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martes, 29 de noviembre de 2011

Para que todo se ordene...


He pasado esta tarde montando una estantería. T llamó para decir que ya tiene una de las baldas para la alacena acabada. Parece que todo se ordena, hay espacios para ello, ya sólo depende de mí.

Un hueco para mi persecución eterna de lo que quiero hacer, al lado un barreño para ir acumulando el valor líquido del que pueda hacer acopio. Otro para lo que ya pasó o lo que nace ya con polvo y telarañas. Huecos vacíos, más de los que esperaba, que me hacen pensar en lo que vendrá a asentarse en ellos.

He encontrado también esas aves fugaces, casi extintas. Esas que hacen del mundo algo extraordinario, muy alejado de su habitual apariencia de caballeriza por limpiar.

Huecos, huecos, espacios por llenar. Porque el orden tiene mucho que ver con la calma. Un orden sin etiquetas, distinto al que se puede encontrar en las oficinas, porque mi pecho no está compartimentado en secciones. Ese orden que sólo se produce cuando cada cosa está en su sitio y no hay lugar para la pereza, sólo es posible estar haciendo, el movimiento lento y pertinente, el avance seguro.

He pasado toda la tarde creyendo que es posible. Una revelación a pequeña escala, debo practicarlo más. He sembrado tulipanes, escrito versos que no me han llevado a ninguna parte. He visto una película contenida con escenografía teatral, he recalentado los restos de la comida para la cenar y me han sabido a gloria. He bebido cerveza con papá, afirmado que T es parte de la solución. Como siempre, he fumado y tomando café, pero sólo cuando me apetecía.

Hoy he hecho muchas cosas y todavía son las once. 

domingo, 27 de noviembre de 2011

Lecter y la Macarena en la mesa camilla (II).


No señora, la de comer, la de comer. Ha comido usted carne humana?
Y dale con el rumor, qué no, qué soy vírgen, La Vírgen! Entiende? Por la boca menos aun. Por quién me ha tomado?

Si después de esto dejo de escribir bruscamente en este blog, si desaparezco de las redes sociales, incluso si alguien llama a mi puerta y sólo se escucha el rechinar de las pelusas contra el suelo, sospechen lo peor y vayan a ponerme flores a la Basílica de la Macarena, allí estarán mis huesos.  

viernes, 25 de noviembre de 2011

Lecter y la Macarena en la mesa camilla.


Acaso sabe usted, señora, a qué sabe la carne humana?
A mi que me cuentas, yo soy Vírgen. 

Sé que es un poco localista, pero un poco de humor tonto para el fin de semana no viene mal. Además creo que la Maca se pondrá en evidencia a si misma en la segunda parte. 

martes, 22 de noviembre de 2011

Escepticismo


He tardado, pero ahora descubro que mi escepticismo es en realidad un atasco intelectual, una preocupante falta de entusiasmo. Cuándo me rendí? Cuándo dejé de considerar esta realidad como el lugar ideal para realizarme, el sitio dónde están escondidos todos los secretos y las piezas que me faltan y en el que se puede jugar de forma distendida al escondite?

El cuando, como casi siempre, no sirve para nada. Te retrotrae al pasado inamovible o te hace adelantar hacia un futuro que nada tiene que ver con el destino.

No creo ser capaz de desentrañar el proceso de cristalización de esa estalactita que ha ido afilándose justo encima de mi cabeza. En ella han quedado ensartados todos mis proyectos. Tampoco gano nada con intentarlo. Sí sé, que tiene mucho que ver con la credulidad y con la comodidad. Creer lo que se ha ido presentando ante mis sentidos sin cuestionarlo, ir tomando los frutos de las ramas bajas del árbol, olvidando que una vez fui un mono ágil capaz de trepar hasta la yema de la última rama dónde sabía que maduraban los alimentos más sabrosos, esos que no se ven desde el suelo.

