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lunes, 31 de enero de 2011

Una noche en el teatro.

“Las puertas de las cárceles dan a ambos lados”
Eduardo Mazo.

Os acordáis de los dos post titulados volar en low cost, pues no eran más que la introducción de este, mi puesta de largo en sociedad como el que dice.

Me cito a mí mismo, que para eso el texto que sigue es un ejercicio de egocentrismo:

“Como decía esto pretende ser la historia de un hombre que escribe y que va a la puesta de largo de sus textos, pero eso prefiero contarlo mañana, dejamos a ese hombre en la puerta del teatro, en un pueblo de las afueras de la ciudad condal, pensando en lo buenorros que están los mozos de escuadra que lo acaban de escoltar hacia la dirección del evento, evitando que se extravíe en una ciudad desconocida. Cosas de cateto vestido de literato”.

No me gustan las puertas en general y las de los lugares públicos en particular. Dan entrada a sucesos imaginados desde hace tiempo, pero también, con un clic metálico o un giro de llaves indiferente, cierran y dan salida a esos mismos sucesos devorados sin tiempo a ser disfrutados, puertas que se cierran cuando el cerebro empieza a asumir lo que ha pasado y la boca chupa los dedos pringados con el unto de lo que ha sucedido. Puertas cerradas y todos los que quisieron quedarse para chuparse unos a otros los dedos y las ideas reunidos bajo la marquesina del teatro decidiendo cual será el próximo movimiento.

Eso fue lo que pensé, cateto de mí, al subir la mirada para leer el cartel que indicaba el nombre del sitio al que me dirigía, Cal Ninyo, aquí es. Siempre luchando con esta manía anticipatoria de mi mente y el presente aquí esperándote, gañan, que eres un gañan. Pero respiré profundo, sequé el sudor de las manos en mi chaquetón de estreno y empujé la puerta de entrada para buscar a la loca de Sant Boi, apelativo con el que ella firmaba algunos de los correos electrónicos que habíamos intercambiado y que me habían traído hasta aquí.

Es curioso como la literatura cumplió en ese otro momento otra función, una que no sabía que podía llevar a cabo, menos aun en mí que suelo ser una persona muy pazguata para esto de las presentaciones y las rupturas de hielo, vamos que si tuviera que representar el papel de buque antártico que con su quilla tiene que abrir un canal para liberar a un grupo de tropecientas ballenas atrapadas por el hielo, los pobres cetáceos, al enterarse de que yo era el encargado de su tarea pensarían: “cómo, Víctor se tiene que encargar de abrirnos el pasillito, pues ya podemos considerarnos filete en mostrador de supermercado japonés hermanas”. Como decía, la literatura obró el milagro de que yo, asesino de rorcuales y marsopas, pudiera adentrarme en ese teatro sin afán de interpretar ningún papel, cómodo, sabiendo a lo que iba y que iba a disfrutar.

Cuando llegué aun había poca gente y la reconocí de inmediato, puro nervio, aun recuerdo su abrazo y sus palabras apresuradas al oído, atropelladas, repletas de inminencia. Aquí es pensé, definitivamente aquí es. Aquí hay algunos pares de ojos que se comen las paredes, ojos que me hablan de lo importante que para los cuerpos que sostienen es lo que va a pasar aquí. Nati y su abrazo que me hizo sentir cómodo, que me tomó de la mano y me llevó en una visita rápida al escenario, que me presentó a otros escritores, que me dijo que uno de mis textos se iba a leer en la presentación y a mí se me aflojaron las piernas. Lo recuerdo todo así, a pesar de los meses que han pasado ya, como una inmensa espiral que giraba y giraba, como una sucesión taquistoscópica de momentos y sensaciones breves. Quizás por eso haya sido incapaz de sacarme la descripción del momento antes de encima, porque quería, iluso de mí, convertir la realidad en literatura, mí realidad, y he tardado más de dos meses en darme cuenta de que no soy capaz de hacerlo, no puedo diseccionar mis entrañas en un espejo. Por supuesto que mucho de lo que escribo viene de mí, pero siempre son pinceladas, piedras maestras para la arquitectura de lo que después serán relatos que poco a poco, a medida que se van asentando en la hoja, se alejan de lo que soy. Pero esto era distinto, esto era yo metido hasta el cuello en una de esas entradas de nuestras listas de cosas que te llevarías a una isla desierta, yo me llevaría a Nati y a toda su tropa.

