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martes, 29 de marzo de 2011

Torre de arena.

(1)

Si en Matrix se dieron cuenta de la encerrona cuando Neo tuvo un déjà vu de un ganto negro, a él le sucedió lo mismo de otra forma.

Fue escuchando una copla, entonces se dio cuenta de que lo que él creía era su mayor habilidad era en realidad un tosco reflejo de la capacidad que otros demostraban para hacer lo mismo: sufrir.

De esa revelación sobre su personal condición pasó a otra más demoledora, el mundo que había creído sólido y rocoso hasta aquel día era una engañifa. Si hubiera prestado más atención a la voz áspera de mamá, que salgas, deja ya de leer esas novelas en las que cada capítulo se suicida alguien, sal que hoy hace bueno. Con lo que nos hemos gastado en ti y mírate, te estás poniendo como un ceporro, ya no se ve la silla niño, estás “derramao”.

Bordeaba los cuarenta y ya no recordaba cual había sido su último trabajo remunerado, sobrevivía vendiendo el pelo de su madre y haciendo recados para el Señor Augusto, el del comercio de recambios de abajo. Recados que nunca incluían material de la tienda, suponía él, porque qué sentido tenía que pusiera fragilísimo en las cajas que le entregaba si se supone que debían ir repletas de tornillería y de extraños componentes mecánicos para ventiladores desfasados. Además, apenas pesaban ni sonaban a nada cuando las agitaba. Le resultaba extraño pero el fajo de billetes que le esperaba en las viviendas unifamiliares de las afueras, ocupadas por respetables hombres trajeados tras los que podían escucharse risas de mujer joven, emborronaba casi al instante la sospecha.

Su vida era previsible. Cuando no estaba con el Señor Augusto o preparando un mechón para llevar a vender, leía las mismas novelas que su madre detestaba. Estaban deterioradas, llenas de agujeros, manchas y quemadas por los cantos por los intentos reiterados de su difunta progenitora de hacer desaparecer esa perniciosa influencia que estaba llevando a su Manolín por el camino de la ruina. Cada vez que terminaba una lloraba amargamente, yo soy igual, no tengo nada, la vida me maltrata, soy una víctima. Lloraba y se limpiaba en el batín de estar por casa, deshilachado y sucio. Los hilos se le metían en los ojos prolongando así la llantera. Así llego a esa creencia de que era la persona más desgraciada del mundo.

Una vida cómoda, al menos para él. Trapichear y sufrir. Pero un día encendió la radio porque alguien gritaba en algún sitio y quería tapar ese desagradable ruido de gatos copulando. Sonó la copla fatídica, la que añicó la imagen que tenía de sí mismo.

Yo no soy capaz de dolerme así, ni siquiera le llego a los dientes de la peineta a esta buena mujer, quien soy, qué estoy haciendo con mi vida; mamá por que te fuiste a vivir a Miami si tu eres de Toledo (España).

Pasó un tiempo encerrado en casa, temeroso de encender la radio, ignorando la voz de Don Augusto que atronaba sobre sus nudillos golpeando la puerta. Mamón, como no salgas te quedas sin trabajo.

Debo buscar esa copla, volver a escucharla.

Pero no la encontró, esa canción parecía no haber existido nunca, nadie sabía de ella y a todo el que preguntaba le recomendaba canciones alegres, animadas, con final feliz.

Continuará...

viernes, 18 de marzo de 2011

Estirando el elástico (prometo que esta será la última o a lo mejor no).

Abundando en la abundancia de pijamas, elásticos, quejas, sufrimientos de salón y una mijita de histeria, antes de retirarme el fin de semana de estos mundos cibernéticos quería, a modo de popurrí de ideas (término mucho más alegre y menos amenazante que brainstorming), hablaros de algunos eslabones desprendidos de mi cadena de pensamientos de estos últimos días y cerrar de paso esta serie de textos que bien podrían haberse titulado “Se sufre mejor en camisón”.

