de la Macarena, allí estarán mis huesos.  

viernes, 25 de noviembre de 2011

Lecter y la Macarena en la mesa camilla.


Acaso sabe usted, señora, a qué sabe la carne humana?
A mi que me cuentas, yo soy Vírgen. 

Sé que es un poco localista, pero un poco de humor tonto para el fin de semana no viene mal. Además creo que la Maca se pondrá en evidencia a si misma en la segunda parte. 

martes, 22 de noviembre de 2011

Escepticismo


He tardado, pero ahora descubro que mi escepticismo es en realidad un atasco intelectual, una preocupante falta de entusiasmo. Cuándo me rendí? Cuándo dejé de considerar esta realidad como el lugar ideal para realizarme, el sitio dónde están escondidos todos los secretos y las piezas que me faltan y en el que se puede jugar de forma distendida al escondite?

El cuando, como casi siempre, no sirve para nada. Te retrotrae al pasado inamovible o te hace adelantar hacia un futuro que nada tiene que ver con el destino.

No creo ser capaz de desentrañar el proceso de cristalización de esa estalactita que ha ido afilándose justo encima de mi cabeza. En ella han quedado ensartados todos mis proyectos. Tampoco gano nada con intentarlo. Sí sé, que tiene mucho que ver con la credulidad y con la comodidad. Creer lo que se ha ido presentando ante mis sentidos sin cuestionarlo, ir tomando los frutos de las ramas bajas del árbol, olvidando que una vez fui un mono ágil capaz de trepar hasta la yema de la última rama dónde sabía que maduraban los alimentos más sabrosos, esos que no se ven desde el suelo.

Ahora me paso los días luchando con la sensación de atasco, con una infelicidad difusa que permite seguir tirando hacia delante siempre que lo hagas por la vía de lo inmediato. He olvidado lo que es el esfuerzo, el entusiasmo fuera de todo lo que no sea la lectura. Me he convertido en un cínico al que no le gusta su cinismo.

Pero nunca es tarde. Si una vez lo hice puedo volver a hacerlo. Si miro atrás puedo entrever como esta manera de moverme por el tiempo a tirones ha sido una constante. Periodos fértiles brevísimos separados por océanos de una desidia dulce, hipnótica, en la que mi mente se centraba en objetivos no del todo personales. Ahora sé que este descreimiento del mundo es en realidad cansancio, una rendición que se desangra. Y no estoy dispuesto, no voy a ser otro más que baje los brazos.

Si aquí no están escondidos los compañeros de juego, tendré que buscarlos en otras realidades.

viernes, 18 de noviembre de 2011

De la naturaleza de los conjuntos y la luna.


Hay dos tipos de personas. Las que miran a la luna cuando está llena y las que miran al suelo con luna, sol o meteorito apocalíptico. También hay extrañas individualidades que miran al cielo por la noche y ven el suelo. Miren dónde miren, acera y asfalto.

Ahora doy un viraje en el relato para que no se convierta en la manida historia de hay dos tipos de gentes. Pero antes de continuar quiero señalar el hecho de que mirar a la luna sirve para crear conjuntos excluyentes. Algo así como los soñadores y los que tienen los pies con loctite bien fijados a la tierra. Comprenderán, por el tono de lo que escribo, lo que pienso de uno y otro conjunto y de cual me gusta considerarme integrante. Se demostró hace siglos (datación por carbono catorce de los dos primeros conjuntos pictóricos encontrados en la cueva de Altamira. Dos grupos de figuras: representaciones antropomorfas con cuernos y sin cuernos) que el trasvase de individualidades de uno a otro conjunto es habitual, es decir, son permeables. Uno puede estar esperando todas las noches a que la luna se llene pero cansarse de esperar y ponerse sus mejores galas, salir a la calle, y buscar como llenar partes más tangibles de su existencia en la tierra. También los hay que evidencian un tránsito funcional por el calendario, piensan con hoja de ruta, sienten sólo cuando se han programado una pausa en sus tareas intelectuales para poder emocionarse según su concepción tópica de lo que es un corazón y para qué sirve; esos, a veces, se levantan por la noche, miran a su acompañante, o al hueco que dejó, en otro lado de la cama, se calzan las zapatillas y se preparan un té, una copa o un bocadillo antes de asomarse a la ventana a preguntarse por qué no se ven las estrellas. Saben que la luna es un satélite corriente pero como es prácticamente (esta palabra es clave) lo único que se ve en el cielo aparte de las luces parpadeantes de los aviones, la consideran una estrella. Porque es mejor aspirar a algo que brilla que a un pedrusco redondeado y yermo. Así sueñan los hombres grises.

Y por fin el viraje se completa, una vez que he polarizado el mundo y me he despachado a gusto con las dos mitades incluidas cada una en su montón, bien encerradas en su redil. Pero antes, un aparte más para reforzar la idea de la permeabilidad de los conjuntos. En el paréntesis del párrafo anterior se habla de las pinturas rupestres de Altamira, de hombres con y sin adornos. De todos es sabido lo sencillo que resulta pasar de tener la cabeza despejada de percheros a convertirse en un trofeo de caza. Basta con una noche tonta, seguramente con luna llena, para que uno se encuentre al día siguiente con una citación en el buzón para presentarse al corral de los cornudos. En este ejemplo en concreto el camino contrario es más difícil ya que requiere una acción denominada "el perdón" para la que en general los hombres no estamos muy dotados. Otros acuden a la lija y la paciencia, pero eso no es más que una parche de estética sentimental que requiere mucho trabajo y muchas horas dale que te pego a la rotaflex. Sin perdón no se puede volver al paraíso de los hombres desast(r)ados.

Aunque ya he pasado la curva y escribo por una prosaica línea recta, no puedo finalizar este texto sin hablaros de una chica que conozco, una que sabe saltar con soltura de un conjunto a otro y que lleva mucho tiempo caminando en equilibro por el borde del maderamen que forma los rediles en los que otros nos solazamos. Ella mira a la luna pero no la ve como los demás, Debe de estar llena pero yo sólo veo una mancha brillante, como el sol que pintábamos en la guardería con los rayos difuminados, me dijo una noche mientras buscábamos, charlando de todo y de nada, un bar para cenar algo. Su comentario se me quedó grabado y la envidié porque ahí donde la mayoría, lunáticos y miradores de aceras, vemos un círculo pálido que se ha ido vaciando de significado poco a poco a golpe de películas, libros y zarandajas románticas; ella percibe toda una galaxia, una nube misteriosa que da luz y que puede ser cualquier cosa. Por ejemplo un dibujo de jardín de infancia en el que ya se anticipaba la poca fiabilidad de los astros, por borrosos, y la esencia de la condición humana. Porque no se ustedes, pero yo, en el parvulario dibujaba a los hombres como monigotes.

Para Mato (directa inspiradora).

viernes, 4 de noviembre de 2011

Vidrio Soplado

Cuando Eolo, su hijo, apareció en la puerta del taller tosiendo y con el humeante cigarrillo entre los dedos, el soplador de vidrio suspiró. El suspiro se quedó encerrado en la última pieza del artesano, un jarrón en el que las flores se mustiaban enseguida.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Ramas, resaca y melancolía


No se decide a llover. La tarde está apretando los dientes, aguantando las ganas de derramarse, de reventar contra el asfalto.

Si giro la cabeza veo las ramas de los árboles inclinándose y oscilando empujadas por ese viento que lleva anunciando agua desde esta mañana. También ondea la colada que alguien ha olvidado recoger, la sábana blanca con un extremo desprendido está a punto de salir volando. Hoy nadie vendrá a jugar a la pista deportiva de abajo. La lógica de las tormentas dice que la gente debe quedarse en casa y así parece ser. Soy incapaz de pensar en todos los que ahora están trabajando, paseando por las calles, comprando, yendo de un lugar cualquiera a otro distinto. Incapaz de imaginar nada que se mueva.

Porque la melancolía es una tristeza calmada que permanece estática. Sí, de eso quería hablar, de la melancolía. De cuando las circunstancias externas se acumulan y acaban por hacerme sentirme así, tan lleno de suspiros que me trago y de cosas a las que dar la espalda. Ayer me emborraché con amigos, hoy se confirma que otro amigo regresa a su tierra, tengo nauseas y muy mal cuerpo pero no dejo de fumar y de tomar café para no dejar que el cuerpo se recupere y empiece a moverse.

Estar de vacaciones elimina el objetivo al que uno se acostumbra, ese que ni siquiera es un objetivo. Te quita la preocupación por qué vas a hacer mañana y te deja en evidencia al mostrarte todo el espacio que tienes desaprovechado para desarrollar inquietudes más satisfactorias. Espacio que hoy permanecerá extendido ante mí, que contemplaré sin inmutarme, sintiendo como los pensamientos discurren abotargados, con una pastosa lentitud que los convierte en ininteligibles.

Si giro la cabeza las ramas siguen agitándose, la persiana tiembla, la tormenta continúa preparándose para golpear. Y yo pienso en el futuro inmediato, en enchufar la máquina de escribir y terminar algunas cartas pendientes, en preparar el viaje para el próximo fin de semana, en elegir una buena historia de la estantería, en la ropa que me pondré para ir al cine. Pienso en movimiento, como las hormigas que asean la boca de su hormiguero después del chaparrón.