Ahora me paso los días luchando con la sensación de atasco, con una infelicidad difusa que permite seguir tirando hacia delante siempre que lo hagas por la vía de lo inmediato. He olvidado lo que es el esfuerzo, el entusiasmo fuera de todo lo que no sea la lectura. Me he convertido en un cínico al que no le gusta su cinismo.

Pero nunca es tarde. Si una vez lo hice puedo volver a hacerlo. Si miro atrás puedo entrever como esta manera de moverme por el tiempo a tirones ha sido una constante. Periodos fértiles brevísimos separados por océanos de una desidia dulce, hipnótica, en la que mi mente se centraba en objetivos no del todo personales. Ahora sé que este descreimiento del mundo es en realidad cansancio, una rendición que se desangra. Y no estoy dispuesto, no voy a ser otro más que baje los brazos.

Si aquí no están escondidos los compañeros de juego, tendré que buscarlos en otras realidades.

viernes, 18 de noviembre de 2011

De la naturaleza de los conjuntos y la luna.


Hay dos tipos de personas. Las que miran a la luna cuando está llena y las que miran al suelo con luna, sol o meteorito apocalíptico. También hay extrañas individualidades que miran al cielo por la noche y ven el suelo. Miren dónde miren, acera y asfalto.

Ahora doy un viraje en el relato para que no se convierta en la manida historia de hay dos tipos de gentes. Pero antes de continuar quiero señalar el hecho de que mirar a la luna sirve para crear conjuntos excluyentes. Algo así como los soñadores y los que tienen los pies con loctite bien fijados a la tierra. Comprenderán, por el tono de lo que escribo, lo que pienso de uno y otro conjunto y de cual me gusta considerarme integrante. Se demostró hace siglos (datación por carbono catorce de los dos primeros conjuntos pictóricos encontrados en la cueva de Altamira. Dos grupos de figuras: representaciones antropomorfas con cuernos y sin cuernos) que el trasvase de individualidades de uno a otro conjunto es habitual, es decir, son permeables. Uno puede estar esperando todas las noches a que la luna se llene pero cansarse de esperar y ponerse sus mejores galas, salir a la calle, y buscar como llenar partes más tangibles de su existencia en la tierra. También los hay que evidencian un tránsito funcional por el calendario, piensan con hoja de ruta, sienten sólo cuando se han programado una pausa en sus tareas intelectuales para poder emocionarse según su concepción tópica de lo que es un corazón y para qué sirve; esos, a veces, se levantan por la noche, miran a su acompañante, o al hueco que dejó, en otro lado de la cama, se calzan las zapatillas y se preparan un té, una copa o un bocadillo antes de asomarse a la ventana a preguntarse por qué no se ven las estrellas. Saben que la luna es un satélite corriente pero como es prácticamente (esta palabra es clave) lo único que se ve en el cielo aparte de las luces parpadeantes de los aviones, la consideran una estrella. Porque es mejor aspirar a algo que brilla que a un pedrusco redondeado y yermo. Así sueñan los hombres grises.

Y por fin el viraje se completa, una vez que he polarizado el mundo y me he despachado a gusto con las dos mitades incluidas cada una en su montón, bien encerradas en su redil. Pero antes, un aparte más para reforzar la idea de la permeabilidad de los conjuntos. En el paréntesis del párrafo anterior se habla de las pinturas rupestres de Altamira, de hombres con y sin adornos. De todos es sabido lo sencillo que resulta pasar de tener la cabeza despejada de percheros a convertirse en un trofeo de caza. Basta con una noche tonta, seguramente con luna llena, para que uno se encuentre al día siguiente con una citación en el buzón para presentarse al corral de los cornudos. En este ejemplo en concreto el camino contrario es más difícil ya que requiere una acción denominada "el perdón" para la que en general los hombres no estamos muy dotados. Otros acuden a la lija y la paciencia, pero eso no es más que una parche de estética sentimental que requiere mucho trabajo y muchas horas dale que te pego a la rotaflex. Sin perdón no se puede volver al paraíso de los hombres desast(r)ados.