En primer lugar esta ha sido una semana ajetreada. Normalmente me dedico a vegetar de lunes a viernes, dejo escurrir las horas calendario abajo y no se sabe si fue antes el huevo resquebrajado que se intuye en mis tres últimas entradas o la gallina escuálida de dejar pasar el tiempo contemplando lo que sucede a mi alrededor como una obra de arte y ensayo imposible de entender por mi cerebro desacostumbrado ante cualquier esfuerzo que no sea leer y leer novelas (a lo mejor exagero, a lo peor no). Lo que quiero decir es que ha bastado meter un trabajito extra que me ocupará también la semana que viene, un curso de formación sobre intervención en catástrofes (juro por Ford que me apunté al curso antes de que Japón petara) y un uso inesperado de las instalaciones deportivas detrás de mi casa para que desaparezcan algunos fantasmas que me llevan acompañando meses en ese estándar de semana zombi de este chico-hombre-niñato que tiene ya muchos pelos en los huevos y muchas cosas por ordenar en la azotea.
Ahora que terminan estos cinco días en los que no me he muerto por no leer todas las entradas de los blogs amigos, en la que apenas he escrito nada que no trate sobre mí y mis devaneos con Mrs. Neura, me doy cuenta de que lo único que he estado haciendo es bufar a los pies de un muro que aunque alto está lleno de salientes a los que asirse para llegar arriba y poder pasar al otro lado.

En segundo lugar, y aun sin abandonar del todo mi limbo intersemanal, al leer un comentario de Theodore a una de mis entradas se me ha ocurrido que debo buscar la manera de dejar de levantarme a legañadientes. Qué es eso? Acudamos al Diccionario de Términos Inventados, un curioso volumen encuadernado en papel charol con estampaciones de hello kitty en el que se recogen todos los términos de reciente invención y que probablemente serán utilizados sólo una vez y para de contar.
En la letra D, porque la ordenación del diccionario es arbitraría, para dificultar el plagio por parte de las personas con alma de Ana Rosa de las palabras que con tanto esfuerzo o con tanta inspiración (o con tan poca gracia, que algunas hay) han sido sacadas de la inexistencia por la calentura mental del escritor de turno; en la letra D, decía, podemos encontrar la definición de la palabra en cuestión:

Leventarse a ~.

1. loc. adv. Con disgusto o repugnancia de hacer algo.


Curiosamente vemos como la palabra en cuestión significa exactamente lo mismo que regañadientes, pero la peculiaridad de este Diccionario de Términos Inventados es que siempre hay truco, o letra pequeña, o letra invisible de esa que escrita con jugo de limón sólo aparece al aplicar calor con un mechero de una jamona enseñando sus atributos. En este caso, el ardid consiste en situar en el canto de la hoja en la que se sitúa la entrada la siguiente aclaración:

"Alguien que se levanta a legañadientes es aquel que abre los ojos con lentitud y puede oír el quebrarse de los restos acumulados durante la noche en su lacrimal y en sus pestañas que, aunque ya resecos, dificultan la labor de estrenar a ese día la vista; también suele apreciarse tendencia a despertar con los dientes reducidos a la mitad por el bruxismo. Pero lo que en esencia caracteriza el despertar a legañadientes es que va acompañados de pensamientos pesados, pesimistas, pasmosos, pastosos y un poco porculeros tipo: que se levante rita la del quinto porque lo que es yo me quedo en la cama porque total si no es la radiación nuclear es mi incapacidad congénita para vigilar la tostada y uno se cansa ya de comerse el puto pan bimbo que parece un azulejo sin limpiar eso teniendo en cuenta que haya pan bimbo y no un currusco duro que pasó por las manos de Napoleón además si el día se acabara después del desayuno pues todavía haría el esfuerzo pero es que después viene lo que viene así que no yo me quedo en la cama y que se acabe el mundo o que empiece otro nuevo en el que los políticos sean sustituidos por máquinas expendedoras de condones si les da la gana pero yo no participo gracias".