Cuando la tarde decida gritar otro empezará a moverse por la casa y a hacer. Ahora, como las ramas, sólo puedo estar quieto y dejarme azotar por la tristeza clamada, sorprenderme por lo largas que son las horas y todo lo que cabe en ellas. Esperar, ahora sólo puedo esperar. 

viernes, 21 de octubre de 2011

La barbería


Llevo poco tiempo viviendo aquí. Tradicionalmente eso que se llama un barrio obrero. Hay mucho inmigrante, mucho estudiante compartiendo piso, mucha persona mayor. Pocas de las tonterías de los barrios bien. Los primeros días, entre las idas y venidas de los muebles, pensaba que esto estaba en el quinto carajo, esa era mi mayor suspicacia respecto a mi apartamento en alquiler fomentado por la obra social de una caja con mucho prestigio según mamá, “porque en ella trabaja la infanta”.
Un par de meses después descubro que sin ningún esfuerzo este se ha convertido pronto y sin problemas en mi barrio. Aun me falta conocer vecinos, coger confianza con los camareros de los bares, con los dueños de las carnicerías, pescaderías, fruterías y ultramarinos. Pero es mi barrio sin que yo haya tenido que hacer ningún esfuerzo. Aun me falta encontrar a alguien que se eche unas canastas en la pista de abajo, alguien con el que irme de cervezas y cotillear de las pequeñas cosas trascendentales que por el aquí acontecen. Todo llegará.

A lo largo de mi vida he vivido en la parte modesta del que hoy es el barrio de los negocios con patilla de mi ciudad. Allí pasé mi infancia y mi adolescencia. Si me paro a pensar en esa época quizás la palabra que mejor la calificaría sería soledad. Muchas horas encerrado en casa cuando era un niño y las típicas actividades repetitivas con ínfulas de rebeldía de la adolescencia. Una buena época a pesar de todo aunque la etiqueta que le he puesto pueda parecer negativa. Después mis padres se mudaron a un adosado en un barrio en construcción y claro, yo estaba haciendo como el que estudiaba y me fui con ellos porque me daban de comer y me pagaban los caprichos. Ya estaba en la universidad y pasaba poco tiempo en casa entre las clases, las juergas (muchas se situaban en el que fue mi barrio de la infancia, con mis amigos de siempre) y el despertar del Livingstone de medio pelo que todos llevamos dentro y que me llevó a explorar las posibilidades que ofrecía esta ciudad. En este nuevo barrio residencial empecé a detectar el tufillo de la apariencia, del ser humano que medra a toda costa apoyándose en el dinero. Por supuesto no todos los que he conocido allí basaban su vida en este principio, pero hasta a mí se me contagió el sueño de la riqueza como panacea. Me costó unos años más darme cuenta de que lo que yo quería era olvidar la voz que desde dentro me decía que ese no era mi lugar. La etiqueta para esa época sería: introspección e inseguridad. Ya con los ventititantos cumplidos me decidí a abandonar el nido. Nada que no hayáis leído antes, se me cruzó el amor en forma de camarero rubio y empecé a saltar de piso en piso, tres mudanzas en unos cuatro años. En esa época todo era excesivo. Muchos hombres, muchos cubatas, muchos sueños, muchas cagadas, siempre por el centro de la ciudad. Guardo muy buen recuerdo y, el estómago medio jorobado, de entonces. También saqué un gato negro de mi divorcio anunciado y una vuelta al barrio residencial ya con algunos tiros dados y el cinismo del número cuatro con la punta siempre afilada. Etiqueta para ese periodo: Diversión y duda.
Llegamos a la actualidad, a mi barrio. Curiosamente en las antípodas de la zona residencial de los escaladores sociales, de los fingidores profesionales, de la chorrada del yo tengo y tu no tienes. Aquí aun estoy aterrizando, pero de forma suave, a mi manera, teniendo por primera vez en mi vida la sensación de estar construyendo y no tanteando, de estar haciendo lo que me sale de los santos cojones. Claro que ahora tengo un respaldo económico que me permite hacerlo, claro que ya tengo una edad y me toca, lo que tu quieras. Pero hay algo más, algo que no sé muy bien como explicar y que tiene que ver con una seguridad en mi mismo que no ha sido nunca uno de mis fuertes. Aquí tengo una relación que con el tiempo se ha ido asentando, tengo un espacio propio, tengo un sitio en el que pelearme con mis dudas sin que nada más influya. Un combate limpio, sólo ellas y yo, cara a cara. También sé que este no va a ser mi barrio hasta que me muera, pero si siento que no me importaría pasar un tiempo aquí, buscando una etiqueta que poner en la caja de recuerdos que me lleve.

Todo esto me pasaba por las entendederas ayer en la barbería. Una en la que me afeitan con navaja y que tiene la radio puesta hablando del final de ETA, una en la que los que esperan hablan y hablan y yo cierro los ojos y me relajo sintiendo las manos del barbero trabajando sobre mi piel con una delicadeza que es difícil de encontrar ya en cualquier comercio. Es una peluquería como las de mi infancia razón suficiente para querer echar raíces durante un tiempo? Yo creo que sí. 

miércoles, 12 de octubre de 2011

Abandonar Venecia


La vida de un escritor es dura, sobre todo cuando no escribe.

La vida de un personaje es dura, sobre todo cuando no lo escriben.

La vida de la pareja de un escritor es dura, cuando falla la inspiración se encuentra sin ayuda para confeccionar la lista de la compra en endecasílabo.

Resulta que no se puede estar escribiendo veinticuatro horas seguidas, pero sí pretenderlo. El mundo que me he inventado tiene base veneciana y se hunde en el cieno. Pero nací en una familia (balones fuera) dónde varias acciones se ejecutaban en los primeros días sobre los nuevos miembros. En primer lugar se tatúa en la fontanela del neonato, para mejor absorción, el emblema del escudo heráldico familiar: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Para el que le interese el blasón podría describirse así: sobre campo cenizo tres mojones bailando can can. Segundo, someter al primogénito varón a un exhaustivo proceso de indefensión aprendida ante los estímulos más comunes de la vida cotidiana. Tercero, dejar al niño sumido en la creencia de que el mundo es una jodienda hasta al menos los cuarenta años y cuando este pida explicaciones estamparle, de nuevo en la fontanela, aunque ya cerrada aun permeable, con tinta indeleble, el lema: “niño, que tienes ya muchos pelos en los huevos”.

La vida de un aspirante a escritor es dura, todo el mundo escribe mejor que él (que ni siquiera escribe).

La vida de un aspirante a personaje es dura, no depende de él.

La vida de un aspirante a pareja de aspirante a escritor es absurda. Es como ganar una partida de bingo el día de nochebuena. Premio total doscientas pesetas. Anda baja dónde Benito y compra cerveza. Tito, es nochebuena está cerrado. Tu llama que te abren. Y abrían.

Resulta que es suficiente apagar el televisor, hay una cosa alargada con botones que te permite hacerlo desde el sillón. Poner los brazos, en paralelo al torso, las manos con las palmas apuntando hacia abajo, y hacer fuerza. Con eso se consigue que el trasero se separe de la tapicería. Practicar un poco de ballet, las puntas de los pies tanteando el suelo (recordar que se está en equilibrio sobre los brazos en una especie de postura de balancín), para buscar las zapatillas. Una vez calzado, el número termina con un quejido de viejo artrítico mientras se toma impulso para recuperar esa postura erguida que a la especie le costó siglos de evolución y de la que yo suelo renegar, sobre todo en las sobremesas. Ya de pie todo se complica. La casa está en silencio, miras hacia el ordenador dónde dejaste empezado el texto justo antes de ponerte a trajinar en la cocina, Pepito Grillo (así llaman los no iniciados a la Neurosis) te recuerda que no puedes, que para qué si a nadie le interesa lo que tienes que decir, que estás mejor tumbado. Pero a pesar de eso te acercas con cautela, aun de pie tecleas la siguiente línea, algo parecido a los ardores después de comer picante sube desde tu estomago. Hoy no he comido picante así que será otra cosa. Te pones en cuclillas y tecleas otra frase. Parece que cuadra. Te levantas y apartas la silla, mientras dejas caer en ella el trasero, otra frase. Aquí siempre viene un parón, a veces aprovecha Pepito para volver a hablar, ya con un tono de súplica. Usas los dos dedos índices para pulsar teclas a boleo, borras con furia, dedos índices, borras con menos furia, dedos índices, borras ya con la intención de arrancar en el mismo momento que la última letra azarosa haya desaparecido. A partir de este punto todo suele ser más sencillo. La sensación es parecida al inicio de una tormenta, como cuando empiezan a caer esos goterones que resuenan sobre la chapa de los coches aparcados. Me voy a mojar, piensas y sonríes. Los goterones pierden fuerza, se transforman en una cortina de agua que suena por sí misma, sin necesidad de objetos que le presten la voz al ser golpeados, ahí dejas de escuchar, de respirar y sólo escribes y escribes.

Es imposible escribir durante veinticuatro horas. Son suficientes unos cuantos minutos, unos más largos y otros más cortos, para olvidar que Venecia está en las últimas y volver a creer que este será el texto que te permita descubrir el nuevo mundo.


miércoles, 5 de octubre de 2011

Contrareloj


Minuto uno.

Tengo que ir a comprar, esta tarde vienen amigos a comprar café y creo que no está bien que les de el de esta mañana. Escribir con prisas, menuda novedad y es que últimamente el tiempo es más valioso que cualquier otra cosa que haya deseado, más que la sensación previa a mi primer polvo, más que la game boy cuando tenía doce años, más que el primer lunes de cada mes.

