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miércoles, 29 de junio de 2011

Gazpacho


El gazpacho se hace con la minipimer que lo tritura todo y convierte los ingredientes en un caldo irreconocible si pensamos en los seis o siete tomates alineados frente a la tabla de cortar, el pimiento destripado y el pepino desposeído de las rugosidades que sugirieron al sátiro su uso como consolador estriado.

El resultado es algo delicioso, fresquito, después de pasar unas horas en la nevera y de largo recorrido gracias a la generosa ración de ajo que suelo añadir. El gazpacho tiene un buqué muy distinguido, pero yo prefiero llamarlo eructo. Tu has comido gazpacho! Pues claro estamos en verano qué voy a comer, fabada?

Mi ciudad en verano es clavadita a una minipimer para el razonamiento. En lugar de cuchillas giratorias, termómetros que se ríen en tu cara con sus superlativos cuarenta a la sombra. Así que uno se queda en casa mientras el infierno se desata en las calles, mueren a racimos los ancianos y los niños se deshidratan porque sus padres los han dejado encerrados con el perro en el coche mientras paraban cinco minutos para tomar una fresquita en el primer bar que se cruzan camino hacia donde quiera que vayan.

Y yo quería escribir algo como dios manda, con su forma definida. Su principio, su rollo patatero en medio y un final casi de disposición adicional de ley antigua. Pero no he sido capaz. Alineados los ingredientes en mi agenda me planteaba ligarlos de forma lógica, sin que al final acabara creando un engendro grumoso que ni la nevera aceptara en su sufrido y gélido útero. Pero no he sido capaz.

Tenía la tarta de queso en su molde con forma de corazón, el absurdo de haber fijado una cita para revisar los bajos del coche mañana a las tres de la tarde (hora punta en el infierno), la cercanía de mis vacaciones y todas las cosas que quiero hacer.

Pero la tarta aun no ha cuajado y puede que ni siquiera la pruebe porque, como el padre que asesinó a su hijo, ahora voy a coger el coche para cruzarme con los bares, ese coche que mañana me van a poner guapo por un precio módico para montarme mis telmaluisiadas en los quince días de vacaciones autovía arriba, autovía abajo.

Una cosa si que he aprendido, no hay que exigirse mucho en verano (ni el resto del año vaya).

miércoles, 15 de junio de 2011

... Cani él

Aunque fibrado y guapo, con su pelo de cepillo, a lo marine de los estados unidos, no acababa de convencerme. Es el prejuicio el que guiaba mi deseo en esas ocasiones y ya se sabe lo mal que conduce.

Por mi comunión papá y mamá, además del socorrido ordenador personal que sólo utilicé para jugar y de la cartilla en la caja de ahorros, me regalaron una cajita de madera avejentada, en el centro de la tapa una decoración de taracea adamascada. No la abras hasta que seas mayor de edad, me dijeron. La verdad es que durante mi infancia fueron muchas las cajas de ese mismo estilo que me fueron regalando y siempre el mismo mensaje, Hasta que no tengas dieciocho años nada hijo, es por tu bien, sólo entonces estarás preparado para asimilar lo que guardan. Pero yo las abría la misma noche en que me las entregaban, esperaba a que todos durmieran y bajo las sábanas me disponía a averiguar que era eso tan misterioso que contenían. En apariencia nunca guardaban nada, apenas un leve olor desagradable como si en el algún tiempo lo que contenían se hubiera podrido dentro. Yo callaba, no les preguntaba por qué me obsequiaban con cajas vacías, mi desobediencia a sus recomendaciones hubiera sido descubierta.

Todas las tardes lo observaba a lo lejos cuando bajaba a por el coche para ir al centro a pasear y gastar el tiempo en algo que no fuera tontear en las redes sociales o ver los capítulos repetidos de series que habían perdido todas su gracia. Usaba las mismas calzonas o pantalón corto durante dos o tres días seguidos, hasta que las manchas de suciedad por sentarse en el suelo junto a sus amigos se hacían demasiado evidentes, las piernas depiladas con esmero, brillantes. Me lo imaginaba construyendo su look antes de salir, peinándose ese cepillo imposible y echándose crema hidratante en las piernas y los brazos.

Y cumplí los dieciocho. Pregunté a mis padres si podía abrir las cajas y ellos me miraron extrañados. Qué cajas hijo? Se las enseñe y me dijeron que de dónde había sacado esos cochambrosos objetos. Tíralos ahora mismo a la basura, apestan. Pero mamá si me los habéis dado vosotros, Nosotros, Imposible. No lo recordaban o interpretaban el papel del ignorante muy bien. Se desentendían de sus propios regalos.

Era muy guapo, desprendía energía y en sus gestos de macho alfa ante los suyos yo imaginaba una súplica por que alguien lo sacara de ese papel que le había tocado en el reparto. Pero nunca me atreví a acercarme lo suficiente como para ver sus ojos, pero los imaginaba castaños, muy claros, con esa pequeña chispa de humanidad que el contemplar la escena de su pavoneo desde la distancia me arrebata. Es una persona como otra cualquiera me decía una y otra vez tocándome la entrepierna para disimular la erección automática al ver su cuerpo perfecto. Pero no me lo creía.

No tiré las cajas, las guardé y ahora tengo la manía de salir siempre con una de ellas en el bolso, ahí guardo el tabaco de liar y sus avios. Nunca más hablé con mis padres de ellas, simplemente vinieron conmigo en la peregrinación de mudanzas de los veinticinco a los treinta.

Una tarde, ya lejos del barrio de mi adolescencia, cuando bajé a la calle para gastar el tiempo en algo que no fuera tontear en las redes sociales o ver los capítulos repetidos de series que habían perdido su gracia, me lo encontré. Al principio no lo reconocí con la camiseta puesta. Pero al mirarle a los ojos, castaños y amables, supe que era él. Tienes un cigarrillo? Claro, toma. Al pasarle la caja y tocar sus manos me puse nervioso y se cayó, al estrellarse contra el suelo se rompió esparciendo la picadura de tabaco sobe la acera. Joder tío perdona, qué torpe soy, deja que te compense, te invito a una cerveza. Vale como quieras, oye tu no vivías en Nervión?