He intentado escribir sobre ese día desde entonces. Afrontado el relato desde la descripción previa del teatro, esto queda muy soso; lo he intentado plantear como una crónica social, este enfoque casi triunfa porque había por allí una especie de vaquero juerguista que se prestaba mucho a sostener una ficción en primera persona; he intentado incluso hacer una historia de superhéroes, no, no me preguntéis como, yo también me arrepiento. Pero tras el enésimo intento, tras toparme siempre con la dentera producida por la aparición de la palabra bonito al poco tiempo de iniciar cualquier párrafo, bonito, Víctor por favor, las mesas son bonitas, lo que te pasó allí es otra cosa, no me seas niño de primaria, bonito los cojones; después de que lo bonito lo inundara todo, decidí rendirme. Para que seguir dándome de una y otra vez contra el mismo muro.

Al final he decidido contarlo así y asumir mi torpeza. Contar que me sentí como un bailarín primerizo cuando terminó el acto y nos lanzamos todos como posesos a comprar los libros que se habían presentado, como un niño al que su padre da de beber su primera cerveza cuando alguien apareció con el cubo de agua de valencia y yo pensé, por fin, algo de alcohol. Contar que se me quedó grabada la despedida apresurada con Montse, pilar fundamental de esta aventura, en la estación de tren; que mientras que yo me fui a pasar la noche a Barcelona muchos se quedaron en la fiesta posterior y que cuando yo pensaba en lentejas y jamón, base temática de esa celebración, un mensaje me llegaba al móvil diciendo que de nuevo mi texto estaba siendo leído, mi texto, leído, os lo podéis creer, yo ahora, después de dos meses, sí. Mira que me ha costado trabajo.

Se cierra la puerta del teatro, de momento.

jueves, 20 de enero de 2011

Libros, cinco libros de mis entretelas.

Yo tenía una tía abuela que era monja, que se escapaba con mi abuela a los campos antes de ser monja. Después tomó los hábitos y dejó de escaparse a ningún sitio. Sor C daba besos ruidosos y me ayudaba de pequeño con la ortografía, mi gran caballo de batalla (aun hoy lo es). Ella fue la primera persona muerta que vi, aun recuerdo como mi madre se inclinaba para besar su mejilla amarillenta que debía estar congelada. Cuando aun vivía me regalaba bombones caducados y me hacía dictados sacados de los libros de Enid Blyton. Después del dictado te lees el primer capítulo, me decía.

Sor C, sin saberlo, contribuyó mucho a desarrollar mi amor por la literatura. Ella es uno de los personajes que habita en esa primera novela que algún día coseré y que hoy anda desparramada por las tripas de varios ordenadores, creciendo poco a poco. Primera novela que hablará de todas las cosas que me apasionaban y me daban miedo cuando aun no era necesario pensar.

Por qué os cuento esto os preguntaréis? Pues no es más que el principio de mi contribución a una de esas cadenas blogueras o memes. Tenéis que pedir responsabilidades a un tal Theodore, seguidor entregado de lo que escribo, sastre particular y admirado escritor por mucho que el diga que lo suyo es el punto de cruz. El asunto consiste en nombrar cinco libros que de alguna manera han supuesto un hito en mi trayectoria lectora. Tarea difícil que emprendí con ardor y pasión ayer cuando leí su entrada nombrándome como continuador de la cadena. Pero sucedió lo inevitable, me puse a revolver mis estanterías, a mover y remover libros, a preguntarles a algunos de los que pasaban por mis manos cuestiones ya resueltas pero cuyas respuestas ya había olvidado o asumido e incorporado a mi forma de ser o pensar (lo que no deja de ser también una forma de olvido). Resultó que todos me decían algo, que al tocarlos se convertían de inmediato en mis favoritos, todos, como niños caprichosos me pedían que los acunara, que les devolviera un poco de vida. Son tan exigentes mis libros. Así que después de una tarde casi entera intentando elegir mis cinco ojitos derechos no tuve más remedio que desistir y dar la tarea por imposible.

Hoy, ya mas tranquilo, después de haber salido anoche hasta tarde, con ese cansancio del trasnochador que se ha tomado una cerveza de más, retomo la tarea, escribo desde otro ordenador distinto al mío, en otra casa distinta a la que suelo habitar y mis libros están lejos así que no puedo escuchar sus llamadas de atención y me puedo dedicar sólo a dejar la mente en blanco mientras escucho como la Binoche, otra vez esta mujer que me persigue últimamente o quizás sea yo el que fuerce los encuentros, se pelea con sus hermanos por la repartición de una herencia (sabrá theodore de que película hablo? Él, que deja de lado un libro siempre que se le cruza por delante una película atracativa).