Me paro, unos segundos, tengo diez minutos para escribir antes de ponerme la camiseta arrugada y los pantalones cortos para salir de casa, miro los tres términos del deseo del párrafo anterior. El primero es un deseo de los que quiero conservar. Los otros dos son rémoras, lastres.

No entiendo el mundo, si mi vocación hubiera sido correr me hubiera hecho atleta, pero lo mío tiene más que ver con la contemplación, un pueblo con escasa iluminación en las calles, ranas por la noche y pájaros al amanecer, el toque justo de olor a humedad y las paredes repletas de libros. Debería haber estudiado para ser operador de cámara lenta.

Minuto cinco.

Tres párrafos en cinco minutos. La vista ya se me va hacia la lista de la compra pegada con un imán a la nevera. En cuanto dejo que mi atención se escape fuera del rectángulo de la pantalla estoy perdido, no podré seguir el ritmo de los primeros párrafos. Como cuando veo un partido de baloncesto y deseo con todas mis fuerzas al terminar uno de los dos equipos la primera parte con más de cincuenta puntos que en la segunda continúe la progresión y llegue a los cien. Nunca llegan, adormecen el partido y se quedan en los noventa y tantos.

Escribir así, a contrareloj puede servir de muestra no significativa de uno de mis días. Por qué nos llaman hombres si somos pollos descabezados, por qué extiendo mi ansiedad al resto del mundo si eso del mal de muchos no sirve más que para un alivio momentáneo.

Minuto nueve.

Cambiaría mi sangre por horchata, buscaría un camino lleno de tachuelas a ver si tengo un pinchazo, intentaría controlarme, pero es difícil desacostumbrarse.

Ahora que lo pienso mi bucólico sueño de paraíso terrenal, eso del pueblo poco iluminado, se parece mucho a una de esas comunidades terapéuticas para la desintoxicación. De qué debo quitarme, lo que tengo es mono.

Camiseta de rayas, pantalón corto, zapatillas sin calcetines.

Preparados, listos, ya…

No me da tiempo a repasar lo que he escrito, una cajera con mechas me espera. 

jueves, 15 de septiembre de 2011

Torre de Arena


Manolín ha vuelto.

(2).

El Señor Augusto había dejado de golpear la puerta, ahora colaba notas por debajo de la hoja. Manolo las dejaba acumularse en el zaguán. La radio rota por el manoseo constante en busca de la copla que le abofeteó. Apenas quedaban un par de latas de fabada en la alacena, Qué día era? Treinta de junio, El paquete de Mamá debía estar esperándolo ya en la oficina de correos. Tendría que salir por fuerza, retomar su vida ahora que el transcurso de los días había apagado, hasta dejarla casi extinta, su ansiedad. Exhausto y ojeroso se metió en la ducha. Tuvo que soportar el goteo gangoso de la alcachofa obturada por la cal. El agua helada, Se habrá agotado la bombona. Otra razón para asomar la nariz fuera del apartamento. Sintió vergüenza cuando vió como por el sumidero se escapaba una infusión de roña, Cómo has podido dejarte tanto Manolo?

Ya vestido, mientras se agachaba en la entrada del piso para calzarse, cogió una de las notas esparcidas por el suelo: “Te necesito, creo que los clientes se han acostumbrado a que seas tú el que les entregue la mercancía”, Pobre hombre, depende de mí, no debo ser tan inútil. Quizás haya exagerado mi miseria.

Calzado con unos horribles zapatones ortopédicos negros con la suela muy alta y agujeros en forma de gotas amalgamadas dispuestos con un mal gusto evidente en la superficie del empeine, salió a la luz. Primero pasó por la oficina de correos para recoger el envío semestral de su madre. Después, en el supermercado, ya en la cola de caja, miró su habitual compra: latas de precocinados, galletas saladas y mermelada de naranja amarga, No puedo seguir así. Dejó abandonado el carro y a paso ligero se encaminó hacia el mercado, Un par de lechugas, tomates y ciruelas que estén ácidas. Medio de pechugas de pollo y un buen solomillo, me lo corta grueso.
Cargado de bolsas, terminó su renacimiento en la tienda del Señor Augusto, Ya estoy bien, puedo ayudarle en algo? El viejo dejó ver sus encías retraídas que aireaban parte de la raíz de unos dientes amarillentos y repletos de manchas. La presunta sonrisa elevó la comisura de los labios que empujaron hacia detrás las orejas y éstas, en su retroceso, hicieron aparecer dos mechones de cerdas canosas asomando desde las conchas de ambos oídos, Repugnante reacción en cadena —pensó Manolo—. Sabía que no debería haber abandonado mi habitación.

Tengo aquí un envío urgente. Avenida Parabólica s/n. Una casa al final de la calle. De ladrillo claro y tejado color ceniza. Pregunta por el señor L, sólo a él debes entregarle el paquete, Nada había cambiado. Una repentina sensación de ahogo acometió a Manolo, Algún día tengo que abrir una de estas cajas —se dijo mientras abandonaba la tienda de recambios camino de la dirección que el viejo le había apuntado en la muñeca.

viernes, 26 de agosto de 2011

Deja de hablar.

Hablar de qué?

Puede que el silencio dé mucho miedo pero da más miedo no saber como romperlo. Me he puesto a prueba muchas veces permaneciendo callado durante media hora. Cuando digo callado habría que añadir una “a” a la vanguardia. Porque las palabras pueden no ser dichas, pero qué hacemos con los pensamientos?

Antes yo hablaba mucho conmigo mismo, unas charlas de los más animadas, como las que se tienen cuando se mezcla en las proporciones justas el alcohol con las amistades cómplices. Saltaba (me) de un tema a otro y siempre tenía una réplica y un callejón oscuro que iluminar. Pero ahora me he vuelto reiterativo, me aburro de darle vueltas y más vueltas a los mismos temas y todos los callejones a los que voy a parar, o están tapiados, o acaban en una forjado de los que saltan los ladrones perseguidos en las ficciones norteamericanas y o separan las parcelas ilegales en el campo dónde tiene la casa mi tío Paco aquí mismo, en las afueras de la ciudad.

Mejor callarse estaréis pensando. Pero es que resulta que no sé poner primeras vocales a la vanguardia de mi funcionamiento cerebral y, aunque me cosa los labios, de cráneo para dentro no paro de remover el puchero.

Hay una técnica psicológica que se llama detención del pensamiento. Puede que ese sea mi último recurso, llamar a las fuerzas de seguridad para que se lo lleven al calabozo, ya iré dentro de unos días a pagar la fianza.

Antes tenía siempre ganas de destripar las cosas que pasaban por mi cabeza. Ahora hago cálculos para contratar a un secretarioaria que se ocupe de seleccionar a los que vienen de visita y que sólo deje pasar a los que merezcan la pena. Estoy dispuesto a fiarme del criterio de la persona elegida, prometo no inmiscuirme en sus selecciones. Yo ya soy incapaz y el despacho acaba pareciendo un gallinero o una casting de dobles de Jim Carrey.

Hablar de qué? De lo de siempre, de la pérdida de tiempo, de no saber aprovecharlo (sí es que eso es posible), de la cara de red de tenis que se me está poniendo, en el justo medio de dos jugadores torpes que mandan todas las pelotas a mi cuerpo. Hablar de las cosas que no he escrito, de los planes que van mutando día a día como excusa para no poner un pie delante del otro, Niño si quieres peces mójate el culo, y yo me noto el culo mojado y el plato vacío. Porque siempre hablo de lo que no tengo, de lo que no quiero tener, de lo que me falta, de la mala suerte y de que estoy ya muy talludito para no entenderme. Para el lado rosa de la realidad si que pongo las aes sobre las ies, o el silencio velando mi entendimiento.

Hablar, qué pereza!

jueves, 11 de agosto de 2011

De como ya no tengo superpoderes.

Resulta que no tengo superpoderes. He tardado treinta y pocos años en enterarme. Ha sido hoy, de forma casual, cuando visitaba algunas webs para informarme de los precios de esos aparatitos diminutos que son como ordenadores portátiles pero mucho más prácticos porque la batería les dura más y así te los puedes llevar a cagar.

De este primer párrafo surgen varias bifurcaciones, la primera, evidente por el efecto de recencia, es la pregunta: pero este chico cuánto tiempo necesita para dar de vientre? Hoy estoy muy soez y con ganas de confesar cosas, así que os diré que generalmente acabo demasiado pronto, me gustaría tardar más y así poder prolongar la actividad intelectual elegida para mis momentos de reflexión sobre el sanitario. La otra cuestión que se plantea es el cómo. Cómo ha llegado a la conclusión este chico de que no tiene superpoderes? Acaso es tan ingenuo que hasta hoy ha ido por la vida creyendo que los tenía?

El cómo se encuentra en las pestañitas superiores de la página web de una conocida cadena que comercia con la cultura y con chismes tecnológicos en general y con el artículo que quiero adquirir en particular. Resulta que le han dedicado un espacio diferenciado a otra máquina que a mí parecer proviene directamente de las entrañas de satanás: el e-book.

Ahora nos vamos un poco hacia atrás en el calendario, a la época en la que aun no estaba marcado con inscripciones del tipo, pagar la luz, renovar demanda de empleo; sino más bien con mensajes como, comprar plastiquina para mañana. En esa época pretérita y ya muy adornada por la erosión de los recuerdos mi prima T. acostumbraba a esconder un lápiz diminuto que no sé por qué era siempre amarillo (he aquí una prueba evidente de que nos inventamos el pasado) en la palma de su mano y después convertía la palma en puño y me decía, Víctor, hazlo desaparecer. Yo apretaba mucho los párpados y ponía la cara que pongo cuando, dos párrafos más arriba, aclaraba la cuestión emergida de la primera bifurcación. Ante mi sorpresa ella abría la mano y el lápiz amarillo había desaparecido. Yo lo había hecho desaparecer!

