La vida de un escritor es dura, sobre todo cuando no
escribe.
La vida de un personaje es dura, sobre todo cuando no lo
escriben.
La vida de la pareja de un escritor es dura, cuando falla
la inspiración se encuentra sin ayuda para confeccionar la lista de la compra
en endecasílabo.
Resulta que no se puede estar escribiendo veinticuatro
horas seguidas, pero sí pretenderlo. El mundo que me he inventado tiene base
veneciana y se hunde en el cieno. Pero nací en una familia (balones fuera)
dónde varias acciones se ejecutaban en los primeros días sobre los nuevos
miembros. En primer lugar se tatúa en la fontanela del neonato, para mejor
absorción, el emblema del escudo heráldico familiar: “Más vale malo conocido
que bueno por conocer”. Para el que le interese el blasón podría describirse
así: sobre campo cenizo tres mojones bailando can can. Segundo, someter al
primogénito varón a un exhaustivo proceso de indefensión aprendida ante los
estímulos más comunes de la vida cotidiana. Tercero, dejar al niño sumido en la
creencia de que el mundo es una jodienda hasta al menos los cuarenta años y
cuando este pida explicaciones estamparle, de nuevo en la fontanela, aunque ya
cerrada aun permeable, con tinta indeleble, el lema: “niño, que tienes ya
muchos pelos en los huevos”.
La vida de un aspirante a escritor es dura, todo el mundo
escribe mejor que él (que ni siquiera escribe).
La vida de un aspirante a personaje es dura, no depende
de él.
La vida de un aspirante a pareja de aspirante a escritor
es absurda. Es como ganar una partida de bingo el día de nochebuena. Premio
total doscientas pesetas. Anda baja dónde Benito y compra cerveza. Tito, es
nochebuena está cerrado. Tu llama que te abren. Y abrían.
Resulta que es suficiente apagar el televisor, hay una
cosa alargada con botones que te permite hacerlo desde el sillón. Poner los
brazos, en paralelo al torso, las manos con las palmas apuntando hacia abajo, y
hacer fuerza. Con eso se consigue que el trasero se separe de la tapicería.
Practicar un poco de ballet, las puntas de los pies tanteando el suelo
(recordar que se está en equilibrio sobre los brazos en una especie de postura
de balancín), para buscar las zapatillas. Una vez calzado, el número termina
con un quejido de viejo artrítico mientras se toma impulso para recuperar esa
postura erguida que a la especie le costó siglos de evolución y de la que yo
suelo renegar, sobre todo en las sobremesas. Ya de pie todo se complica. La
casa está en silencio, miras hacia el ordenador dónde dejaste empezado el texto
justo antes de ponerte a trajinar en la cocina, Pepito Grillo (así llaman los
no iniciados a la Neurosis) te recuerda que no puedes, que para qué si a nadie
le interesa lo que tienes que decir, que estás mejor tumbado. Pero a pesar de
eso te acercas con cautela, aun de pie tecleas la siguiente línea, algo
parecido a los ardores después de comer picante sube desde tu estomago. Hoy no
he comido picante así que será otra cosa. Te pones en cuclillas y tecleas otra
frase. Parece que cuadra. Te levantas y apartas la silla, mientras dejas caer
en ella el trasero, otra frase. Aquí siempre viene un parón, a veces aprovecha
Pepito para volver a hablar, ya con un tono de súplica. Usas los dos dedos
índices para pulsar teclas a boleo, borras con furia, dedos índices, borras con
menos furia, dedos índices, borras ya con la intención de arrancar en el mismo
momento que la última letra azarosa haya desaparecido. A partir de este punto
todo suele ser más sencillo. La sensación es parecida al inicio de una
tormenta, como cuando empiezan a caer esos goterones que resuenan sobre la
chapa de los coches aparcados. Me voy a mojar, piensas y sonríes. Los goterones
pierden fuerza, se transforman en una cortina de agua que suena por sí misma,
sin necesidad de objetos que le presten la voz al ser golpeados, ahí dejas de
escuchar, de respirar y sólo escribes y escribes.
Es imposible escribir durante veinticuatro horas. Son
suficientes unos cuantos minutos, unos más largos y otros más cortos, para
olvidar que Venecia está en las últimas y volver a creer que este será el texto
que te permita descubrir el nuevo mundo.
6 comentarios:
Es sorprendente como dominas el género de "escribir sobre que escribes". Es como poner un espejo en frente de otro.
En algunas imágenes me veo reflejado, en otras intuyo al escritor que no se encuentra... Me gusta el retrato desde la concepción del personaje, un ser sometido a las imperfecciones de la vida y a la mundanal inercia de la pasividad. Y cómo incluso desde ese paisaje decadente, medio sumergido en el cieno, la magia puede hacer que el mundo creativo vuelva a palpitar y a tener sentido. Un abrazo Argax, tu reflexión es como un par de alas para mis puntos suspensivos...
Al menos escribo sobre que escribo querido Joss. Ves, ya lo estoy haciendo otra vez, hasta en los comentarios lo hago ;) Un beso.
Melvin, Intuyes bien. Supongo también que todo el que escribe se topa tarde o temprano con problemas similares, así que es fácil reconocerse. Respecto al enfoque de lo que he escrito yo lo veo también aplicable a otros ámbitos de lo cotidiano y es que esta realidad está creada para renacer cada día, el cieno maloliente del que hay que surgir, escapar, apartarse. Un abrazo.
Seguro que soy escritor (malo, pero escritor) porque me veo muy reflejado en toda la descripción del uso del mando a distancia.
Un abrazote.
Esto sí que es metalenguaje sobre la creación, aunque yo soy más de impulsos viscerales, me siento ante el Mac, acudo y fuerzo a mis particulares hadas...si me estimula lo que me proponen le sigo el juego, si me aburren me voy para el pornotube y me relajo.
Besos Venecianos.
Uno, es que hay inventos que lo único que han hecho es amebizarnos. LA culpa es del mando claro, no del que lo usa que es débil y con la fuerza de voluntad de un imán delante de un frigorífico.
Alforte, el pornotube sería lo contrario al mando a distancia, un invento que nos alegra y facilita la vida ;)
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