Así que allá vamos, primero abro una ventana aparte con el buscador de imágenes del google y me dispongo a teclear los títulos que han ido orbitando mi atención mientras que hacía esta introducción que ha resultado ser casi un post entero. Vamos allá.

El Vino del Estío (Ray Bradbury).


Este libro es mi media naranja literaria. No es el mejor de Bradbury, pero su lectura, como suele suceder, me llegó en el momento óptimo. Yo era un adolescente que estaba en su momento lector más voraz, quería conocer, saber como y sobre qué puede escribirse, leía aturullado, con ansia y entonces llegó esta obra que es imposible leer con prisa, que tiene una especie de influjo sobre mí. Si la literatura puede enseñar lo que es la calma esta fue la novela en la que aprendí esa lección. Una vez leída supe que hay que dejar reposar las cosas, que las lentejas con arroz al día siguiente están más sabrosas. Aquí también encontré y me reconcilié con la infancia, con la mía y con el concepto abstracto de lo que ese periodo vital significa. La he releído unas cuantas veces y se me queda un regusto extraño, me parece hoy una obra algo ñoña, pero me sigue aportando paz y material para ficcionar siempre que regreso a ella.

Narraciones Extraordinarias (Edgar Allan Poe).


Quién no ha leído a Poe! Fue mi primer libro. No el primero que leí, pues muchos vinieron antes de Barco de Vapor. Pero si el primero que me dejó con las patas colgando (qué me gusta esta expresión). Así que esto es la literatura? Así que lo que alguien inventa no es más que otra realidad en la que se puede vivir y aprender? Esto es el terror? Cómo no he leído a este gachó antes?
Hasta que leí a Poe los libros eran algo divertido, objetos llenos de historias para pasarlo bien. A partir de él los libros fueron arte con todo lo que eso conlleva.

Ocnos (Luis Cernuda).


Porque yo también me harto de trenzar y trenzar sin que la cuerda aumente su longitud. Con Ocnos aprendí lo que era la melancolía, el poder de los magnolios. Esta obra se relaciona también con la asunción de mi condición sexual y con una forma de escribir que me es afín: sosegadas palabras que golpean rebosantes de significado. Con perdón por lo que voy a decir, Cernuda fue el primero que me dio un metaforazo de izquierdas dejándome sin resuello sobre la lona con una sonrisa estúpida de satisfacción.

Una Soledad Demasiado Ruidosa (Bohumil Hrabal).


Tienes que leer a Kundera, tienes que leer a Kundera, tienes que leer a Kundera. Resultó que al final el señor Kundera no fue más que una puerta hacia otros autores, una puerta desportillada y que tuvo que ser muy bella, pero una puerta que como tal me condujo a otro lugar, a este autor.
Qué me encontré en esta novela? Pues el título lo dice bien claro, me topé con una de mis obsesiones vestida de domingo: la soledad y con uno de los personajes que más me han impresionado de todo lo que he leído.

Fado Alejandrino (Antonio Lobo Antunes).


El viaje hacia la forma de escribir de Lobo Antunes fue similar a lo comentado para Hrabal pero versión lusa. Tienes que leer a Saramago, tienes que leer a Saramago, tienes que leer a Saramago. Oye, que resulta que en Portugal escribe mucha más gente que el señor Jose.
De este autor me gusta todo. No por lo que cuenta, que también, sino por como lo cuenta, por la forma que tiene de hacer arquitectura con la palabra, porque me hizo sentir cosquillas en el estómago al comprobar que la forma también importa a la hora de contar lo que cada uno tenga que contar. Menciono Fado Alejandrino por ser la primera novela que leí de él pero valdría cualquiera de las que ha escrito.

Pues ahí están cinco de mis imprescindibles, me dejo atrás todo el bagaje de historias de ciencia ficción que contribuyeron a engrasar las bisagras de mi sesera oxidada, me dejo a Hesse, a muchos autores Norteamericanos, a Cortázar, a Matute, a Borges…

Se supone que ahora tengo que pasar este reto a tres blogueros, pero como diría el de la yesca que encendió este fuego, me da fatiga.

lunes, 10 de enero de 2011

El hombre detenido

Y ahora que ya se han acabado las fiestas puedo cerrar el paréntesis. Todo los años me pongo de un humor extraño en Navidad, aquí está la muestra. Pero esta vez, mi particular cuento de "mericrisma", parece que abre la posibilidad de que las cosas cambien a mejor. Espero que os guste y que a nadie le den ganas de saltar desde un balcón y que si lo hace que sea desde un primer piso y nada de hacer el ángel.