Si avanzamos un poco, hasta las pegatinas de Curro y el uso del calendario para insultar a mi hermana y mis padres. Nos encontramos con un adolescente como otro cualquiera. Desgarbado, que escondía el paquete de cigarrillos entre las hojas de las plantas del rellano y que se auto flagelaba cada vez que se descubría deseando ser ella cuando sus amigas se ponían a compartir saliva con sus novietes. Normal, pero con superpoderes. Porque si pensaba algo con la suficiente fuerza acababa por hacerse realidad. Era un poder algo caprichoso, porque no siempre se cumplía el deseo con la perfección que había sido concebido; pero si algo he tenido siempre es imaginación y con ella componía un desenlace aceptable, que no dejara lugar a dudas sobre que lo pensado se había realizado. Lo de ser ellas y que me morrearan sus novios lo conseguí años más adelante.

Un salto más en el almanaque, estamos ya de nuevo en pagar la luz, el agua, el gas, el coche, la interné, cuota del colegio oficial, la mensualidad de los muebles, el aval del banco, el alquiler, la cuotas de la lobotomía, el donativo mensual a TiempoChicle S.A. para la extensión del calendario, consiga días suficientes en su agenda para apuntar todas las facturas. Vamos que nos situamos hoy, en el presente, en esta tarde que se va escapando. Un hombre de treinta y pocos busca precios en internet, pretende pagar menos en su próxima compra inevitable y se topa con la palabra fatídica, e-book, destacada en la página en la que navega. Entonces abre mucho los ojos, siente como se le encoje el pecho, como algo se rompe en su interior (ya se podría haber roto la tendencia a utilizar tópicos cuando no sabe seguir una narración, pero lo que se ha quebrado es otra cosa). Nota su fe derrumbándose, su identidad haciéndose añicos contra el suelo. Ya no surte efecto su superpoder, ya no se materializan sus deseos con sólo apretar los párpados como si estuviera estreñido. Un día quiso que los libros electrónicos no tuvieran éxito, lo pensó con todas sus fuerzas, hasta que pudo oír el latigazo de los capilares que riegan sus circunvoluciones rompiéndose, a sus neuronas en modo conductor de atasco espetándole ordinarieces.

Ya no tengo superpoderes. Podemos comprar un e-book con apenas tres golpes de ratón y el sano tecleo de los dígitos de nuestra tarjetita de plástico llena de monedas de a duro. Hoy se ha acabado mi infancia. Otra vez.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Duchas y dudas

Hoy haré una excepción, romperé mi silencio para hablar de cómo por mucho que me ducho no consigo estar limpio.

Vivir es aspirar siempre a nuevos retos. De acuerdo. Pero por lo menos elige los que más se adapten a tus habilidades, hay que dejarse guiar por ese pálpito que nos dice qué es lo que debemos hacer. Ese para el que venden la mordaza en máquinas dispensadoras en los supermercados, en los supermercados que salen por televisión, en la publicidad de los supermercados que salta cuando abres tu página de porno favorita.

Hoy han sido tres duchas y aunque ya casi es mañana, de nuevo estoy empapado en sudor. Quizás debería dejar de meterme bajo el agua cada cinco minutos. Es más lógico dejar que transcurra el día y antes de dormir, sólo entonces, ponerse a remojo, es mejor entrar limpio en los sueños porque si no acaban pareciéndose demasiado a la realidad.

Desde que di con la clave para manejar ese pequeño electrodoméstico que llamamos conciencia (la mía se parece a un tostador de los que gastan muy mala hostia y queman siempre el pan), una pregunta me ha estado atormentando: no soy capaz de estar satisfecho con nada de lo que tengo? La respuesta es siempre no. Dos opciones se me ocurren para explicar que esta pregunta se esté convirtiendo en retórica de tanta repetición: la primera, estamos mal diseñados, al menos yo sí, porque no soy capaz de soportar la frustración que me produce llegar y al momento estar haciendo ya las maletas. Algunos dirán que lo que me pasa es que no sé lo que quiero. Por ahí van los tiros de la segunda explicación. Y es que puede que no esté prestando mucha atención al cocido de mis vísceras, que esté eligiendo mi existencia en un catálogo muy extenso pero repleto de opciones estandarizadas para seseras vacías.

Se está muy bien sudando, aunque algo me dice que debería ir a remojarme. Pero están echando Matrix en la tele y estoy con el ánimo propicio para historias de liberación de mentes.

viernes, 22 de julio de 2011

La adivinanza del naufrago amnésico

La memoria procedimental está intacta, puedo pedalear sin problemas y no me caigo, equilibrio perfecto. Aunque aun no soy capaz de coger el ritmo al que estaba acostumbrado. Mira como bailan los dedos con su efecto sacacorchos para las ideas, todo un placer, comparable con tomar una ducha fría después de haber sudado la gota gorda después de un revolcón.

Las otras memorias están más o menos como siempre, a flote que ya es bastante. Pero he preferido reconciliarme con los andares de puntillas, las invasiones oníricas mientras como albóndigas y todo lo que tiene que ver con lo sutil, lo fútil aparente y lo inútil de puertas hacia afuera y que a mí personalmente me deja saciado y con gana de tirarme un buen eructo.

He decidido dejar de preocuparme tanto por los naufragios inevitables, soy buen nadador. Además, si todas las tiritas acaban por despegarse siempre puedo untarme barro húmedo en las heridas, como cuando me picaba una avispa, o como último recurso beberme el mar.

Voy a cambiar de profesión. Voy a dedicarme a escribir adivinanzas. Creo que se me dará bien porque tengo la sensación de que este texto está relleno como el pavo de la abuela en fin de año, sólo que en vez de champiñones he usado ideas retorcidas como rabos de lechón.

Voy a dejar de coleccionar decisiones, me voy a convertir en verdugo, voy a ejecutarlas, sin piedad, ignorando la tendencia del gobernador a conceder indultos de última hora.

Solución: depresión postvacacional.

miércoles, 29 de junio de 2011

Gazpacho


El gazpacho se hace con la minipimer que lo tritura todo y convierte los ingredientes en un caldo irreconocible si pensamos en los seis o siete tomates alineados frente a la tabla de cortar, el pimiento destripado y el pepino desposeído de las rugosidades que sugirieron al sátiro su uso como consolador estriado.

El resultado es algo delicioso, fresquito, después de pasar unas horas en la nevera y de largo recorrido gracias a la generosa ración de ajo que suelo añadir. El gazpacho tiene un buqué muy distinguido, pero yo prefiero llamarlo eructo. Tu has comido gazpacho! Pues claro estamos en verano qué voy a comer, fabada?

Mi ciudad en verano es clavadita a una minipimer para el razonamiento. En lugar de cuchillas giratorias, termómetros que se ríen en tu cara con sus superlativos cuarenta a la sombra. Así que uno se queda en casa mientras el infierno se desata en las calles, mueren a racimos los ancianos y los niños se deshidratan porque sus padres los han dejado encerrados con el perro en el coche mientras paraban cinco minutos para tomar una fresquita en el primer bar que se cruzan camino hacia donde quiera que vayan.

Y yo quería escribir algo como dios manda, con su forma definida. Su principio, su rollo patatero en medio y un final casi de disposición adicional de ley antigua. Pero no he sido capaz. Alineados los ingredientes en mi agenda me planteaba ligarlos de forma lógica, sin que al final acabara creando un engendro grumoso que ni la nevera aceptara en su sufrido y gélido útero. Pero no he sido capaz.

Tenía la tarta de queso en su molde con forma de corazón, el absurdo de haber fijado una cita para revisar los bajos del coche mañana a las tres de la tarde (hora punta en el infierno), la cercanía de mis vacaciones y todas las cosas que quiero hacer.

Pero la tarta aun no ha cuajado y puede que ni siquiera la pruebe porque, como el padre que asesinó a su hijo, ahora voy a coger el coche para cruzarme con los bares, ese coche que mañana me van a poner guapo por un precio módico para montarme mis telmaluisiadas en los quince días de vacaciones autovía arriba, autovía abajo.

Una cosa si que he aprendido, no hay que exigirse mucho en verano (ni el resto del año vaya).

miércoles, 15 de junio de 2011

... Cani él

Aunque fibrado y guapo, con su pelo de cepillo, a lo marine de los estados unidos, no acababa de convencerme. Es el prejuicio el que guiaba mi deseo en esas ocasiones y ya se sabe lo mal que conduce.

Por mi comunión papá y mamá, además del socorrido ordenador personal que sólo utilicé para jugar y de la cartilla en la caja de ahorros, me regalaron una cajita de madera avejentada, en el centro de la tapa una decoración de taracea adamascada. No la abras hasta que seas mayor de edad, me dijeron. La verdad es que durante mi infancia fueron muchas las cajas de ese mismo estilo que me fueron regalando y siempre el mismo mensaje, Hasta que no tengas dieciocho años nada hijo, es por tu bien, sólo entonces estarás preparado para asimilar lo que guardan. Pero yo las abría la misma noche en que me las entregaban, esperaba a que todos durmieran y bajo las sábanas me disponía a averiguar que era eso tan misterioso que contenían. En apariencia nunca guardaban nada, apenas un leve olor desagradable como si en el algún tiempo lo que contenían se hubiera podrido dentro. Yo callaba, no les preguntaba por qué me obsequiaban con cajas vacías, mi desobediencia a sus recomendaciones hubiera sido descubierta.