Aquí acaba la definición del término. Y si os soy sincero ya no sé cual era mi intención inicial al hablar de mis despertares a legañadientes, pero ahí quedó. Ah, sí, que tengo que cenar ligero para levantarme sin ganas de desollar conejos. Lo intentaré.

En tercer lugar, lo que os temíais, una lista con propósitos para la semana que viene, por favor saquen a los niños de la sala y si alguno padece del corazón o tiene hipersensibilidad a las ideas redundantes o las perogrulladas deje en este mismo momento de leer.

Queridos reyes magos, para la semana que viene quiero:

  • Ser capaz de seguir escribiendo con este desparpajo aunque no hable de nada, porque me río, se me tersa el cutis y se me afloja el esfínter y ya hay demasiada tensión en Libia y similares como para que yo aporte más al mundo.
  • Darme cuenta de que si se ocupa el tiempo (en actividades no relacionadas con el facebook) mejora el rendimiento intelectual, la autoestima, se detienen los pensamientos culpabilizadores y derrotistas y además se pasa el día en un santiamén y enseguida estás viendo al Wyoming y comiendo cualquier porquería que encuentres por la nevera (sé que esto va contra lo expresado en un poco más arriba sobre las cenas sanas para despertares gratificantes, pero…).
  • Afianzar la certeza de que el hombre es más feliz cuando está en contacto con otros hombres y que esa felicidad se incrementa si esos mismos hombres (y mujeres venga, vamos a ser correctos) con los que se han realizado actividades diversas durante la jornada después se reúnen en un establecimiento llamado bar para dejar de hablar de las chorradas de las horas precedentes y dedicarse a eso tan cañí que se llama alternar.
  • Acordarme de lo bien que me lo estoy pasando ahora que según todos los libros de biología y todas las leyendas urbanas es el pez de colores el que no tiene memoria, no yo.

Me despido, lo siento, me voy a leer novelas, mañana puede que me despierte de buenas. Gracias por asistir, se os enviará figurita conmemorativa a vuestras casas a todos aquellos que hayan aguantado esta demencial entrada hasta el final.

Si no habéis entendido nada es normal, no intentéis leer el texto otra vez, la sensación empeora y empiezan a manifestarse síntomas como amenorrea en los varones y alopecia en las que hayan sido modelo de pelo panten.

Me pasen un buen fin de semana y no se me emocionen con la llegada de la primavera.

martes, 15 de marzo de 2011

Este traje hecho a medida por un sastre perverso me aprieta la entrepierna.

Ya no me aclaro. ¿Cuándo dejé de aspirar a ser libre? Puede que nunca haya estado en mi agenda. ¿Cabe la libertad en una agenda, acaso no van a parar ahí todas esas actividades que son como grilletes? Estamos hechos para hacer, para hacer nuestra santa voluntad, pero la santidad no vale para nada y la voluntad está pervertida por la ausencia de reflexión y de perspectiva.

Ya no me aclaro. ¿Soy yo el que decidió tirar para delante, el que fue ascendiendo los peldaños que se supone iban a llevarme al palomar desde el que divisar el mundo y poder reírme de él? Pero resulta que ahora tengo la sensación de que ya no se puede subir más. Me crujen las rodillas cuando levanto el pie del suelo para seguir ascendiendo, suenan a bisagra oxidada, a queja anquilosada que bajó de la garganta, donde no encontraba vía de escape, hasta las piernas. Y ya no quiero seguir subiendo, porque lo que hay debajo es lo mismo por muy alto que esté el punto desde el que observamos. Además, cuanto más alto se está más se emborronan los detalles, todo se percibe como diminuto, ajeno, y uno debería sentirse por encima del bien y del mal, pero a mí me asalta una incontrolable sensación de pérdida, ¿qué se me ha perdido a mí en el ático?

