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viernes, 21 de octubre de 2011

La barbería


Llevo poco tiempo viviendo aquí. Tradicionalmente eso que se llama un barrio obrero. Hay mucho inmigrante, mucho estudiante compartiendo piso, mucha persona mayor. Pocas de las tonterías de los barrios bien. Los primeros días, entre las idas y venidas de los muebles, pensaba que esto estaba en el quinto carajo, esa era mi mayor suspicacia respecto a mi apartamento en alquiler fomentado por la obra social de una caja con mucho prestigio según mamá, “porque en ella trabaja la infanta”.
Un par de meses después descubro que sin ningún esfuerzo este se ha convertido pronto y sin problemas en mi barrio. Aun me falta conocer vecinos, coger confianza con los camareros de los bares, con los dueños de las carnicerías, pescaderías, fruterías y ultramarinos. Pero es mi barrio sin que yo haya tenido que hacer ningún esfuerzo. Aun me falta encontrar a alguien que se eche unas canastas en la pista de abajo, alguien con el que irme de cervezas y cotillear de las pequeñas cosas trascendentales que por el aquí acontecen. Todo llegará.

A lo largo de mi vida he vivido en la parte modesta del que hoy es el barrio de los negocios con patilla de mi ciudad. Allí pasé mi infancia y mi adolescencia. Si me paro a pensar en esa época quizás la palabra que mejor la calificaría sería soledad. Muchas horas encerrado en casa cuando era un niño y las típicas actividades repetitivas con ínfulas de rebeldía de la adolescencia. Una buena época a pesar de todo aunque la etiqueta que le he puesto pueda parecer negativa. Después mis padres se mudaron a un adosado en un barrio en construcción y claro, yo estaba haciendo como el que estudiaba y me fui con ellos porque me daban de comer y me pagaban los caprichos. Ya estaba en la universidad y pasaba poco tiempo en casa entre las clases, las juergas (muchas se situaban en el que fue mi barrio de la infancia, con mis amigos de siempre) y el despertar del Livingstone de medio pelo que todos llevamos dentro y que me llevó a explorar las posibilidades que ofrecía esta ciudad. En este nuevo barrio residencial empecé a detectar el tufillo de la apariencia, del ser humano que medra a toda costa apoyándose en el dinero. Por supuesto no todos los que he conocido allí basaban su vida en este principio, pero hasta a mí se me contagió el sueño de la riqueza como panacea. Me costó unos años más darme cuenta de que lo que yo quería era olvidar la voz que desde dentro me decía que ese no era mi lugar. La etiqueta para esa época sería: introspección e inseguridad. Ya con los ventititantos cumplidos me decidí a abandonar el nido. Nada que no hayáis leído antes, se me cruzó el amor en forma de camarero rubio y empecé a saltar de piso en piso, tres mudanzas en unos cuatro años. En esa época todo era excesivo. Muchos hombres, muchos cubatas, muchos sueños, muchas cagadas, siempre por el centro de la ciudad. Guardo muy buen recuerdo y, el estómago medio jorobado, de entonces. También saqué un gato negro de mi divorcio anunciado y una vuelta al barrio residencial ya con algunos tiros dados y el cinismo del número cuatro con la punta siempre afilada. Etiqueta para ese periodo: Diversión y duda.
Llegamos a la actualidad, a mi barrio. Curiosamente en las antípodas de la zona residencial de los escaladores sociales, de los fingidores profesionales, de la chorrada del yo tengo y tu no tienes. Aquí aun estoy aterrizando, pero de forma suave, a mi manera, teniendo por primera vez en mi vida la sensación de estar construyendo y no tanteando, de estar haciendo lo que me sale de los santos cojones. Claro que ahora tengo un respaldo económico que me permite hacerlo, claro que ya tengo una edad y me toca, lo que tu quieras. Pero hay algo más, algo que no sé muy bien como explicar y que tiene que ver con una seguridad en mi mismo que no ha sido nunca uno de mis fuertes. Aquí tengo una relación que con el tiempo se ha ido asentando, tengo un espacio propio, tengo un sitio en el que pelearme con mis dudas sin que nada más influya. Un combate limpio, sólo ellas y yo, cara a cara. También sé que este no va a ser mi barrio hasta que me muera, pero si siento que no me importaría pasar un tiempo aquí, buscando una etiqueta que poner en la caja de recuerdos que me lleve.

Todo esto me pasaba por las entendederas ayer en la barbería. Una en la que me afeitan con navaja y que tiene la radio puesta hablando del final de ETA, una en la que los que esperan hablan y hablan y yo cierro los ojos y me relajo sintiendo las manos del barbero trabajando sobre mi piel con una delicadeza que es difícil de encontrar ya en cualquier comercio. Es una peluquería como las de mi infancia razón suficiente para querer echar raíces durante un tiempo? Yo creo que sí. 

miércoles, 12 de octubre de 2011

Abandonar Venecia


La vida de un escritor es dura, sobre todo cuando no escribe.

La vida de un personaje es dura, sobre todo cuando no lo escriben.

La vida de la pareja de un escritor es dura, cuando falla la inspiración se encuentra sin ayuda para confeccionar la lista de la compra en endecasílabo.

Resulta que no se puede estar escribiendo veinticuatro horas seguidas, pero sí pretenderlo. El mundo que me he inventado tiene base veneciana y se hunde en el cieno. Pero nací en una familia (balones fuera) dónde varias acciones se ejecutaban en los primeros días sobre los nuevos miembros. En primer lugar se tatúa en la fontanela del neonato, para mejor absorción, el emblema del escudo heráldico familiar: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Para el que le interese el blasón podría describirse así: sobre campo cenizo tres mojones bailando can can. Segundo, someter al primogénito varón a un exhaustivo proceso de indefensión aprendida ante los estímulos más comunes de la vida cotidiana. Tercero, dejar al niño sumido en la creencia de que el mundo es una jodienda hasta al menos los cuarenta años y cuando este pida explicaciones estamparle, de nuevo en la fontanela, aunque ya cerrada aun permeable, con tinta indeleble, el lema: “niño, que tienes ya muchos pelos en los huevos”.