Todas las tardes lo observaba a lo lejos cuando bajaba a por el coche para ir al centro a pasear y gastar el tiempo en algo que no fuera tontear en las redes sociales o ver los capítulos repetidos de series que habían perdido todas su gracia. Usaba las mismas calzonas o pantalón corto durante dos o tres días seguidos, hasta que las manchas de suciedad por sentarse en el suelo junto a sus amigos se hacían demasiado evidentes, las piernas depiladas con esmero, brillantes. Me lo imaginaba construyendo su look antes de salir, peinándose ese cepillo imposible y echándose crema hidratante en las piernas y los brazos.

Y cumplí los dieciocho. Pregunté a mis padres si podía abrir las cajas y ellos me miraron extrañados. Qué cajas hijo? Se las enseñe y me dijeron que de dónde había sacado esos cochambrosos objetos. Tíralos ahora mismo a la basura, apestan. Pero mamá si me los habéis dado vosotros, Nosotros, Imposible. No lo recordaban o interpretaban el papel del ignorante muy bien. Se desentendían de sus propios regalos.

Era muy guapo, desprendía energía y en sus gestos de macho alfa ante los suyos yo imaginaba una súplica por que alguien lo sacara de ese papel que le había tocado en el reparto. Pero nunca me atreví a acercarme lo suficiente como para ver sus ojos, pero los imaginaba castaños, muy claros, con esa pequeña chispa de humanidad que el contemplar la escena de su pavoneo desde la distancia me arrebata. Es una persona como otra cualquiera me decía una y otra vez tocándome la entrepierna para disimular la erección automática al ver su cuerpo perfecto. Pero no me lo creía.

No tiré las cajas, las guardé y ahora tengo la manía de salir siempre con una de ellas en el bolso, ahí guardo el tabaco de liar y sus avios. Nunca más hablé con mis padres de ellas, simplemente vinieron conmigo en la peregrinación de mudanzas de los veinticinco a los treinta.

Una tarde, ya lejos del barrio de mi adolescencia, cuando bajé a la calle para gastar el tiempo en algo que no fuera tontear en las redes sociales o ver los capítulos repetidos de series que habían perdido su gracia, me lo encontré. Al principio no lo reconocí con la camiseta puesta. Pero al mirarle a los ojos, castaños y amables, supe que era él. Tienes un cigarrillo? Claro, toma. Al pasarle la caja y tocar sus manos me puse nervioso y se cayó, al estrellarse contra el suelo se rompió esparciendo la picadura de tabaco sobe la acera. Joder tío perdona, qué torpe soy, deja que te compense, te invito a una cerveza. Vale como quieras, oye tu no vivías en Nervión?

lunes, 30 de mayo de 2011

Febril

Febril es el mes del que nadie habla. Ese en el que todos caemos irremediablemente enfermos y sudamos nuestros padecimientos para quedar con los pómulos marcados y la sensación de que nos han arrojado a un mundo nuevo.

Febril para comer a las cuatro, para recuperar las horas perdidas de sueño porque ayer hice noche en el trabajo, la fatídica noche del domingo que me pone frente a la evidencia de que mi agenda es como un juego de construcción infantil del que jamás me canso. Apilar y apilar piezas y más piezas.

Febril como para tener arcadas y una zambomba en la frente. No enfermo, no estoy enfermo porque aun puedo sentir el aburrimiento y la ansiedad, no estaré tan mal. Quizás sería una buena solución de urgencia para momentos de agobio, inocúleme una cepa virulenta de gripe española doctor y olvide lo que le he dicho de que me huelen los pies.

Febril, cuando me muevo mis articulaciones suenan como una rata corriendo por un cañizo. Y sin embargo se mueve porque tiene hambre, orbita alrededor de la nevera sin fuerza para abrir al primer intento el tuper o para desenroscar el tapón de la botella de casera. Reducido a comer, cagar, moquear, quejarme, rascarme los ojos y a estas líneas que no dicen nada.

martes, 24 de mayo de 2011

Sustitutos

El profesor de química que vino a mis quince años olía a sudor pero era guapo. Después de que volviera el titular me dejé perilla porque el sustituto la llevaba. Cuando empecé a perder el pelo, ya en COU, sustituí mis ínfulas imitativas de estrella del grunge “perillosa” por un carcelario rapado al uno cada mes. Supongo que el diez que saqué ese año en una asignatura que es para mí como la cartilla Micho para Belén Esteban en parte fue mérito de las miradas de fascinación que le propinaba y que juro que alguna vez creí que lo iban a tirar sobre la mesa haciendo caer las probetas y los mejunjes que el hombre preparaba. Ese año también me llevé una gran decepción al ver que las clases de química no eran como el laboratorio del doctor Frankenstein. No había sustancias humeantes ni manchas de humedad en las paredes, jorobado sí que había pero no voy a hablar de él porque tengo miedo de que me acusen de bulling.

Para parar la cadena de cigarrillos en una tarde cualquiera suelo recurrir a la masturbación o a la limpieza del hogar. Dos actividades cuya acción prevalente consiste en frotar.

En esas tardes de cigarrillos, también suele entrar en juego el chocolate a granel, o los saladitos de jamón y queso o todo a la vez sobre la mesa mientras paso de una acción a otra, bueno de una masticación a otra porque la acción es única, mover el bigote, y me convenzo de que yo soy así de nervioso, olvidando la ración de cafeína para caballos y la nicotina que ya campa a sus anchas por mi cuerpo. Me gusta combatir mi imagen de huevón a base de forzar mi tensión arterial.

En mi economía mental por fin ha triunfado el pragmatismo y estoy sustituyendo esa imagen idealizada del hombre que creía querer ser por el hombre que intuyo que soy. Pero claro, eso lleva tiempo, retrocesos, aceptaciones, repasar los fracasos del pasado hasta convencerte que sólo eran señales para salir de la autovía del éxito impostado e ir esquivando tentadoras señales azules con música celestial asociada que te llaman para volver a los cuatro carriles en cada sentido.

Cambio las historias que tengo que terminar, con las que me comprometí hace tiempo, por ese tirón del anzuelo residual que siempre sale cuando te pones a remover el cocido de las ideas. Nunca se me dio bien terminar nada y suelo emplear para hacerlo más tiempo y rodeos que el común mortal que elige la línea recta para no complicarse. Por eso disfruto tanto en las carreteras de montaña, es como si estuviera recorriéndome, vueltas y revueltas, miedo en las curvas sin protección, incertidumbre, Me habré equivocado, Llevará esto a algún pueblo. Siempre muerdo el anzuelo de los flecos que cuelgan de mis discursos oficiales, si tuviera asesores estarían muy cabreados conmigo porque jamás leo lo que me tienen preparado, no sin darme una vuelta por el lado oculto de la luna.

Una mancha de mora con otra mancha se quita. Así X sustituyó a L, J sustituyó a X, muchas letras no fueron capaces de sustituir a J aunque A casi lo logró por un tiempo. Llegó Tomás y me hizo sentar la cabeza, no porque fuera especialmente puta antes, que siempre he sido de comerme una y contar veinte, sino porque me aportó calma y una “mascá” en toda la cara: lo que estaba haciendo era tapar los huecos del queso de gruyer con lonchas del caserío.

El profesor de química como os decía, me enseñó a formular y a tirar por tierra eso de que más vale malo conocido que bueno por conocer. No es que me haya convertido en el hombre más valiente del mundo pero al menos el futuro ya no me da miedo casi ningún día.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Mientras...(IV)

Llega mi turno para entrar al médico de cabecera.

Sintonizo los soplillos nuevos que en la consulta de enfermería han revisado y arreglado y Tienes los conductos rositas como los de un bebé. Dirijo las orejas hacia los sonidos, como los murciélagos, para probar mi agudeza auditiva de estreno. Entre la concurrencia sólo yo y un tío sentado a mi lado tenemos menos de cincuenta años. Cada espectáculo posee su público y si el fútbol, dice el tópico, es de los parados, la sanidad pública cuenta sus fanáticos entre los jubilados y las amas de casa ya un poco cascadas. Las mañanas pueden ser muy largas y un paseíto para renovar el tratamiento contra los dolores variados y los desajustes de vísceras es una opción válida para matar el tiempo.

Mis oídos empiezan a captar las conversaciones. Hoy parece que nadie se va a acercar a contarme sus sufrimientos. Esas conversaciones suelen ser interesantes si se toman como lo que son, un paquete de pipas hasta que suena el nombre de uno de los dos que conversan detrás de la puerta, Antonio García Frasco, Disculpe caballero pero me toca.

Pero estoy buscando la parte positiva de tener que estar aquí mientras practico álgebra de EGB para averiguar con cuanto retraso están llamando. Preferiría pasar la mañana al sol, en esa terracita del parque de María Luisa arrastrando el vaso de cerveza por la superficie de la mesa que curiosamente publicita una marca de la competencia, desdibujar el surco circular que aparece cuando la humedad del cristal resbala hacia el culo del vaso. Quizás me de tiempo a hacerlo cuando termine.

