Etiquetas

Acercamientos Adivinanzas adolescencia Afuera Alejamientos Amigos Amorios Ansiedad Antropología personal Ausencia Autores Bares Barrio Barroco Bradbury Buzón Cabra calendario Calles Calma Camas cambio Canis Cansancio Casa Cerveza Ciclotimia Ciudadano Comistrajos Conjuntos Córdoba Cuento Curro Depresion Despedida Diccionario del diablo Diverso Ducha Dudar e-book Ego Entusiasmo Escritura automática Esperas Espiral Literaria Esponjoso Esvivir Excusas Experimentos con gaseosa Familia Fascinación Ficción en primera persona Fiebre Filosofía mañanera Filosofía mañanera por la noche Filosofía mañanera por la tarde Folk Folletín Fútbol Galgos Gato Gazpacho Gorrión Granada Gustos y costumbres Hablar Hombre Bala Hombres (tipos) Hormigas Idolatría Improvisación Inercia Infancia Insectos Insomnio Internet invisible Juventud divino... Lecturas Leer Lenguaje Lento Libertad Librerías Lisboa Luna Luz Macetas Mamá Mañana Mariachi Medicos Micro Miedo Miedos Mientras Moral Morbillo Mudanza Muerte Mujeres Mujeres (tipos) Música Nada Navidad Neurosis Niñohombre Niños Noche Novela Novela Negra Opino Optimismo Orden Ozú como estamos (autoterapia) País Palabras Papá Paraísos Pasión Películas Pereza Pino Plantado Playa Poesía Política Portugal Publicidad Qué jartito estoy queja Quemar Realidad Refranes Religión Reseñas ruido Sacar Semana Santa Señales Sevilla Shorradas variadas Soledad Sosialrelachionchips Soy Turista Sueño Sustituir SyE Tacones Tanatorio Tarde Tatuaje Tiempo Tópicos en gral. Tópicos Veraniegos Torre de Arena Tostadora Vacaciones Venganza viajes Vicios y malas costumbres Vino Virtudes Volver Yamadao

jueves, 15 de septiembre de 2011

Torre de Arena


Manolín ha vuelto.

(2).

El Señor Augusto había dejado de golpear la puerta, ahora colaba notas por debajo de la hoja. Manolo las dejaba acumularse en el zaguán. La radio rota por el manoseo constante en busca de la copla que le abofeteó. Apenas quedaban un par de latas de fabada en la alacena, Qué día era? Treinta de junio, El paquete de Mamá debía estar esperándolo ya en la oficina de correos. Tendría que salir por fuerza, retomar su vida ahora que el transcurso de los días había apagado, hasta dejarla casi extinta, su ansiedad. Exhausto y ojeroso se metió en la ducha. Tuvo que soportar el goteo gangoso de la alcachofa obturada por la cal. El agua helada, Se habrá agotado la bombona. Otra razón para asomar la nariz fuera del apartamento. Sintió vergüenza cuando vió como por el sumidero se escapaba una infusión de roña, Cómo has podido dejarte tanto Manolo?

Ya vestido, mientras se agachaba en la entrada del piso para calzarse, cogió una de las notas esparcidas por el suelo: “Te necesito, creo que los clientes se han acostumbrado a que seas tú el que les entregue la mercancía”, Pobre hombre, depende de mí, no debo ser tan inútil. Quizás haya exagerado mi miseria.

Calzado con unos horribles zapatones ortopédicos negros con la suela muy alta y agujeros en forma de gotas amalgamadas dispuestos con un mal gusto evidente en la superficie del empeine, salió a la luz. Primero pasó por la oficina de correos para recoger el envío semestral de su madre. Después, en el supermercado, ya en la cola de caja, miró su habitual compra: latas de precocinados, galletas saladas y mermelada de naranja amarga, No puedo seguir así. Dejó abandonado el carro y a paso ligero se encaminó hacia el mercado, Un par de lechugas, tomates y ciruelas que estén ácidas. Medio de pechugas de pollo y un buen solomillo, me lo corta grueso.
Cargado de bolsas, terminó su renacimiento en la tienda del Señor Augusto, Ya estoy bien, puedo ayudarle en algo? El viejo dejó ver sus encías retraídas que aireaban parte de la raíz de unos dientes amarillentos y repletos de manchas. La presunta sonrisa elevó la comisura de los labios que empujaron hacia detrás las orejas y éstas, en su retroceso, hicieron aparecer dos mechones de cerdas canosas asomando desde las conchas de ambos oídos, Repugnante reacción en cadena —pensó Manolo—. Sabía que no debería haber abandonado mi habitación.

Tengo aquí un envío urgente. Avenida Parabólica s/n. Una casa al final de la calle. De ladrillo claro y tejado color ceniza. Pregunta por el señor L, sólo a él debes entregarle el paquete, Nada había cambiado. Una repentina sensación de ahogo acometió a Manolo, Algún día tengo que abrir una de estas cajas —se dijo mientras abandonaba la tienda de recambios camino de la dirección que el viejo le había apuntado en la muñeca.