Siento molestias en las muñecas, en los tobillos, en todas las articulaciones. Me escuecen y no es por estos días de lluvia, aun soy joven para que empiece a hablar la artritis. Suelo mirar los movimientos de mis manos y pensar, son esas mis manos, por qué ahora hacen eso, quién se lo ha ordenado.

Ya no me aclaro, siempre he sido taciturno, con tendencia al pesimismo, a racionalizar en exceso. Pero no lo entiendo. Es como si me hubiera comprado un pellejo que me queda un par de tallas pequeño, como si la inercia ya no ofreciera suficientes placebos para tapar los fallos inevitables de esa repetición que llamamos existencia. No es que aspire al caos o a despertarme cada día en otro cuerpo como en Dark City.
Como muchos, soy un animal de tresillo, de pasar las tardes haciendo precisamente lo que estoy haciendo ahora, escribir, tomar notas en mi libreta naranja, mirar de vez en cuando y ver como T se rasca la cabeza, escuchar de fondo la televisión, oler el humo del cigarro que me he dejado olvidado convirtiéndose en ceniza. Algunos dirán que no es sano aspirar a una sobremesa que se alarga, a una siesta, a leer por leer sin ningún afán de aplicación práctica de lo que se lee. Pero algo me dice que por ahí van los tiros, que a esos disparos si soy capaz de sobrevivir, que incluso me harán cosquillas.

Siento el zumbido de los aparatos en la sala de observación de un hospital y un enorme agujero latiendo en mi sien. Un disparo, un favor, un agujero en el que poder encajarme el pitorro de la olla expres y que baje la presión de las ideas que llevan cocinándose años. Ese tiro sí que dolió pero puede que me ayude, no recuerdo el túnel ni nadie que me dijera ve hacia la luz, no he estado a punto de morirme pero hay veces que la habitación huele a humedad y a flores rancias, como un nicho.

No me aclaro con esta mezcla de muerte y de tendencia a seguir creciendo. Con la ocultación de información necesaria para poder sacar una conclusión sobre la realidad y sobre el sueño. Siempre he sido un poco lento para darme cuenta de las cosas, nunca perdí la curiosidad hacia los caminos sin desbrozar, sigo siendo un poco timorato para las primeras piedras de los principios que son como esas cremas para la circulación de las piernas con efecto refrescante, me siento capaz de resolver cualquier enigma que me plantee el guardián del puente de turno, aunque no tenga la menor intención de pasar al otro lado.

Estoy y no estoy, hay días en que parece seré capaz y otros, o el mismo cinco minutos más tarde, que pesan, que tienen el cielo de granito y la gravedad no es la fuerza que nos mantiene pegados al suelo sino la única actitud posible ante lo que veo y lo que me invento.

Y toda esta palabrería para decir justo lo que dije al principio: no me aclaro señoras y caballeros, no me aclaro.

viernes, 11 de marzo de 2011

A vueltas con el elástico.

Uso y abuso del lector II. Aclaraciones y puntualizaciones.

Qué es lo que caracteriza a un hombre en pijama? Algunos dirán que la cara de sueño y las legañas. Un día escuché o a lo mejor me lo acabo de inventar (este hombre en pijama se caracteriza porque ya no diferencia bien entre lo de fuera y lo de dentro), que las legañas son los restos de las pesadillas de la noche. Metáfora algo cursi pero que me gusta. Otros dirán que lo que caracteriza a un hombre empijamado depende de la tela con que esté confeccionada la prenda. Porque los hay de franela, hombres frioleros con tendencia a protegerse; de seda tejida a partir de los capullos cosechados en la caja de cartón que se guardan en el cuarto de baño, hombres laboriosos y emprendedores aunque un poco demasiado presumidos; de seda comprada en el Corte Inglés, hombres vagos a los que le gusta aparentar más de lo que son; también hay pijamas de rayas, hombres que leyeron un conocido best seller y se identificaron con los personajes o bien hombres que permanecen en standby, en permanente carta de ajuste. Esta clasificación podría continuar hasta el infinito sin terminar nunca de ser exhaustiva.