Oídos rosas como los de un bebé pero el cerebro ya algo viciado por los años que se sorprende de aprehender conversaciones en voz baja, casi susurradas, sobre política. Se supone que este país estaba desengañado y hasta el moño de sus políticos, pero aquí están todos empleando su saliva en hablar sobre el sentido de su voto. Es cierto que muchas de las cosas que se dicen son más bien triviales, Qué feo sale Zoido en las fotos, se le ve mucho la papada, pero al menos se habla. A mi lado el otro “menor de edad” lee “¡Indignaos!” de Hessel. Todo es política esta mañana. Suena mi nombre trás de la puerta de la consulta, cuando la cierro detrás de mí vuelvo a pensar en la cerveza fría en la terraza del parque, debería salir corriendo a tomármela porque quizás mientras que la doctora teclea en el ordenador mi tratamiento contra la alergia se declare fuera una anarquía, una revolución que cambie el mundo. ¡A las barricadas! Aunque nos duelan hasta las pestañas, podría gritar en cualquier momento una de las señoras que esperan para que le miren las varices.

viernes, 13 de mayo de 2011

Escritura automática.

Sobre golondrinas, duchas aplazadas y cosas que no me digo.

Resulta que si apagas la televisión que sueles poner como fondo para tus idas y venidas pasillo arriba, pasillo abajo, empiezas a escuchar a las golondrinas lanzando graznidos soeces a los golondrinos, porque son ellas las que vuelan mejor y como a las mujeres les huele la chirla y los golondrinos se vuelven locos. Lo mismo le pasa a los niñatos de abajo, de la plaza, ellos usan palabras pero casi entiendo mejor los gorjeos subidos de tono de las golondrinas que su lenguaje intermitente porque cada tres palabras se llevan la litrona recalentada a la boca y después siguen hablando de lo mismo. Qué tetas tienes canija, puedo cogértelas. Tetas y pollas y después me los imagino temblando unos frente a otros y pensando que aunque van a hacer lo que hay que hacer si alguien en ese momento viniera a preguntarles si prefieren dar un paseo para ir a tirar piedras a las vías del tren ellos aceptarían enseguida porque allí, con el traqueteo de los vagones no podrían escuchar a ese que dentro de sus cabezas les dice, vamos hombre follad que sois jóvenes. Mucho ruido y las piedras despertando a los enchaquetados que van a Dos Hermanas después del trabajo y están deseando llegar para poner la televisión y dar un beso pírrico a su mujer que implora por un poco de sexo o por salir a tomar unos caracoles, pero esta que se cree si estoy hecho polvo. El ruido de la piedra contra la ventanilla del tren y qué risa, esto es más divertido que follar tía y no me siento culpable por haber tenido miedo al verte las tetas.

En el silencio que siempre está ahí resulta que sólo caben las golondrinas, los niñatos de abajo y el zumbido del ventilador del portátil. Me pica la barba pero atraso el momento de ir a la ducha para afeitarme porque cuando todo se calla las actividades que habitualmente ignoras por suponer un esfuerzo se hacen especialmente apetecibles. Joder, como te has convertido en una persona tan floja Víctor. Sabes de sobra que te vas a dormir mucho más satisfecho si pasas un par de horas tecleando o intentando desentrañar lo que Saramago quiere decir que con el autoengaño de que ves cada tarde las mismas series el tdt para sacar material porque como tu eres un tío inteligente de todo sacas alimento. Pero al final cada noche acabas en la cama y te suenan las tripas, en la cama y te has pasado con las cervezas y roncas, en la cama deseando dormirte pronto, antes de que el pensamiento se percate de que has bajado las defensas y te acometa para pedirte cuentas.

La televisión apagada y resulta que en un sólo día has hecho más cosas que en el resto de semana. Y esta semana ha sido de las completitas. Has fantaseado con un compañero del curso de Educación Sexual, te has fugado con él a Granada, has fantaseado con ser el dueño de la librería donde siempre compras y a la que has ido esta mañana a recibir un comentario amable de la librera, porque es bueno hacerse amigo de los camareros y de los libreros. Sin excederse, que la última vez que te hiciste amigo de un camarero acabaste empantanado hasta las trancas porque aunque la tenía tela de gorda también, pobre tú, no se te ocurrió otra cosa que inventarte que le querías, que iba a ser el hombre de tu vida. Era buen camarero, de los mejores que he conocido, y mal pintor, persona dispersa, tenía unos ojos preciosos que nunca se fijaban en mí pero es que eso de vivir en el centro con un camarero bohemio era como el colmo de mi idea de independencia y claro de polla se cansa uno y acaba divorciado y con la custodia del gato. Una semana completita y hoy que deberías estar cansado estás más activo que nunca. Si fueras capaz de asimilar lo evidente hoy aprenderías una lección importante.

El silencio y se me dispara la lengua y no sé por dónde voy. No me da la gana repasar el texto, de hecho voy a plantarle el título estúpido de escritura automática y un subtítulo relacionado con las golondrinas, con las tetas o con los trenes, no sé. Aun así no he sido fiel a mi palabra en los días de mi vida, por eso después de la ducha seguro que le doy un repaso rápido, más que nada por si me he querido decir algo importante. Seguro que cuando ya esté limpio de pecado y de pelos en la cara me entrará la tentación de encender de nuevo la tele y apagarme yo. Lo que voy a hacer es poner la máquina de escribir que he comprado hoy en el mercadillo en el centro del salón, le voy a plantar un cartel tipo botellitas y pasteles de Alicia que diga “Límpiame”, así seguro que pico en otra cosa que no sea el run run encajonado de las mismas series que van exprimiendo mi tiempo cada día, que me van convirtiendo en una fiera enjaulada de circo, con lo fea que se les queda la melena a los leones en esos carromatos diminutos que ocupan en los circos, yo no quiero languidecer así, no quiero que se me caigan los colmillos ni tener que comer carne podrida con pajita. Lo que quiero es ducharme, dejar de oler a choto, fumarme un buen cigarro y servirme una copa, ponerme a leer y quedarme dormido hasta que venga T y me despierte, Chico, vamos a la cama.

martes, 3 de mayo de 2011

Nos estamos mudando...

A un mes vista de mi conversión en ciudadano por el método abreviado de la tenencia en régimen de alquiler de casa propia con plaza de garaje y ventanas con doble acristalamiento a compartir en vida marital no formalizada, varias dudas son las que me asaltan. Aunque quizás acometer no sea el verbo que mejor defina la acción de estas cuitas, ya que el factor sorpresa ha quedado obsoleto y cada mañana tengo que preparar café para tres, me estoy arruinando comprando pan para tostadas y gastando saliva a espuertas para intentar convencer a mis incertidumbres de que se pongan el chándal y salgan a darse un paseíto por el barrio que ahora están los plátanos de sombra echando semillas y el espectáculo de la lluvia de pelusas es digno de ver. Está de más decir que jamás consigo convencerlas, se han instalado en la comodidad de mis circunvoluciones que consideran una especie de mullido sofá de diseño, algo pringoso, pero ideal para repatingarse y aportar un peso extra a mi ya de por sí cargada agenda mental.

En fin, a lo que iba, que son varias las cuestiones que se me abren, asuntos con solución sencilla en apariencia pero que me mantienen entretenido, distrayéndome de obligaciones y ocios que serían sin duda más productivos. Paso a enumerar algunas de las más importantes.
  1. El doble acristalamiento me aísla del sonido de la calle, me protege del traqueteo del tráfico, de la curiosidad gatuna de la lluvia que siempre quiere colarse en territorio ajeno. Pero en el caso de que el portero electrónico se estropease y tuvieran que llamarme con el socorrido método de las piedrecitas en la ventana (si es que hay dios que llegue con un chino de peso inapreciable a un sexto, asumamos que lo hay, si no siempre pueden probar escupiendo un hueso de aceituna), ¿el cristal me dejaría saber que alguien me está llamando? Estoy hablando de aislarse voluntariamente o a la fuerza. El que rompa mi romántica argumentación con menciones a móviles o redes sociales no será admitido a la fiesta de inauguración
  2. En un espacio limitado ocupado por dos hombres de constitución gruesa (por ser benévolos) y con la aurícula derecha de una urraca implantada, ¿es sostenible el gusto por el coleccionismo desaforado de libros, muebles recogidos de la calle, artículos curiosos de decoración, máquinas de escribir y pelusas?
  3. Si la plaza de garaje tiene una superficie equivalente a la mitad del total de metros cuadrados de las zonas habitables, ¿no sería más razonable aparcar en el salón y hacer vida en el sótano dos? Esta posibilidad algo extravagante nos aportaría una rica vida social con nuestros vecinos.
  4. ¿Se cumplirá la máxima de que en los bloques de viviendas siempre en la planta de superior a la que uno ocupa se instala una academia amateur de flamenco para antiguos lobos de mar con pata de palo que nos amenizará las horas de descanso con el repiqueteo de su arte? Y en la inferior, ¿se desarrollará la incipiente paranoia del típico inquilino de piso de abajo que confunde el simple suspiro con un aria de ópera que debe ser acallada con la técnica de la escoba morse? Ya saben, tres golpecitos breves y uno fuerte que significan o te callas vecino de arriba o te meto el palo de la escoba por el orto.
  5. Si en mi adolescencia era un monstruo (con granos y confusión sexual) del Tetris, ¿por qué ahora no dejo de darle vueltas a la posible ubicación del mobiliario? Me cago en el Feng Sui y en las ofertas del Mercamueble.
Podría plantear más asuntos igual de triviales, pero creo que ya se habrán hecho una idea. Eso sí, terminaré esta entrada hablando de la mayor de mis preocupaciones, la que de verdad amalgama mucha de la angustia vital que hoy por hoy tengo desplazada a mis planes de decoración: ¿Qué voy a hacer cuando esté instalado? La conciencia enseguida se dispara cuando huele esta pregunta, pues chico, me dice, mi conciencia es muy campechana, no tendrás más remedio que escribir para contar algo porque ya se te habrá acabado el cuento/excusa titulado “lamentaciones por una casa que estoy deseando ocupar”.


martes, 26 de abril de 2011

El hombre más correcto de la ciudad


Sabía complacer a las personas con las que hablaba expresando con palabras floridas su opinión sobre alguna parte de sus personalidades.