La vida de un aspirante a escritor es dura, todo el mundo escribe mejor que él (que ni siquiera escribe).

La vida de un aspirante a personaje es dura, no depende de él.

La vida de un aspirante a pareja de aspirante a escritor es absurda. Es como ganar una partida de bingo el día de nochebuena. Premio total doscientas pesetas. Anda baja dónde Benito y compra cerveza. Tito, es nochebuena está cerrado. Tu llama que te abren. Y abrían.

Resulta que es suficiente apagar el televisor, hay una cosa alargada con botones que te permite hacerlo desde el sillón. Poner los brazos, en paralelo al torso, las manos con las palmas apuntando hacia abajo, y hacer fuerza. Con eso se consigue que el trasero se separe de la tapicería. Practicar un poco de ballet, las puntas de los pies tanteando el suelo (recordar que se está en equilibrio sobre los brazos en una especie de postura de balancín), para buscar las zapatillas. Una vez calzado, el número termina con un quejido de viejo artrítico mientras se toma impulso para recuperar esa postura erguida que a la especie le costó siglos de evolución y de la que yo suelo renegar, sobre todo en las sobremesas. Ya de pie todo se complica. La casa está en silencio, miras hacia el ordenador dónde dejaste empezado el texto justo antes de ponerte a trajinar en la cocina, Pepito Grillo (así llaman los no iniciados a la Neurosis) te recuerda que no puedes, que para qué si a nadie le interesa lo que tienes que decir, que estás mejor tumbado. Pero a pesar de eso te acercas con cautela, aun de pie tecleas la siguiente línea, algo parecido a los ardores después de comer picante sube desde tu estomago. Hoy no he comido picante así que será otra cosa. Te pones en cuclillas y tecleas otra frase. Parece que cuadra. Te levantas y apartas la silla, mientras dejas caer en ella el trasero, otra frase. Aquí siempre viene un parón, a veces aprovecha Pepito para volver a hablar, ya con un tono de súplica. Usas los dos dedos índices para pulsar teclas a boleo, borras con furia, dedos índices, borras con menos furia, dedos índices, borras ya con la intención de arrancar en el mismo momento que la última letra azarosa haya desaparecido. A partir de este punto todo suele ser más sencillo. La sensación es parecida al inicio de una tormenta, como cuando empiezan a caer esos goterones que resuenan sobre la chapa de los coches aparcados. Me voy a mojar, piensas y sonríes. Los goterones pierden fuerza, se transforman en una cortina de agua que suena por sí misma, sin necesidad de objetos que le presten la voz al ser golpeados, ahí dejas de escuchar, de respirar y sólo escribes y escribes.

Es imposible escribir durante veinticuatro horas. Son suficientes unos cuantos minutos, unos más largos y otros más cortos, para olvidar que Venecia está en las últimas y volver a creer que este será el texto que te permita descubrir el nuevo mundo.


miércoles, 5 de octubre de 2011

Contrareloj


Minuto uno.

Tengo que ir a comprar, esta tarde vienen amigos a comprar café y creo que no está bien que les de el de esta mañana. Escribir con prisas, menuda novedad y es que últimamente el tiempo es más valioso que cualquier otra cosa que haya deseado, más que la sensación previa a mi primer polvo, más que la game boy cuando tenía doce años, más que el primer lunes de cada mes.

Me paro, unos segundos, tengo diez minutos para escribir antes de ponerme la camiseta arrugada y los pantalones cortos para salir de casa, miro los tres términos del deseo del párrafo anterior. El primero es un deseo de los que quiero conservar. Los otros dos son rémoras, lastres.

No entiendo el mundo, si mi vocación hubiera sido correr me hubiera hecho atleta, pero lo mío tiene más que ver con la contemplación, un pueblo con escasa iluminación en las calles, ranas por la noche y pájaros al amanecer, el toque justo de olor a humedad y las paredes repletas de libros. Debería haber estudiado para ser operador de cámara lenta.

Minuto cinco.

Tres párrafos en cinco minutos. La vista ya se me va hacia la lista de la compra pegada con un imán a la nevera. En cuanto dejo que mi atención se escape fuera del rectángulo de la pantalla estoy perdido, no podré seguir el ritmo de los primeros párrafos. Como cuando veo un partido de baloncesto y deseo con todas mis fuerzas al terminar uno de los dos equipos la primera parte con más de cincuenta puntos que en la segunda continúe la progresión y llegue a los cien. Nunca llegan, adormecen el partido y se quedan en los noventa y tantos.

Escribir así, a contrareloj puede servir de muestra no significativa de uno de mis días. Por qué nos llaman hombres si somos pollos descabezados, por qué extiendo mi ansiedad al resto del mundo si eso del mal de muchos no sirve más que para un alivio momentáneo.

Minuto nueve.

Cambiaría mi sangre por horchata, buscaría un camino lleno de tachuelas a ver si tengo un pinchazo, intentaría controlarme, pero es difícil desacostumbrarse.

Ahora que lo pienso mi bucólico sueño de paraíso terrenal, eso del pueblo poco iluminado, se parece mucho a una de esas comunidades terapéuticas para la desintoxicación. De qué debo quitarme, lo que tengo es mono.

Camiseta de rayas, pantalón corto, zapatillas sin calcetines.

Preparados, listos, ya…

No me da tiempo a repasar lo que he escrito, una cajera con mechas me espera.