Es una tarea complicada esta cirugía intelectual. Hay que ser valiente para encarar la tarea, cuchillo jamonero en mano, de abrir en canal a ese hombre que se despereza en la cama después de su ración nocturna de desconexión. Más complicado aun cuando eres tu mismo el que opera y el operado. Pero no hay nada que la práctica no suavice, nada que la rutina no revista de automatismo. Por eso cada mañana, con una perspectiva humilde y limitada, acometo la labor de repasar mis sentimientos y mis pensamientos. Casi nunca saco conclusiones más allá del hoy será mejor que ayer. Ocasionalmente aparece alguna revelación, alguna idea que podría convertirse en la piedra angular de mi nueva estructura mental de hombre feliz (hombre que no necesita pensar).

Porque yo soy yo, sentado en la balanza, con la ropa de dormir puesta hasta que la llama del termo de gas del vecino salta y me dice que el mundo se despierta y que yo debería dejar de pensar y ponerme a actuar. Porque los pijamas tienen dos caras, la de la pereza y la de la tranquilidad. Pereza es no querer arrancar el día, sinónimo de desmotivación y depresión. Tranquilidad es considerar las horas de aftercama como una prolongación del descanso del guerrero, satisfacción y posibilidades de potenciar toda esa maquinaria que se paraliza cuando uno se entrega a las obligaciones diarias.

Retomando la pregunta del principio, qué es lo que caracteriza a un hombre en pijama? Pues la elección de la ropa que se va a poner ese día. Me voy a hurgar en el armario.

martes, 8 de marzo de 2011

El elástico del pantalón del pijama

Uso y abuso de los lectores.

Me levanto del sofá ahora que he logrado abstraerme de lo inmediato, de la televisión con una película cualquiera que ya he visto unas cuantas veces y que con su machacona repetición sirve de papel pautado para mis pensamientos. Ha cambiado, mi mente ha cambiado, mi capacidad de concentración ha menguado, me siento más débil, más vulnerable de un tiempo a esta parte, pero no es de eso de lo que quería hablar. De qué quería hablar.

Me pongo el pijama, el dormitorio ha permanecido abierto mientras hemos estado fuera almorzando y el relente ha dejado la tela fría y acartonada. Siento un placer fugaz cuando deslizo la cintura de los pantalones para ensamblarla con mi cintura, sin calzoncillos. Libre por fin del ocio que como un ansiolítico me impongo para pasar esta racha de inseguridad por la que atravieso. Los vaqueros quedan colgados en el lugar en el que estaba el pijama, como colgar una jaula en la pared después de haber soltado el jilguero. Pero no es de inseguridad de lo que quería hablar. De qué quería hablar.

Después de casi un minuto mirando la melita con los restos de café consigo vencer la tentación de tomar la taza que me haría perder la cuenta. No, me repito, hoy tienes que dormir. Me vuelvo a sentar frente a la pantalla y mientras tecleo peleo con la idea irracional de las noches en vela, esa que he ido forjando a base de experiencia, esa que mi credulidad neurótica ha reforzado. La idea de que cansar el cuerpo mareando las penas y sufrimientos durante el día lo deja macerado para que durante la noche lo físico no sea obstáculo para esa supuesta tendencia a crear que me salvará un día de mí mismo. Pero no es de la razón distorsionada de lo que quería hablar. De qué quería hablar.