“Mira desde otro ángulo las cosas”. “Sabe más sobre mí que yo mismo”. “Son bonitas las cosas que me dice”. Frases como estas solían salir a relucir cuando abandonaba una conversación o un corrillo dejando a los otros con el ego saneado pero sin saber muy bien qué había dicho exactamente sobre ellos.

Esta habilidad le fue muy útil en su vida profesional. Llegó a presidir varias empresas y en los círculos políticos locales se le conocía como el hombre más correcto de la ciudad.

En lo personal, en el sexo, en esa intimidad donde las palabras sólo sirven para dejar de entenderse sus fracasos fueron sonados. Todas las mujeres que pasaron por su vida, tarde o temprano, le miraban a la cara y notaban sus gestos impostados a la hora de acariciar, la rigidez de la lengua cuando convertía una buena comida de coño en un trámite administrativo.

Pero sus dificultades privadas nunca trascendieron. Terminó como concejal de obras públicas y una cadena de televisión empezó a transmitir los plenos del ayuntamiento, a la gente le gustaba escucharle. Las obras en la ciudad pasaron de ser motivo de queja a necesidad ineludible.

Él se acostumbró a ser una herramienta precisa. Una agenda apretada es la mejor forma de olvidarse de las carencias personales.

jueves, 21 de abril de 2011

Jugamos?

«Jugamos a interpretar nubes?»
El niño rubio de la puerta de enfrente llamaba al timbre sólo en los días con el cielo aborregado.

«Jugamos a interpretar las manchas espuma en la bañera?»
El niño moreno llamaba al timbre de su vecinito rubio los días en que la madre de éste trabajaba en turno de noche. Observaba por la mirilla cómo la mujer se arrebujaba en su abrigo mientras esperaba el ascensor. Se aseguraba de que llevara puesta la bata blanca y los zuecos de enfermera. Después corría a asomarse al balcón para poder verla cruzando la calle camino de la parada de autobús. Cuando el 34 doblaba la esquina sonreía.
«Mamá, me voy a cenar a casa del vecino».

jueves, 14 de abril de 2011

COSMOPOÉTICA. Peces secándose al sol.

La semana pasada estuve en Córdoba con amigos, tengo recuerdos difusos de una plaza dónde las palmeras daban cubatas en vez de dátiles. Esto es reviving Califasity, pescados secándose al sol.

El primero, después de las palmeras de la noche anterior, repostando el corazón su cafeína, Hugo Sánchez me regaló esta canción:



Estuve en Córdoba, ahora voy pescando los recuerdos y los pongo a secar. Cosmopoética fue muchas cosas. Escuchar a Coral Bracho, mujer menuda y nerviosa, hurgando entre libros para encontrar los poemas que quería leer. Mujer callada después, acodada en una barra de metal de un puesto callejero, comiendo caracoles. Picó mi curiosidad.



Baricco apoyado en la mesa con una cara de cansancio absoluto, se encendió cuando comenzó le dieron la palabra, regalo que él no parecía necesitar.

Conversación sobre como dos niños, cada uno en una punta del mundo, querían ser como Hugo Sánchez y la casualidad de, ya en casa, encontrar un libro de poesía y fútbol. Averiguar quién es Ben Barek. En Califasity.

En Califasity, tostada pantagruélica que devoré creyendo, estúpido de mí, que iba a ser tan pequeña como las de mi pueblo.

Un nudo disimulado en el estómago cuando el niño del tupé no pudo seguir el ritmo.
Una broma tonta a grito pelado en el restaurante y todos mirándome, yo colorado y orgulloso como un pavo real por tener la atención de la gente, las paredes decoradas a golpe de coño plateado. Y el vino y la cerveza y los gintonics. En Córdoba de las tres culturas.

Tres culturas, tres homsexuales (dos con carné y uno por poderes) pateando las calles de vuelta a casa después de haber cenado un cubo de cus cus con gambas y haber conocido a la mujer del asturiano presumiendo de que en su bar se come en cantidad porque su señor marido es muy bruto.

Piter haciendo amigos gracias a sus opiniones sobre la lengua española como instrumento de segregación y la alegría del pequeño Hugo Sánchez al llegar a casa y encontrar su bono transporte, yo también me alegré, en Califasity.

Y una pregunta, qué hubiéramos hecho sin el/la Pilar (Adón) que marcaba nuestros pasos? Pasamos los días tras ella, apenas compartimos diez minutos de charla, pero qué diez minutos! Hablamos de literatura, me enamoré de Hugo que se frotaba las manos tímido mientras hablaba con La Pilar, desarrollé superagudeza auditiva para seguir la rápida parla de Piter, qué diez minutos amigos! En Cordobasity.

En el cielo las golondrinas estaban excitadas, pude contemplar el love is in the air con un ejemplo práctico.

Fueron buenos días, buenos porque se repetirán con la misma esencia y personas, pero diferente traje. En Califasity y con la excusa de la poesía.

Bersos a los protagonistas y a todo el que sea capaz de leer esta críptica crónica.

viernes, 8 de abril de 2011

Cómo ser barroco y no morir en el intento


Exterior. Tarde de chicle a la orilla de un río verde. Dos hombres apilan vasos de plástico con restos de espuma sobre la mesa de una terraza que pertenece a un puestecillo callejero de caracoles. Hablan para completar los huecos que perciben el uno en el otro.

Ser barroco supone haber nacido en una ciudad con las calles céntricas retorcidas que van a dar al brazo falso de un río con mucha personalidad. Pero las gentes se quedan en las calles, buscando la sombra para afilar sus pensamientos. Y yo camino entre esa gente seleccionando sólo las intenciones más aviesas o inventando propósitos enrevesados. Pero esa gente se queda en los callejones porque en la ciudad hace calor y se está mejor a la sombra, dejan el río a los turistas, ellos sólo lo visitan cuando lo necesitan de verdad. No hay ni rastro de celadas, de cuchillos en la boca, de miradas malintencionadas. Pero yo tengo la percepción sintonizada en modo muerte y destrucción la mayor parte del día.

Otros que no pertenecen a las calles serpenteantes me dicen, deja de sufrir, deja de dolerte, y me doy cuenta de que sería bueno, de que todo va mejor cuando lo hago, cuando no le regalo flores a mi obeso dolor. Cuando las calles son estrechas porque protegen no porque dan la oportunidad de ocultarse, cuando la ciudad se vacía de personas y se hace evidente que me expreso igual que ando, doblando esquinas y detrás de las esquinas no hay amenazas sino descubrimiento.

Ser barroco desde que me tomo el café por la mañana es no decir nunca lo que pienso, adornarlo en exceso o directamente callarlo, tragarlo a pesar del poco espacio que debe quedar en mis tripas para proyectos de úlceras.

Ya lo estoy haciendo de nuevo. Ser barroco es no aprender que las columnas salomónicas, igual que cualquier otra columna, sirven para soportar algo, a pesar de que el recorrido del peso del techo hasta el suelo parezca enroscarse en una espiral agotadora. Pero esas curvas no son más que una decoración, el peso es sabio y siempre busca la línea recta.

Ser barroco es decorar la existencia hasta que ya no sabes muy bien quién eres. Queda bonito, pero cansa. Es estar demasiado recargado de adornos, según la segunda definición del diccionario. Una vez interiorizada la condición barroca cuesta desprenderse de todos los colgajos que ocultan a la persona. El barroco recoge el portal de Belén a mediados de marzo. Hoy es ocho de abril.

Exterior. La misma terraza, el río ha desaparecido y sólo se intuye por la luz de las farolas reflejándose en la superficie. Los dos hombres se disponen a poner el giraldillo a su torre de vasos de plástico, siguen hablando, se traban y su conversación se hace exclusiva para arquitectos de torres de espuma, lenguaje críptico de borrachos. La ciudad se ha movido y ellos la han visto hacerlo.

Mutis por el foro.


A Fermín, él que sabe hablar para oídos que aun no están preparados para escuchar, y a los que eran 19 y ahora son cada uno de su padre y de su madre. Espero que la próxima torre de espuma se pueda construir a cuatro mentes.

martes, 29 de marzo de 2011

Torre de arena.

(1)

Si en Matrix se dieron cuenta de la encerrona cuando Neo tuvo un déjà vu de un ganto negro, a él le sucedió lo mismo de otra forma.

Fue escuchando una copla, entonces se dio cuenta de que lo que él creía era su mayor habilidad era en realidad un tosco reflejo de la capacidad que otros demostraban para hacer lo mismo: sufrir.

De esa revelación sobre su personal condición pasó a otra más demoledora, el mundo que había creído sólido y rocoso hasta aquel día era una engañifa. Si hubiera prestado más atención a la voz áspera de mamá, que salgas, deja ya de leer esas novelas en las que cada capítulo se suicida alguien, sal que hoy hace bueno. Con lo que nos hemos gastado en ti y mírate, te estás poniendo como un ceporro, ya no se ve la silla niño, estás “derramao”.

