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martes, 26 de abril de 2011

El hombre más correcto de la ciudad


Sabía complacer a las personas con las que hablaba expresando con palabras floridas su opinión sobre alguna parte de sus personalidades.

“Mira desde otro ángulo las cosas”. “Sabe más sobre mí que yo mismo”. “Son bonitas las cosas que me dice”. Frases como estas solían salir a relucir cuando abandonaba una conversación o un corrillo dejando a los otros con el ego saneado pero sin saber muy bien qué había dicho exactamente sobre ellos.

Esta habilidad le fue muy útil en su vida profesional. Llegó a presidir varias empresas y en los círculos políticos locales se le conocía como el hombre más correcto de la ciudad.

En lo personal, en el sexo, en esa intimidad donde las palabras sólo sirven para dejar de entenderse sus fracasos fueron sonados. Todas las mujeres que pasaron por su vida, tarde o temprano, le miraban a la cara y notaban sus gestos impostados a la hora de acariciar, la rigidez de la lengua cuando convertía una buena comida de coño en un trámite administrativo.

Pero sus dificultades privadas nunca trascendieron. Terminó como concejal de obras públicas y una cadena de televisión empezó a transmitir los plenos del ayuntamiento, a la gente le gustaba escucharle. Las obras en la ciudad pasaron de ser motivo de queja a necesidad ineludible.

Él se acostumbró a ser una herramienta precisa. Una agenda apretada es la mejor forma de olvidarse de las carencias personales.

jueves, 21 de abril de 2011

Jugamos?

«Jugamos a interpretar nubes?»
El niño rubio de la puerta de enfrente llamaba al timbre sólo en los días con el cielo aborregado.

«Jugamos a interpretar las manchas espuma en la bañera?»
El niño moreno llamaba al timbre de su vecinito rubio los días en que la madre de éste trabajaba en turno de noche. Observaba por la mirilla cómo la mujer se arrebujaba en su abrigo mientras esperaba el ascensor. Se aseguraba de que llevara puesta la bata blanca y los zuecos de enfermera. Después corría a asomarse al balcón para poder verla cruzando la calle camino de la parada de autobús. Cuando el 34 doblaba la esquina sonreía.
«Mamá, me voy a cenar a casa del vecino».

jueves, 14 de abril de 2011

COSMOPOÉTICA. Peces secándose al sol.

La semana pasada estuve en Córdoba con amigos, tengo recuerdos difusos de una plaza dónde las palmeras daban cubatas en vez de dátiles. Esto es reviving Califasity, pescados secándose al sol.

El primero, después de las palmeras de la noche anterior, repostando el corazón su cafeína, Hugo Sánchez me regaló esta canción:



Estuve en Córdoba, ahora voy pescando los recuerdos y los pongo a secar. Cosmopoética fue muchas cosas. Escuchar a Coral Bracho, mujer menuda y nerviosa, hurgando entre libros para encontrar los poemas que quería leer. Mujer callada después, acodada en una barra de metal de un puesto callejero, comiendo caracoles. Picó mi curiosidad.



Baricco apoyado en la mesa con una cara de cansancio absoluto, se encendió cuando comenzó le dieron la palabra, regalo que él no parecía necesitar.

Conversación sobre como dos niños, cada uno en una punta del mundo, querían ser como Hugo Sánchez y la casualidad de, ya en casa, encontrar un libro de poesía y fútbol. Averiguar quién es Ben Barek. En Califasity.

En Califasity, tostada pantagruélica que devoré creyendo, estúpido de mí, que iba a ser tan pequeña como las de mi pueblo.

Un nudo disimulado en el estómago cuando el niño del tupé no pudo seguir el ritmo.
Una broma tonta a grito pelado en el restaurante y todos mirándome, yo colorado y orgulloso como un pavo real por tener la atención de la gente, las paredes decoradas a golpe de coño plateado. Y el vino y la cerveza y los gintonics. En Córdoba de las tres culturas.

Tres culturas, tres homsexuales (dos con carné y uno por poderes) pateando las calles de vuelta a casa después de haber cenado un cubo de cus cus con gambas y haber conocido a la mujer del asturiano presumiendo de que en su bar se come en cantidad porque su señor marido es muy bruto.