Podría pasar todo el día escribiendo letanías de un párrafo, repitiendo el patrón como un papagayo. El día instalado en la queja, con los pies fríos, calados en los charcos limpios de las calles recién asfaltadas. Podría, pero prefiero poner una primera piedra (enseguida me asalta una nueva idea derretida: mi vida es eso, una sucesión de primeras piedras que nunca germinaron en nada), escupir a la pereza sin pensar de dónde viene sino en qué esquina conseguiré engañarla y que se quede persiguiendo a mi sombra mientras que yo sigo corriendo, cada vez más lejos de ella, encaminándome hacia la carpeta de archivos nombrada como “en curso” o esa otra que guarda pensamientos con posibilidades de convertirse en historia.

Quería hablar de eso, del elástico de la cintura y de la marca que deja en mi piel: un recordatorio de mi existencia tangible, de que en la soledad de una casa que he hecho mía soy capaz de convertir la claridad bajo la puerta cerrada en ese principio que necesito. Quería hablaros de mí, marearos un poco, leerme entre líneas, codificar mensajes que descubriré cuando repase este texto.

Repasado el texto. Quinientas una palabras distribuidas en cuarenta y dos líneas, dos mil cuatrocientos cuatro caracteres (sin espacios), la certeza insegura de que se me ha escapado algún fallo ortográfico, alguna frase que podría haber sido escrita de otra forma más brillante. Otra película que pautará otras palabras que escribiré ya en privado, ahora que os he utilizado de forma no muy hábil para desahogarme.

martes, 1 de marzo de 2011

La casa impecable

Últimamente tengo la cabeza de otro, incapaz de centrar las ideas, incapaz de acabar cualquier labor que emprendo. He dejado la corteza cerebral en el taller para que le cambien los rodamientos y el tálamo lo he mandado a la casa para que lo reparen. Mientras tanto recupero un viejo texto, una pequeña trampa para simular movimiento, hasta que sea de nuevo capaz de moverme.

La casa impecable. La primera vez después de una tarde cronometrando los cien metros espalda. Potos en el patio interior acristalado. Fumas y exprimes naranjas mientras yo te miro desde el cuarto, tendido en la cama. Sabes a cloro mezclado con sudor a pesar de haberte duchado tres veces en una noche. El cuerpo impecable.

Otros han ocupado tu casa, me asomo con disimulo a la ventana cada vez que consigo ahogar la prudencia en cerveza esperando encontrarte o ver al menos tu bañador ondeando para señalarme tu regreso. Tienes que estar, algún día tienes que volver y expulsar a los extraños que tapan con talco, incienso y llantos tu sabor. Encontré el exprimidor en la basura poco tiempo después de las despedidas, ni siquiera te dignaste a dejarme tu brazo, tus yemas manchadas de naranja y debajo de los restos de pulpa el cloro y el sudor.

Fue un adiós escueto. Se acabó, decía tu cuerpo impecable alejándose milímetro a milímetro mientras tu boca intentaba distraer mi atención con un chorro de palabras decoradas que creías encajaban a la perfección en el mapa de fisuras que fui dibujando de noche, a mano alzada, sobre la viscosa grupa de mi complacencia.

Aun así regreso, con mi melopea impecable. Me asomo a la ventana intentando ver quién hay en la cocina. Dibujo en una espalda extraña el contorno de la tuya, como un patrón de costura, como los diagramas informativos de las carnicerías que aclaran los nombres de cada parte de la ternera. Tu espalda punteada para quitar lo que le sobra y volverla de nuevo tuya.

La casa impecable, deshabitada por un berrido persistente de bebé. Las encías desgarradas. El cuerpo impecable que se disipa. En su lugar ojeras y manos resignadas asiendo el llanto como si de un fardo se tratara. La espalda de ternera en la cocina preparando leche tibia y resoplando. El bañador que no ondea, los días que avanzan desmenuzando la esperanza de una segunda oportunidad. Cronometro otras posibles historias que bracean en la piscina, ninguna tan rápida, ninguna tan absorbente, ninguna con la mezcla impecable de sudor y cloro.