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viernes, 26 de agosto de 2011

Deja de hablar.

Hablar de qué?

Puede que el silencio dé mucho miedo pero da más miedo no saber como romperlo. Me he puesto a prueba muchas veces permaneciendo callado durante media hora. Cuando digo callado habría que añadir una “a” a la vanguardia. Porque las palabras pueden no ser dichas, pero qué hacemos con los pensamientos?

Antes yo hablaba mucho conmigo mismo, unas charlas de los más animadas, como las que se tienen cuando se mezcla en las proporciones justas el alcohol con las amistades cómplices. Saltaba (me) de un tema a otro y siempre tenía una réplica y un callejón oscuro que iluminar. Pero ahora me he vuelto reiterativo, me aburro de darle vueltas y más vueltas a los mismos temas y todos los callejones a los que voy a parar, o están tapiados, o acaban en una forjado de los que saltan los ladrones perseguidos en las ficciones norteamericanas y o separan las parcelas ilegales en el campo dónde tiene la casa mi tío Paco aquí mismo, en las afueras de la ciudad.

Mejor callarse estaréis pensando. Pero es que resulta que no sé poner primeras vocales a la vanguardia de mi funcionamiento cerebral y, aunque me cosa los labios, de cráneo para dentro no paro de remover el puchero.

Hay una técnica psicológica que se llama detención del pensamiento. Puede que ese sea mi último recurso, llamar a las fuerzas de seguridad para que se lo lleven al calabozo, ya iré dentro de unos días a pagar la fianza.

Antes tenía siempre ganas de destripar las cosas que pasaban por mi cabeza. Ahora hago cálculos para contratar a un secretarioaria que se ocupe de seleccionar a los que vienen de visita y que sólo deje pasar a los que merezcan la pena. Estoy dispuesto a fiarme del criterio de la persona elegida, prometo no inmiscuirme en sus selecciones. Yo ya soy incapaz y el despacho acaba pareciendo un gallinero o una casting de dobles de Jim Carrey.

Hablar de qué? De lo de siempre, de la pérdida de tiempo, de no saber aprovecharlo (sí es que eso es posible), de la cara de red de tenis que se me está poniendo, en el justo medio de dos jugadores torpes que mandan todas las pelotas a mi cuerpo. Hablar de las cosas que no he escrito, de los planes que van mutando día a día como excusa para no poner un pie delante del otro, Niño si quieres peces mójate el culo, y yo me noto el culo mojado y el plato vacío. Porque siempre hablo de lo que no tengo, de lo que no quiero tener, de lo que me falta, de la mala suerte y de que estoy ya muy talludito para no entenderme. Para el lado rosa de la realidad si que pongo las aes sobre las ies, o el silencio velando mi entendimiento.

Hablar, qué pereza!

jueves, 11 de agosto de 2011

De como ya no tengo superpoderes.

Resulta que no tengo superpoderes. He tardado treinta y pocos años en enterarme. Ha sido hoy, de forma casual, cuando visitaba algunas webs para informarme de los precios de esos aparatitos diminutos que son como ordenadores portátiles pero mucho más prácticos porque la batería les dura más y así te los puedes llevar a cagar.

De este primer párrafo surgen varias bifurcaciones, la primera, evidente por el efecto de recencia, es la pregunta: pero este chico cuánto tiempo necesita para dar de vientre? Hoy estoy muy soez y con ganas de confesar cosas, así que os diré que generalmente acabo demasiado pronto, me gustaría tardar más y así poder prolongar la actividad intelectual elegida para mis momentos de reflexión sobre el sanitario. La otra cuestión que se plantea es el cómo. Cómo ha llegado a la conclusión este chico de que no tiene superpoderes? Acaso es tan ingenuo que hasta hoy ha ido por la vida creyendo que los tenía?

El cómo se encuentra en las pestañitas superiores de la página web de una conocida cadena que comercia con la cultura y con chismes tecnológicos en general y con el artículo que quiero adquirir en particular. Resulta que le han dedicado un espacio diferenciado a otra máquina que a mí parecer proviene directamente de las entrañas de satanás: el e-book.

Ahora nos vamos un poco hacia atrás en el calendario, a la época en la que aun no estaba marcado con inscripciones del tipo, pagar la luz, renovar demanda de empleo; sino más bien con mensajes como, comprar plastiquina para mañana. En esa época pretérita y ya muy adornada por la erosión de los recuerdos mi prima T. acostumbraba a esconder un lápiz diminuto que no sé por qué era siempre amarillo (he aquí una prueba evidente de que nos inventamos el pasado) en la palma de su mano y después convertía la palma en puño y me decía, Víctor, hazlo desaparecer. Yo apretaba mucho los párpados y ponía la cara que pongo cuando, dos párrafos más arriba, aclaraba la cuestión emergida de la primera bifurcación. Ante mi sorpresa ella abría la mano y el lápiz amarillo había desaparecido. Yo lo había hecho desaparecer!