Aunque ya he pasado la curva y escribo por una prosaica línea recta, no puedo finalizar este texto sin hablaros de una chica que conozco, una que sabe saltar con soltura de un conjunto a otro y que lleva mucho tiempo caminando en equilibro por el borde del maderamen que forma los rediles en los que otros nos solazamos. Ella mira a la luna pero no la ve como los demás, Debe de estar llena pero yo sólo veo una mancha brillante, como el sol que pintábamos en la guardería con los rayos difuminados, me dijo una noche mientras buscábamos, charlando de todo y de nada, un bar para cenar algo. Su comentario se me quedó grabado y la envidié porque ahí donde la mayoría, lunáticos y miradores de aceras, vemos un círculo pálido que se ha ido vaciando de significado poco a poco a golpe de películas, libros y zarandajas románticas; ella percibe toda una galaxia, una nube misteriosa que da luz y que puede ser cualquier cosa. Por ejemplo un dibujo de jardín de infancia en el que ya se anticipaba la poca fiabilidad de los astros, por borrosos, y la esencia de la condición humana. Porque no se ustedes, pero yo, en el parvulario dibujaba a los hombres como monigotes.

Para Mato (directa inspiradora).

viernes, 4 de noviembre de 2011

Vidrio Soplado

Cuando Eolo, su hijo, apareció en la puerta del taller tosiendo y con el humeante cigarrillo entre los dedos, el soplador de vidrio suspiró. El suspiro se quedó encerrado en la última pieza del artesano, un jarrón en el que las flores se mustiaban enseguida.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Ramas, resaca y melancolía


No se decide a llover. La tarde está apretando los dientes, aguantando las ganas de derramarse, de reventar contra el asfalto.

Si giro la cabeza veo las ramas de los árboles inclinándose y oscilando empujadas por ese viento que lleva anunciando agua desde esta mañana. También ondea la colada que alguien ha olvidado recoger, la sábana blanca con un extremo desprendido está a punto de salir volando. Hoy nadie vendrá a jugar a la pista deportiva de abajo. La lógica de las tormentas dice que la gente debe quedarse en casa y así parece ser. Soy incapaz de pensar en todos los que ahora están trabajando, paseando por las calles, comprando, yendo de un lugar cualquiera a otro distinto. Incapaz de imaginar nada que se mueva.

Porque la melancolía es una tristeza calmada que permanece estática. Sí, de eso quería hablar, de la melancolía. De cuando las circunstancias externas se acumulan y acaban por hacerme sentirme así, tan lleno de suspiros que me trago y de cosas a las que dar la espalda. Ayer me emborraché con amigos, hoy se confirma que otro amigo regresa a su tierra, tengo nauseas y muy mal cuerpo pero no dejo de fumar y de tomar café para no dejar que el cuerpo se recupere y empiece a moverse.

Estar de vacaciones elimina el objetivo al que uno se acostumbra, ese que ni siquiera es un objetivo. Te quita la preocupación por qué vas a hacer mañana y te deja en evidencia al mostrarte todo el espacio que tienes desaprovechado para desarrollar inquietudes más satisfactorias. Espacio que hoy permanecerá extendido ante mí, que contemplaré sin inmutarme, sintiendo como los pensamientos discurren abotargados, con una pastosa lentitud que los convierte en ininteligibles.

Si giro la cabeza las ramas siguen agitándose, la persiana tiembla, la tormenta continúa preparándose para golpear. Y yo pienso en el futuro inmediato, en enchufar la máquina de escribir y terminar algunas cartas pendientes, en preparar el viaje para el próximo fin de semana, en elegir una buena historia de la estantería, en la ropa que me pondré para ir al cine. Pienso en movimiento, como las hormigas que asean la boca de su hormiguero después del chaparrón.

Cuando la tarde decida gritar otro empezará a moverse por la casa y a hacer. Ahora, como las ramas, sólo puedo estar quieto y dejarme azotar por la tristeza clamada, sorprenderme por lo largas que son las horas y todo lo que cabe en ellas. Esperar, ahora sólo puedo esperar.