Bordeaba los cuarenta y ya no recordaba cual había sido su último trabajo remunerado, sobrevivía vendiendo el pelo de su madre y haciendo recados para el Señor Augusto, el del comercio de recambios de abajo. Recados que nunca incluían material de la tienda, suponía él, porque qué sentido tenía que pusiera fragilísimo en las cajas que le entregaba si se supone que debían ir repletas de tornillería y de extraños componentes mecánicos para ventiladores desfasados. Además, apenas pesaban ni sonaban a nada cuando las agitaba. Le resultaba extraño pero el fajo de billetes que le esperaba en las viviendas unifamiliares de las afueras, ocupadas por respetables hombres trajeados tras los que podían escucharse risas de mujer joven, emborronaba casi al instante la sospecha.

Su vida era previsible. Cuando no estaba con el Señor Augusto o preparando un mechón para llevar a vender, leía las mismas novelas que su madre detestaba. Estaban deterioradas, llenas de agujeros, manchas y quemadas por los cantos por los intentos reiterados de su difunta progenitora de hacer desaparecer esa perniciosa influencia que estaba llevando a su Manolín por el camino de la ruina. Cada vez que terminaba una lloraba amargamente, yo soy igual, no tengo nada, la vida me maltrata, soy una víctima. Lloraba y se limpiaba en el batín de estar por casa, deshilachado y sucio. Los hilos se le metían en los ojos prolongando así la llantera. Así llego a esa creencia de que era la persona más desgraciada del mundo.

Una vida cómoda, al menos para él. Trapichear y sufrir. Pero un día encendió la radio porque alguien gritaba en algún sitio y quería tapar ese desagradable ruido de gatos copulando. Sonó la copla fatídica, la que añicó la imagen que tenía de sí mismo.

Yo no soy capaz de dolerme así, ni siquiera le llego a los dientes de la peineta a esta buena mujer, quien soy, qué estoy haciendo con mi vida; mamá por que te fuiste a vivir a Miami si tu eres de Toledo (España).

Pasó un tiempo encerrado en casa, temeroso de encender la radio, ignorando la voz de Don Augusto que atronaba sobre sus nudillos golpeando la puerta. Mamón, como no salgas te quedas sin trabajo.

Debo buscar esa copla, volver a escucharla.

Pero no la encontró, esa canción parecía no haber existido nunca, nadie sabía de ella y a todo el que preguntaba le recomendaba canciones alegres, animadas, con final feliz.

Continuará...

viernes, 18 de marzo de 2011

Estirando el elástico (prometo que esta será la última o a lo mejor no).

Abundando en la abundancia de pijamas, elásticos, quejas, sufrimientos de salón y una mijita de histeria, antes de retirarme el fin de semana de estos mundos cibernéticos quería, a modo de popurrí de ideas (término mucho más alegre y menos amenazante que brainstorming), hablaros de algunos eslabones desprendidos de mi cadena de pensamientos de estos últimos días y cerrar de paso esta serie de textos que bien podrían haberse titulado “Se sufre mejor en camisón”.

En primer lugar esta ha sido una semana ajetreada. Normalmente me dedico a vegetar de lunes a viernes, dejo escurrir las horas calendario abajo y no se sabe si fue antes el huevo resquebrajado que se intuye en mis tres últimas entradas o la gallina escuálida de dejar pasar el tiempo contemplando lo que sucede a mi alrededor como una obra de arte y ensayo imposible de entender por mi cerebro desacostumbrado ante cualquier esfuerzo que no sea leer y leer novelas (a lo mejor exagero, a lo peor no). Lo que quiero decir es que ha bastado meter un trabajito extra que me ocupará también la semana que viene, un curso de formación sobre intervención en catástrofes (juro por Ford que me apunté al curso antes de que Japón petara) y un uso inesperado de las instalaciones deportivas detrás de mi casa para que desaparezcan algunos fantasmas que me llevan acompañando meses en ese estándar de semana zombi de este chico-hombre-niñato que tiene ya muchos pelos en los huevos y muchas cosas por ordenar en la azotea.
Ahora que terminan estos cinco días en los que no me he muerto por no leer todas las entradas de los blogs amigos, en la que apenas he escrito nada que no trate sobre mí y mis devaneos con Mrs. Neura, me doy cuenta de que lo único que he estado haciendo es bufar a los pies de un muro que aunque alto está lleno de salientes a los que asirse para llegar arriba y poder pasar al otro lado.

En segundo lugar, y aun sin abandonar del todo mi limbo intersemanal, al leer un comentario de Theodore a una de mis entradas se me ha ocurrido que debo buscar la manera de dejar de levantarme a legañadientes. Qué es eso? Acudamos al Diccionario de Términos Inventados, un curioso volumen encuadernado en papel charol con estampaciones de hello kitty en el que se recogen todos los términos de reciente invención y que probablemente serán utilizados sólo una vez y para de contar.
En la letra D, porque la ordenación del diccionario es arbitraría, para dificultar el plagio por parte de las personas con alma de Ana Rosa de las palabras que con tanto esfuerzo o con tanta inspiración (o con tan poca gracia, que algunas hay) han sido sacadas de la inexistencia por la calentura mental del escritor de turno; en la letra D, decía, podemos encontrar la definición de la palabra en cuestión:

Leventarse a ~.

1. loc. adv. Con disgusto o repugnancia de hacer algo.


Curiosamente vemos como la palabra en cuestión significa exactamente lo mismo que regañadientes, pero la peculiaridad de este Diccionario de Términos Inventados es que siempre hay truco, o letra pequeña, o letra invisible de esa que escrita con jugo de limón sólo aparece al aplicar calor con un mechero de una jamona enseñando sus atributos. En este caso, el ardid consiste en situar en el canto de la hoja en la que se sitúa la entrada la siguiente aclaración:

"Alguien que se levanta a legañadientes es aquel que abre los ojos con lentitud y puede oír el quebrarse de los restos acumulados durante la noche en su lacrimal y en sus pestañas que, aunque ya resecos, dificultan la labor de estrenar a ese día la vista; también suele apreciarse tendencia a despertar con los dientes reducidos a la mitad por el bruxismo. Pero lo que en esencia caracteriza el despertar a legañadientes es que va acompañados de pensamientos pesados, pesimistas, pasmosos, pastosos y un poco porculeros tipo: que se levante rita la del quinto porque lo que es yo me quedo en la cama porque total si no es la radiación nuclear es mi incapacidad congénita para vigilar la tostada y uno se cansa ya de comerse el puto pan bimbo que parece un azulejo sin limpiar eso teniendo en cuenta que haya pan bimbo y no un currusco duro que pasó por las manos de Napoleón además si el día se acabara después del desayuno pues todavía haría el esfuerzo pero es que después viene lo que viene así que no yo me quedo en la cama y que se acabe el mundo o que empiece otro nuevo en el que los políticos sean sustituidos por máquinas expendedoras de condones si les da la gana pero yo no participo gracias".

Aquí acaba la definición del término. Y si os soy sincero ya no sé cual era mi intención inicial al hablar de mis despertares a legañadientes, pero ahí quedó. Ah, sí, que tengo que cenar ligero para levantarme sin ganas de desollar conejos. Lo intentaré.

En tercer lugar, lo que os temíais, una lista con propósitos para la semana que viene, por favor saquen a los niños de la sala y si alguno padece del corazón o tiene hipersensibilidad a las ideas redundantes o las perogrulladas deje en este mismo momento de leer.

Queridos reyes magos, para la semana que viene quiero:

  • Ser capaz de seguir escribiendo con este desparpajo aunque no hable de nada, porque me río, se me tersa el cutis y se me afloja el esfínter y ya hay demasiada tensión en Libia y similares como para que yo aporte más al mundo.
  • Darme cuenta de que si se ocupa el tiempo (en actividades no relacionadas con el facebook) mejora el rendimiento intelectual, la autoestima, se detienen los pensamientos culpabilizadores y derrotistas y además se pasa el día en un santiamén y enseguida estás viendo al Wyoming y comiendo cualquier porquería que encuentres por la nevera (sé que esto va contra lo expresado en un poco más arriba sobre las cenas sanas para despertares gratificantes, pero…).
  • Afianzar la certeza de que el hombre es más feliz cuando está en contacto con otros hombres y que esa felicidad se incrementa si esos mismos hombres (y mujeres venga, vamos a ser correctos) con los que se han realizado actividades diversas durante la jornada después se reúnen en un establecimiento llamado bar para dejar de hablar de las chorradas de las horas precedentes y dedicarse a eso tan cañí que se llama alternar.
  • Acordarme de lo bien que me lo estoy pasando ahora que según todos los libros de biología y todas las leyendas urbanas es el pez de colores el que no tiene memoria, no yo.

Me despido, lo siento, me voy a leer novelas, mañana puede que me despierte de buenas. Gracias por asistir, se os enviará figurita conmemorativa a vuestras casas a todos aquellos que hayan aguantado esta demencial entrada hasta el final.

Si no habéis entendido nada es normal, no intentéis leer el texto otra vez, la sensación empeora y empiezan a manifestarse síntomas como amenorrea en los varones y alopecia en las que hayan sido modelo de pelo panten.

Me pasen un buen fin de semana y no se me emocionen con la llegada de la primavera.