El hombre detenido observaba como sus ideas giraban como dos tiburones encerrados en una piscina diminuta, dos aletas llenas de cicatrices dando vueltas y vueltas sin atreverse a saltar más allá del borde, sin valor para abandonar el agua corrompida de tanta espera espiral.

El hombre detenido se empeñaba en darse de bruces contra las metas que han elegido para él y que ha asumido como propias. Sus metas.

Por el camino iba dejando caer su alegría. Todos los días eran un tira y afloja entre obligaciones e inclinaciones naturales prohibidas por un código moral tatuado en la nuca. La tinta había penetrado e infectado, a la altura de la cuarta o la quinta vértebra, la médula y ya nada tenían que decirse el cerebro y el resto del cuerpo. Una prisión, en eso se había convertido el hombre detenido. El camino lleno de posibilidades oxidándose como viejos carros de combate, daños colaterales, un solo muerto, el hombre que podría haber sido y que ha quedado fagocitado por las alternativas que eligió y que lo fueron alejando de su capacidad de acercar los sueños al presente.

El hombre detenido tenía miedo al futuro, nunca supo gestionar la incertidumbre. Miedo sin objeto, instalado cada amanecer junto a las gafas en la mesilla de noche, como una pringosa mancha de ansiedad que se deslizaba desde las patillas a las orejas y acababa en la nuca —más tinta para el tajo invisible en su cuello— cuando se colocaba delante de los ojos los cristales que le permitían creer que estaba vivo, que le dibujaban los contornos de lo real, lo creíble, lo asible, lo satisfactorio.

El hombre detenido ni siquiera tenía presente. Anticipaba futuros inmediatos. Transformaba el refrán no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, deformándolo: qué harás mañana que no hayas hecho hoy? Días como un limbo, como un basurero que nadie se encarga de ir vaciando y en el que las montañas de acciones por emprender tapan cualquier conato de movimiento. Sala de espera, el pié golpeando veloz e inquieto el suelo, el médico que no llega, la respuesta que se resiste a venir a buscarlo. Llamaban a su puerta pero él nunca estaba, se negaba a abrir, siempre tenía algo mejor que hacer, algo que no hacía nunca. El timbre sonaba y sonaba, las cartas se acumulaban en el buzón, las amenazas en el contestador del teléfono, amenazas dirigidas a alguien que nunca estaba ahí. Qué harás mañana que no hayas hecho hoy? Nada, no harás nada.

En el camino la certeza de que las respuestas no están en las máquinas que leen las líneas de las manos, ni en los papelitos de las galletas chinas, no están en las bocas a las que uno atribuye mayor sabiduría por el simple hecho de ser otras bocas, distintas a la propia. En el camino las ganas de buscar una solución a su andar lento y arrastrado, a la distancia entre la cárcel de huesos para sus ideas y el sonido cansino de unos pasos que no parecen dirigirse a ningún sitio, pies que se viven como ajenos.

El hombre detenido solía sonreír con desdén cuando iba conduciendo por sus itinerarios habituales y se topaba con las conocidas señales de stop. “Debería acelerar —pensaba— y esperar a ver que pasa”. Presionar el pedal hasta el fondo, desobedecer a la señales de tráfico como cataplasma para su incapacidad de romper otros códigos de circulación que él mismo debería haber escrito y que se limitó a copiar de todo el que se fue cruzando en su existencia.

El hombre detenido vuelve un día su vista y contempla todo lo que ha ido dejando tirado detrás de él. Ese día una tremenda jaqueca le acomete. Piensa en tomar un puñado de pastillas, pero decide no hacerlo. Por primera vez el hombre detenido siente que la dirección de sus pasos está equivocada. Apaga el televisor y se sienta en el camino, dando la espalda a los mañanas inmediatos. Se sienta y piensa, el dolor de cabeza se intensifica. Alguien ha pasado la llave a las ideas y estas empujan cuello abajo, queriendo encontrar la vía de escape para volver a repoblar los territorios que les pertenecen. La respuesta está ahí, la ha ido dejando desmigajada a medida que avanzaba hacia lo que ahora percibe como una vía sin salida. Necesito alguien que me borre la tinta de la ansiedad en la nuca, alguien que limpie la vida viscosa de las patillas de mis gafas. Me necesito.

