Hay dos tipos de personas. Las que miran a la luna cuando está llena y las que miran al suelo con luna, sol o meteorito apocalíptico. También hay extrañas individualidades que miran al cielo por la noche y ven el suelo. Miren dónde miren, acera y asfalto.
Ahora
doy un viraje en el relato para que no se convierta en la manida
historia de hay dos tipos de gentes. Pero antes de continuar quiero
señalar el hecho de que mirar a la luna sirve para crear conjuntos
excluyentes. Algo así como los soñadores y los que tienen los pies
con loctite bien fijados a la tierra. Comprenderán, por el tono de
lo que escribo, lo que pienso de uno y otro conjunto y de cual me
gusta considerarme integrante. Se demostró hace siglos (datación
por carbono catorce de los dos primeros conjuntos pictóricos
encontrados en la cueva de Altamira. Dos grupos de figuras:
representaciones antropomorfas con cuernos y sin cuernos) que el
trasvase de individualidades de uno a otro conjunto es habitual, es
decir, son permeables. Uno puede estar esperando todas las noches a
que la luna se llene pero cansarse de esperar y ponerse sus mejores
galas, salir a la calle, y buscar como llenar partes más tangibles
de su existencia en la tierra. También los hay que
evidencian un tránsito funcional por el calendario, piensan
con hoja de ruta, sienten sólo cuando se han programado una pausa en
sus tareas intelectuales para poder emocionarse según su concepción
tópica de lo que es un corazón y para qué sirve; esos, a veces, se
levantan por la noche, miran a su acompañante, o al hueco que dejó,
en otro lado de la cama, se calzan las zapatillas y se preparan un
té, una copa o un bocadillo antes de asomarse a la ventana a
preguntarse por qué no se ven las estrellas. Saben que la luna es un
satélite corriente pero como es prácticamente (esta palabra es
clave) lo único que se ve en el cielo aparte de las luces
parpadeantes de los aviones, la consideran una estrella. Porque es
mejor aspirar a algo que brilla que a un pedrusco redondeado y yermo.
Así sueñan los hombres grises.
Y
por fin el viraje se completa, una vez que he polarizado el mundo y
me he despachado a gusto con las dos mitades incluidas cada
una en su montón, bien encerradas en su redil. Pero antes, un
aparte más para reforzar la idea de la permeabilidad de los
conjuntos. En el
paréntesis del párrafo anterior se habla de las pinturas rupestres
de Altamira, de hombres con y sin adornos. De todos es sabido lo
sencillo que resulta pasar de tener la cabeza despejada de percheros
a convertirse en un trofeo de caza. Basta con una noche tonta,
seguramente con luna llena, para que uno se encuentre al día
siguiente con una citación en el buzón para presentarse al corral
de los cornudos. En este ejemplo en concreto el camino contrario es
más difícil ya que requiere una acción denominada "el perdón"
para la que en general los hombres no estamos muy dotados. Otros
acuden a la lija y la paciencia, pero eso no es más que una parche
de estética sentimental que requiere mucho trabajo y muchas horas
dale que te pego a la rotaflex. Sin perdón no se puede volver al
paraíso de los hombres desast(r)ados.
Aunque
ya he pasado la curva y escribo por una prosaica línea recta, no
puedo finalizar este texto sin hablaros de una chica que conozco, una
que sabe saltar con soltura de un conjunto a otro y que lleva mucho
tiempo caminando en
equilibro por el borde del maderamen que forma los rediles en los que
otros nos solazamos. Ella mira a la luna pero no la ve como los
demás, Debe de estar llena pero yo sólo veo una mancha brillante,
como el sol que pintábamos en la guardería con los rayos
difuminados, me dijo una noche mientras buscábamos, charlando de
todo y de nada, un bar para cenar algo. Su comentario se me quedó
grabado y la envidié porque ahí donde la mayoría, lunáticos y
miradores de aceras, vemos un círculo pálido que se ha ido vaciando
de significado poco a poco a golpe de películas, libros y zarandajas
románticas; ella percibe toda una galaxia, una nube misteriosa que
da luz y que puede ser cualquier cosa. Por ejemplo un dibujo de
jardín de infancia en el que ya se anticipaba la poca fiabilidad de
los astros, por borrosos, y la esencia de la condición humana.
Porque no se ustedes, pero yo, en el parvulario dibujaba a los
hombres como monigotes.
Para
Mato (directa inspiradora).


8 comentarios:
Poéticas quedan las polarizaciones y racional su permeabilidad.
Yo recuerdo la historia de un muchacho que a la luna miraba sin parar. Tanto fue así, que los ojos se le llenaron de luna y ya no necesitaba torturarse las cervicales para ver luna por doquier.
Ay, que te voy a comprar un traje de sedaaaaaa...
Mirar a la luna no tiene mérito; lo que tiene mérito es mirar al sol.
Lo que pasa es que tiene efectos secundarios.
Victú, como sigas incrementando tu barroquismo va a llegar un momento en que no podré seguirte...
Me encantó el deambular de palabras. Tu amiga en verdad es una privilegiada si aún puede conservar en su mente y espíritu la inocencia de los primeros años y esa misma despreocupación de decir que la luna -como cualquier otra cosa- pueda ser lo que uno quiera que sea. Será joven por siempre. Besos a ambos.
Pedro, pero que sea azul, que es mi color. Supongo que tu chico "enlunado", con lo que se ha ahorrado en ibuprofeno, se habrá dado un capricho. ;)
Mud, mirarla no tiene mérito pero verla así como distinta no deja de tener su punto. Como esa historia de la que ahora han hecho una peli de que los nazis se retiraron al lado oculto de la luna. Y es que la Selene sigue dando mucho de yes.
Y lo de mi barroquismo, pues chico, va por días, siempre con un puntito. Con lo lacónico que soy en persona...
Duc, es un espíritu libre esta amiga mía, sí. Por aquí seguiremos deambulando, yo y mis palabras.
Auuu, me dejas sin palabras, realmente. Tu texto es tan riquísimo, me siento leyendo un libro tan elevado que apenas llego a comprender, me encanta tu modo de escribir, es intimidantemente genial, yo, creo ser un chico que mira la luna, pero tengo mis días de asfalto, lo admito jejeje. Cariños queridísimo Argax.
Joder G, muchas gracias. Aunque lo suyo es que algo se hubiera entendido. Será verdad lo de que mis dedos están salomónicamente curvados?
La verdas es que yo si te imagino un poco lunático. El asfalto está ahí, caminamos por él, es inevitable que de vez en cuando nos demos cuenta de sus existencia.
Besos.
Pues yo a la luna la utilizo para viajes de ida y vuelta con la mirada interior, vamos, el objeto de deseo de mi imaginario. Pero, por otra parte, sufro si me evado más de lo recomendable, así que supongo que me muevo también entre dos ámbitos. Aunque como buen cáncer... Soy lunático por naturaleza. Besotes, el barroquismo me encanta... hay más donde perderse y con lo que viajar, aunque una imagen te transporte a riesgo de no volver nunca a tierra...
Melvin, la luna es mucho más peligrosa que esos viajes de fin de semana que hacemos. De estos hay que volver a la fuerza para reincorporarse al trabajo, a los amores y a la rutina. De aquella, el esfuerzo por regresar debe ser consciente y personalísimo. Hay muchos que decidieron quedarse. De momento tengo puente aéreo para ir allá, me muevo con soltura, de momento.
Y el Barroquismo, tal y como lo planteas es como la luna de los escritores.
Besos
Publicar un comentario en la entrada