Si avanzamos un poco, hasta las pegatinas de Curro y el uso del calendario para insultar a mi hermana y mis padres. Nos encontramos con un adolescente como otro cualquiera. Desgarbado, que escondía el paquete de cigarrillos entre las hojas de las plantas del rellano y que se auto flagelaba cada vez que se descubría deseando ser ella cuando sus amigas se ponían a compartir saliva con sus novietes. Normal, pero con superpoderes. Porque si pensaba algo con la suficiente fuerza acababa por hacerse realidad. Era un poder algo caprichoso, porque no siempre se cumplía el deseo con la perfección que había sido concebido; pero si algo he tenido siempre es imaginación y con ella componía un desenlace aceptable, que no dejara lugar a dudas sobre que lo pensado se había realizado. Lo de ser ellas y que me morrearan sus novios lo conseguí años más adelante.

Un salto más en el almanaque, estamos ya de nuevo en pagar la luz, el agua, el gas, el coche, la interné, cuota del colegio oficial, la mensualidad de los muebles, el aval del banco, el alquiler, la cuotas de la lobotomía, el donativo mensual a TiempoChicle S.A. para la extensión del calendario, consiga días suficientes en su agenda para apuntar todas las facturas. Vamos que nos situamos hoy, en el presente, en esta tarde que se va escapando. Un hombre de treinta y pocos busca precios en internet, pretende pagar menos en su próxima compra inevitable y se topa con la palabra fatídica, e-book, destacada en la página en la que navega. Entonces abre mucho los ojos, siente como se le encoje el pecho, como algo se rompe en su interior (ya se podría haber roto la tendencia a utilizar tópicos cuando no sabe seguir una narración, pero lo que se ha quebrado es otra cosa). Nota su fe derrumbándose, su identidad haciéndose añicos contra el suelo. Ya no surte efecto su superpoder, ya no se materializan sus deseos con sólo apretar los párpados como si estuviera estreñido. Un día quiso que los libros electrónicos no tuvieran éxito, lo pensó con todas sus fuerzas, hasta que pudo oír el latigazo de los capilares que riegan sus circunvoluciones rompiéndose, a sus neuronas en modo conductor de atasco espetándole ordinarieces.

Ya no tengo superpoderes. Podemos comprar un e-book con apenas tres golpes de ratón y el sano tecleo de los dígitos de nuestra tarjetita de plástico llena de monedas de a duro. Hoy se ha acabado mi infancia. Otra vez.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Duchas y dudas

Hoy haré una excepción, romperé mi silencio para hablar de cómo por mucho que me ducho no consigo estar limpio.

Vivir es aspirar siempre a nuevos retos. De acuerdo. Pero por lo menos elige los que más se adapten a tus habilidades, hay que dejarse guiar por ese pálpito que nos dice qué es lo que debemos hacer. Ese para el que venden la mordaza en máquinas dispensadoras en los supermercados, en los supermercados que salen por televisión, en la publicidad de los supermercados que salta cuando abres tu página de porno favorita.

Hoy han sido tres duchas y aunque ya casi es mañana, de nuevo estoy empapado en sudor. Quizás debería dejar de meterme bajo el agua cada cinco minutos. Es más lógico dejar que transcurra el día y antes de dormir, sólo entonces, ponerse a remojo, es mejor entrar limpio en los sueños porque si no acaban pareciéndose demasiado a la realidad.

Desde que di con la clave para manejar ese pequeño electrodoméstico que llamamos conciencia (la mía se parece a un tostador de los que gastan muy mala hostia y queman siempre el pan), una pregunta me ha estado atormentando: no soy capaz de estar satisfecho con nada de lo que tengo? La respuesta es siempre no. Dos opciones se me ocurren para explicar que esta pregunta se esté convirtiendo en retórica de tanta repetición: la primera, estamos mal diseñados, al menos yo sí, porque no soy capaz de soportar la frustración que me produce llegar y al momento estar haciendo ya las maletas. Algunos dirán que lo que me pasa es que no sé lo que quiero. Por ahí van los tiros de la segunda explicación. Y es que puede que no esté prestando mucha atención al cocido de mis vísceras, que esté eligiendo mi existencia en un catálogo muy extenso pero repleto de opciones estandarizadas para seseras vacías.

Se está muy bien sudando, aunque algo me dice que debería ir a remojarme. Pero están echando Matrix en la tele y estoy con el ánimo propicio para historias de liberación de mentes.