Piter haciendo amigos gracias a sus opiniones sobre la lengua española como instrumento de segregación y la alegría del pequeño Hugo Sánchez al llegar a casa y encontrar su bono transporte, yo también me alegré, en Califasity.

Y una pregunta, qué hubiéramos hecho sin el/la Pilar (Adón) que marcaba nuestros pasos? Pasamos los días tras ella, apenas compartimos diez minutos de charla, pero qué diez minutos! Hablamos de literatura, me enamoré de Hugo que se frotaba las manos tímido mientras hablaba con La Pilar, desarrollé superagudeza auditiva para seguir la rápida parla de Piter, qué diez minutos amigos! En Cordobasity.

En el cielo las golondrinas estaban excitadas, pude contemplar el love is in the air con un ejemplo práctico.

Fueron buenos días, buenos porque se repetirán con la misma esencia y personas, pero diferente traje. En Califasity y con la excusa de la poesía.

Bersos a los protagonistas y a todo el que sea capaz de leer esta críptica crónica.

viernes, 8 de abril de 2011

Cómo ser barroco y no morir en el intento


Exterior. Tarde de chicle a la orilla de un río verde. Dos hombres apilan vasos de plástico con restos de espuma sobre la mesa de una terraza que pertenece a un puestecillo callejero de caracoles. Hablan para completar los huecos que perciben el uno en el otro.

Ser barroco supone haber nacido en una ciudad con las calles céntricas retorcidas que van a dar al brazo falso de un río con mucha personalidad. Pero las gentes se quedan en las calles, buscando la sombra para afilar sus pensamientos. Y yo camino entre esa gente seleccionando sólo las intenciones más aviesas o inventando propósitos enrevesados. Pero esa gente se queda en los callejones porque en la ciudad hace calor y se está mejor a la sombra, dejan el río a los turistas, ellos sólo lo visitan cuando lo necesitan de verdad. No hay ni rastro de celadas, de cuchillos en la boca, de miradas malintencionadas. Pero yo tengo la percepción sintonizada en modo muerte y destrucción la mayor parte del día.

Otros que no pertenecen a las calles serpenteantes me dicen, deja de sufrir, deja de dolerte, y me doy cuenta de que sería bueno, de que todo va mejor cuando lo hago, cuando no le regalo flores a mi obeso dolor. Cuando las calles son estrechas porque protegen no porque dan la oportunidad de ocultarse, cuando la ciudad se vacía de personas y se hace evidente que me expreso igual que ando, doblando esquinas y detrás de las esquinas no hay amenazas sino descubrimiento.

Ser barroco desde que me tomo el café por la mañana es no decir nunca lo que pienso, adornarlo en exceso o directamente callarlo, tragarlo a pesar del poco espacio que debe quedar en mis tripas para proyectos de úlceras.

Ya lo estoy haciendo de nuevo. Ser barroco es no aprender que las columnas salomónicas, igual que cualquier otra columna, sirven para soportar algo, a pesar de que el recorrido del peso del techo hasta el suelo parezca enroscarse en una espiral agotadora. Pero esas curvas no son más que una decoración, el peso es sabio y siempre busca la línea recta.

Ser barroco es decorar la existencia hasta que ya no sabes muy bien quién eres. Queda bonito, pero cansa. Es estar demasiado recargado de adornos, según la segunda definición del diccionario. Una vez interiorizada la condición barroca cuesta desprenderse de todos los colgajos que ocultan a la persona. El barroco recoge el portal de Belén a mediados de marzo. Hoy es ocho de abril.

Exterior. La misma terraza, el río ha desaparecido y sólo se intuye por la luz de las farolas reflejándose en la superficie. Los dos hombres se disponen a poner el giraldillo a su torre de vasos de plástico, siguen hablando, se traban y su conversación se hace exclusiva para arquitectos de torres de espuma, lenguaje críptico de borrachos. La ciudad se ha movido y ellos la han visto hacerlo.

Mutis por el foro.


A Fermín, él que sabe hablar para oídos que aun no están preparados para escuchar, y a los que eran 19 y ahora son cada uno de su padre y de su madre. Espero que la próxima torre de espuma se pueda construir a cuatro mentes.