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martes, 22 de febrero de 2011

Una tarde tonta

Ayer tenía la tarde tonta. Después de comer con T y de poner al día mi bandeja de correo, terminé de apuntalar algunos textos que tenía pendientes. Entonces, cuando se me gastaron las entradas de mi agenda mental, las distracciones asentadas en la realidad que me sirven para evadirme de mi habitual discurrir farragoso que sólo me sirve para llegar siempre a la misma conclusión: por qué hago lo que hago; entonces, tras el socorrido suspiro que es como el golpe repentino que se da a la manija de la máquina de escribir cuando se acaba un párrafo para pasar al siguiente, levanté la vista de la pantalla y ahí estaba esperándome la reflexión que creía había ocultado en el relleno de los alcauciles de la comida y había devorado y digerido. Pero no, ahí estaba, frente a mí, riéndose un pensamiento: ya viene la tarde con su amenaza implícita, con su final anticipado de un día como otro cualquiera.

Hoy me enfrentaré a esa más que posible derrota, hoy no voy a dejar que me invada el desánimo. Incluso llegué a pensar que mostrar indiferencia ante la acometida de ese pensamiento depresivo ya podía considerarse una victoria.

Pero no lo conseguí y cada vez me hundía más en el sillón, cada vez hablaba menos. Pensaba en un buen café y en distraerme, pero no era capaz de disipar la bandada de buitres sobre mi coronilla que esperaban a que me rindiera para lanzarse en picado sobre la poca chicha que le quedaba a mi escuálido optimismo.

T lo percibió y empezó a improvisar planes para ocupar el tiempo. Vamos aquí, vamos allá. En el sillón, ya prácticamente desaparecido, sólo sabía encogerme de hombros. Pero él no dejó de insistir y como a veces sucede al final surgió lo inesperado, después de descartar varias opciones acabamos dirigiéndonos a la calle Castilla, en Triana. De camino reproducía mi hundimiento en las arenas movedizas del asiento del copiloto, pero al menos me estaba moviendo

Verás que librería de viejo más curiosa, me decía T cuando apenas se veían ya las burbujas de mi respiración rompiendo la tapicería, señalando mi desaparición. Hacía mucho que no iba de librerías, ya casi no recordaba esa sensación rugosa que deja el polvo asentado en los volúmenes al pasar a tus manos y que hace que todo lo que tocas después se transforme, como si te hubieran cambiado las manos por otras más intuitivas y curiosas. Librería de viejo, eso me hizo resurgir de mi derrota y saqué los cuernos al sol y la cara de niño que va al parque de atracciones. Aparecí de nuevo, si no entero, sí dispuesto a recomponerme.

Tuvimos la suerte de aparcar justo en la puerta, después de recorrer la avejentada calle repleta de viejos comercios, fósiles de épocas no muy lejanas: cuchillería, barbería, mercería; separados unos de otros por edificios ruinosos y por ocasionales nuevos negocios. Fue un discurrir lento, como si el coche quisiera que nos fijáramos en el encanto especial de esa calle mientras él se ocupaba de buscar aparcamiento.

Cuando pisamos la acera aun faltaba media hora para que abrieran así que buscamos un café en cualquier sitio Tuvimos suerte, fuimos a parar tras una cristalera que daba al río y allí mismo até el pedrusco a los tobillos de mi desidia y la lancé lejos para que se hundiera teniendo cuidado de no golpear a los piragüistas que iban de arriba abajo y que eran el único elemento que aportaba algo de movimiento a la escena. Porque era una escena que observaba desde fuera, aun con reticencias, aun sin atreverme a asumir que era yo el que estaba tomando ese café, que era mi voz la que hablaba áspera de la amalgama de ideas convertidas en mi mente en ese pegote gris de plastilina con el que jugaba en el jardín de infancia.

Ya deben de haber abierto. Apuré la espuma fría que quedaba en la taza y fuimos hacia la puerta de la librería. Amplio escaparate en los bajos de un deteriorado piso de cuatro plantas con oxidados ventanales abiertos y el muro descascarillado. No sé si es decrepitud lo que necesito hoy, pensaba mientras que entraba con la vista perdida, incapaz de fijarla en algo concreto en ese batiburrillo de estanterías y cajas por todas partes, en ese mar de libros y vinilos, en ese silencio de local enorme habitado apenas por dos dependientes y algunos clientes que manoseaban y excavaban entre todo ese caos. Yo estaría mejor alicatando el fondo de mi desgana, para cuando llegue a tocarlo. Pero de repente un olor, siempre es un olor, me sacó de la autocompasión. Yo ya he estado aquí o en un sitio que huele igual, un pasillo, el de la casa de mi hermano R, allí olía igual, había el mismo caos. Vinieron a mi memoria los libros de escultura que el padre de R amontonaba en las estanterías, la pared de un salón, de ladrillo visto, en el que siempre había bloques de arcilla a medio modelar, ese olor conocido de la casa a la que uno escapa cuando quiere estar lejos de lo que le hace daño, mi otra casa. De nuevo, caracol, caracol. Cuello de tortuga estirado para alcanzar la hoja de lechuga que alguien mueve tentadora a pocos centímetros de mi hambre. Como un resorte me activé, me olvidé de T que ya había trazado su propio itinerario sentimental en ese mar de posibilidades y me puse a remar entre los libros a un euro, buscando lo que siempre busco en esos lugares, nada y todo. Sintonizado mi vista con la apariencia conocida de esos lomos que son la antesala de los viejos textos de ciencia ficción que me gusta arrebatar al destierro de los anaqueles combados a punto de rendirse.

