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viernes, 22 de julio de 2011

La adivinanza del naufrago amnésico

La memoria procedimental está intacta, puedo pedalear sin problemas y no me caigo, equilibrio perfecto. Aunque aun no soy capaz de coger el ritmo al que estaba acostumbrado. Mira como bailan los dedos con su efecto sacacorchos para las ideas, todo un placer, comparable con tomar una ducha fría después de haber sudado la gota gorda después de un revolcón.

Las otras memorias están más o menos como siempre, a flote que ya es bastante. Pero he preferido reconciliarme con los andares de puntillas, las invasiones oníricas mientras como albóndigas y todo lo que tiene que ver con lo sutil, lo fútil aparente y lo inútil de puertas hacia afuera y que a mí personalmente me deja saciado y con gana de tirarme un buen eructo.

He decidido dejar de preocuparme tanto por los naufragios inevitables, soy buen nadador. Además, si todas las tiritas acaban por despegarse siempre puedo untarme barro húmedo en las heridas, como cuando me picaba una avispa, o como último recurso beberme el mar.

Voy a cambiar de profesión. Voy a dedicarme a escribir adivinanzas. Creo que se me dará bien porque tengo la sensación de que este texto está relleno como el pavo de la abuela en fin de año, sólo que en vez de champiñones he usado ideas retorcidas como rabos de lechón.

Voy a dejar de coleccionar decisiones, me voy a convertir en verdugo, voy a ejecutarlas, sin piedad, ignorando la tendencia del gobernador a conceder indultos de última hora.

Solución: depresión postvacacional.