El hombre detenido da la espalda a las montañas de acciones pudriéndose al sol y retrocede recogiendo sus restos, recomponiendo su historia hasta que llega al primer carro de combate. Recuerda de inmediato: hubo un tiempo en que quiso ser artillero, disparar, escupir fuego, matar a los hombres que merecen morir. Un chirrido de metal recibe esa revelación, ahora viajará más deprisa, ya tiene transporte, un vehículo al que nada puede detener.

El hombre detenido retrocede. Para él esa es la dirección correcta.

miércoles, 5 de enero de 2011

Mientras... (III)

Espero a que comience la sesión de las cuatro en el cine.

Homosexual, calvo, unos sesenta y cinco o setenta años. Junto a la ventana en un bar sin encanto busca su ración diaria de cariño y atención. Contengo mis ganas de hablar con él, lo que hubiera resultado muy sencillo pues nada más entrar me dedica una sonrisa y un gesto amable. Parroquiano habitual, he podido escuchar el tono de su voz amanerada contando quién sabe qué al camarero, entonces he decidido que allí iba a tomarme el café, teatro gratis.
Enseguida mi mente se pone a elucubrar. Lo imagino solitario en una casa cercana, bajando al bar cada día para poder relacionarse con alguien que no tenga la piel de porcelana como los adornos del aparador de su sala de estar. Antonio, a ver que me vas a poner de comer hoy, como me pongas conejo te vas a enterar. Acodado en la barra me sobresalto, todos los (mis) camareros se llaman Antonio, no es un nombre que me traiga gratos recuerdos. No, no he venido a escucharme, a alimentar obsesiones superadas, así que me paso la mano por el rostro, de arriba abajo, como queriendo borrar la expresión de sorpresa que se me ha quedado al descubrir el nombre maldito, y vuelvo a prestar atención a la conversación.

Estoy junto a la plaza del museo de bellas artes de la ciudad. Tenía pensado ir a buscar un poco de sol para leer y fumar tranquilo hasta que diera comienzo la primera sesión en el cine Avenida. Hacía tiempo que no me daba este capricho, casi había olvidado como se va llenando el recipiente mientras paseo y escucho la ciudad que hoy me parece hermosa y llena de posibilidades a pesar de su imagen falseada por esta luz blanquecina de los inviernos de pega que en los últimos años estamos viviendo. O quizás es precisamente esa luminosidad la que me hace creer que Sevilla aun tiene cosas que ofrecerme. Nunca fui muy amable con mi ciudad.

De repente pienso en T., me gustaría tenerlo ahora a mi lado, lo añoro, lo quiero a mi lado. Porque cuando está maduro el amor no es más que una añoranza suave del otro, un quererle contar lo que has hecho hoy y ser entendido. Añoranza del calor y la calma que trae su cuerpo, del terreno seguro de sus palabras, de los lugares comunes con derecho de admisión creados a base de días que se han ido escapando para los dos.

Estoy sordo Antonio, no me hables desde la cocina que no me entero de nada joder. Qué me voy. El mariquita se levanta del taburete y amenaza con volver mañana porque no tengo nada que hacer y no me apetece que la Manoli me caliente los cascos hablándome de lo sucios que están los balcones y preguntándome que cuánto hace que no los limpio.

Al oírlo, cuando se disipa la sonrisa que provoca su tono de voz socarrón y emplumado, me pongo a pensar en una casa clausurada en la que las ventanas se abren poco, en paredes que encierran un pasado congelado y rancio que ya no es, que se apulgara y se desmorona en la penumbra de un salón recargado de recuerdos. Tiene que ser duro ser sólo pasado, pienso, inconsciente de que yo también cumplo años y acumulo trastos para el salón. Pero yo limpiaré los balcones, abriré las hojas de las ventanas para airear las estancias, barreré el crepitar de los años resecos sobre las baldosas, no dejaré que se acumule desesperación en la funda de los sofás. Me gusta engañarme. En el fondo sé que la soledad es lo único que se consigue sin esfuerzo y que todos tenemos nuestro plato lleno hasta el borde esperando a la mesa.

Apuro el café, fuerte, de los que se mastican, y vuelvo a pensar en T. Qué estará haciendo o sintiendo ahora, en su pueblo, mientras entierra a un familiar. “Esto es como cuando nos reunimos para comer, es extraño Víctor, hablamos de todo, como si estuviéramos sentados a la mesa o en una fiesta”. Esas fueron sus palabras de hace unos minutos al teléfono.

Hay que distraerse de la muerte, por eso en los tanatorios se cuentan chistes y se habla de asuntos banales. Por eso voy a ver a la Binoche, para distraerme de la muerte, de la soledad y de la inercia.

Copia Certificada. Sesión a las 16:00. 4,50€.