Encontré alguno de esos libros: una vieja revista con el nombre de Isaac Asimov, una colección completa de Nueva Dimensión que no rescaté por escasez de presupuesto y un libro destrozado de la editorial Bruguera con algunos relatos interesantes. Lo mejor de la búsqueda sin embargo nunca es lo que uno encuentra sino los altos que hace en el camino. Coger un volumen cualquiera porque el título te sugiere algo y darte cuenta de que no estás haciendo más que asociarlo con una persona o una situación de tu vida. Así funciona también el cerebro, mi cerebro, con marcas dormidas que esperan a ser despertadas para desplegar la historia que guardaban. Apareció mi madre en una enciclopedia de los pueblos de España que casualmente estaba abierta por La Rioja; mis trece o catorce años encerrado en la habitación de Jiménez Aranda, en mi cuarto decorado a base de los muebles que sobraban de las otras habitaciones y que apenas dejaban una franja de suelo para moverse detrás de Icaria, Icaria, una de esas obras que jamás entendí que hacían en mi casa tan de derechas hablando como hablaban de la lucha obrera; Apareció la estación de tren de Tudela mientras mis dedos pasaban frenéticos los tebeos del capitán trueno; apareció mi vida, aparecí yo, desapareció la tarde y su amenaza.

Ya curado y con ganas de cachondeo encontré para regalar al hermano de T esto:

Incluso me atreví a imitar al Pozí allí mismo, riendo yo solo mi propia gracia.

Las campanadas de la iglesia de la O nos reunieron frente a la caja, era hora de irse. Pagamos, T me enseño un par de cintas que había comprado, las ponemos ahora mientras volvemos a casa, vale? Música italiana y los panchos.

Al salir reparé en uno de esos carteles naranjas que son como esquelas en los periódicos colocado en el escaparate, se vende. Pues a ver dónde voy cuando sitios así ya no existan, pensé. Tuve miedo de que esta decepción de última hora me hiciera de nuevo hundirme al sentarme en el coche, incluso di unos pequeños saltitos para comprobar la firmeza del tapizado. No, no iba a desaparecer de nuevo. Había ganado yo, la tarde ya había pasado.

viernes, 4 de febrero de 2011

Mi religión

Este texto no es nuevo, pertenece y está ya publicado en un blog que pasó a mejor vida y en el que yo participaba. Ayer estuve recuperando y recopilando el material que allí escribí y me apetecía poner en Papiroflexia este texto, que trata de un tema sobre el que suelo pasar de puntillas. Ya me diréis.

Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme…

A ti no te cura ni la madre que te parió so mariconazo. Grita un idiota con medio cuerpo asomando por la ventanilla trasera de un coche. Como buen cristiano me arrimo al portón de la iglesia, temo a dios, pero más temo la ostia que me pueden dar como abra la boca. La madera está áspera igual que deben de estarlo los nudillos del bruto que a lo lejos levanta el puño y se ríe.

Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme…

Encontré la bola de cera que durante mi infancia fui agrandando cada Semana Santa. Nazareno dame cera. El placer del líquido candente en el espacio intacto entre mi pulgar y mi índice anticipo de futuras sensibilidades más explícitamente relacionadas con el sexo. Sí papá hubiera sabido que a veces, cuando me masturbo, pienso en el cirio inclinándose, goteando cera líquida en mis manos, hubiera prohibido que su hijo se fuera con los demás niños a pedir que los nazarenos les eyacularan en las manos.

Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme…

Ese olor a incienso por las calles del centro. Qué hago vestido de chaqueta, qué hago de la mano de una mujer, por qué me empujan. Estiro el cuello y veo la condición líquida de la aglomeración de personas, hay mareas y corrientes que azotan el mar de cabezas que se extiende hacia el modesto horizonte de una calle tan estrecha que parece querer ensartar el sol. Alguien se desgañita en un balcón. Me pregunto cuándo se hundió mi barco.

Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme…

Trece años y duermo en una habitación con otros chicos, mañana tenemos que ir a misa y hablar sobre que supone para nosotros ser cristianos. Para mí ser cristiano es el tintineo de las monedas en el bolsillo después de darle el palo al teléfono público que las monjas tenían en la entrada del convento en el que hacíamos las convivencias. Ser cristiano es matarse a pajas tres o cuatro en una habitación ojeando revistas pornográficas ellos y yo con la mirada clavada en sus enormes pollas lubricadas. Ser cristiano es la culpabilidad que sobreviene cuando te escapas de noche para besar a las chicas cuando tu lo que quieres es poder estar con tus compañeros de habitación, escuchando su respiración, observando su pecho subir y bajar, acercando la cara a su boca para que su aliento te estremezca. Ser cristiano es la duda de si esa polla me cabrá en la boca.

Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme…

Día de boda, bonito día de boda. Se casa mi primo con una hermosa mujer de ojos negros y pelo rizado. Ojos negros, siempre ahogándome en unos ojos negros. Mi primo no, mi primo se ahogaba en el caballo y ahora se ahoga en el alcohol. La de los ojos negros resultó que tenía otros ojos también negros en el vientre y una predisposición genética a la histeria casi en el mismo grado que la de mi primo para que se le fuera la mano con las sustancias adictivas, para que se le fuera la mano en general; casi siempre hacia la cara sostén de esos ojos negros como el bonito día de boda y mi abuela sonriendo, comiendo tarta, viendo a sus nietos felices. Día de boda.

Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme…

A ti no te cura ni tu puta madre, mariconazo, dice el cura con el alzacuellos descompuesto desde la puerta de la sacristía. A nadie le gusta que lo dejen a medias. Lo comprendo, pero no hace falta insultar.

Señor, no soy digno de que entre en mis casa, le he dicho ya que no queremos Biblias, por favor, no insista. No joder, tampoco quiero agua bendita en tetrabrick ni escapularios que puedan ser usados para atar el asado. Señor, le vuelvo a pedir por favor que se vaya.